Actualizado: 23/10/2017 23:51
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El turno del ofendido

En este artículo, su autor cuenta cómo por un descuido editorial fue despojado del crédito de un libro publicado este año en Cuba

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Espero que donde quiera que esté, el finado Roque Dalton me disculpe por tomar en préstamo para encabezar estas líneas el título del poemario que él publicó en Cuba. Precisamente, en las líneas que siguen me voy a referir a eso, a un caso de despojo del crédito. Contaré cómo a quien esto escribe le fue eliminado su crédito como compilador de un libro editado este año en Cuba.

Como es de rigor, empezaré por el principio. Cuando viví en Madrid, entre 1986 y 1998, conocí e hice buena amistad con Gastón Baquero. Esos años coincidieron con su redescubrimiento como poeta, tanto en España como en la Isla. En cambio, su magnífica labor como periodista siguió siendo relegada al olvido, algo de lo cual el propio escritor era en parte responsable. Es cierto que publicó varios libros de trabajos críticos (Darío, Cernuda, y otros temas poéticos, 1969; Indios, blancos y negros en el caldero de América, 1991; La fuente inagotable, 1995). Pero en ellos reunió textos de corte más bien ensayístico. En periódicos habaneros como Información y Diario de la Marina dio a conocer cientos de artículos, y por lo poco que yo conocía de esa actividad suya, tenía la certeza de que una parte de la misma merecía ser recuperada en un libro.

Pude acometer ese proyecto en los últimos años de la etapa en que residí en Miami. Pienso que debe haber sido entre 2002 y 2004. Lo primero era disponer de una relación de los trabajos que Baquero publicó en Diario de la Marina (revisar Información quedaba fuera de mis posibilidades, pues solo existe en Cuba). En la Biblioteca Otto G. Richter, de la Universidad de Miami, poseen la colección completa en microfilme. Así que durante varios meses, me iba allí por las tardes a revisar mes por mes y día por día. Cubrí desde febrero de 1945 hasta mayo de 1961, años en los cuales Baquero fue su jede redacción. Al final de esa pesquisa, tenía un listado de 1.300 artículos. En su mayor parte, aparecieron en la página de opinión. Pero en algún momento descubrí que también colaboró en otras secciones, lo cual me obligó a volver atrás en algunas fechas.

A partir de esa relación, pude entonces hacer una selección de artículos sobre arte y literatura con vistas a preparar una antología (de paso, apunto que los dedicados a esa temática no fueron tantos, como cabría esperar de un hombre de letras). Al inicio, para pasarlos a la computadora usé las fotocopias que había impreso. El tamaño de la letra era muy pequeño y muchas veces me vi forzado a usar una lupa. Años después aparecieron los flashdrives y pude escanear parte de esos artículos. Eso me facilitó enormemente la labor, pues me permitía ampliar el tamaño del texto. Pude por fin concluir la digitalización y opté por dejar la escritura del prólogo para cuando se presentase la oportunidad de que alguna editorial se interesara.

Esa oportunidad se presentó en el año 2013. En el mes de mayo, fui por unos días a La Habana. Durante mi estancia fui a saludar a un amigo que trabaja en el Instituto Cubano del Libro. Por iniciativa suya, fuimos a saludar a su presidenta, Zuleica Romay, quien pese a que estaba por entrar a una reunión tuvo la amabilidad de recibirnos. Se mostró muy afable conmigo y me preguntó si tenía algún libro que proponerle. Le hablé de la antología de artículos de Baquero, le mencioné que en 2014 se cumpliría el centenario de su nacimiento y le argumenté que sería oportuno que para entonces se pudiera publicar en Cuba. Recibió mi propuesta con mucho interés. Me dijo que le mandase el libro, que ella se ocuparía de buscarle editorial.

Al regresar a Estados Unidos, me puse a redactar de inmediato el prólogo de la antología, que desde mucho antes había decidido titular Paginario disperso. Pocas semanas después, recibí un correo electrónico de Olga Marta Pérez, directora de Ediciones Unión. Zuleica Romay había hablado con ella y le pidió que se encargara de la publicación de la antología. Dos de libros míos habían salido por Ediciones Unión: Virgilio Piñera en persona y Revelaciones de mi fiel Habana, la compilación de las columnas que José Lezama Lima escribió en el Diario de la Marina. En ambos casos quedé satisfecho con las ediciones. Para la segunda tuve incluso el privilegio de contar con un editor de lujo, el escritor Reynaldo González. De modo que me pareció muy bien que Paginario disperso apareciese bajo ese sello.

El trabajo con la editora lo hice a control remoto, es decir, a través del correo electrónico. En esencia, consistió en enmendar errores mecanográficos y cuestiones de ese tipo. Al terminar esa labor, ella me dijo que si yo quería, podía sugerir a la editorial que me enviase el pdf para que lo revisara. En ese momento yo estaba a punto de salir de viaje fuera de Estados Unidos, y le dije que no, pues eso podría ocasionar demoras. El libro estuvo impreso para comienzos de este año y fue presentado en la Feria Internacional del Libro de La Habana. Yo vine a tenerlo en mayo, cuando viajé a la Isla.

La primera vez que lo hojeé no noté nada fuera de lo normal. Solo fue algunos días después cuando vine a percatarme de un grave error: en la portadilla mi crédito como compilador había desaparecido. O para decirlo claramente, alguien lo había eliminado. Décadas atrás, cuando los libros pasaban por las manos de un linotipista que preparaba los plomos, algo así hubiera sido atribuible a esa persona. Hoy no, pues el documento a partir del cual se prepara lo que se manda a la imprenta es el enviado por el autor. De manera que si en el original figuraba mi nombre y al final no aparece, se debió a la intervención de alguien.

El 16 de julio escribí un correo electrónico a Olga Marta Pérez para notificarle lo sucedido. Le comenté las consecuencias que para mí tenía: en ninguna biblioteca del mundo me van a dar crédito como compilador de Paginario disperso. Mi único crédito será el de prologuista. Le hice saber además que la editora, quiero pensar que con buena fe, corrigió sin haberme consultado lo que en su criterio era un error mío. En el artículo titulado “Gradual de laudes: poesía de meditación y alabanza”, enmendó laudes por laúdes. Es evidente que ignora que además de laúd, en castellano existe la palabra laude, que entre otros significados designa una de las pases del oficio divino, que se dice después de los maitines. Yo había aprendido la diferencia existente entre laude y laúd allá por 1984 o 1985, cuando entrevisté a Gaztelu para mi libro Cercanía de Lezama Lima.

Las disculpas que nunca llegaron

Por supuesto, cuando escribí para quejarme muy educadamente por lo sucedido no me pasó por la mente exigir que se hiciese una nueva edición, corrigiendo el entuerto. No, por Dios. Aspiraba únicamente a recibir una disculpa y una explicación. Una buena amiga me auguró: “No esperes que Olga Marta te va a responder. ¿Qué te va a decir?”. Pues eso: pedirme disculpas, como es lo más elemental. Los días empezaron a transcurrir y, en efecto, por respuesta recibí el silencio. No obstante, aún albergaba la posibilidad de que mi mensaje no hubiera llegado a su destino. Escribí entonces a un amigo que trabaja en la UNEAC. Le pedí a preguntase a Olga Marta si había recibido el correo que le remití a propósito de algo ocurrido con Paginario disperso. Su contestación fue: sí, lo recibió. Le parece un error garrafal y te escribirá sin falta. Hasta hoy, es un decir, aguardo la respuesta prometida. No puedo decir qué me ha irritado más, si la eliminación de mi crédito o el no haber recibido una sola palabra de disculpa de la directora de Ediciones Unión. Es como si el error garrafal no fuera suficiente y quisiese echar sal a la herida.

Quedarme callado y aceptar resignadamente el doble agravio, no es algo compatible con mi carácter. Escribí a algunas amistades de la Isla a quienes conté lo ocurrido y finalmente algo se empezó a mover. A mediados de noviembre, Francisco López Sacha, presidente del Consejo Asesor de Ediciones Unión, me envió un correo electrónico para disculparse. “No hubo ningún acto de premeditación ni ningún otro de otra naturaleza, que no fuera el lamentable error que no fue detectado a tiempo”, me expresó. Naturalmente, le escribí para agradecerle sus palabras.

Hubo además otro gesto generoso y solidario de la escritora Marilyn Bobes, quien redactó un artículo que apareció en la publicación digital oncubamagazine. Allí, entre otras cuestiones, se refiere a lo que ella califica como el descuido de una profesional de Ediciones Unión. Le agradezco doblemente su trabajo, pues se trata de una persona con quien prácticamente en Cuba yo no tuve trato. A raíz de la publicación de su texto, varios amigos me hicieron llegar mensajes. Algunos de ellos ponían en duda de que la supresión de mi nombre se debiera al descuido de una profesional. Otros iban más lejos y lo atribuyeron a un acto de censura y al embargo cultural que hace de mí una no-persona, por mi condición de exiliado.

Mi libro Virgilio Piñera en persona apareció en 2003 por Ediciones Unión, que lo reimprimió en 2011 para el centenario del autor de La carne de René. ¿Qué sentido tiene publicar dos veces un libro en el cual mi nombre aparece en la cubierta y luego censurar mi crédito como compilador en el interior de Paginario disperso? Añado otro argumento para avalar lo que trato de decir: el mes pasado fue presentado durante el Festival Internacional de Teatro de La Habana un nuevo libro mío, Héctor Quintero: un comediógrafo sin remordimientos (Ediciones Alarcos, 2015). No hace falta que aclare que en la cubierta del mismo aparece mi nombre con los dos apellidos. Lo sucedido con Paginario disperso es un problema de otra índole y del cual yo solo soy uno de los varios autores que se ha visto afectado.

Ese problema se puede resumir en unas pocas palabras: falta de profesionalismo, desidia, negligencia, descuido, irrespeto hacia el trabajo de los escritores. Pienso que el mejor modo de explicar esto es mediante ejemplos que hablan por sí solos. Para empezar, la semana pasada reseñé Las palabras de El Escriba y señalé los varios errores que afean la edición. El más imperdonable de todos es la ausencia del nombre de Virgilio Piñera en la cubierta.

También en este mismo diario di noticia de la salida del libro de Marta Valdés Palabras. Lo que no dije entonces es que en el mismo se omitió la ficha bibliográfica de la autora. Debió aparecer en la contraportada, como es norma en los títulos de Ediciones Unión, pero al parecer nadie se dio cuenta de que no fue incluida. La falta de cuidado se extiende asimismo al interior del libro y, en particular, al índice. Allí en el título de uno de los trabajos de Valdés, Ñico Rojas pasa a ser Nico Rojas. Ese artículo además no empieza en la página 250, como erróneamente figura, sino en la 248. Asimismo hay otro trabajo cuyo título resulta un tanto enigmático: “De Miriam y Ernán a Lecuona y Martí1”. ¿Por qué Martí1? El lector que lo busque en el libro, comprobará que el misterioso 1 corresponde al número de una nota a pie de página.

En 2012, llegó a las librerías el ensayo de Sergio Chaple Estructura y sentido en la novelística de Alejo Carpentier: la producción de los sesenta. Para quienes no estén familiarizados con la obra de Carpentier, el título ha de sonar perfectamente normal. Sin embargo, dista de serlo. Es un disparate hablar de su producción novelística de los sesenta porque la tal producción se reduce a una única obra: El Siglo de las Luces. Pero al leerse el libro, se comprueba que la década que analiza Chaple no es la de los sesenta, sino la de los setenta. Pero un error, uno más de tantos, lo condenó a ser el autor de un libro cuyo título lo pone inmerecidamente en ridículo.

Otra muestra que confirma lo que señalo es Virgilio Piñera, de vuelta y media. (Correspondencia 1932-1976). Aunque leí ese libro cuando apareció, recién hace pocos días fue cuando vine a descubrir que, al igual que Paginario disperso, carece de compilador. Recoge cartas que Piñera envió, entre otros, a Witoldo Gombrowicz, José Rodríguez Feo, María Zambrano, Julio Cortázar. Alguien debe haberse dedicado a reunirlas, pues ese material se hallaba disperso por diferentes lugares. ¿A quién corresponde el crédito por tan paciente y dedicada labor? Es algo que los lectores nunca sabrán.

Roberto Pérez León firma la introducción, y personalmente puedo atestiguar que desde hace bastante tiempo tenía recogida en un grueso volumen la correspondencia del escritor. La selección, pues, debe haberla hecho él. Eso lo corrobora la Nota sin firma y redactada en primera persona que aparece después de su prólogo. Al inicio de la misma se lee: “Todas las cartas fueron localizadas en archivos personales que tuve el privilegio de revisar hace ya muchos años”. ¿Por qué entonces su nombre no fue incluido en la portadilla, como exige el rigor más elemental?

Supongo que a modo de consuelo, algunos amigos de la Isla me escribieron para contarme experiencias similares que tuvieron con libros suyos publicados por Ediciones Unión. Hay desde casos como el citado de Sergio Chaple, con títulos que por error salieron cambiados, pasando por reimpresiones que comenzaran a imprimirse sin que se notificara a los autores si deseaban introducir alguna modificación, hasta otros de envíos de archivos equivocados a la imprenta. Pero exponerlos a la luz pública es algo que corresponde a esas personas, no a mí. En todo caso, resulta fácil deducir de todo ello que si contabilizasen todos esos descuidos y pifias darían lugar a un memorial de agravios de considerables proporciones.

A lo largo de todos estos años he reseñado en este mismo diario decenas de obras publicadas en Cuba. No niego que en algunas se deslizaron erratas. Pero en general, las ediciones de sellos como Letras Cubanas, Oriente, Abril e incluso de las editoras territoriales están hechas con profesionalismo, cuidado y pulcritud. Por los mismos meses que Paginario disperso llegó a las librerías, empezó a circular Una señal menuda sobre el pecho del astro, que recoge una selección de los ensayos de Gastón Baquero. Pertenece a las Ediciones La Luz, de Holguín, y como me hizo notar el editor y escritor Pío Serrano, demuestra un amor y una vocación por el trabajo bien hecho. Algo de lo cual Ediciones Unión no puede presumir, pese a contar con muchísimos más recursos.

La pregunta que aquí se impone es: ¿hasta cuándo cosas como las aquí enumeradas van a continuar sucediendo? Personalmente, no albergo optimismo alguno ni espero que nada vaya a cambiar. Todo va a seguir como hasta ahora, y aquí paz y en el cielo gloria.