Actualizado: 20/11/2019 9:47
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Vargas Llosa, Literatura

El sueño del celta, una novela tal como somos

Un novelista como Mario Vargas Llosa es un cronista, un testigo, un espectador, y a la vez un actor del drama humano que trata de apresar en sus páginas

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Me imagino que escribir una novela sobre un personaje de la historia como la Madre Teresa de Calcuta o el papa Juan Pablo II —idealizados tanto por la cultura “oficial” como por la popular, sin aspectos escabrosos para “oscurecer” sus vidas y “escandalizar” a los potenciales lectores del libro— debe resultar una tarea menos ardua y menos cuestionada por los medios y por “la sociedad” que cuando el novelista escoge como centro de su atención literaria a alguien como Roger Casement, el protagonista de esta novela del —¡al fin!— tan justamente “nobelado” Mario Vargas Llosa.

Pero a Mario, que ya se había encargado en El paraíso en la otra esquina de novelarnos exquisitamente —en tiempos separados por supuesto— las “travesuras” sexuales del pintor francés Paul Gauguin y de su abuela revolucionaria, estoy convencido que esto le tiene sin cuidado, porque de lo contrario no hubiera escrito El sueño del celta, donde denota de nuevo el profundo conocimiento de la naturaleza humana que lo caracteriza, y detona, por así decirlo, la camisa de fuerza que los convencionalismos y prejuicios sexuales y de todo tipo le han impuesto históricamente a ese prototipo de héroe que todos los pueblos del orbe han idealizado.

Acabo de leer la novela, y creo que hasta el punto final me sentí trasmutado en el personaje de Roger Casement, así de convincente es el retrato tan humano y creíble que el novelista hace de él, con sus fortalezas, errores, dudas y formas de asumir ese gusto por su propio sexo que lo atormentaron durante casi toda su vida, en la que no pudo encontrar el amor de otro hombre como siempre anheló.

Me maravilla que un hombre heterosexual, casado y felizmente realizado como Vargas Llosa haya logrado una comprensión tan cabal de las complejidades del ejercicio del homosexualismo en un mundo tan machista y convencional como la Europa y las Américas de finales del Siglo XIX e inicios del XX —como botón de muestra, baste mencionar el caso de Oscar Wilde— , pero a la vez me respondo que un verdadero novelista como Mario es un cronista, un testigo, un espectador, y a la vez, también un actor del complejo drama humano que trata de apresar con todos sus matices en las páginas que escribe; sin juzgar, sin emitir juicios de valor, para que sea el lector quien saque sus propias conclusiones.

Y ojalá que, como lo hace Mario, el lector —y la lectora—, sin que tengan que ser como Gauguin o su abuela, o como Roger Casement, logren entender la forma “diferente” en que estos personajes tan reales ejercieron su sexualidad, porque todos tenemos a muchos seres semejantes a ellos al lado —y a veces frente al espejo— y la tolerancia no basta si no hay una verdadera comprensión de esa diferencia.

¡Ah, pero no os confundáis!; este libro no está centrado en las prácticas sexuales del protagonista —son apenas como un poquito de sal en la comida, pero no la comida, no el pollo del arroz con pollo—; esta novela es la historia de un hombre que sacrificó hasta su salud por sus principios, y que renunció a sus privilegios de clase y a su alto rango como diplomático del Imperio Británico para luchar por la libertad de Irlanda —su patria— precisamente contra ese mismo imperio al que con tanto denuedo sirvió en África y en América del Sur para investigar y denunciar las atrocidades del colonialismo y otros explotadores sin escrúpulos.

Roger Casement —como el Georges Claude de mi novela Una vida, un tren, que apoyó el fascismo, pero fue un gran científico—, se equivocó en lo intangible —en su estrategia política de liberar a Irlanda aliándose a Alemania— pero dejó una obra palpable, un ejemplo de compromiso con la justicia y con la libertad que hoy Irlanda reconoce y venera.

Mario Vargas Llosa ha “festejado” a un chivo, narrado las travesuras de la niña mala, perseguido el paraíso en la otra esquina, mandado las visitadoras a Pantaleón, y, nada senil —desmintiendo los desvaríos de algún trasnochado critiquito autosuficiente que anda por ahí—, sigue siendo el gran escribidor del principio y del ¿fin? del mundo —Dios retarde esto para mucho más allá del 2012, para que Milán Kundera también reciba su Nobel—, despertando ahora de su sueño de bronce a este celta de verdad, que fue falible y heroico a la vez como podemos serlo todos.



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