Actualizado: 22/11/2019 16:09
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Memorias de la Revolución, Literatura, Narrativa

El Vedado

CUBAENCUENTRO continúa su sección de narrativa cuyo tema central es lo que se podría catalogar de “memorias de la Revolución”

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A las pocas semanas de llegar a La Habana conocía el barrio del Vedado, especialmente los alrededores del apartamento donde vivía. Otorgar algún mérito a ese saber adquirido es completamente injusto. En El Vedado las calles que van de oeste a este tienen números. Las de norte a sur se denominan con letras a partir de Paseo hacia La Rampa. Es imposible perderse. Años más tarde extrañaría esa perfección en Miami.

Lo atrajo esa falta de nombres y apellidos ilustres. Venía de un pueblo donde cada esquina arrastraba la sombra de un patriota. Desde niño —sentado en un aula de paredes descascaradas, donde colgaban rostros que las maestras se empeñaban en describir con adjetivos monótonos— aprendió el rechazo a los patriotas. De esa gente lo más que se podía esperar era un regaño. Y estaba también el problema del tiempo. Es correcto que una calle se llame Carlos III y Avenida de Colón si tiene doscientos años. En Cuba nunca fue necesario esperar. Sin acabar de pavimentar un pedazo de tierra, ya había que escribir en el remitente de una carta: Serafín Sánchez 79 (este), entre Maceo y Honorato Castillo. Le parecía anticuado trabajar tanto para poner la dirección en un sobre. Una pérdida de tiempo. Aburrido cargar con tantos patriotas a la hora de ir al correo.

Su edificio quedaba a dos cuadras de la calle 23, una de las principales del reparto. En la esquina de 27 y G. La calle G no es una calle sino una avenida: Avenida de los Presidentes. Las calles más anchas —de varias sendas y divididas al centro por un área de árboles y bancos— son avenidas en El Vedado y Miramar. La geografía determina la denominación en El Vedado. Pero los habaneros no se detienen en distinciones. Hablan de 23 y 12, Paseo y Línea, 27 y G. Todas son calles, salvo en dos o tres casos excepcionales. Por eso también al Vedado se le puede suprimir el artículo sin problema. Dicen voy al Vedado y no voy a El Vedado. Si tienen algún respeto es para la calle 23, que es más importante que cualquier otra. Solo G, Paseo y Línea intentan competir con ella. Pero estas cuentan porque sirven de vía de acceso a otras áreas de la ciudad. La calle 23 hace algo más. Antes de terminar en El Malecón tiene La Rampa.

La Rampa no es el centro del Vedado sino su polo de atracción. El Vedado no es bipolar. Si uno se aleja del mar —por la calle 23— es porque tiene que ir a Almendares o a Marianao o a Las Playas. La Rampa es una meta y no una vía. En ella se concentran centros nocturnos, restaurantes y grandes hoteles. Contemplaba la ciudad desde la altura de 27 y G y la felicidad del regreso siempre era la ilusión mayor de cualquier viaje. La vuelta a las dos patrias. El Vedado y La Rampa, que eran una las dos.

Cumplió dieciséis años cuatro meses después de llegar a la capital. Los dulces dieciséis cantaban Los Cinco Latinos. A partir de ese momento, la ley del Servicio Militar Obligatorio impedía que abandonara la Isla. Hasta que tuviera veintisiete. “Para entonces seré un viejo.” Se resignó a ir a la universidad y a estudiar ingeniería eléctrica.

Todos, salvo él y un mariconcito —alto y delgado, empeñado inútilmente en ocultar su afeminamiento— estaban becados en su curso. La beca los libraba de las dificultades del transporte. Era además un acto de reafirmación revolucionaria. No estar becado despertaba sospechas.

Nunca le pidieron que se becara, aunque su condición de alumno externo lo señaló desde el comienzo.

No intentó remediarlo estudiando, participando en más reuniones y con una militancia destacada. Su solución fue otra: convertirse en habanero.

Hasta el triunfo de la revolución, los habaneros alardearon de que en la Isla solo había una ciudad, la suya. Lo demás era “el campo”. Cada vez menos se atrevieron a sostener esa declaración luego de que se hizo claro —a comienzos de enero de 1959— que la política del régimen era resaltar el campo y echarle tierra a la ciudad. Se inició una campaña sin interrupción para enviar habaneros al campo, lo mismo a pelear, y así poner fin a las bandas contrarrevolucionarias —bandidos les llamaba el Gobierno—, que a enseñar a los campesinos a leer y a trabajar la tierra junto con ellos, durante jornadas productivas que se extendían por semanas y meses. Pero en realidad el cambio más profundo fue en sentido contrario. La capital se vio invadida de campesinos. A estos siempre se les había llamado guajiros. Pero ahora la palabra tenía una carga peyorativa que hacía peligroso repetirla. Era preferible hablar de compañeros del campo o compañeros a secas. Para no equivocarse.

No quiere equivocarse frente a sus compañeros de la universidad, pero incorpora la vieja afirmación habanera. Solo hay una ciudad en Cuba. La que quiere hacer suya. Lo demás es el campo. Une la necesidad de ocultar su pasado de apatía revolucionaria con el deseo de un origen mejor. No será un guajiro y mucho menos un compañero del campo. Es un habanero. Intenta justificarse políticamente al decir que no tiene la culpa de haber nacido en La Habana. No lo atormenta su lugar de nacimiento. Recuerda con agrado a Camagüey. La capital de provincia a la que su madre se trasladó para tenerlo. Donde pasó varios meses todos los años en la casa de sus abuelos, antes de mudarse para El Vedado. Lo que le molesta es haber crecido en un pueblo polvoriento —en el medio de la Isla— cuyas calles no conducen al mar sino a otros pueblos y a centrales azucareros donde un olor dulce y pegajoso comienza a sentirse antes de ver las casas y los vagones de ferrocarril cargados de caña de azúcar y la enorme fábrica que define la existencia de los alrededores. Inventa una vida. Niega su infancia. Se convierte en un adolescente nacido en la capital, que ha estudiado en escuelas y centros de segunda enseñanza de La Habana y de varios pueblos del interior —sin mencionar nunca a su pueblo— a los que su familia ha tenido que trasladarse por motivos de trabajo.

“No me gusta La Habana”. Su abuela está sentada a su lado en el ómnibus. No contesta, porque le basta mirar por la ventanilla a la vía férrea —que va paralela a la carretera y ya comienza a dividirse en dos, tres y cuatro ramales— y a las chimeneas y al hollín que mancha las fachadas de los edificios de varios pisos y a los talleres y las fábricas y las avenidas y a los semáforos, que conoce de la ciudad de provincia donde ha nacido. Los semáforos ahora se multiplican y no pertenecen a una o dos calles. Están en cada esquina y obligan a detenerse y a esperar. A dar más tiempo. Para confirmar que un cambio llega a su vida.

Doce años de vivir en un pueblo atravesado por la Carretera Central. La que le tienen prohibido cruzar en bicicleta. “Si tienes que cruzar la Carretera Central, te bajas de la bicicleta y la cruzas caminando. Así no hay peligro de que te caigas. Qué no me entere de que montas bicicleta por la Central”. Su madre se lo había advertido muchas veces, aunque un día no le hizo más caso y no solo iba en bicicleta por esa vía, sino que subía pedaleando “los elevados”. Un paso a nivel donde la carretera asciende sobre la vía del tren y que todos sus amigos subían y bajaban los fines de semana, porque en el descenso se logra mayor velocidad que en cualquier otra calle y el aire golpea en la cara y levanta la camisa.

Un pueblo donde los trenes cargados de caña de azúcar pasan deteniéndose casi frente al instituto de segunda enseñanza, al que sabe tendrá que asistir un día como paso previo para poder marcharse de aquel sitio que detesta. El paso inevitable antes de irse a estudiar en la Universidad de La Habana. Aquel casi detenerse del tren era una oportunidad que aprovechaban otros para arrancar algunas cañas. Él no. Porque eso también está prohibido. Y si en algún momento se hubiera atrevido —nunca lo hizo, o al menos no lo recordaba—, después no habría sabido qué hacer con las cañas. Había que morder duro el tallo pelado y no importarle a uno si el jugo pegajoso se escurría por los labios. Arrancar un trozo con los dientes, colocándolo a un lado de la boca y triturar y luego escupir el cogollo.

“La Habana es fea. No me gusta.” Repite su abuela. Y él sabe que ella ha hecho el viaje a regañadientes, porque su hermano —el tío que él no conoce, del que solo ha escuchado el nombre mencionado con rencor por sus padres y abuelos— agoniza en un barrio de esta ciudad que ve por segunda vez.

Ha estado antes en La Habana. Pero ahora es como si fuera la primera vez que llega a la ciudad. Del viaje anterior con sus padres solo tiene el recuerdo de algunas tiendas y del cine Radiocentro, con la función de Cinerama. De que fue al estádium del Cerro, aunque de eso no recuerda nada. Jugar a la pelota nunca le ha gustado mucho. No solo que es gordo y corre mal y no sabe batear y mucho menos se atreve a coger un fly. También porque pocas veces lo dejan jugar con los muchachos del barrio. Aunque tiene un guante y un bate y una pelota, que cuando está muy aburrido tira contra una de las paredes del patio de su casa. Pero eso tampoco puede hacerlo desde hace unos meses. Porque la pared está recién pintada y su abuela y su madre dicen que la pelota deja marcas y se lleva la pintura. Que si acaso tire flojito.

Nunca se ve en apuros. En pocas semanas conoce la ciudad y puede hablar como si su infancia hubiera transcurrido en ella. Lleva siempre oculto un mapa dado por su madre. Es viejo. No hay otro más reciente. Hace casi una década que no se imprimen planos, mapas y guías turísticas en Cuba. Es gracias a este mapa que su madre aprecia —“Es muy moderno, fíjate que hasta trae la construcción del nuevo túnel”— que comienza a orientarse en su nueva vida. Sabe también las limitaciones de esta guía. La obra que atraviesa la bahía ya tiene varios años de concluida. Pero se aprovecha del desarrollo casi nulo de la capital luego de 1959. “Después de todo, la revolución le da la razón a mi madre. Hace años que aquí no se fabrica nada. Lo podían haber impreso ayer, igualito.”

El mapa es útil, pero no es la ciudad. Durante los primeros meses dedica los fines de semana a tomar cualquier ómnibus y recorrerla. Visita Casablanca, Regla y el Cotorro. Si para los habaneros el resto del país es campo, para él solo cuentan El Vedado y La Habana Vieja (Miramar es una zona inaccesible, de la que sólo conocerá las playas). Los otros barrios de la llamada Gran Habana —luego convertida en la provincia Ciudad Habana— quedan descalificados. Primero los mediocres: La Víbora —“¿A quién se le había ocurrido ese nombre para un reparto?”—, Lawton y Santos Suárez, al que ya conoce del viaje con su abuela. Luego los feos: el Cerro. A continuación los mugrientos: Palatino, Puentes Grandes y todas las zonas industriales. Después los horribles: Marianao, La Lisa, Almendares, Párraga y Pogolotti. La Habana es El Vedado. Siempre lo fue. Siempre lo será. Con los años surgirán un par de descubrimientos capaces de agradarle una tarde, pero no para la memoria.

Sale de su apartamento y dobla por 23 para desayunar o merendar en El Carmelo de 23. Un restaurante en que los camareros conservan sus esmóquines blancos para servir medianoches y sandwiches. No sabe qué va a hacer antes de llegar a El Carmelo. Todo cambia después. Define su día mientras está en El Carmelo. Pasarán muchos años para que escuche el rumor de que han demolido el sitio y apenas le impresione y no se preocupe por comprobar si es cierto. Lo que hace es detenerse a pensar que el lugar desaparecerá por completo cuando mueran todos los que lo conocieron.

Pronto las tardes de sábado son dedicadas a visitar las librerías de viejo. Empieza el recorrido en la Manzana de Gómez, por La Económica. Luego de El Carmelo de 23 —que fue su primer hallazgo al llegar a La Habana— está La Económica. Un salón amplio rodeado de estantes barnizados de color oscuro, con libros técnicos en inglés y español. Allí compra textos que sus profesores no mencionan. Tras cruzar el parque Martí por su centro —y rodear la estatua— llega a La Moderna Poesía. La recuerda de su primera visita a la capital. También conoce la sucursal de Camagüey, a la que sus abuelos lo llevaban para comprarle lápices y libros de texto de la escuela primaria. Ambos recuerdos son más poderosos que los estantes vacíos, frente a los que se detiene una o dos veces. No entra más. Tiempo después el lugar se convierte en un almacén del Ministerio de Educación. Años más tarde resurge el nombre, en un sitio más pequeño, frente al establecimiento original. Ya no le importa. No es en su recuerdo la librería en que siendo aún niño conoció las ediciones Aguilar —los pequeños volúmenes multicolores de la colección Crisol y las ediciones sobrias de las Obras Completas— sino la imagen de un salón oscuro, donde una soga sucia y deshilachada impide acercarse a las montañas de libros.

Baja por Obispo hacia el mar. Nada le interesa en esa calle hasta llegar a una sastrería donde compra su primera camisa de vestir, de color azul claro, hecha a la medida —asombrado al ver un muestrario con decenas de cuellos donde escoger. La sastrería mantiene su nombre. Pese a la costumbre imperante de cambiarlo todo. De llamar Yumurí a una quincalla y Guaicanamar a un queso azul. La transformación gramatical no bastar para ocultar el origen hebreo de sus dueños: Stein. Adquiere allí otras tres camisas de vestir de lino. Dos blancas y una azul. También a la medida. Una compra afortunada, porque semanas después cierran la sastrería —pasan los años y ve al local vacío deteriorarse, aunque para entonces casi siempre evita transitar por la zona.

La mejor parte del recorrido es doblar por Mercaderes y subir por O’Reilly. Pese a lo estrecho de la vía (en muchas ocasiones se forma una fila de vehículos que avanza lentamente en sentido descendente y con frecuencia los camiones y ómnibus se suben a la acera por lo estrecho de la calle) y al calor que derrite el pavimento, disfruta de esta calle como de pocas en La Habana. Siempre la recorre en un sentido que para él es el camino que lo acerca al eje sobre el que gira su vida. Pero que para la ciudad resulta una vía a la inversa. Desde el mar hacia Centro Habana.

Primero se encuentra la Librería Martí, con mesas en que se apilan los volúmenes en liquidación y estantes de madera sin pulir, donde halla novelas cubanas que desconoce, editadas antes del primero de enero de 1959. Varios puestos de libros surgen en los pasillos de los edificios a lo largo de su camino, en entradas que tienen un olor extraño que le agrada pero no logra identificar —tendrán que pasar meses de vivir en La Habana para conocer el origen de ese olor, que proviene de los salideros de los contadores de gas; un área que siempre imagina libre de las ratas que abundan en la ciudad. En estos puestos de libros improvisados no solo hay ediciones de bolsillo de autores norteamericanos, sino libros de todo tipo, desde manuales soviéticos hasta novelas de vaquero, en ediciones rústicas en español.

La Casa Belga está cuadras antes de desembocar en Monserrate y San Juan de Dios. Solo quedan en ella un puñado de textos en francés. Siente al entrar el olor de los libros desaparecidos, destinados a unos pocos. Es ese olor y no lo que encierran los libros lo que por primera vez lo acerca a una cultura que después le interesará conocer. Pero sale al rato sin comprar nada. Camina hasta la parada del Parque de Albear (que le gusta por su modestia), donde siempre espera al ómnibus que lo regresa al Vedado.

“En La Habana el cine cuesta un peso.” Eso dijo su padre cuando él le preguntó por qué no esperaba el vuelto. Fue una pregunta seria, ya que su padre no sabía apreciar el valor del dinero. Eso decía su madre. Él lo había visto esa semana. Primero en Radiocentro y luego en el estádium del Cerro y también la noche que fueron al teatro. Siempre se acercaba alguien y le vendía entradas a sobreprecio. Su madre protestaba, pero su padre respondía que él había venido a pasear a La Habana y no a hacer cola. Ahora su padre se reía porque podía enseñarle algo. No por gusto había estudiado la carrera de derecho en la capital. Aunque su padre nunca se había graduado de abogado. Pero eso no importaba mucho, ya que estaba acostumbrado a que todo el mundo le dijera doctor en el pueblo donde vivían. Fue ese día, antes de entrar al América, que conoció que no era lo mismo vivir en su pueblo que en La Habana. Se podía ir al cine por la tarde aunque no fuera domingo. Esto también se lo había dicho su padre. “En La Habana los cines están abiertos por la tarde, todos los días.” Nunca recordó el título ni de qué trataba la película que habían visto. Su madre les preguntó cuando regresaron. “¿Estaba buena la película?”. Su padre respondió cualquier cosa. “Naaa, una fatuería” Y entonces le preguntó a él. “¿Y a ti te gustó?”. Lo mejor del paseo había sido entrar a ver una película con su padre, porque aunque a cada rato este le decía de ir al cine en el pueblo, casi nunca lo hacían. “Estaba buena”. No dijo más porque no quería contradecir a su padre que lo había llevado. Y porque lo que en realidad le había gustado era el cine y no la película.

Los libros, los recorridos de los sábados, las calles de la ciudad que mostraban el mar a lo lejos —en su final y en su comienzo— lo alejaban de las aulas.

Sus compañeros de estudio procedían de los más variados rincones de la Isla. En su mayoría eran hijos de trabajadores y campesinos, que gracias a la revolución podían asistir a la universidad. Iban a las clases con pantalones verde oliva —ya usados en otras becas o en movilizaciones militares— y botas del ejército a medio abrochar. Vestían camisetas que demostraban su participación en las campañas revolucionarias. Las muchachas eran guajiritas llegadas a la capital para estudiar una carrera, ilusionadas con poder salir cada domingo a comerse una pizza.

Pronto el rechazo que le producían sus compañeros y los estudios se manifestó en llegadas tardes, ausencias y trabajos no entregados. No aprobó ninguna de las asignaturas del primer semestre. Tenía el año perdido. Solo asistió a algunas de las clases del segundo.

Siempre supo que no sería ingeniero. No le interesaba la carrera. Desde el primer día detestó las aulas, los maestros y compañeros de curso. Llegó a la capital huyendo del pueblo donde lo consideraban un apático al régimen. En la ciudad buscó un consuelo al hecho de no poder irse del país. Y La Habana no le falló. Al comienzo se levantaba a diario entre las cinco y media y las seis de la mañana. Caminaba hasta la parada más cercana de la Ruta 84, una cuadra antes del hotel Habana Libre, en L y 25. El viaje duraba cuarenta y cinco minutos. La CUJAE (Ciudad Universitaria José Antonio Echevarría) estaba en las afueras de la capital. Las clases comenzaban a las siete de la mañana y se extendían hasta la una de la tarde. Por lo menos tres veces a la semana tenía una conferencia, una actividad política o un círculo de estudios por la noche. En esas ocasiones debía optar por permanecer dando vueltas por los pasillos —la biblioteca aún no estaba construida— o repetir el viaje. Pronto dejó de levantarse temprano. Se despertaba a las once y desayunaba en El Carmelo de 23 y luego buscaba un cine donde meterse. “En La Habana los cines están abiertos por la tarde, todos los días”. Luego regresaba a su apartamento para matar el tiempo y esperar a la noche.

El plan original de trasladar todos los estudios universitarios a los nuevos edificios de la CUJAE quedó interrumpido a los pocos años y se limitó a las carreras tecnológicas. La idea de construir la CUJAE fue del propio Fidel Castro. Debió parecerle perfecta, tanto desde el punto de vista educacional como político. Mezclaba la necesidad de contar con el espacio adecuado para dar cabida a la numerosa matrícula —creando un conjunto de instalaciones modernas, distantes del centro urbano, al estilo de las universidades norteamericanas— con el interés de sacar a los estudiantes del tradicional lugar de inicio de las rebeliones contra el gobierno. El fantasma de los estudiantes bajando de la amplia escalinata del Alma Mater, en manifestación de protesta, debió inquietarlo durante los primeros años. ¿Pero había algo que inquietaba a ese hombre empeñado en cambiarlo todo? El plan de la CUJAE quedó a medias, como tantos otros.

El primer obstáculo para mantener la asistencia diaria fue la dificultad del transporte. Los ómnibus no eran tan escasos como ocurriría años más tarde, pero circulaban llenos, con los pasajeros colgando de las puertas. A veces demoraban más de media hora en aparecer. La CUJAE había sido concebida para que los estudiantes vivieran dentro de ella. En esto también imitaba a las universidades norteamericanas, solo que aquí el fin primordial era mantener el control estricto sobre la matrícula. Las actividades estaban organizadas como si todos los alumnos estuviesen becados y durante años recorrieran únicamente los espacios entre aulas y albergues.

La falta de ómnibus era una dificultad, pero también su pretexto socorrido. Nunca había sido un buen estudiante. Ahora tampoco iba a serlo. En La Habana vivía solo. Nadie lo obligaba a levantarse para ir a clases. No tenía que rendir cuentas. Carecía de interés en terminar la carrera. Era muy joven. Desde la secundaria siempre tuvo que pedir dispensa, porque era tres o cuatro años menor que sus compañeros. La precocidad no se compensaba con la dedicación. Todo lo contrario. Pensaba que tenía todo el tiempo por delante e iba posponiendo a diario el estudio. Al final se las arreglaba para aprobar a última hora y no repetir un curso. Nada lo unía al país, a la idea de trabajar para contribuir al proceso revolucionario. Tampoco se veía obligado a graduarse para ayudar económicamente a sus padres. No pensaba casarse nunca. Solo deseaba irse de Cuba, pero le estaba prohibido. La universidad le servía para escapar del ejército, su preocupación mayor. La amenaza lo persiguió hasta un lunes mucho después. Ya graduado con dos títulos, casado, un libro publicado y otro en la imprenta. Luego de viajar al extranjero y volver a la Isla y ser un especialista de alto nivel. Contempla en la madrugada el avión de Iberia, aguardado por tres años. Sabe que a esa misma hora lo esperan para que cumpla el Servicio Militar Obligatorio. “Preséntese sin excusas ni pretextos”, decía el texto escueto. Desde la primera a la última de las citaciones.

Su apatía encerraba otra razón. Detestaba la carrera de ingeniería. No a causa de la obligación de completar los ejercicios de cálculo infinitesimal, algo que no le resultaba especialmente difícil. Tampoco por su falta de aplicación al dibujo de plantillas mecánicas. Consideraba —esa era su explicación— que el ambiente de la CUJAE no era el suyo. Siguió buscando salidas a su incapacidad para terminar cualquier cosa que iniciaba. Tuvo un error de vocación. Era hábil con las manos. Capaz de desarmar una bicicleta y cambiar un tomacorriente. No escribía poemas. Su única lectura era una colección de la revista Mecánica Popular, regalo de su padre. Le costó trabajo encontrarse, pero lo ayudó La Habana, que, sin él saberlo —y pese a su deterioro—, lo había deslumbrado. Dedicó las tardes a leer, encerrado en su cuarto. Su interés de adolescente por las biografías de inventores y las novelas de Julio Verne se transformó en un afán de conocer la literatura despreciada durante el bachillerato. Considerada cosa de maricones. Como una repulsa al ambiente que encontraba las pocas veces que asistía a clases, se vio leyendo por primera vez cuentos y novelas, aunque nunca poesía.

Ahora él vivía en La Habana y nunca iba al América, y sus cines eran el Radiocentro y La Rampa y el Acapulco y el Trianón. Vivía en La Habana porque no podía irse de Cuba. Estaba seguro de que sus padres no trataron de mandarlo a tiempo para Estados Unidos, antes de que cumpliera la edad militar, y había decidido a no volver nunca más al “campo”. Vivía en La Habana y nunca veía a los otros tres estudiantes que habían hecho el bachillerato junto con él en el pueblo. Quienes también estudiaban en la capital y con los que prefería no encontrarse. Los tres eran miembros de la juventud comunista y sabían que él había sido monaguillo y jamás había ido a un trabajo voluntario en el campo y tampoco participado en un acto político. Desde su llegada no había vuelto al América. Y si esa tarde lo hizo no fue por la película sino porque comenzaba el calor y recordaba el aire acondicionado del lugar. En la puerta de entrada se encontró con uno de sus antiguos compañeros de aula. Por algunos minutos mintió sobre sus estudios y sobre el pueblo que no quería recordar. Tenía el ticket en la mano y no le quedó más remedio que entrar con el otro y sentarse juntos. Apareció Fidel en el noticiero. Ambos aplaudieron.


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