Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Narrativa, Ventana del lector

El virus

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Días atrás, dormía a piernas sueltas sobre una hamaca, soñando que flotaba sobre un jardín encantado. Los que lo habían transportado allí, lo observaban en silencio mientras dormía, asombrados del parecido que había entre las dos especies. Tenían un estricto protocolo que les sugería no intervenir en otros mundos. Simplemente observaban y alimentaban sus mapas y bases de datos con la información recopilada, pero interferir en el proceso natural del universo era algo que trataban de evitar. Esta vez sin embargo, habían decidido hacer una excepción y extraer a uno de aquellos especímenes inteligentes, luego de que el reporte sanitario no mostraba ningún riesgo biológico, pero sobre todo porque aquellos individuos tal parecían descendientes de ellos mismos.

Les había tomado meses de preparación seleccionar el sujeto que al ser extraído de su ambiente, causara la menor distorsión posible en su entorno. Él por su parte, flotaba en su sueño por entre el olor de las flores y el zumbido de las abejas sin querer despertar, porque no recordaba la última vez que había logrado dormir por tantas horas de un tirón, aunque el dolor que le causaba en la espalda la posición encorvada lo fue devolviendo poco a poco a su nueva realidad. Cuando por fin abrió los ojos y miró alrededor, todo lo que podía observar era el verde nítido de un mundo irreal y demasiado perfecto. El aire era limpio como el de un laboratorio, con una temperatura agradable pero imposible, y por entre las ramas del árbol que sujetaba la hamaca, notó que el azul celeste había dejado de ser infinito y estaba además, mezclado con un verdor oceánico. Se sentó con trabajo, manteniendo con sus manos el equilibrio hasta que terminó con cuidado por poner sus pies sobre la hierba que cubría el suelo. Se sentía descansado y si no fuera por el malestar en la espalda y el cuello, diría que acababa de nacer. Miraba la hamaca sin comprender como había ido a para allí, tenía los pantalones remangados y al notar la arena aún impregnada en sus pies, recordó que caminaba por la playa luego de un día habitual de trabajo.

Caminar por la orilla del mar era algo que hacía muy a menudo luego del tedio diario de la oficina. Se había graduado en Electrónica hacía más de treinta años, pero era una profesión inútil que ya nadie necesitaba desde que todos los variados componentes de los circuitos clásicos se habían vuelto la misma pieza programable y con diez patas. Nadie reparaba nada porque todo era barato, minúsculo y reciclable, y los últimos ingenieros que quedaban en la profesión eran fácilmente superados en su habilidad e imaginación por las computadoras destinadas a simular futuros de probabilidades. Había vivido casi toda su vida de adulto en la más perfecta soledad, desde que sus padres se habían suicidado de mutuo acuerdo, aprovechando que para entonces la eutanasia era legal para los mayores de cien años y la pareja perfecta que las computadoras del censo mundial le habían encontrado algunos años atrás a la vuelta del planeta, se había ido un día de visita a su querida Manila y no había regresado ni tan siquiera a despedirse. Inmerso en la misma aburrida rutina, se levantaba cada día a las 7 de la mañana, al olor penetrante de una cafetera infalible que producía el mismo late sintético, hervido exactamente a 270 grados Fahrenheit y endulzado con miel de abejas 100 % artificial, al tiempo que un delicioso sándwich sin sal ni azúcar ni calorías ni grasas ni levadura, explotaba oloroso de su minúsculo paquete, mientras el horno recitaba las ventajas de consumir víveres artificiales y congelados. Se vestía medio dormido con la misma ropa que había dejado a los pies de la cama la noche anterior, caminaba luego hasta la cocina para recoger su café y con él en la mano, se paraba frente al televisor para ensayar una gimnasia sin ganas, al compás de una joven graciosa y semidesnuda, que le daba el más sensual de los buenos días mientras, al ritmo de su terapia lo ponía al tanto del acontecer mundial, del dinero que tenía en el banco y de sus compromisos para el resto del día, que eran generalmente ninguno. Su apartamento era uno más de otros cientos del nivel -90 de un edificio subterráneo, cuidadosamente diseñado para que sus inquilinos no toparan los unos con los otros en los pasillos, dando la idea de absoluta privacidad y soledad absoluta. Vivir en la superficie era solo para millonarios, la mayoría de la gente vivía enterrada en aquellos monstruos de concreto que eran mucho más baratos y según les habían hecho creer, mucho más confortables.

Sacaba su merienda del horno humeante, la tiraba dentro de un portafolios vacío y se terminaba el café sentado dentro de su carro, mientras este recorría la red de túneles interminables que lo conducía hasta la superficie, para luego tomar la autopista hasta que el edificio de la biblioteca pública comenzaba a despuntar al final de la avenida. Las bibliotecas eran cosa del pasado desde que todo había sido digitalizado hacía muchos años atrás y los libros de papel eran solo una excentricidad de irresponsables, de artistas u oficiales del gobierno. Sus versiones digitales eran gratis o extremadamente baratas y estaban al alcance de todos en la Internet, que para entonces había terminado por desplazar a los teléfonos, utilizando los mismos satélites del sistema geoestacionario. La cuidad sin embargo, había decidido mantener aquella última biblioteca, más que como algo útil, como una especie de museo de lo que alguna vez fueron aquellos almacenes de polilla y papel. Ocupaba los salones inmensos de un palacio antiguo, de puertas macizas y pisos pulidos, techos altos y ventanas con marcos de metal fino y cristales cuadrados, por los que se colaba un sol aburrido. Llegaba cada mañana a aquel lugar, a contar los minutos de las siete horas de tedio que tendría que estar sentado detrás del buro de la sección técnica, hasta que justo a las cinco de la tarde, la computadora que tenía delante le cancelaba el acceso a la red de la biblioteca. Se levantaba del buró, recogía del suelo el portafolios vacío y se largaba de aquel lugar por la puerta de incendios más cercana, insultado con él mismo por gastar de aquella manera sus habilidades y su tiempo.

En vez de regresar de vuelta a la casa, del trabajo se iba usualmente a caminar por la cuidad o por la orilla del mar hasta que el frio, el hambre y el cansancio lo obligaban a regresar a donde nadie lo estaba esperando. Y así había sido aquella última vez, por lo que no alcanzaba a comprender que hacía acostado en aquella hamaca en medio de aquellas plantas desconocidas. No fue hasta un rato después, que sus captores volvieron y le explicaron con extrema amabilidad lo que estaba sucediendo. Ellos eran visitantes de otro mundo y lo habían tomado prestado, asombrados por el parecido físico que había entre ellos, pero sin nada que temer porque solo le harían un par de preguntas y lo devolverían a su planeta sin hacerle ningún daño. Aquello le pareció a uno de esos chiste tan populares en la televisión, donde la gente hace el ridículo por toda una semana, delante de los 400 mil millones de habitantes que para entonces tenía el planeta Tierra, así que sin ganas pero sin otra opción, decidió seguirles el juego para evitar que el resto de la humanidad lo fuera a catalogar de aguafiestas, lo cual no hubiera sido más que un adjetivo bien ganado.

Ellos eran 9, vestidos con la ropa habitual de quienes trabajan en el campo y con las mismas manos. Se vestían como campesinos y por zapatos usaban alpargatas con suelas de soga, del mismo estilo de las que había usado la abuela de su bisabuela muchísimos años atrás. Eran 4 mujeres y 5 hombres, seis de ellos entre los 25 y 55 años, les calculó. Un viejo con el estilo de un profesor de universidad, de pelo desarreglado y gestos de sabiduría. Una encantadora y tímida jovencita y un adolecente alto, de pelo largo y mirada de ángel. Fueron todos muy amables con él y se esmeraron todo lo que les fue posible en hacerlo sentir confortable y evacuarle cualquier temor. Habían aprendido su lenguaje, luego que decidieron traerlo de visita y aunque les había tomado algún tiempo dominarlo, lo hablaban medianamente bien aunque con un marcado acento extranjero. Ese detalle y que las uñas de aquellas gentes eran mucho más pequeñas y del grosor de una cascara de cebolla, le fueron convenciendo poco a poco de que aquello posiblemente no era una broma. Había sido raptado por los aliens más amables del universo.

El jardín encantado de sus sueños resultó ser una finca artificial, redonda como un planeta pequeño, que se podía caminar por horas sin aburrirse, pasando de la sombra espesa de arboles frondosos a surcos cuidadosamente sembrados, completamente expuestos a un cielo brillante pero sin sol. No habían más animales que algunos insectos pequeños, unos gusanos hambrientos y unas abejas gordas que zumbaban alrededor de las flores como helicópteros pequeños. Cerca de los árboles había una pequeña montaña de donde salpicaba una cascada que alimentaba un lago transparente y frio, con unos peces multicolores y indiferentes. Eso era todo lo que él podía ver de la nave, no había encontrado en su camino un solo cable, un pedazo de metal o plástico, o escuchado el sonido de algún motor, nada que le revelara la tecnología de aquellos visitantes. Se pasaban los días trabajando la tierra porque de ella producían su propia comida y el hilo para las ropas. El hilo lo producían de sumergir ciertas raíces en agua por varios días, hasta que se convertía en una masa elástica, de la que sacaban tiras finas, siguiendo un procedimiento muy parecido al de hacer espaguetis. Las plantas generaban el necesario oxigeno para respirar y consumían de vuelta el CO2 sobrante en el ambiente. No llovía ni tenían regadíos. La diferencia de temperatura entre la noche y el día producía una temerosa neblina, que se disipaba en rocío, humedeciendo la tierra y las plantas. Para las necesidades de cada cual usaban letrinas, debajo de la cual unos voraces gusanitos amarillos convertían los desechos en abono para las plantas y energía para alimentar la nave. Aquel jardín tropical era increíblemente la pieza principal que impulsaba por el espacio la nave del futuro.

Una vez al día, se sentaban todos a una mesa de maderas pegadas, dispuesta en el claro de un platanal de hojas enormes, y entre cuentos y risas compartían las ensaladas, las frutas y los vegetales crudos, mientras se hacían unos a otros preguntas de ambos mundos. Él les había preguntado de dónde venían y la tarde perfecta y húmeda de un cielo rojo naranja se trasformó de repente en un mapa oscuro y brillante, donde flotaban constelaciones y estrellas desconocidas para él. Nunca hemos estado allí, le explicaron aquella vez, pero nuestros ancestros aún viven en nuestro querido planeta y nos comunicamos con ellos de vez en cuando, salvando las distancias. Aquella nave era todo lo que ellos y sus ancestros habían conocido por muchas generaciones, mientras circundaba los abismos del espacio en su misión exploratoria. Tenemos un perímetro que patrullar y tu galaxia está por coincidencia en nuestro camino, le habían explicado. La última vez que nuestra nave pasó por aquí, vivían en el solo bestias salvajes, pero ahora son ustedes toda una civilización, le hicieron notar entre felicitaciones y risas sinceras. Luego de la comida se iban todos al lago, y sin ropas ni pudor se metían todos juntos en el agua, tal y como si todavía estuvieran sentados a la mesa. Los había visto haciendo el amor mientras tomaban el baño a la vista indiferente de los demás o tirados desnudos a la orilla del lago para secarse la piel al viento. Eran gente simple, sincera, llena de amor y amistad. Nadie mentía porque no había nada de que mentir, ni tenían ninguna aspiración porque no había nada a qué aspirar. Nadie estaba bravo ni celoso ni resentido porque todos tenían lo mismo y porque no había más. Nacían como campesinos intergalácticos y morían como felices campesinos intergalácticos. Estaban rodeados de la más avanzada tecnología en el Universo pero vivían como unos náufragos perdidos en el espacio.

Con los días terminaron por tratarlo como a un igual y él a cambio les enseñaba bromas malvadas que había aprendido cuando niño y que a ellos los mataba de la risa. Sacarle el líquido a un coco y rellenarlo con agua del lago antes de ponerlo sobre la mesa era una de las favoritas. Los ayudaba a cosechar la comida sin que nadie se lo hubiera pedido y conversaban tan amablemente todo el tiempo que pasaban juntos, que ambos habían olvidado que él estaba solo de visita en aquel lugar extraño. Tan olvidado y tan feliz que la primera vez que alguien le habló de su regreso casi lloró. Ellos se sorprendieron tanto de su pesar que se hundieron en un profundo dolor mutuo por lo inevitable de la situación. Era de entender, allá en su planeta él no tenía a nadie con quien compartir su vida, nadie con quien conversar. Nunca había logrado ser feliz, vivía para pagar sus facturas y comía para trabajar, dormir y seguir pagando facturas. Todos los demás habitantes del planeta habían desarrollado un temor congénito a creer, a confiar, habían perdido la capacidad de ser sociables. Estaban todos prescritos con un conveniente diagnóstico de privacidad pero su enfermedad real era el miedo, que los estaba matando lentamente y a él más lentamente que a todos los demás. Dispuesto a no regresar, se dispuso a convencerlos de que lo llevaran con ellos a explorar nuevas estrellas, a alimentar los mapas galácticos, a remendar las distorsiones físicas del Universo y a cosechar plátanos y boniatos en el invernadero, pero ellos no podían aceptar. Él les explicó que no tendría forma de justificar su desaparición por las últimas tres semanas, pero ellos le explicaron amablemente que habían mandado un mensaje a su trabajo, pidiendo urgentes vacaciones por el resto del mes para resolver un asunto familiar, y cuando les dijo que todos pensarían que se había ahogado en el mar al encontrar su carro abandonado en el parqueo de la playa, le contestaron con sincero pesar que aquella misma noche habían mandado su carro de vuelta a su casa. Le explicaron que con gusto lo llevarían con ellos, pero simplemente no podían, no estaban autorizados a tal cosa. Perdido y sin ninguna otra excusa se le ocurrió una tarde preguntarles quien era el jefe de aquella misión.

Se miraron los unos a los otros, sorprendidos y sin entender completamente a que se refería, y fue allí cuando él notó por primera vez la oportunidad de largarse a pasear por los confines de las estrellas. Ellos no tenían ningún jefe ni ninguna estructura jerárquica ni jamás se les había ocurrido tal cosa ni les había hecho ninguna falta. El más viejo se ocupaba por tradición de la educación de los más jóvenes, era la única profesión distinta a la disposición general de hacer el trabajo que fuera necesario en ese momento. No estaban seguros de qué era un jefe, que ni tan siquiera tenía una traducción precisa en su lenguaje materno, así que inocentes y llenos de curiosidad, trataron de indagar más de que se trataba aquella nueva palabrita. Los hombres tienen que estar organizados para poder sobrevivir, les explicó. Alguien tiene que ser el responsable por las decisiones, de hacer planes para el futuro, verán lo eficientes que se vuelven cuando tengan un líder, les dijo aquella vez. Una especie de computadora central era quien se ocupaba de los trabajos de rutina en la nave. Era ella quien seguía el curso de navegación, establecía comunicación con otras colonias cuando era necesario, dictaba los protocolos de investigación y se ocupaba en general del mantenimiento de la nave. Ese era si acaso todo el jefe que tenían, pero lo que él les estaba diciendo tenía sin dudas mucho sentido. Midiendo sus palabras con cuidado, simulando una frialdad llena de intenciones, les dijo que el jefe era siempre el más inteligente, el más trabajador, el de más experiencia, y mientras les hablaba como un maestro, ellos se miraban los unos a los otros, mareados por la diabetes que les iba causando en el alma la dulzura malvada de la mentira y la competencia. Nadie trabajó aquel día, ni el día después, ni al siguiente, sentados aún a la mesa, embriagados con el nuevo signo de comparación que habían descubierto entre ellos, en lugar del simple signo de igualdad con que habían nacido. Les tomó trabajo pero con la ayuda del visitante descubrieron que ninguno era realmente igual al otro, y para ayudarlos en decidir quien podría ser el jefe les enseñó a votar. Para entonces ellos estaban tan emborrachados con el alcohol que destila la miseria que todos votaron por ellos mismos, las tres veces que lo intentaron. Sin ponerse de acuerdo sobre quien podría ser el jefe, los ataques personales llegaron a ser tan profundos que ya no pudieron bañarse juntos en el lago, ni dormir sin pesadillas, ni comer de la misma comida, ni trabajar por el bien común. Nadie quería hacer el trabajo más pesado, o el más largo o el más aburrido. Nadie quería limpiar las letrinas, recoger las hojas que flotaban en el lago, repartir el abono, desyerbar los surcos, hacer la pasta y sacar el hilo de las ropas y los zapatos. Les tomó solo unas horas más para que se dividieran en dos bandos y por consecuencia, también dividieron el bosque y el lago a la mitad. La escasez trajo consigo la necesidad y la necesidad el robo y el robo la rabia y la rabia los convirtió de vuelta en animales salvajes del más joven de los planetas.

Expirado el tiempo que tenían asignado para permanecer en las cercanías del Sistema Solar, tenían que decidir si llevarse con ellos al visitante o devolverlo a su planeta. El jefe de la derecha del lago había decidido llevarse al visitante con ellos porque era parte de su bando y le era muy útil en las estrategias, mientras el jefe de la izquierda insistía en devolverlo, no solo por llevarle la contraria a los otros, sino porque sabía bien que quien tuviera al visitante, tenía la experiencia y la maldad de su lado. Con trabajo convocaron a una reunión secreta para discutir el asunto. Era la primera vez que se sentaban juntos a la mesa en muchos días, tal y como habían hecho desde siempre. La primera vez que se miraban a los ojos, que le daban un chance al amor que desde siempre los había mantenido unidos por cientos y cientos de años, como la familia que eran. Y fue allí cuando cayeron en la cuenta de que el origen de aquella absurda pesadilla no podría ser otra que una especie de virus con el que el visitante los había contaminado. El silencio los invadió por unos segundos, suficientes para dejar florecer el bochorno, que les sirvió de despertar de los efectos que causaba aquel virus maligno. Cuando todo empezó a tener sentido, después de los abrazos y las disculpas. Luego que cayeron al suelos los utensilios de jardinería y las lanzas hechas con las ramas de los arboles, que fueron devueltas las frutas y las alpargatas robadas, uno de ellos propuso no perder la oportunidad para aislar el virus y estudiarlo en detalles, pero fue solo para que las miradas de todos los demás se volvieron hacia él en completo pánico. ¡No, esta enfermedad no sabemos como tratarla y por poco nos mata!, dijo categóricamente el más viejo de ellos, mientras se incorporaba de su silla. Enviemos al visitante de vuelta cuanto antes, y sin esperar a que asintieran los demás, salió en su búsqueda, dejándolos a todos paralizados, sin saber si seguirlo en su propósito o aquella orden no era más que otro signo de aquella horrible enfermedad.

Lo encontraron dormido en su hamaca, sin sospechar lo que estaba sucediendo. Se pararon en silencio alrededor de él y lo envolvieron con su tela, mientras uno de ellos le tapaba la boca con una de sus manos para no dejarlo hablar. Él, que no alcanzaba a comprender de que se trataba, gritaba y se retorcía dentro de la hamaca, pensando que el bando contrario lo había hecho prisionero. Lo llevaron cargado a través del invernadero hasta el lago y lo arrojaban en medio de un remolino de aguas oscuras que se había formado en su orilla y que él no alcanzó ni tan siquiera a notar. Instantes después estaba acostado bocarriba sobre la arena de la playa y el agua le recorría los contornos del cuerpo para cerrarse en circulo detrás de su cabeza. Abrió los ojos en desesperación pensando que se ahogaba y la noche se encendió en estrellas delante de su cara, con la luna menguante flotando a un costado del horizonte. Estaba sin dudas de vuelta en su despreciado planeta. Se incorporó con rabia hasta sentarse, sin alcanzar a comprender en donde le había fallado su plan. Le dio un puñetazo al agua, que de inmediato rellenó el hueco hecho en la superficie, como si instantáneamente lo hubiera perdonado. Soplaba el viento nocturno, arrastrando un frío otoñal prematuro que se multiplicaba al contacto con su ropa mojada. Un auto eléctrico rompió la oscuridad con sus luces, mientras atravesaba silencioso el parqueo de la playa. No tuvo necesidad de voltearse para comprender que era su nave espacial, que venía a recogerlo para llevarlo de vuelta al resto de su vida.

A ellos por su parte les tomó muchos años para cerrar las cicatrices que les dejó en el alma el virus con que los contaminó el visitante de aquel planeta azul con manchas blancas. Aunque nunca se recuperaron completamente, lo apaciguaron como pudieron con perdón y mucho silencio. Por primera vez en muchas generaciones tuvieron que vivir con un secreto de por medio que los abochornaba cuando se miraban a los ojos. Partieron aquella misma noche de las inmediaciones del planeta Tierra, no sin antes enviar el reporte de su visita con el mapa del sistema solar y una nota que apuntaba a su tercer planeta: planeta habitado por especie nativa con civilización desarrollada. Evitar cualquier tipo de contacto bajo cualquier circunstancia. Contaminados con un virus desconocido, que se transmite con el lenguaje y que causa auto destrucción.


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