Actualizado: 23/11/2017 16:24
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Pornografía, Cine, Documental

El tamaño sí cuenta

Un documental presenta un retrato crudo y sin tapujos de Rocco Siffredi, un hombre que es lo que Mick Jagger al rock y Myke Tyson al boxeo: una leyenda viva

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Aparte de las películas y las series, Netflix cuenta con un nutrido e interesante catálogo de documentales al que periódicamente suma nuevos títulos. Uno de los más recientes es Rocco (Francia-Hungría-Italia, 2016, 105 minutos), que tuvo su estreno mundial en el Festival de Venecia del año pasado y que es el cuarto proyecto que dirigen juntos los franceses Thierry Demaiziere y Alban Teurlai.

Anotar el hecho de que Rocco se presentó en Venecia con alfombra roja y cámaras de televisión, ha de resultar natural para quienes no sepan nada sobre su contenido. Pero esa impresión ha de ser otra al saberse que el título del documental alude a Rocco Siffredi (Ortona de Mare, 1964). ¿Que quién es el susodicho? Pues se puede contestar diciendo que es lo que Mick Jagger al rock y Myke Tyson al boxeo: una leyenda viva. Solo que él sobresale en un campo que muchos han de considerar no muy respetable: el cine porno.

Pero Rocco Siffredi no es un actor como tantos otros. Es posiblemente el actor porno más famoso del siglo XX. Puede presumir de varios récords inusuales en esa industria. Uno de ellos, ser el único que ha mantenido su carrera por más de tres décadas. Al ver sus fotos, no es fácil explicarse las razones de ese éxito tan prolongado: no se puede decir que sea un hombre guapo y su cuerpo no pasa de normal. Pero su notoriedad descansa en el tamaño de sus atributos sexuales, que le ha valido ser bautizado como “Míster 23 Centímetros”. Posee además una filmografía que suma más de 1.700 película. En cada una de ellas tuvo entre 4 y 5 parejas, con las que ha recreado todas las fantasías posibles de realizar, aunque no de imaginar. Si hacen ustedes cálculos de a cuántas ascienden esas mujeres, comprobarán la cifra que arroja. Eso explica que el propio actor confiese que ha perdido la cuenta.

Sin embargo, el semental italiano ha despertado amores, pero también odios. De igual modo que cuenta con una legión de admiradores y fans, tiene detractores por su estilo brutal (es pertinente señalar que el porno que él practica es el sexo duro). Su concepto de la mujer como objeto genera indignación y ha recibido severas críticas por el maltrato que sufren las actrices en sus películas. Incluso cuando probó suerte en el cine independiente con Catherine Breillat, junto a las críticas positivas hubo airadas reacciones de quienes lo consideran misógino. La directora francesa, que trabajó con él en Romance X (1999) y Anatomía del infierno (2004), defendió sus filmes como feministas. El cuestionamiento tal vez se debió al hecho de que Rocco Siffredi actuaba en ellos.

Por cierto, Breillat además de llevarlo a afrontar por primera vez a un papel dramático en Romance X, hizo de él su actor fetiche. A propósito de ello, declaró: “Es el único actor con el que he repetido colaboración porque yo, que como mujer siempre he tenido dificultades para trabajar con hombres. A él lo considero material en bruto, al que puedo modelar, pues no ha de demostrarme su masculinidad en cada momento, como hacen los demás actores”.

Era solo cuestión de tiempo que alguien se propusiera rodar un documental sobre él. Cuentan los directores de Rocco que se hallaban rodando Rèleve: Histoire d’une création, sobre la trayectoria artística de Benjamin Millipied, antiguo director artístico de la Opera de París, cuando recibieron la propuesta de hacer un documental sobre el cine porno. Como no estaban muy inspirados con el tema, optaron por filmar una serie de retratos de actores de esa industria. Fueron a Budapest y pasaron unos días con Rocco Siffredi, quien los convenció de que él era el tema. El rodaje duró un año, y durante ese tiempo siguieron a la mega estrella en todos los aspectos de su vida. De acuerdo a los dos cineastas, no les impuso limitaciones: “Podíamos grabarlo todo. Tenía una única obsesión: contar la verdad”. Por su parte, Rocco Siffredi confesó que para él el documental fue una terapia liberadora: “No me había planteado hacer este proyecto, pero paradójicamente necesitaba hacerlo. Necesitaba soltarlo todo. Ha sido una terapia para mí”.

El documental se inicia con una provocadora escena: un primerísimo plano del atributo del actor que más ha sido filmado. De fondo, se le escucha expresar: “Mi sexualidad es mi demonio”. La secuencia fue filmada cuando tomaba una ducha, probablemente tras una sesión de rodaje. Hay que reconocer que está hecha con inteligencia e incluso se puede decir que con belleza, pues no tiene connotaciones sexuales directas. A partir de ahí, comienza la larga confesión de Rocco Siffredi. El resultado es un retrato crudo y sin tapujos, que no ofrece una imagen positiva ni negativa, sino veraz y sincera. No deja de tener su dosis de narcisismo, pero es fascinante y revelador.

A lo largo del monólogo que va desgranando en el documental, Rocco Siffredi revela muchos detalles de su vida. Cuenta que su verdadero nombre es Rocco Tano. Tomó el nombre con que se ha hecho famoso de Roch Siffredi, el gánster que Alain Delon interpreta en Borsalino y compañía. Habla de sus orígenes pobres, de la muerte de su hermano a los seis años, mientras dormía. Según él, tuvo una relación especial con Carmela, su madre, “la mujer más importante de mi vida”. Ella quería que fuese cura, pero cuando él le dijo que quería ser estrella del porno acabó aceptándolo: “Si es lo que quieres hacer, hazlo”. En cambio, los otros miembros de su familia le dieron la espalda. Por eso siente por ella una gran veneración. Lleva su foto a donde quiera que va y, aunque falleció hace varios años, le sigue consultando cada uno de sus pasos.

El sexo dominaba y dirigía su vida

A los once años, descubrió que su sexualidad no tenía que ver con la de ninguno de sus amigos. A los trece, vio un ejemplar de la revista pornográfica Supersex, en la cual aparecía el personaje de igual nombre. Unas veces tenía sexo con una trigueña, otras con una rubia. Ahí él vio claro que eso era lo suyo y que iba a dedicar su vida a un solo dios: el deseo. Fue, relata, el comienzo de su angustiosa lucha por dominar el instinto sexual, ese “diablo entre las piernas” que dirigió su existencia por treinta años. “Dependía del sexo. Dirigía mi vida. Durante veinte años lo hacía al menos tres veces al día. Y solo cuando quise dejarlo hace una década me di cuenta de que no podía”.

Quiso retirarse más de una vez, pero no conseguía disfrutar de una vida tranquila. Llegó tener a tendencias autodestructivas. “Llevaba el coche a doscientos kilómetros por hora, esperando sufrir un accidente. Me subía a un avión y deseaba que se precipitara”, relata. Y cada vez que su esposa o sus hijos le sonreían, se sentía “asqueroso”. Logró vencer por fin ese tortuoso dominio, y a los cincuenta y tres años dio por concluida su carrera como actor, aunque no como director (en ese campo, tiene en su haber 450 títulos). A esa despedida y al rodaje de su última película está dedicada la parte final del documental. Asegura que a partir de ahora se dedicará a dirigir, a producir y a dar clases en la Academia del Porno que pondrá en marcha en Budapest.

El Rocco Siffredi que emerge del documental es un hombre amistoso, sencillo, con una personalidad seductora y pícara. Su trabajo se lo toma con seriedad y es afectuoso con las actrices. En este sentido, los directores afirman que “es un hombre lleno de lágrimas, héroe y antihéroe, crucificado entre sus deseos y la incompatibilidad de estos con su familia”. Pero varias de las secuencias de los castings que realiza se acercan a lo violento y superan los límites de lo indigno. En una, por ejemplo, él introduce a fondo la mano en la garganta de una de las aspirantes, al punto de que a esta se le salen las lágrimas. Y en general, el dolor y la humillación son constantes. Luego se ve a las chicas, doloridas y lastimadas, cuando se reponen con una ducha. Rocco Siffredi se justifica diciendo que tiene que asegurarse de hasta dónde son capaces de llegar las aspirantes. Pero para descargo suyo, debiera haber mostrado un poco de sentido autocrítico. Por su parte, Thierry Demaiziere y Alban Teurlai expresaron: “No hemos mostrado el falso goce de las mujeres, sino sus heridas y dolor. No negamos que la pornografía sea sexista y no escondemos nada. Era nuestra principal preocupación. Sin embargo, el documental también muestra que la verdad es más compleja e incómoda”.

Los directores han evitado hacer una biografía hagiográfica del actor. En lugar de ello, le permitieron retratarse a sí mismo. Este, lo señalé antes, es bastante honesto e incluso llega a confesiones como la de que finalmente está liberado de su adicción sexual; o la anécdota de la relación sexual que tuvo con una señora mayor amiga de su madre, tras el velorio de esta. No elude, pues, detalles que, como esos, pueden dañar su propio mito.

En el documental se incluyen escenas del actor en su vida familiar, y en ellas se le ve con su mujer y sus dos hijos. No obstante, es poco el espacio que se dedica a esa faceta. De igual modo, una laguna inexplicable que se echa en falta es el relato de cómo se inició en el cine porno. Rocco Siffredi cuenta en sus memorias, tituladas Yo, Rocco, que en un club de intercambio de París conoció al actor francés Gabriel Pontello, quien aparecía con su nombre en la revista Supersex, de la que él era ávido lector. Esa publicación devino, a la postre, su introductora en el mundo del porno. A los veinte años, fue coronado por ella “Divo de las revistas porno”, lo cual le valió su primer contrato como actor y el inicio de su exitosa carrera. Tampoco hay ninguna mención a su trabajo con Catherine Breillat, que significó su incursión en un campo muy distinto a aquel en el cual se desenvuelve.

Aparte de ser un nombre, Rocco Siffredi es también una industria. Posee una compañía, Rocco Siffredi Produzione, que tiene su sede en Hungría y produce películas que generan millones de euros. Se halla a las afueras de Budapest, cerca de la pista de carreras de Hungaroring, donde se celebra el Gran Premio Fórmula 1. El hecho de haber escogido Hungría responde a que ese país es uno de los centros del porno europeo. Pero también se debe a razones sentimentales. Su esposa, Rozsa Tassi es húngara, aunque nacionalizada italiana. Se conocieron en 1993, se enamoraron, se casaron y se establecieron en Budapest. Tienen dos hijos, Lorenzo y Leonardo.

Conviene advertir que, aunque Rocco se abre con un close-up del miembro viril del actor, en él no se explota el morbo ni se muestran escenas de sexo explícito. En ese sentido, hay que agradecer a sus realizadores el haber hecho un buen documental sobre un tema que suele dar pie a la vulgaridad. Está filmado con elegancia y apuesta por una narración reflexiva y sosegada. Una recomendación a quienes se interesen en verlo: no deben demorar en hacerlo, porque el canal de streaming de Netflix no suele dejar por mucho tiempo este tipo de filmes claramente dirigidos al público adulto.