Actualizado: 23/10/2017 19:18
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Literatura cubana, Virgilio Piñera, Periodismo

Las escrituras del Escriba

Dos investigadores jóvenes han recuperado y recogido en un volumen una de las facetas menos conocidas y valoradas de Virgilio Piñera: la labor periodística que desarrolló entre 1959 y 1961

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A diferencia de otros escritores cubanos —Alejo Carpentier, Gastón Baquero, Jorge Mañach, Lino Novás Calvo, para citar algunos de su época—, Virgilio Piñera no consideraba el periodismo como una alternativa. Antes de 1959, sus colaboraciones en diarios y revistas fueron poquísimas y esporádicas, lo cual evidencia su poco interés en haberlas regularizado.

Quiero citar una carta que le dirigió en agosto de 1943 a Gastón Baquero. Allí le da el pésame por haber sido designado columnista del periódico Información. Y explica: “Porque es enterramiento lo que ha dejado de existir y cada día que transcurre irás enterrando fragmentos del Gastón Baquero no solicitado por el cotidiano artículo de actualidad. Sabes mejor que yo los peligros de lo fácil. El acto de escribir día por día sobre algo no definido; sobre algo que no es un tema que se lleva y se rumia salvajemente conducirá necesariamente a la esterilidad”. Y más adelante afirma que “es absolutamente imposible la operación que da en recubrir de nobleza estilística los cadáveres de lo escrito a vuela pluma”.

Piñera sataniza el ejercicio periodístico, y sus generalizaciones lo llevan a expresar juicios que pueden ser refutados con ejemplos que prueban lo contrario. Hace varias semanas escribí en este mismo diario a propósito de unos artículos correspondientes a la etapa en que Gabriel García Márquez se ganó la vida como periodista. Fue esa una labor que desarrolló entre 1952 y 1960, y se materializó en cientos de artículos. En esa copiosa producción hay, naturalmente, páginas más logradas que otras. Pero a su autor no se le puede criticar que caiga en el facilismo, ni tampoco puede hablarse de su esterilidad como creador. Asimismo, al igual que García Márquez, César González Ruano, Francisco Umbral, Truman Capote y tantísimos otros de sobras han demostrado que es absolutamente posible conseguir no solo nobleza estilística, sino además agudeza de pensamiento en la servidumbre del artículo diario. Esta última frase pertenece a Jorge Mañach, otro escritor que con su trabajo dejó una excelente lección de lo que es el periodismo bien entendido.

Pero el propósito que anima estas líneas no es polemizar con la opinión que tenía Piñera acerca del periodismo. Líbreme Dios de ello. Quiero dar noticia de la salida de un libro que viene a documentar su única incursión en esa actividad. Hablo de Las palabras de El Escriba. Artículos publicados en Revolución y Lunes de Revolución (1959-1961) (Ediciones Unión, La Habana, 2014, 364 páginas). La compilación se debe a dos jóvenes investigadores, Ernesto D. Fundora Castro (1983) y Dainerys Machado Vento (1986). Y de entrada, apunto que son merecedores de todos los elogios: el trabajo hecho por ellos es modélico por el rigor, el cuidado y la dedicación con que lo han realizado.

Piñera probablemente rectificó su radical postura. Se dio cuenta de que sus prejuicios y reticencias eran infundados y, como le dice en un carta a su amigo Humberto Rodríguez Tomeu, enganchó en el periódico Revolución. Entró como corrector de pruebas y luego le dieron un puesto fijo de redactor en la sección de arte y literatura. Tenía que entregar semanalmente tres artículos de tres cuartillas. Eso, como señalan los compiladores, lo convirtió en una de las firmas más eficaces del diario. Esos textos no aparecían con su nombre, sino bajo el seudónimo de El Escriba. La razón, según algunos, es que fue algo que le fue impuesto por prejuicios contra su condición homosexual. Además de en el periódico, Piñera pasó a colaborar en el suplemento Lunes de Revolución, donde aparte de sus artículos también se publicaron traducciones hechas por él.

En el caso de Piñera, se puede aplicar aquello de que nunca se debe escupir hacia arriba. En la carta a Baquero le comenta que veía el terror que le sobreviene al pensar que “un día se hará un libro con tus artículos —un nuevo Violetas y Ortigas o Desde mi Belvedere— y será ofrecido como obra definitiva entre tus obras”. Póstumamente, él también ha tenido una compilación de sus artículos periodísticos. Y lo que más le habría sorprendido, ese libro no desmerece al lado de sus novelas, sus piezas teatrales, su poesía, sus cuentos.

El cuerpo periodístico recopilado en el libro objeto de estas líneas es Piñera en estado puro. En esas páginas hallamos su estilo irreverente, su mordacidad, su desenfado y su forma de “concebir la escritura, desencartonándola, padeciéndola, disfrutándola” (cito de nuevo a los compiladores). Es de notar la variedad temática que cubre, así como también el frenético ritmo de trabajo que desplegó en esos años. Otro aspecto a destacar en esos artículos es el sincero optimismo con que recibió el recién iniciado proceso revolucionario. En el último artículo que entregó al periódico, se puede leer: “Ahora estoy en terreno favorable. La Revolución me ha dado carta de naturaleza”. Entonces estaba muy lejos de imaginar que esa misma revolución, ya sin mayúscula, que saludaba con entusiasmo lo anularía como escritor y reduciría al más injusto silencio.

Para denuncias nada más, están los empleados municipales

Piñera reconoce que la revolución “le ha prestado un grandísimo servicio al escritor: lo ha sacado del impasse estetizante en que se encontraba para colocarlo en un plano de confrontación inmediata consigo mismo y con su pueblo”. Pero igualmente advierte: “¿Quiere esto decir que el escritor cubano tenga, de hoy en adelante, que escribir sus libros según consignas? ¿Que reciba órdenes perentorias, que tenga que amoldarse a los temas que señale la Revolución? Para evitar malentendidos (¡y cuántos no se originan día por día!) diremos que la Revolución no ha pensado por el momento en dar pautas al escritor, en consignarlo a escribir lo que ella quiera” (“Literatura y Revolución”). Por el momento, precisa Piñera. Empero, todo llegaría. Un par de años después las pautas para el arte y la literatura las establecería el propio Innombrable en la famosa reunión con los intelectuales, celebrada en la Biblioteca Nacional en junio de 1961: “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”.

En otro artículo, el titulado “Miscelánea”, Piñera retoma ese asunto: “Así como la Revolución plantea la disyuntiva sagrada: Revolución o Muerte, así también nosotros, escritores, nos planteamos: Literatura o Muerte. Si a la Revolución se le desvirtúa, moriría; si a la Literatura se la pusiese a producir slogans pretendidamente literarios, moriría igualmente. El escritor está en el deber de crear para el pueblo, el escritor debe reflejar en sus obras los problemas nacionales, pero a condición de no quedarse en la pura propaganda. Bajo esta cómoda postura se refugian muchos pretendidos escritores que, por el solo hecho de hacerla, pasan por tales. Si el obrero tiene autonomía en su trabajo, no veo por qué no había de tenerla el escritor en el suyo (…) Y si es el caso la vigilancia sobre el escritor, sería a ejercerla sobre aquellos que se limitan a denunciar, sin arte alguno, la explotación del hombre por el hombre. Para denuncias nada más, están los empleados municipales; para denuncias, pasadas por el tamiz mil veces más fino del Arte, están los escritores”.

Lejos de adoptar la confortable actitud de mero testigo, Piñera se involucra y toma parte en el acontecer de esa época. Basta leer artículos como “¿Qué pasa con los escritores?”, “El baquerismo literario”, “Algo pasa con los escritores”, “Exhortación a Rodríguez Feo”, “Aviso a los conformistas”, “Aviso a los escritores”, “Nueva imagen del escritor cubano”. Dedica también páginas a cuestiones literarias y culturales como la profusión de malas traducciones en los teatros habaneros, la importancia de que los nuevos agregados culturales que se nombren sean personas verdaderamente calificadas, la necesidad de preparar una historia de la literatura cubana con criterios y métodos más actuales.

En los trabajos que publicó en Lunes de Revolución, Piñera se ocupa solo de temas literarios. Escribe acerca de figuras como Emilio Ballagas, Albert Camus, Rubén Martínez Villena, Rolando Escardó; de obras como Amistad funesta, Don Quijote, Veinte poemas de amor y una canción desesperada. En ese suplemento también vieron la luz el “Diálogo imaginario”, donde conversa con Jean-Paul Sartre, y “Piñera teatral”, el prólogo a la edición de su Teatro completo. Asimismo prestó atención a los libros que se publicaban y reseñó varios de ellos. En el caso de los autores jóvenes, se muestra exigente y no cae en el paternalismo, pero destaca los valores de aquellos que los tienen. Sin embargo, había ocasiones en que era implacable. Me referiré a una de ellas.

En “Las plumas respetuosas”, cuenta que en 1938 dio una conferencia sobre Gertrudis Gómez de Avellaneda que molestó a José María Chacón y Calvo. Este lo acusó de irrespetuoso, lo cual lleva a Piñera a expresar que se siente muy bien con su falta de respeto. Para él no es posible que un escritor sea reputado si, además de respeto de sí mismo y de su propia obra, no tiene “valentía y coraje para arriesgar todo, incluso la propia vida”. Y precisamente esto último es lo que él demostró poseer cuando reseñó el poemario de Samuel Feijóo Himno a la alusión del tiempo. Allí se atrevió a escribir cosas como estas:

“Así que lazos, así que astros, así que alciones, así que azufre, así que aletargada y sorda… ¿Y el asalto a la fortaleza? Feijóo, estamos esperando que usted asalte el Moncada de los falsos poetas como Fidel asaltó el Moncada de los falsos militares. No es posible que después de haberlo prometido, después de haberlo proclamado a voz en cuello nos deje usted empantanado en las rimas cobardes de su poema temporal (…) No es posible, no es tolerable que usted se arme de pies a cabeza con herramientas gastadas, con cotas de malla lezamiana, con valerianismos trasnochados para el asalto a ese Moncada que usted, impotente, pretende arrasar palmo a palmo. ¿Y sabe lo que le espera por palabra incumplida, por acto no realizado, por impostura manifiesta y por engaño en descampado? Pues nada menos que el paredón. Es decir, el paredón del desprecio. Eso buscó, eso tendrá”.

Los compiladores hicieron un magnífico trabajo

Sin embargo, no debe pensarse que todo es sonido y furia. En sus reseñas y comentarios, Piñera desgrana juicios atinados, ideas inteligentes, observaciones lúcidas. En su artículo —más bien ensayo— sobre Amistad funesta expone con claridad y argumentos los aciertos y debilidades de la novela de José Martí. De valores muy estimables es también “Veinte años atrás”, donde revisita Enemigo rumor, de José Lezama Lima. Eran momentos, conviene recordarlo, en que a su autor y a otros miembros del Grupo Orígenes se les atacaba ferozmente desde las páginas de Lunes de Revolución.

Con objetividad y sensatez, Piñera valora la novedad que para su época tuvo aquel poemario —“lo nuevo de Enemigo rumor era el manejo de palabras y temas hasta entonces no tocados por ninguno de nuestros poetas”—, aunque después señala que los tiempos cambian “y no es, por cierto, la misma cosa Lezama en 1941 que Lezama en 1959”. A eso añade una advertencia oportuna: “Ahora bien, si vamos a enjuiciar a Lezama con vistas al presente tendremos primero que examinarlo en su momento de esplendor, en su postura revolucionaria veinte años atrás. Si un emplazamiento no cuenta con este factor está invalidado de antemano. Dicho en otras palabras: la llave de la poesía cubana se había cerrado tan fuertemente que de ella salían apenas unas gotas. Lezama la abrió y surgió un chorro incontenible. ¿Podríamos olvidar ahora evidencia tan aleccionadora?”.

No quiero abrumar más al lector de este texto con otros ejemplos que ilustren lo que puede encontrar en Las palabras de El Escriba. Prefiero ahora dedicar algunas líneas a elogiar el magnífico trabajo hecho por los compiladores. No solo realizaron una exhaustiva búsqueda para reunir absolutamente todo lo que Piñera publicó en esas dos publicaciones. Incluyeron además una lista de sus textos de creación (teatro, cuento, novela), de los conversatorios en los que intervino, de las traducciones que aparecieron con su firma. El volumen cuenta también con dos índices: uno con los nombres de autores, obras y lugares geográficos y otro de materias que se tratan en los artículos.

A eso hay que añadir las numerosas notas a pie de página, que dan cuenta de la labor minuciosa y paciente labor con que fueron redactadas. Los compiladores no han dejado prácticamente ninguna persona sin identificar, ningún hecho al cual se alude sin ubicar. El criterio seguido fue anotar “aquello que, desde una perspectiva biográfica, bibliográfica o cultural contribuya a precisar el sentido de los textos mediante explicaciones que permitan una mejor comprensión al lector”. Sé que habrá quienes opinen que son demasiadas, que esta o aquella son prescindibles. Eso ya queda al criterio de cada cual. Lo que nadie podrá escatimar a Ernesto D. Fundora Castro y Dainerys Machado Vento es la felicitación por la seriedad y el rigor que pusieron en su trabajo.

Para la edición de Las palabras de El Escriba se escogió un formato más grande que el habitual: 9½ por 8 pulgadas. La portada, diseñada por Gipsy Duque-Estada, es bonita, pero voy a contar lo que me ocurrió la primera vez que tuve el libro en mis manos. Miré la cubierta, la volví a mirar y había algo raro. Entonces, parafraseando al poeta, pensé para mí: ¿Qué busca en ella mi anhelante vista con tanto afán? ¿Por qué no miro en ella ¡ay! el nombre del autor? No lo miro porque sencillamente no está. Así como zumba y suena. En la contraportada aparece la ficha de Piñera, pero en la cubierta su nombre no figura. Vaya por Dios. Eso es lo que se llama un error garrafal e imperdonable.

Pero aún me aguardaba el hallazgo de otras pifias. Al empezar a leer la introducción de los compiladores, algo atrajo mi atención. Al final de la página 9 se ve una zeta que ocupaba, ella solita, toda una línea. Estaba al inicio y luego no había nada más. ¿De qué palabra se había escapado? ¿No pudo alguien llamarla a capítulo y decirle: qué fuga es esa, cimarronzuela de negros pies? ¿Explicarle que cada cosa tiene su lugar y que el de ella no es ahí? Mas estaba por venir algo peor. En esa misma página, en el texto correspondiente a las notas 2, 4 y 5 el espacio de la eñe y del signo de admiración que abre ha sido ocupado por un símbolo intruso. De modo que el apellido del escritor se lee Piera y una frase entre paréntesis, una vez más! En total, eso ocurre siete veces. Continué la lectura y en la página 13 aparece: “Como órgano del Movimiento 26 de Julio…”. ¿Por qué motivo las negritas? Misterio. En la siguiente página el enigma es más enigmático, pues solo ocurre en una sílaba: compartía. Vaya, así que estamos de cachondeo, pensé decirles a las traviesas letras. Pero no crean que es todo, porque no lo es. Al final del índice aparece: De los compiladores y el ilustrador/ 360. Fui a la página y, en efecto, están las fichas de los dos compiladores, pero la del ilustrador como se dice brilla por su ausencia.

Pero Las palabras de El Escriba trasciende todos esos descuidos y chapucerías editoriales para presentarse como un libro que, como señala Margarita Mateo Palmier, permite un nuevo contacto con una de las voces esenciales de la intelectualidad cubana del siglo XX.