Actualizado: 29/09/2022 15:22
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CON OJOS DE LECTOR

El testimonio de un optimismo feroz

En 1971 empezó a circular la revista 'Alacrán Azul', que depara al lector curioso de hoy una considerable cantidad de sorpresas y hallazgos.

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Hace treinta y seis años inició su andadura una revista literaria sobre la cual apenas se ha hablado o escrito (en realidad, no conozco ningún texto en el que se le hayan dedicado algunas líneas, pero prefiero pecar de optimista y confiar en que ese texto existe por algún lado y que yo, torpe que soy, no he sabido dar con él). Mereció haber tenido buena suerte, mas no ocurrió así y se vio condenada a una existencia muy efímera. Quedó, no obstante, como un hermoso proyecto, y a manera de muy modesto y tardío homenaje, hoy quiero dedicarle estas páginas.

Sus directores fueron dos escritores cubanos residentes en Miami, Fernando Palenzuela (1938) y José Antonio Arcocha (1933-1998), quienes decidieron bautizar la revista como Alacrán Azul. Para poder sacarla, contaron con el apoyo financiero de Juan Manuel Salvat, quien la apadrinó y acogió bajo el sello de sus Ediciones Universal. El primer número vio la luz en 1970 (no se especifica el mes o la estación), y sus páginas se abrían con este Exordio para un Alacrán Azul: "Toda aparición de una revista literaria implica un optimismo feroz por parte de aquellos que lo publican. Proclamamos nuestro optimismo en un gran alarido poético sobre las realidades del mundo. Muy por encima de las guerras y los cataclismos, de los azarosos destierros y los campos de concentración —ya innumerables— debemos continuar publicando palabras que, aparentemente, nada tienen que ver con estas tenebrosidades de nuestro planeta. Aparentemente, decimos, porque un lector avisado siempre podrá vislumbrar de qué lado se inclina la aguja imantada de nuestro espíritu. Los que asumimos la responsabilidad de editar esta revista hacemos causa común con dos simples verdades: la libertad y la poesía. Este doble fulgor no será borrado por nada visible, mientras el mismo sea el que configura el ámbito de los pequeños pasos del hombre sobre la tierra. Alacrán Azul pretende ser un testimonio implacable de esas huellas".

Esa declaración de principios fue cumplida cabalmente por los editores de Alacrán Azul, en las dos entregas que consiguieron publicar (la segunda salió en 1971). La poesía, en efecto, mereció un espacio significativo en el sumario de ese par de números. Hallamos, por un lado, trabajos críticos y ensayísticos, pertenecientes a firmas como las de Juan-Eduardo Cirlot ( La poesía premonitoria), Carlos M. Luis ( El abismo poético de Jean Pierre Duprey) y Alberto Baeza Flores ( La poesía latinoamericana del siglo XX desde la perspectiva del año 2001). En cada número figura también un bloque con textos de creación, que dio cabida a colaboraciones, entre otros, del venezolano Ben-Ami Fihman, el francés Pierre Seghers, el argentino H.A. Murena, el rumano Ventila Horia, así como los cubanos Eugenio Florit, Raimundo Fernández Bonilla, Orlando Jiménez Leal y Octavio Armand. A destacar asimismo las dieciséis páginas que ocupó el homenaje a José A. Baragaño, que además de poemas de éste, incluyó trabajos de Ana Rosa Núñez, Vicente Jiménez y Arcocha.

La prosa de ficción también estuvo bien representada en Alacrán Azul. En el primer número, Arcocha publica un trabajo crítico, Vislumbración de Lydia Cabrera, que sirve para presentar El vuelo de Jicotea, un cuento de la autora de El monte. Se pueden leer asimismo materiales de dos pesos pesados de la literatura latinoamericana contemporánea, Gabriel García Márquez y Guillermo Cabrera Infante. Del colombiano se incluye Blacamán el bueno, vendedor de milagros, que después sería recogido por él en el libro La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972). De Cabrera Infante se incluyen dos materiales inéditos enviados por él a los redactores de la revista, y que, hasta donde yo he podido indagar, nunca más se han reproducido. Uno son las respuestas en español para la entrevista que le realizó la periodista Kjell A. Johanson, que apareció en el diario sueco Expresen. Ocupan cinco páginas y como dijo alguien de uno de sus libros, son un halago a la inteligencia y al placer de la lectura. El otro es, por su gran valor literario, una auténtica joya. Lleva el título de Meta-final, y es el final de Tres tristes tigres que su autor finalmente eliminó, atendiendo, como aclara él mismo, a que "había demasiada simetría ya para añadir esa parodia". En esas breves líneas, que redactó especialmente para los editores de Alacrán Azul, Cabrera Infante agrega: "Por casualidad hace poco que me llegaron unos baúles dejados en Bruselas que tenían muchas notas y fragmentos míos. Ahí venía ese pedazo. Solamente lo he pasado en limpio para ustedes, añadiendo una ortografía nueva aquí, un malapropismo allá, algunas dosis de anacoluto y el título, que es posiblemente lo único nuevo realmente. El texto a mí me gusta ahora pasado en limpio, con su ferocidad humorística y su homenaje a Monk Lewis, a Melville y a Conrad".

Entre los colaboradores del primer número figura también el mexicano Gustavo Saínz, quien envió un fragmento de su novela Obsesivos días circulares, próxima a ser editada por Joaquín Mortiz. En la segunda entrega, Alacrán Azul incorporó un bloque compuesto por narraciones de Fausto Masó ( Encandilados), Julio Matas ( Normandía), Lourdes Casal ( Encuentro con el león) y Leonardo Soriano ( El detalle, La invasión). A esas páginas es necesario sumar una breve reseña de la novela El mundo alucinante, en la cual Arcocha expresa su admiración por Reinaldo Arenas, "autor de dos novelas perfectas y misteriosas como una pirámide, que se ha colocado con brillo fulgurante en el mismo centro de la constelación literaria latinoamericana".


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