Actualizado: 22/02/2024 21:06
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Crimen, Literatura, Cine

En el paraíso no hay asesinos (I)

El crimen es propio de las decadentes sociedades occidentales, pregonaba la propaganda comunista. Pero en la mismísima Unión Soviética, entre 1978 y 1990, un hombre mató y descuartizó a más de medio centenar de mujeres, niños y niñas

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El año pasado llegó a los cines el filme Child 44 (Inglaterra-República Checa-Estados Unidos-Rusia, 2015), que de entrada contaba con el atractivo de un elenco muy competente: Tom Hardy, Noomi Rapace, Gary Oldman, Vincent Cassel. Se promocionó con la etiqueta de inspirado en hechos reales, ocurridos en la Unión Soviética. Una vez que lo vi, suscribo plenamente lo que Peter Debruge escribió en la revista Variety: se trata de “una curiosa reliquia de la antigua mentalidad de la Guerra Fría”. Se pudo haber realizado un thriller sin llevarlo con tanta desfachatez y tosquedad al terreno del panfleto tendencioso. ¿Qué sentido tiene hacer propaganda contra la Unión Soviética veinticuatro años después de su desaparición? Ese carácter extemporáneo fue una de las razones por las que esa macedonia tramposa y confusa que es Child 44 sufrió un estrepitoso fracaso en la taquilla.

El que se hayan invertido 50 mil dólares en rodar Child 44 resulta más incomprensible cuando existían ya dos películas que sí se centran más en los aludidos hechos reales. Una es Citizen X (Estados Unidos, 1995), una producción de HBO que, sin ser una maravilla, lleva la marca del buen hacer de esa firma televisiva. Sus principales intérpretes son ya un sello de garantía: Stephen Rea, Donald Sutherland, Max von Sydow, Imelda Staunton, John Wood. El guion se basa en el libro de Robert Cullen The Criminal Department, y tiene el mérito de abordar con seriedad y centrarse en la investigación del caso criminal que conmocionó a medio mundo. El filme tuvo en su momento una buena recepción y se puede ver en YouTube en versión original o bien doblado al español. Para aquellos que se interesen en el tema, su visionado es muy recomendable.

La otra película que recrea los hechos es la italiana, aunque hablada en inglés, Evilenko (2004). La protagoniza Malcolm McDowell, actor recordado por su trabajo en La naranja mecánica. En este caso, la trama pasa de los investigadores para concentrarse en el personaje de Andrei Romanovic Evilenko, un maestro que, tras ser expulsado por pedófilo, se dedicó a violar niños, a quienes después asesinaba, despezaba y se comía. Suena como el argumento de una cinta de terror, ¿verdad? Pues eso es exactamente, así que no merece la pena malgastar los 111 minutos que dura su metraje.

Tras la decepción que para este cronista supuso Child 44 —de la novela de Tom Rob Smith en la cual se basa el filme, mejor ni hablar— y dado el interés que me despertó Citizen X, quedé con la curiosidad de saber más sobre aquellos hechos. Me di entonces a la tarea de buscar bibliografía y descubrí que existe un considerable número de libros sobre el tema, en su mayoría en inglés. Escogí para leer dos: Hunting the Devil: The Pursuit, Capture and Confession of the Most Savage Serial Killer in History (1994), de Richard Culler, y The Killer Department: Viktor Burakov´s Eight-Years Hunt for the Most Savage Killer in Russia History (1993), de Robert Culler. El autor del primero contó con la colaboración exclusive de Issa Kostoev, jefe del Departamento de Crímenes de Especial Importancia. El libro lo convierte en el héroe absoluto de la investigación, cuando lo cierto es que llegó a Rostov varios años después de que se habían iniciado los asesinatos y no siempre estuvo en el lugar de los hechos. Es muy significativo el hecho de que en el índice onomástico los verdaderos investigadores que se ocuparon del caso tienen pocas entradas o simplemente ninguna.

En 1983, en el breve lapso de seis meses, fueron asesinados en el área del Rostov del Don seis niñas y niños. En todos los casos, los crímenes se distinguían por el sadismo con que fueron cometidos. La milicia quería resolver rápidamente el caso, que ya había atraído la atención del Partido local y del Ministerio del Interior de Moscú. En el apuro por encontrar al asesino, pronto detuvieron a Yuri Kalenik, un joven con retraso mental, al que arrancaron unas confesiones plagadas de inconsistencias. Su vida fue destruida, pues pasó siete años en prisión.

En la Unión Soviética, la confesión era un elemento esencial en la investigación. Lo era desde antes, pues los rusos están habituados a que una persona culpable debe confesar su delito. Hay incluso quienes sostienen la idea errónea de que un acusado que no confiesa su crimen no se puede juzgar. Esa debió ser la razón por la cual las víctimas de las purgas estalinistas eran forzadas a admitir conspiraciones inexistentes. En el caso de Kalenik, se añadía el hecho de que en Rusia el retardo mental no se consideraba una minusvalía, sino una forma de locura.

Tras Kalenik, hubo otros sospechosos y a uno ya se le habían presentado cargos. Pero los nuevos cuerpos que se hallaron parecían burlarse de las pretensiones de quienes creían haber resuelto el caso. Alguien se dedicaba a dejar un reguero de niñas y niños muertos y todo indicaba que no tenía intenciones de parar. Pronto se sumó a las labores investigativas el forense Viktor Burakov, quien hizo notar que el asesino no tenía sexo normal con las víctimas. De acuerdo a los sitios donde estas se encontraron, se dedujo que el asesino tenía un trabajo que le daba la oportunidad de viajar o bien le permitía ausentarse con frecuencia.

La investigación no lograba avanzar

En el verano de 1984, el asesino tuvo una actividad enfebrecida. Los cuerpos se acumulaban a una velocidad tal, que la milicia no tenía tiempo de identificarlos. De los seis crímenes de 1983, pasó a 13. Desde Moscú empezaban a ver el caso con creciente impaciencia, pero la investigación no lograba avanzar. Cada vez que tenían un sospechoso, aparecían nuevos cadáveres. La labor además sobrepasaba los recursos con que se contaba en Rostov. Eliminar a los sospechosos llevaba cientos de horas, lo mismo que identificar a las víctimas. Por otro lado, el equipo del Instituto de Medicina de la ciudad trabajaba con microscopios y tubos de ensayo similares a los que entonces tenía cualquier high school en Estados Unidos.

En contra de la opinión de Burakov, el jefe de la milicia envió una carta al ministro del Interior solicitándole el envío de un equipo experimentado. Unos meses después, una docena de hombres llegó a Rostov y empezó a trabajar. Se creó una subunidad especial para encarar crímenes de naturaleza sexual. Estaba encargada de capturar al hombre —o los hombres— responsable de los asesinatos. Se puso entonces en marcha la Operación Poisk (Búsqueda). Agentes vestidos de civiles fueron situados en paradas de autobuses y estaciones de trenes, así como en el Parque del Aviador, para vigilar a hombres que se acercaran a niños, niñas y chicas jóvenes.

La prensa y la televisión eran instrumentos del Estado y solo informaban lo que los investigadores les decían. La noticia de los asesinatos además únicamente circulaba en los medios locales. Pero para septiembre de 1984, la milicia fue incapaz de continuar ignorando a la opinión pública, pues con tantos muertos y tantos sospechosos interrogados, la noticia pasó a ser del dominio de mucha gente. Empezaron así a propagarse los rumores. Según uno, un grupo de caníbales se dedicaba a matar, descuartizar y comer a sus víctimas. Según otro, una banda de criminales de Rostov había perdido una partida de cartas frente a una banda de otra ciudad, y la apuesta era la vida de 15 niños.

Otra versión decía que un grupo disfrazado de fotógrafos llegó a una escuela de Rostov. Mostraron sus credenciales y se llevaron a todos los niños al estudio, con el fin de fotografiarlos. Ninguno de los escolares regresó. Pero el rumor que más molestó a las autoridades era que el asesino circulaba en un Volga negro, el tipo de auto que se asignaba a los dirigentes del Partido. El carro llevaba una placa oficial que comenzaba con unas letras que en español serían MNS, acrónimo de Muerte a los Niños Soviéticos.

Un pánico silencioso se extendió por la ciudad. Algunas madres sintieron temor y comenzaron a dejar a sus hijos en casa o a acompañarlos cuando salían. Pero no todas tomaban precauciones y otras desconocían lo que estaba sucediendo. Muchas personas preferían ignorar los rumores y otras sencillamente no los habían escuchado. Las prostitutas siguieron trabajando en la estación. Los niños continuaron viajando en trenes y autobuses.

La situación se exacerbó con el siguiente crimen. En esa ocasión el asesinado fue el hijo de un ingeniero que en ese momento se hallaba en Teherán. La familia tenía muchos amigos y la noticia se propagó rápidamente. Las autoridades reaccionaron con torpeza y crueldad. Llamaron al enlutado padre y lo culparon de no haber orientado al niño correctamente. ¿Cómo era posible que este viajara solo en el transporte público? Era una cómoda manera de quitarse de encima la responsabilidad.

El hombre y su familia no eran culpables de un sistema en el que las escuelas estaban saturadas y los chicos tenían que asistir por turnos, lo cual traía como consecuencia que estaban libres la mitad del día. No eran culpables asimismo de que ese sistema exigiera que ambos padres tuviesen que trabajar. Tampoco eran culpables de que un niño que quisiese jugar fútbol tuviera que tomar un autobús y cruzar media ciudad.

El jefe del Partido pensó que había que hacer algo para calmar a la población. En una comparecencia televisada negó que los rumores que circulaban fueran ciertos y aseguró que no había razón alguna para el pánico. Talos rumores no eran sanos, afirmó, por el contrario, significaban una provocación. La muerte del hijo del ingeniero, afirmó el dirigente, era un suceso aislado. Y terminó diciendo que todos tenían buenos motivos para estar seguros de que el criminal que cometió ese asesinato iba a ser apresado. La milicia, por su parte, comenzó a visitar escuelas y fábricas, para dar instrucciones sobre la importancia de mantener vigilados a los niños y orientarlos a no ir con extraños. Esas medidas, pensaron, serían suficientes para alertar la conciencia de los padres.

A fines de agosto del 84, un miliciano asignado a la Operación Poisk estaba en la estación de autobuses de Rostov. Alrededor de las 8 de la noche, se fijó en un hombre que hablaba con una joven de 17 o 18 años, que podía ser su hija. Tenía el pelo gris, usaba corbata y espejuelos y cargaba en la mano un maletín pequeño. La chica se levantó a los pocos minutos y tomó un ómnibus. Entonces el hombre se aproximó a otra chica, se sentó a su lado y empezó a charlar con ella.

El miliciano se le acercó, le mostró su placa y le pidió que lo acompañara a la oficina de la milicia. La documentación del señor estaba en regla. Su nombre era Andrei Chakatilo, trabajaba en el departamento de suministro de una empresa de maquinaria. De acuerdo al pasaporte, estaba casado y tenía dos hijos. Argumentó que se hallaba en Rostov por razones de trabajo e iba de regreso a Shajty, el pueblo donde vivía. Comentó que había sido maestro y le gustaba conversar con los niños. Interrogaron luego a la segunda joven, quien declaró que él solo le preguntó si estudiaba y qué especialidad, y negó que le sugiriera ir con él. Tras eso, Andrei Chikatilo pudo irse a su casa.

Un hombre sádico con problemas de impotencia

Dos semanas después, el mismo miliciano lo vio nuevamente en la estación, vestido como la ocasión anterior. Esa vez fue llevado a la comisaría. Al revisar su maletín, se le halló un cuchillo de cocina. Los investigadores estaban convencidos de que habían dado con el autor de los crímenes. De no ser él, ¿por qué llevaba un cuchillo? Y, además, ¿por qué se había pasado la noche acercándose a mujeres y chicas? El procurador que interrogó a Andrei Chikatilo aceptó su explicación: había perdido el autobús a su casa y charlaba con las chicas para matar el tiempo. En cuanto al cuchillo, lo llevaba porque en sus viajes a menudo necesitaba cortar cosas, por ejemplo, embutidos. A eso se sumaba que el análisis del laboratorio dio que su tipo de sangre era A, mientras que la del asesino es AB. Andrei Chikatilo era también miembro del Partido y el secretario de su comité informó que en su expediente no había ninguna nota desfavorable.

Pero la visita a su centro laboral aportó un dato significativo. Hasta el mes de junio, había ocupado un puesto por el cual tenía que viajar a diferentes sitios de la región. Su apartamento fue registrado bajo la supervisión de Burakov. El hombre pasó seis meses en la cárcel, pero por el robo de una batería de un auto de su empresa, y fue suspendido del Partido. Y tras cumplir la breve condena, salió en libertad. No sería hasta varios años después que los investigadores se dieron cuenta de que entonces tuvieron la oportunidad de evitar unos cuantos crímenes.

Burakov decidió correr un gran riesgo: transgredió el secreto que aún rodeaba el caso y, sin permiso de sus superiores, pidió colaboración a miembros del campo psiquiátrico. Envió la información acumulada a expertos de Moscú y además solicitó al director del Instituto de Psiquiatría de Rostov que convenciera a los psiquiatras y los patólogos sexuales para que lo ayudasen. Con cautela, les explicó a estos que alguien estaba asesinando niñas, mujeres y niños, y de modo general les describió las pautas de las mutilaciones hechas a las víctimas. Tras eso, les preguntó: ¿Podía el asesino estar interesado en los dos sexos? ¿Era posible que se tratase de más de una persona? ¿Qué enfermedad puede llevar a ello? ¿Y cómo esa enfermedad puede afectar el comportamiento?

Las respuestas que Burakov recibió lo defraudaron. Muchos de los psiquiatras apenas se interesaron en el tema y en que se atrapase al criminal. Otros dieron explicaciones vagas y contradictorias. Sin embargo, uno de los psiquiatras, el doctor Alexander Bujanovski, se le acercó y le propuso que tuvieran una charla en su oficina. Se encontraron, Burakov le proporcionó el material que tenía y dos semanas después recibió un informe de 17 páginas. De acuerdo al mismo, los crímenes han sido cometidos por un hombre con un desorden sexual en su personalidad. Es un sádico que solo puede lograr satisfacción sexual causando sufrimiento a otros. Es probable que, al tener sexo normal, tenga problemas de impotencia. Por eso recurre al sufrimiento para excitarse. La literatura psiquiátrica recoge muchos ejemplos de sádicos a los que les gusta usar cuchillos u otros objetos punzantes para causar heridas superficiales.

El asesino es compulsivo. Cuando necesita matar, no puede evitarlo, como una persona normal sí puede no comer cuando tiene hambre o no tomar agua cuando tiene sed. Pero cuando consigue el alivio que le da el matar, puede caer en depresiones y volverse irritable. Probablemente padece dolores de cabeza e insomnio. Su compulsión de asesinar podría estar estimulada por hechos periódicos, como las fases de la luna o las condiciones del tiempo.

El informe también señalaba que, aunque el asesino está afectado por una enfermedad mental —posiblemente esquizofrenia—, no está loco ni es retrasado. Tiene intelecto suficiente para maquinar sus asesinatos y tomar precauciones para no ser capturado. Es factible que se refugie en su mundo interior y que tenga poca actividad social. Si alguna vez tuvo amigos cercanos, los perdió. En opinión del doctor Bujanovski, es muy poco probable que se trate de un grupo. La posibilidad de que dos o tres personas con esas características puedan encontrarse y cometer juntas los crímenes, expresó, es extremadamente remota.

Por otro lado, llegó otro informe realizado por el Centro Científico Nacional para el Estudio de la Patología Sexual y basado en la información proporcionada por Burakov. En él se describía al asesino como una persona que posee maña para seleccionar a sus víctimas. En el caso de las mujeres adultas, escoge aquellas fáciles de engañar, porque necesitan alimento, dinero o un lugar donde quedarse. Con los niños actúa de manera más impulsiva: su compulsión de matar es activada por un aspecto en particular de su apariencia.

Al igual que el doctor Bujanovski, los autores de ese informe creen que el asesino no puede mantener la erección durante un coito normal. Se excita a sí mismo cuando apuñala y ve la sangre. Entonces eyacula, ya sea espontáneamente o bien porque se masturba. Eso explica el semen sobre las víctimas, en lugar de dentro de ellas. Su necesidad de gratificación sexual es tan intensa, que hasta puede no darse cuenta de cuándo exactamente la persona muere.

El ritual de mutilación posiblemente es posterior a la muerte de las víctimas, o bien tiene lugar después del clímax sexual. Si el asesino aún no ha logrado el orgasmo cuando la persona ya falleció, el hecho de cortar los órganos sexuales de esta puede ayudarle a incrementar su excitación y permitirle eyacular. Tras eso, puede limpiarse con toda calma los restos de sangre de la ropa y revisar que no ha dejado evidencias en la escena del crimen. Las partes del cuerpo de las víctimas puede arrojarlas o bien llevárselas consigo. Luego sale del bosque con tranquilidad y hasta puede ser capaz de charlar casualmente con gente que se encuentre o conducir un auto. Como el doctor Bujanovski, los especialistas del Centro Científico Nacional para el Estudio de la patología Sexual opinaban que es poco probable que los crímenes se deban a un grupo de personas. Creen que el mismo individuo mata a personas de los dos sexos.

Con la acumulación de cinco niños muertos hasta el otoño de1 año 84, la milicia pasó a manejar dos teorías. La primera, que había dos asesinos sin relación alguna entre ellos: uno mataba mujeres y niñas y el otro, niños. La segunda, basada en el semen sobre el cuerpo de las víctimas, que la orientación básica del asesino era la homosexualidad. Esta última teoría fue la que se impuso y marcó el comienzo de una operación dirigida contra la comunidad homosexual de Rostov. Estos fueron unas de las víctimas colaterales del llamado “carnicero de Rostov”, que hasta 1990 continuó llenando de cadáveres la morgue y enlutando familias.