Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Literatura, Narrativa, Lectura de Verano

Ella y El

A inicios de temporada, CUBAENCUENTRO retoma la sección Lectura de Verano, dedicada a publicar obras de narrativa

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Lo descubrió casi en el último minuto, al verlo voltearse hacia la puerta con la intención de apearse en la próxima parada. Era él sin dudas, pero apenas si lo podía observar en detalle por entre el enjambre de gente, enlatada dentro de la guagua, retornando a sus casas luego de un día normal de trabajo. Sin todavía creer en su suerte no se dio ningún chance a explicaciones. Llenó sus pulmones del preciado aire que se colaba por la ventanilla y se soltó del tubo que la sostenía para sumergirse en la masa sudorosa y pestilente que la rodeaba, hasta que fue devuelta a la luz minutos después, cuando por fin se abrieron las puertas y la multitud la arrastró hasta la acera. Con trabajo lograba mantener su vista en los pasajeros que salían por la puerta de atrás, girando sin control entre la marejada de pasajeros, tratando de mantenerse a flote, sujetada del poste de la señal del autobús. Por un momento pensó que él no se había bajado y el temor de volverlo a perder le causó un escalofrío de pánico. Pensó en volverse a subir, el chofer la miraba con cara de asombro por el espejo retrovisor mientras ella trataba de adivinar en su rostro los segundos que le quedaban para tomar una decisión, pero fue en vano porque mientras paseaba la vista de un lado al otro, el ruido del aire comprimido le anunció que se le acababa el tiempo, cercenándole las ilusiones limpiamente, con la compasión de una guillotina hidráulica. Lo había vuelto a perder, pensó desconsolada mientras miraba por las ventanillas con la esperanza de verlo por última vez, pero le sirvió solo para encontrarse con la cara imperfecta de un blanquito con gorra de pelotero y diente de oro, que le hacía la bien conocida mueca de “qué carajo es lo que me estás mirando, maricón” a través del cristal.

Igual había sido aquella primera vez, cuando a ambos lados del mismo balcón, fumaban los dos del mismo humo con la ayuda de un par de cigarrillos encendidos. El Parque Central hervía en frente de ellos, un poco más abajo, hundido entre las sombras cómplices de sus faroles amarillos, inundado por los murmullos de las gentes que lo utilizaban para evacuar la necesidad de conversar de cualquier cosa, aunque fuera el mismo cuento de la noche anterior. Al cuchicheo y el ruido del tráfico lo interrumpió el cañonazo remoto de La Cabaña, dejando tras de sí un instante de silencio que fue solo superado por la sonrisa complaciente de todos los que habían participado en él. Al verla bajar la vista hasta su reloj, él le hizo notar en tono burlón que seguramente eran como las nueve, a lo que ella respondió con una sonrisa de acierto, ocultando la vergüenza de que para las agujas de su Poljot las nueve habían sido hacía más de cinco minutos.

Así comenzó todo, aquella noche después del teatro caminaron juntos todo el boulevard hasta Galiano, y sorprendidos por la conversación tan amena que parecía no terminar, siguieron de largo lo que les quedaba de San Rafael hasta encontrarse frente a la empinada escalinata de la Universidad de la Habana. Compraron pizza para estudiantes en el único timbiriche que encontraron abierto a aquellas horas, y quemándose los dedos para retener dentro del papel el queso escurridizo, bajaron por L hasta el centro de la ciudad, sin comprender a ciencia cierta porque siempre terminaban todos en el mismo lugar.

La luz del semáforo les dio una pausa para meditar sobre de qué más podían hablar. Se habían contado de todas las películas que no tenían en común, de los amigos de la infancia y los que llegaron después, de sus escuelas, de sus trabajos, de todos los libros que los separaban, de la temporada de ballet que estaba por terminar, del próximo festival de cine, de la novela de moda en la televisión y llenos de temor, ambos cayeron en la cuenta de que la falta de imaginación les podría terminar prematuramente aquel encuentro, que tan bien les había arreglado a los dos la noche. Por fin cambio la luz y un hombrecito verde se encendió al otro lado de la calle, modificado por la maldad popular con un rasguño entre sus piernas abiertas, que lo hacía lucir pervertido. Se rieron a la misma vez y el pretexto le sirvió a ella para recorrerle nuevamente el semblante, mientras fingía una vergüenza que igual no sentía. Le gustaba de él que al final de su compostura masculina tenía un encanto femenino que a ella la sorprendía por lo atractivo. Sus labios eran finos y cortos, de color impreciso y rasgado suave, que se disolvían sobre el cachete blanquísimo, suave y dulce. Sus ojos eran grandes y marcados, con unas pestañas divinas a ambos lados de una nariz sensual. Siempre le pareció que lloraba en silencio, incluso cuando se reía. Parte de su magia, se dijo en silencio, eran sin dudas sus ojos tristes y encantadores, escondidos por las dos aguas onduladas de una raya precisa que le separaba los pensamientos al medio.

Se les acabó el ancho de la calle sin encontrar que más contarse. Ahora parpadeaba en el mismo semáforo otro hombrecito, esta vez rojo y prohibitivo, con sus piernas cerradas como las de un soldado, pero con otro rayón malvado que denotaba el mismo miembro exagerado, esta vez empinado hacia uno de sus costados, burlón de aquellos que lo pensaban frío y sin sentimientos. Se volvieron a reír y el viento salado los invitó a bajar La Rampa hasta dar contra el muro de concreto en el que se estrellan todos los pretextos para seguir de largo. Parados frente al mar, esperaron a que el viento puro les limpiara con su brisa los olores que la cuidad les impregnaba en la piel con sus vicios y sus costumbres. La luz distante del faro los alcanzaba pálidamente, resbalando hasta ellos por sobre la superficie de los edificios oscuros de la avenida, para luego perderse sin esperanzas en la lejanía de un cielo infinito, apenas con estrellas. Cuando por fin él abrió los ojos, ella se había dado la vuelta y le hacía notar como quien revela un secreto, que aquel era su lugar favorito, porque desde allí la cuidad parecía como en una postal, a lo que él asintió sin voltearse. Conocía bien las luces y las sombras de su cuidad y si ella le hubiese preguntado en donde él prefería estar en aquel preciso instante, le hubiera dicho que flotando sobre la silueta ancha de aquel mar profundo y oscuro que tenía delante, hasta que de la postal no quedara más que un resplandor lejano en el horizonte. Sin darse apenas cuenta se le escaparon de sus labios los mismos versos que repetía cada vez que se le perdían las ganas frente al ancho paraíso del horizonte,

…me voy en busca de nada
pues se bien que el mundo es redondo y finito;
me voy donde las bocas no hablen ni los ojos juzguen,
me voy al mundo simple del más fuerte
sin más leyes que el hambre ni más bondad que la naturaleza.
Vuelvo al animal que fui, a esperar paciente e invencible
a ser alguna vez mejor humano.

El sonido del agua rompiendo sobre las rocas fue todo lo que siguió a sus murmullos. La cuidad a su espalda se convirtió por un instante en una postal magnífica, de luces brillantes y profundidades de tercera dimensión por donde se podían introducir las manos. No lo notaron porque ambos tenían los ojos cerrados al mundo, abiertos los sentidos a la imaginación, que se movía con la brisa cual si la luz asustada de una vela. El tiempo se detuvo en La Habana por los pocos segundos que les tomó a ellos volver a la realidad, desajustándole la reputación a los relojes más precisos pero sin llegar a ser suficientes para sincronizar su Poljot con el resto del mundo. Como para no dejarlo perderse para siempre en sus recuerdos, ella le preguntó de quién era el poema y él le contó la historia de aquel fotógrafo con quien había vivido alguna vez, que tenía convertidas todas las paredes de su casa en guindalera de fotos. Retrataba al mismo mundo que lo evitaba por ser diferente. Me decía que sus fotos estaban llenas de culpables pero que en ellas lucían mucho más amables. Los veía reaparecer entre los ácidos de su laboratorio —le contó de su amigo—, los dejaba secar, les daba un beso y los colgaba en su pared, quizá para hacerles ver que no estaba vencido. Un día en que no pudo más y con las paredes repletas, se colgó su cámara al cuello, se llenó los bolsillos con todos los rollos que pudo y se lanzó al mar sobre una cámara de camión con intenciones de encontrar un mundo más justo.

—¿Y se fue a Miami?—, le preguntó ella llena de curiosidad.

—No, se lanzó al mar por el sur de Santiago de Cuba. No quería llegar a ninguna parte. Sabía muy bien que el mundo no es justo—, le respondió suavemente.

Y volvieron a quedarse en silencio, pensando al unísono en aquel valiente que decidió dejarlo todo para irse a retratar sus sueños. Se arreglaba con una mano la tela con la que se comprimía sus senos mientras comprendía que había llegado el momento de decirle adiós. Como había sucedido tantas veces, su atracción por el sexo deseado nunca terminaba bien porque sus pretensiones de hombre estaban sujetas a sus deseos de ser lo que no era. Él había nacido mujer y lo había sido entre una y otra confusión hasta el día en que decidió romper con aquella maldición de cuerpo, dentro del cual se retorcía impaciente el sexo contrario. Vencida un día de luchar contra él mismo, lo dejó florecer entre las hojas tiernas de su personalidad, para el reproche de las demás mujeres por lo macabro de la traición y para el miedo de los hombres a aceptar al nuevo pretendiente en su resuelta especie. Sintiéndose hombre dentro de aquel pellejo femenino, sentía una fatal atracción por las mujeres, con las que la suerte no le duraba más allá del secreto que escondía tras las ropas, que tarde o temprano debería ser develado o descubierto.

Se volvió hacia ella decidido a terminar la noche sin demasiadas explicaciones, afinó el aliento sin saber por dónde comenzar, pero fue tan solo para escucharla preguntando si era verdad que aquella cascada artificial que tenían delante, era el resultado de un salidero que nadie sabía cómo reparar en el Hotel Nacional. Para seguirle la corriente le había respondido que sí, que era el agua que se escurría por una grieta que tenía la piscina. Y para hacer más grande el chiste, le contó que incluso la gente había encontrado oculto entre los chorros de agua que rodaban por entre las piedras, cadenas, anillos y hasta la dentadura extraviada de algún turista hospedado en el hotel. Se rieron a la par, como tan fácilmente lo habían hecho durante toda la noche, y él no pudo menos que notar la gracia que aquella mujercita ponía en todo lo que tocaba, así que se quedó mirándola en silencio, sin fuerzas para seguir adelante con su plan de escape.

Mujercita era, al menos en apariencias, porque dentro de su piel de gallina vivía amarrada al hombre que se empeñaba en ocultar. Se sentía muy a gusto con su papel de mujer y se arreglaba el maquillaje hasta donde le alcanzaba el arte para que nadie la cuestionara con quien realmente habitaba debajo de las pinturas. Siendo hombre converso, perseguía con discreción a los machos, con la sangre hiriéndole debajo de la piel, persiguiendo el aroma a sudor fresco que se le desparramaba a su presa en el acecho, arañándose las ganas contra los bellos recién truncados de la última afeitada; hasta que terminaba olvidando quien realmente era, un hombre disfrazado de mujer al que la sociedad miraba como un fenómeno, turbio y sin moral. Lloró muchas veces al sentirse despreciada, arrancándose el maquillaje con las uñas frente a un espejo indiferente que entre lágrima y lágrima se las arreglaba para mostrarle de vuelta lo poco que importaban las apariencias. Terminaba decidida a no volverlo a intentar, pero como aquella misma noche le había demostrado, solo le bastaba la tenue silueta a la luz de un cigarrillo ardiente en medio de la oscuridad para que todas las promesas se le volvieran deseos.

Cuando ella lo encontró en la guagua meses después, él ya la había notado por entre la multitud de brazos colgados al tubo del techo. Jamás hubiera confundido con nadie más aquella silueta masculina, dura, perfectamente maquillada, que le venía a la talla en medio de sus dos mundos. La observó por un buen rato con la esperanza de que ella volteara la cabeza y posara sus ojos pequeños y profundos en los suyos, pero ella tenía la vista fija a través del cristal en el mismo mar oscuro que noches atrás había terminado por hacer aguas entre los dos y separarlos. Nunca la había olvidado y verla allí, tan cerca, le produjo una alegría en el corazón de la que él mismo se sorprendió. Sin embargo, las dudas lo hicieron detenerse y buscar ignorarla, alcanzando a comprender lo inútil de intentar cualquier cosa. Delante del mar oscuro al otro lado de la calle, su imagen de hombre se reflejaba en el cristal de la ventanilla con el pasar de las luces de la calle. No era justo para ninguno de los dos ni irse ni quedarse, el deseo debe de ser lo mismo que el hambre, pensó en silencio, ¡tantas cosas sabrosas de comer que te hacen daño! Para cuando decidió mirarla por una última vez, solo encontró en el medio la cara imperfecta de un blanquito con gorra de pelotero y diente de oro, que le hacía la bien conocida mueca de “qué carajo es lo que me estás mirando maricón”, que le espantó la vista y sus pensamientos.

Aquella noche en que caminaron la cuidad hasta el mar, terminaron despidiéndose sin contarse sus secretos, porque ambos temían que la verdad les removiera el suelo sobre el que los había parado el maquillaje. Se tomaron de las manos y se dieron un beso instantáneo, relámpago de un deseo evidente pero prohibido, inventado en el último de los segundos y que terminó antes de que sus labios les descubrieran a ambos las verdaderas intenciones. De vuelta a casa ella caminaba de frente al viento, inconforme consigo misma, soportando la frialdad como un castigo, mientras pensaba en qué hubiera sido de aquella noche si hubiera confesado su realidad. ¿Qué hubiera pasado si lo hubiera dejado abrazarla hasta rosar con su miembro, oculto pero viril, que por alguna razón que no lograba explicarse, aquella noche se retorcía violento y desconocido bajo sus ropas?

Él por su parte cruzó la calle y se adentró en la cuidad para que está lo protegiera con sus edificios del aire helado que había terminado por invadir la noche. De sombra en sombra se alejaba de ella, arrastrando tras de sí las pesadas ganas de volverse corriendo hasta alcanzarla y confesarle quien realmente era, explicarle que aun siendo ambos del mismo sexo habían muchas cosas que podían compartir juntos; pero incluso a él le sonaba ridículo y cada vez que lo intentó, le fallaron las fuerzas porque sabía que era solamente una buena excusa para hacerle el juego a sus ganas. Caminó sin rumbo hasta llegar a L y sin importarle la hora ni el frío ni la caminata que tenía por delante, dobló a la izquierda y recorrió de vuelta las mismas calles que hacía unas horas habían caminado juntos cuando salieron del teatro, como para pretender que aún conservaba su compañía.

La guagua comenzaba a reducir la velocidad mientras se acercaba a la primera parada del reparto. Sin darse tiempo a excusas se le ocurrió que lo mejor era apearse allí mismo y dejarla ir antes de darse ningún chance a complicar más las cosas. Se volteó hacia la puerta trasera, haciendo todo lo posible para que sus ojos no se volvieran a encontraran con el rostro de ella. De frente a la puerta, esperó paciente, comprimido por la multitud, a que los frenos terminaran por detener las ruedas chillantes del ómnibus, mientras la cobardía de verse huyendo le trajo de vuelta al pecho el mismo vacío de la noche en que la encontró. Se sentía prohibido, contaminado, enfermo por una epidemia de personalidad, negado por la sociedad que no lograba colocarlo en ningún bando. Era toda una mujer cuando estaba triste y era todo un hombre cuando tenía que abrir la boca para reclamar su derecho a existir tal y como era. Empujado por los demás, puso un pie por fin en el asfalto y caminando alrededor del bus, se paró detrás de éste en medio de la calle, esperando a que por fin arrancara y se llevara con él sus cobardías y sus anhelos. Ella mientras tanto, buscaba con la vista alrededor, tratando de encontrarlo entre la multitud que se iba lentamente dispersando en todas las direcciones, hasta que por fin el bus comenzó a moverse y ella se convenció de que lo había vuelto a perder. O al menos hasta que el refugio que él se había inventado lo dejó al descubierto, delante de unos ojos pequeños y profundos que lo miraban llenos de sorpresa, a lo que siguió una mezcla mutua de dulzura y miedo, normal si nos ponemos a pensar, entre dos que tienen mucho que explicarse.


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