Actualizado: 25/01/2022 14:16
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Elogio del resentido

La exigua ensayística ha contribuido a que no se investiguen los insultos que han padecido los que difieren del régimen.

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Un conocido escritor cubano acusa a sus colegas exiliados de resentidos. Parece que las cerrazones caraqueñas —¿chavistas?— le inspiraron la crítica, según me comenta un común amigo venezolano.

Resentido se define en el diccionario: "Dicho de una persona que se siente maltratada por la sociedad o por la vida en general". ¿Por qué las voces del absolutismo lo usan como insulto? ¿Ignorancia o vileza? Ignorancia y vileza. Con mucho de sadismo: "Crueldad refinada, con placer de quien la ejecuta".

La abrumadora mayoría de los cubanos estamos resentidos, sufrimos —presente histórico— maltrato por parte de un gobierno y de un sistema social. No puede abochornarnos admitir la evidencia, al contrario, significa que los recuerdos no han desaparecido. Porque además aún existen las causas del resentimiento. Allí están, a diario cometen ultrajes aborrecibles.

Sospecho que el uso peyorativo responde al deseo de que olvidemos. Se trata de otra manipulación, en cuyo arte han demostrado un profesionalismo digno de Joseph Fouché, duque de Otranto.

Algunos amigos —del exilio o del insilio— han caído en la trampa, al punto de afirmar con énfasis que no son resentidos. Lo que de alguna manera se puede diagnosticar como Alzheimer. Pero lo que desean expresar es el perdón de genuinos cristianos, la certeza de que un país democrático necesitará mucha clemencia y bondad.

Lo significativo es que mientras los que disentimos del gobierno asumimos como una esencial labor la de pacificar el país, bajo la certeza de que los pases de cuenta —salvo los que competen a la justicia— avivarán rencillas e hipotecarán la sociedad civil abierta que deseamos… Mientras nosotros —diferencias políticas y matices de por medio— evitamos insultos personales y asumimos el perdón mutuo, ellos —los extemporáneos corifeos del castrismo— no escatiman vejámenes y ninguneos, desvergüenzas y oprobios.

El mismo epíteto de resentidos se sigue empleando en la publicación castrista La Jiribilla contra los intelectuales exiliados que hacemos declaraciones contra la dictadura; y sin identificarlos contra los que desde adentro se atreven —bajo el dulce riesgo de dormir a la sombra, y no precisamente de muchachas en flor— a expresar sus puntos de vista críticos, que enseguida los oficialistas tildan de hipercríticos.

La momia de la revolución

El escritor que recién usó en Caracas el mote despectivo de resentidos debiera reflexionar algunas evidencias venezolanas, los signos evidentes de que allí no ocurrirá lo mismo; aunque quizás su obtuso fanatismo le impida distinguir que el sistema y los políticos que defiende constituyen no sólo una vergüenza en la historia de Cuba —una entre otras, pero la más larga y abominable—, sino un "caso" que los dedicados a las ciencias sociales analizan como anacronismo, similar al retraso que causamos y que nos ocurrió con la independencia de España en el siglo XIX.

Si leyera un poco más de lo que fuera del país se publica sobre la situación cubana, su reciente historia y economía, su filosofía social e ideario, podría ser menos categórico; aunque resulta casi inverosímil que un intelectual residente en la Isla todavía le eche la culpa al "imperialismo" (sic) de la ruina, que en 2007 use la palabra "revolución" para referirse a un sistema institucionalizado desde 1976, hace 31 años.

Aún (septiembre, 2003) en Cuba, me enteré de que el refulgente ministro de Cultura, conversando en la lujosa casa de un pintor, había dicho que yo era un resentido y un contrarrevolucionario. Con la misma persona —un talentoso y reconocido artista— le di las gracias por el primer epíteto, ya que admitía por bastedad los zarandeos que el Poder me había infligido. Sin embargo, el segundo era anacrónico, pues supondría que la revolución no es una momia, tan chapucera —de 1968 a 2007— que haría bufar a los embalsamadores egipcios.

El alegre, superficial empleo de palabras por parte del grupúsculo —son una minoría, casi todos de la tercera edad o entrando a ella— adicto al Poder, se une a su condición exacta de filotiránicos, tal como los caracterizara Marc Lilla y enfatizara su prologuista mexicano Enrique Krauze. Por lo general frívolos y dependientes, los matices que entre ellos pueden establecerse todavía esperan por nuestros sociólogos e historiadores de las ideas.

Las razones del resentimiento

La carencia de un fuerte grupo de ensayistas sobre temas sociales ha contribuido a que no se caractericen a profundidad los insultos que hemos padecido los cubanos que diferimos del régimen. Estudios que contribuirían a una polémica, mucho más enjundiosa que este rápido artículo, con intelectuales como el de visita a la patria de Mariano Picón Salas y Uslar Pietri, autores que por cierto debiera leer el susodicho, pues en sus páginas encontraría no pocos resentimientos contra el caudillismo y el populismo latinoamericanos.

En esta línea de investigación habrá que distinguir unas cuantas comunidades de resentidos a partir de 1959, y no empaquetarlos con el mismo papel. Las razones del resentimiento por supuesto que no fueron las mismas para Jorge Mañach o Lydia Cabrera que para los niños que salieron cuando la operación Peter Pan; para Calvert Casey o Severo Sarduy que para los gays que huyeron por Mariel en el año 1980, para Eliseo Alberto o Norberto Fuentes, Jorge Luis Arzola o José Manuel Prieto, María Helena Hernández o Pablo de Cuba Soria…

Tampoco las causas fueron similares para los resentidos que permanecieron en el país —de Fernando Ortiz a Raimundo Lazo, de Dulce María Loynaz a Virgilio Piñera, de Teodoro Espinosa a Raúl Hernández Novás…— y cuyos representantes vivos opto por no mencionar.

Claro que el deslinde a realizar no tiene una mecánica relación con la fecha de nacimiento, o con el año del rompimiento de la adhesión o simpatía hacia el gobierno. Y excluyo aquellos escritores a los que la política les resbala misteriosamente, aunque pienso que cuando se estudie el tema deberán constituir una impertinente curiosidad a reflexionar.

Es una lástima que la mayoría de los últimos libros que han tratado temas colindantes, no hayan investigado los mutuos insultos —también están los del otro lado— con sagacidad y rigor. Entre enumeraciones farragosas y citas pedantes se les han ido las cuartillas, que ahora nos podrían servir para refutar con mayor fuerza al agresivo insultador que nos tilda de resentidos.

A su regreso a La Habana, el escritor de marras también debe estar diciendo que Venezuela está llena de resentidos, es decir, de personas maltratadas. Quizás no sepa el significado, pero mientras maltrata el idioma, también maltrata su decoro.