Actualizado: 23/11/2017 16:24
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Música, Música cubana, Música popular

Elogio del reguetonero

No ha habido en estos casi sesenta años ningún movimiento de música popular que, tras espontáneamente haber atraído el gusto popular se haya mantenido en contra de las directivas de los mandos culturales

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Una vez más la han cogido con los reguetoneros. De nuevo, como hace unos seis años hizo Abel Prieto, los guardianes de la cultura revolucionaria cubana se horrorizan ante la popularidad del reguetón y no solo se quejan del mal gusto imperante, sino que, como Marylin Bobes y Guille Vilar en la más reciente entrega de La Jiribilla, apuestan por la canción inteligente. Como necesitan echar mano de alguien con popularidad, pues enarbolan al dúo Buena Fe como estandarte para oponer al auge de los reguetoneros, que ocupan las ondas sonoras de la Isla e incluso de Miami.

Hasta Carlos Varela se ha sumado a la queja, alegando, en la revista Vistar, que el mercado de la música cubana está invadido de mal gusto y lo que se ve en la televisión son “canciones vacías, que no dicen nada y tarde o temprano la gente las va a cambiar por otra, la nueva hamburguesa musical del top que comienza esta semana”. Quizá no le falte razón, pero lo único que ha hecho es definir la forma en que se mueve la música popular.

Los jerarcas de la alta cultura, y quienes se arrodillan ante ellos, quisieran que en Cuba solamente se trasmitiera música de Silvio Rodríguez y de sus clones. Quieren imponer el gusto musical por decreto y se niegan a aceptar el deseo del pueblo, porque popular es lo que gusta independientemente de mi gusto.

Desde que los Castro tomaron el poder hay una voluntad de imponer un gusto y una cultura que “represente” los supuestos valores de la Revolución. Los cantantes cubanos que dieron gloria a la música cubana: Olga Guillot, Rolando Laserie, Blanca Rosa Gil, Celia Cruz, Guillermo Portabales y muchos otros, fueron de los primeros en zafarle el cuerpo a la hecatombe revolucionaria que se les venía encima. Lo gobernantes decidieron borrarlos de la memoria musical oficial y trataron de crear una música de su agrado y que representara su imagen heroica (y el Comandante en Jefe nunca tuvo oído musical).

Ningún ritmo popular se ha podido establecer de forma espontánea. Ante el éxito de lo indeseado, el Gobierno interviene y disuelve las agrupaciones. El Mozambique a mediados de los sesenta, parecía levantar en popularidad, pero técnicamente era difícil de popularizar y aparte de que los intérpretes de la banda de Pello el Afrokan tenían, en su mayoría, antecedentes penales (no Pello, Pedro Izquierdo, que era un camarada militante del Partido Comunista), atraían un público y un ambiente que no “representaba” a la Revolución. Los Zafiros tuvieron su momento de triunfo, pero su música se parecía demasiado a la de los Platters y eran demasiado borrachos.

Por razones similares se les quitó apoyo a las orquestas típicas (la orquesta de Fajardo se diezmó en uno de sus viajes), ya que el elemento que las componía no era tampoco del agrado de los jerarcas. Se les limitó a tocar en los bailes populares. Adiós Estrellas Cubanas, Sensación, Neno González y otras tantas. Solamente quedó la Aragón, de indiscutible calidad, liderada por el también militante del partido Rafael Lay. Pero se frenó el movimiento.

Silvio tuvo un éxito inesperado con su programa de televisión y para consternación de algunos cuadros dirigentes fue aceptado por la cúpula. Ante una posible defenestración, puso su música al servicio de las autoridades culturales, sacaron a Pablo Milanés del filin (otro género que ganaba popularidad, pero cuyos intérpretes representaba el pasado, a pesar de la militancia de César Portillo de la Luz) y con la ayuda de Noel Nicola y Alfredo Guevara, surgió la Nueva Trova, que pasó de heredera de los Beatles y Bob Dylan, a heredera de la antorcha de los viejos troveros santiagueros. Esa fue la primera música que pudo ser impuesta con éxito, apadrinada en gran medida por Aida Santamaría.

A principios de 1969, Juan Formell se separó de Elio Revé y creó Los Van Van, con un sonido verdaderamente renovador dentro de la línea de las orquestas típicas. Pero empezando con un nombre que ya intencionalmente agradaba a la nomenclatura, y a pesar del desastre de los diez millones, Formell puso su música al servicio del Gobierno para garantizar su estancia en el favor popular. Con sus declaraciones públicas en favor del Gobierno, deshacía la velada virulencia crítica de algunos de sus temas.

No ha habido en estos casi sesenta años ningún movimiento de música popular que, tras espontáneamente haber atraído el gusto popular se haya mantenido en contra de las directivas de los mandos culturales. Los raperos fueron absorbidos por las instituciones que moderaron su mensaje o simplemente los lanzaron al olvido. Los roqueros siempre se han tenido que limitar a recibir migajas y ser mirados con recelo. El jazz es otra cosa, porque hace mucho tiempo que no es música popular.

Sin embargo, los reguetoneros han impuesto sus ritmos y sus letras muy a pesar de las autoridades culturales y de sus compañeros de gremio. No han cedido un milímetro en sus mensajes y se han mantenido en pie. Es el primer movimiento musical espontáneo que se ha mantenido a contracorriente de las autoridades culturales.

Yo fui novio de Lorenza,
una vieja quincallera
que de cada sobaquera
se podían hacer dos trenzas.
A mí- me daba vergüenza
y la mantení­a a raya
que desde el cuerpo a la raya
el churre se hacía tabacos.
Si así eran en los sobacos
¡como será en la quincalla!

No, esa no es letra de reguetoneros, sino de Faustino Oramas (1911-2007), conocido como El Guayabero y considerado un icono del doble sentido de la música cubana. No es una letra muy diferente del Chupi Chupi o de Bailando o de Hasta que se seque el Malecón, pero Candela, una de sus composiciones, fue incluida en el disco del Buena Vista Social Club. Los que hoy se quejan del mal gusto imperante, olvidan esta y muchas otras letras similares, siempre presentes en la música popular cubana.

No es que me guste el reguetón, aunque lo prefiero a la salsa. Tampoco me gusta su mensaje misógino. Pero no puedo dejar de reconocer de que más allá de que algunas de sus canciones son pegajosas, se han mantenido ahí, en contra de la crítica de autoridades y “colegas”. A pesar del paternalismo con el cual han sido enjuiciados por los “intelectuales”. No puedo dejar de alegrarme cuando algún movimiento musical se impone, espontáneamente, al afán del control cultural del Gobierno cubano. Tampoco me hago ilusiones, una de las razones por la cual los reguetoneros han sido aceptados es porque triunfan también en Miami y sus integrantes salen y regresan al país, por lo que se han convertido en una fuente de ingreso de dólares. A las autoridades no les queda más remedio que tolerar la ostentación de materialismo pueril que aparece en sus videos, su degradación de la mujer como objeto comercial de sexo y en general, su alarde de malas costumbres. Eso es lo que el pueblo quiere ver.

Además, se quejan de la ascensión del mal gusto, pero qué otra cosa se puede esperar en un país en donde la educación ha decaído año tras año, en el cual los jóvenes no tienen opciones viables para su futuro, en donde la palabra vocación ha desaparecido del diccionario cotidiano, la represión es una constante y la sobrevivencia es lo único que cuenta. Un país aislado del contacto fluido con el resto del mundo, al cual se le dosifica el flujo de información que puede recibir y se le mantiene en una miseria material y existencial penosa.

Brindo por el triunfo de los reguetoneros (a los cuales confieso que no tengo que oír y Dios me ha librado de Buena Fe), porque son un triunfo de la voluntad popular sobre el decreto ideológico.


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