Actualizado: 18/10/2019 17:37
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Literatura, Centenario de Virgilio

Elogio de los cobardes

En muchas ocasiones, el mecanismo de terror en una dictadura termina por fallar solo con un grupo social: los intelectuales

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Esa impresión de miedo, ese miedo virtual, el rumor temeroso que le expresa Virgilio Piñera a Fidel Castro, durante las reuniones en la Biblioteca Nacional que culminarán con las notorias y nefastas “Palabras a los Intelectuales”, son nuestro ejemplo mejor del escritor frente al poder. No es un enfrentamiento. De forma acertada, el historiador Rafael Rojas lo llama “diálogo coqueto de Piñera con Castro”, y agrega “que revela un universo de negociaciones entre el intelectual y el caudillo que podría reconstruirse desde entonces hasta hoy”. Valdría la pena retomar la minuta de las reuniones y convertir este diálogo, desde y hacia el poder, en una obra teatral. Porque quien construye el libreto es Virgilio Piñera, pero quien monta la obra es Fidel Castro.

El diálogo es, por otra parte, un claro ejemplo de que, en ocasiones, el mecanismo de terror en una dictadura termina por fallar solo con un grupo social: los intelectuales.

No es que los intelectuales sean los ciudadanos más valientes. Puede que se encuentren entre los más cobardes, pero demuestran una mayor capacidad de asimilación y resistencia. Son además los que trascienden.

Jorge Edwards, en su biografía de Pablo Neruda, Adiós, Poeta, dice: “A Fidel siempre lo encontré irritado frente a los escritores, desconfiado, como si ese precario poder que ellos manejan, el que les confiere el uso y el arte de la palabra, amargara de algún modo, en su núcleo más vital y sensible, el poder suyo”.

En la biografía sobre Stalin de Edward Radzinsky se narra la preparación de un juicio a Babel y Meyerhold, que involucraría a figuras como Eisenstein, Katoyev y Ehrenburg. Pero en el curso de los interrogatorios, Stalin pierde la fe en que los intelectuales jueguen su papel tal y como estaba planeado. Pierde la confianza en el proceso, ya que, por ejemplo, Babel lo admite todo y luego se retracta. Stalin decide que los artistas son tipos impredecibles, a un grado sumamente peligroso, que admitían demasiado fácilmente culpas inventadas pero que con igual facilidad se retractaban de lo dicho un minuto antes. Entonces, optó por matarlos en forma callada.

En Cuba, quien plantea de forma más descarnada el conflicto entre los intelectuales y el Gobierno fue Ernesto Che Guevara, al expresar: “el pecado original de los intelectuales cubanos es que no son verdaderos revolucionarios”. La frase pudo haberse invertido: el primer pecado de los revolucionarios cubanos siempre ha sido que no son intelectuales (con perdón de Martí), o peor aún que son intelectuales falsos, pero el Che era un hombre orgulloso.

Con el triunfo de la revolución, se les impone a los intelectuales este complejo de culpa. Roberto Fernández Retamar lo expresó en un verso infeliz: “Quien murió por mí en la ergástula? Nosotros los sobrevivientes, a quién debemos la sobrevida”.

El complejo de culpa por no haber sido un terrorista o un tiratiros se extiende durante la primera etapa de la literatura cubana posterior al 1 de enero de 1959 ―dominada por el existencialismo de Sartre― y se transforma en complejo de clase proletario —por no ser un trabajador manual— en las generaciones literarias posteriores.

La impresión a la que se refiere Piñera en 1961 no es aún el miedo radical con que luego ha sido asociado, pero tampoco se encierra en un anticipo, ni se limita a la preocupación de un escritor, que se declara identificado con la revolución, ante la posibilidad o apenas el rumor de que la política cultural del país quede en manos de los estalinistas. Eso es lo que dice en buena medida el autor de teatro, el creador de cuentos, pero el centro de su inquietud llega cuando expresa: “La realidad es que por primera vez después de dos años de Revolución, por la discusión de un asunto, los escritores nos hemos enfrentado a la Revolución, y ahora es, y propongo a este congreso que tenemos que rendir cuentas, ¿comprende?, y entonces este hecho nos produce un poco de impresión, digamos, aunque no digamos el temor”.

Aquí tocamos fondo, y aunque Virgilio aclara que nadie lo puede acusar de contrarrevolucionario, y que además no está en Miami, su pregunta, su actitud, y el propio valor demostrado, envuelto en un disfraz de aparente cobardía, evidencia que está más cerca de Kafka que de Gorki. Si el poder le inspira desconfianza, para decir lo menos, la posibilidad de enfrentarlo le causa verdadero pavor, aunque él se limite a hablar de un miedo virtual.

¿Recelo solo ante la posibilidad de que el Gobierno vaya a dirigir la cultura? Dice Virgilio, dirigiéndose a Fidel Castro: “Yo no sé qué cosa es cultura dirigida, pero supongo que ustedes lo sabrán”, y es una de las declaraciones más fuertes y contrarias al aparato gubernamental que encontramos en el diálogo. “Ustedes lo sabrán”. El escritor se distancia del control y la censura. Deja esa tarea en manos de otros, y ya aquí el temor pasa a ser rechazo.

Precisamente es la opción de dirigir la cultura la que Fidel Castro no admite que se cuestione, y, por supuesto, esa opción implica el derecho a la censura: “creo que es un derecho que no se discute”, expresa el gobernante en las Palabras a los intelectuales, al referirse al “derecho que tiene el Gobierno a regular, revisar y fiscalizar las películas que se exhiban al pueblo”.

En realidad, las Palabras a los intelectuales podría llevar como subtítulo: “Respuesta a Virgilio Piñera”.

Un miedo muy real

Poco después de las reuniones en la Biblioteca Nacional, Virgilio comprobará que ese temeroso rumor que él se había atrevido a hacer público se hacía real en una forma más personal, nada literaria y extremadamente burda. No mucho tiempo después, fue atrapado en la vergonzosa Noche de las Tres Pes, una operación de moralina provinciana contra prostitutas, proxenetas y pederastas habaneros, que en realidad resultó el ensayo de un crimen: lo peor de la persecución homosexual estaba aún por venir.

Desvirtuar la razón política de la represión homosexual continúa siendo el instrumento preferido por el régimen de La Habana para hacer borrón y cuenta nueva sobre las causas que llevaron al ostracismo, el encarcelamiento y la expulsión del país de muchos creadores. A Lezama Lima y a Virgilio Piñera no se les marginó solo por ser homosexuales: esa fue la justificación que aún hoy usan los funcionarios del Gobierno cubano. También se les echó a un lado por su pasividad política, que fue otra forma de rebeldía. Esa fue la causa principal y no la secundaria.

El problema es que esta diferencia de causas solo es válida para establecer que la represión homofóbica no fue siempre indiscriminada sino selectiva. No sirve sin embargo como criterio ideológico, ya que el carácter homosexual se convirtió en una fuerza tenaz de oposición al castrismo.

Dentro de la cultura y la historia cubanas, el paradigma opositor siempre adquirió un carácter en que lo varonil se medía con la vara del machismo. Antonio Maceo —El Titán de Bronce, una exaltación que cierra el camino a cualquier flojera— lo ejemplifica mejor que cualquier otro héroe; incluso para quienes exploran una caracterización más ambigua o invertida, o al menos dedican su imaginación a jugar a la irreverencia con la imagen más representativa de la hombría tradicional del guerrero: su amistad con Panchito Gómez Toro, el encuentro con Casal.

Por su parte, el homosexual siempre fue estereotipado como “débil” y cobarde. Para el pensamiento tradicional —revolucionario o contrarrevolucionario— resultó difícil de asimilar que la loca fuera más resistente que el macho. Hay que volver la vista a los años setenta y ochenta para comprender la importancia que ha significado incorporar a la galería patriótica a Reinaldo Arenas.

Pero al tiempo que la firmeza homosexual impidió su eliminación, en algunos casos posibilitó ser utilizada. Durante muchos años —en Cuba y en otras partes del mundo— la sociedad obligó al homosexual al juego de las apariencias. Algunos lo convirtieron en un arte, otros en un medio para escalar posiciones. El Gobierno cubano —al igual que muchos otros— se ha servido de las preferencias sexuales como una forma de chantaje. Es por eso que falta por leer la historia de quienes sufrieron o disfrutaron de ese chantaje. Al igual que el homosexualismo rebelde no puede ser contado por un protagonista único, la escala de los asimilados va del colaborador al sumiso.

La rebeldía tuvo su contrapartida en la sumisión absoluta. Si el homosexual rebelde y declarado fue contrarrevolucionario por partida doble, el que prefirió el camino de acatarlo todo tuvo que fingir al cuadrado, luchar por mantener su fidelidad a un sistema que por principio lo excluía. Analizar esta sumisión no debe excluir la valoración de un sentimiento sincero: el homosexual que creyó en la Revolución. Solo que resulta muy difícil de mantener la creencia cuando el sistema social dicta normas que convierten al creyente en un paria.

En Virgilio, cuerpo y voluntad impidieron siempre el desdoblamiento oportuno. Hoy es muy difícil hacer referencia a Las palabras a los intelectuales, la pistola de Fidel Castro sobre la mesa y las declaraciones de quienes en ese momento se portaron como infames, sin mencionar ese diálogo tímido y prepotente, esas dudas y preguntas, entre el escritor y el gobernante. Lo que por un tiempo fue considerado cobardía y debilidad ha reclamado su lugar en la historia.

Asumir la identidad, desde el punto de vista de la preferencia sexual, se convirtió en una causa de disidencia en Cuba. Por supuesto que no fue, que no es, fácil.

“Se sentía bien, y a la vez, se sentía mal. Ser Óscar y Lulú en un solo cuerpo y una sola alma, ser más Lulú que Óscar y verse obligado a pretender en vano ser más Óscar que Lulú anunciaban una grande infelicidad. Avizoraba con terror los días y los años venideros.”

Así termina Fíchenlo, si pueden, el cuento que escrito en 1976 cierra la edición de sus Cuentos Completos publicados por la editorial Alfaguara. Esa infelicidad bien grande fue la mayor parte de la vida de Virgilio Piñera. Nos queda el gozo de su literatura.



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