Actualizado: 20/09/2019 11:30
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Literatura, Lectura de Verano

En la raya oblicua del deseo

CUBAENCUENTRO ha retomado este año su sección Lectura de Verano, dedicada a publicar obras de narrativa, que pueden ser enviadas a nuestra dirección en Internet

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El lunes pasado vinieron a mi departamento La Bayonesa, Lulita, Gargantilla y La Supina a ver el partido de México frente a Croacia. Todas estábamos de “verde que te quiero verde” —lorquiano gesto frente a la pantalla de 37 pulgas, regaló mi tío Macedonio—, atribuladas y nerviosas como potrancas de escuadrón, sudando a más no poder y gritando, escandalizando en el segundo tiempo por los goles de Rafa, Guardado y Chicharito. ¡Ay!, Dios mío qué cabezada tan sexy la del capitán, cara de niño. Y Guardado ya no escatimó nada y todo lo metió en la portería, y Chicharito pequeño, pero pujante: en la cama debe ser caliente ese niño tapatío. Contundente victoria de los pupilos de Herrera (es verdad que se parece un Piojo): Tres a uno que celebramos con empanadas de camarones que trajo La Bayonesa, y cervezas que cargó LaSupina.

Y después la marea del Ángel: me puse las mallas de cenefas moradas y salí al tropel verdecido de gritos por toda Reforma y sus alrededores. Me manosearon por donde quisieron. Me amasaron toda. Me columpiaron en la ola fanática del triunfo. México debe seguir ganando: lo mejor es esto de la conmemoración manifiesta, esta posibilidad de sentir en la grupa todas las manos posibles. La Bayonesa ligó un morenazo de Iztapalapa que transpiraba como potro de caballeriza jalisciense; Lulita cantaba “Cielito lindo” y varios muchachos uniformados de prepa le acicalaban la mandrágora: ella feliz en la pasión piojera de “canta y no llore”; Gargantilla merodeaba los aposentos de las vallas y un tipo la tenía contra un ángulo lateral, presa, la pobrecita, de semejante bulto erecto en su trasero oaxaqueño.

Terminé en una cantina del Centro entre borrachos concordados a las patadas, quienes discutían de la desventura de España y de la técnica apabullante de los teutones. Dije que iba al baño, y escape de esa horda políglota trashumante, ensimismada frente a la pantalla. Salí al suspiro del anochecer. Abordé Donceles como toda una dama de alcurnia con mis mallas japonesas de espirales y mi peluca pop art imitación Andy Warhol. Me encanta la procacidad de los machos mexicanos: te miran con deseo transversal, te socavan las tetas y desbordan sus pupilas sobre los flancos: saben del embozo de una, saben que soy un travesti procaz, pero parece que eso los excita: yo me contoneo mucho más cuando los veo casi babeante tras de mí frotándose las entrepiernas con sus manos todavía manchadas por el tizne de su oficio de plomero.

En la esquina de mi corazón tengo escondido el deseo. En los recodos de mi corazón se cobija una demencia interpolada de claveles maltrechos. Allí, las tonadas se arremolinan, se muerden una a otras (“Las penas que a mí me matan / son tantas que se atropellan / y como de acabarme tratan, / se agolpan unas o otras / y por eso, no me matan”, pienso en Sindo Garay) y me pongo sentimental y cursi. Estaba lacrimosa, parecía una adolescente ante la culpa después de explorar su vagina virgen en la bañadera. La noche se empinaba sobre los meandros de la Zona Rosa. Lloraba yo sobre las baldosas de la calle Niza y mis mocos corrían hasta la avenida Liverpool. Lloraba: me sobrevino el deseo de un macho campirano de rancio olor de barbacoa hidalguense; nada ni por aquí ni por allá: todo el mundo, más o menos, andaba en lo mismo: una excitación sicalíptica deambulaba por la esquina de Génova y Florencia. Una patrulla de uniformado aminoró la marcha, escoltaba mi trote por la banqueta, el copiloto azul me desvistió de arriba abajo con su inmunda ojeada de policía anhelante: guardé bien en el brasier media copa, imitación Leonisa, los quinientos que había traído por si acaso. Siguieron, no me hicieron caso los agentes del orden.

Me asomé por varios bares: La Botica, de Amberes: gais mezcaleros bailaban un jarabe tapatío: me dio güeva, continué ojerosa mi rumbo; en el Nicho Bears, de Londres, unas mariposas se restregaban las pelvis escuchando a Shakira: seguí de largo apresurada y presta; en El Taller, de Florencia, un cadenero fortachón veracruzano no me dejó traspasar la puerta; la Suite Bar, de Amberes, estaba más animada y me tragué una Margarita de tequila con sed de camionero de la autopista México-Querétaro. Pero quería llorar y me salí al paseo, a la cobija de la noche.

Otra vez camino a la soledad de mi casa. Otra vez en la yerma ruta suscrita por una ranchera triste y un bolero-tango de amores traidores en ondulada prosodia imitando a Benedetti. Llegué a mi departamento de la Portales: refugio de clase media con alquileres todavía asequibles para una pobretona afligida como yo. Me comí una empanada sobrante del festejo futbolero de la tarde. En el balcón de enfrente, Lucio el vecino contador administrativo de Pemex, tomaba el aire de la madrugada: nos saludamos con curiosas miradas vagabundas. En la raya oblicua del deseo decidí masturbarme a los cuatro vientos. Creo que Lucio, no me acuerdo bien, cerró la contrapuerta de su mirador: me dejó sola bajo el sopor mortecino de la aurora.


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