Actualizado: 20/10/2021 13:39
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Eliseo Alberto, Literatura

En memoria de Eliseo Alberto

Tenía el don de trasladarnos a La Habana con una cucharada de frijoles dormidos

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Conocí a Lichi una tarde de verano lagunero. Un periódico regional anunciaba un taller literario a su cargo. Así que me inscribí, tomé del librero La eternidad por fin comienza un lunes, Caracol Beach y La fábula de José y al terminar la primera sesión me acerqué con timidez por sus firmas. Lo primero que dijo fue: “yo nunca encuentro a mis lectores”, y le brillaron sus ojos. Mi admiración era tanta que le llamaba Don Eliseo y no tardó en pedirme que le dijera simplemente “Lichi”. Para mi sorpresa resultó entrañable. Le comenté que había un grupo de fans dispuestos a complacerlo durante su estancia en esa tierra de junio infernal. Y la aventura comenzó. Tiempo después nos vimos en la Ciudad de México. Tenía pocos meses de haberse mudado al hermoso departamento de Tejocotes donde tantos amaneceres chilangos le inspiraron a escribir. Desde entonces me aprendí su número telefónico y me contagió su pasión por los grandes artistas y escritores cubanos. Al poco tiempo murió Rapi y luego volvimos a vernos. Yo pasaba por una crisis y entre muchas muestras de cariño y apoyo me alentó a pedir una beca que no tardé en recibir. Luego murió su madre y pronto salió El retablo del Conde Eros y sus crónicas de Una noche dentro de la noche. Mientras tanto, me cuidaba como a una hija. Cuando iba a comer a su casa no faltaba alguien de la prole cubana. Siempre había un aire festivo en su casa y para Lichi no había cosa mejor que alimentar a sus amigos. Me daba la impresión de que a veces gustaba más del halago de sus virtudes culinarias que de las literarias. Tenía el don de trasladarnos a La Habana con una cucharada de frijoles dormidos. Ni hablar de su ropa vieja, sus tostones y su ajiaco. Una de esas tardes de largas conversaciones y griterías a la cubana, comenzaron a marcharse todos: Carlitos, Ceci, Peyi y el Bola; María se fue a su cuarto, nosotros nos quedamos solos y me confesó: “¿Sabes Luci que tú eres mi mejor amiga?, contigo no hablo de política ni de libros, contigo hablo de la vida.” Y yo le confesé de mi amor por un gran amigo que no me hacía caso. Me dijo que fuera paciente y al poco tiempo Paquito y yo empezamos a salir juntos y a acompañarme a casa de Lichi. Pasó el tiempo y nos veíamos con menos frecuencia. Una tarde de febrero me llamó para contarme de la triste noticia de su insuficiencia renal. Paco y yo lo visitamos. Recuerdo su terror al sufrimiento y a tener que padecer los aparatos, los médicos y los hospitales. Lo alentamos un poco, como pudimos. Pero a Lichi le invadía la tristeza y el desgano, extrañaba como nunca a Cuba. Siguió pasando el tiempo y nos dejamos de ver. Luego llegó su riñón y como muchos, celebramos su trasplante pero nos preocupaba su lenta recuperación. En la sala de espera del hospital desfilamos decenas de amigos y familiares en turno. Al pasarnos la estafeta nos dábamos consejos para mantener a Lichi con fuerza. Era una verdadera carrera de relevos; una carrera de amor y solidaridad. Cuando me tocaba visita le hablaba de todos sus lectores y amigos, de los universos que podía imaginar mientras se recuperaba, de mis amigos y familiares que prendían velitas y le oraban. Le daba su masajito en los pies y me ilusionaba con sus lentas mejorías. La última vez que lo vi fue el viernes, estaba progresando: sus ojitos estaban abiertos y apretaba mi mano. Ayer por la mañana me despertó el mensaje de un amigo que decía: “Lamento lo de Lichi. Te doy un abrazo.” Paco no tardó en corroborar que se trataba de su fallecimiento. Si hay un ser excepcional que yo haya conocido ese es Lichi. Si hay una literatura que refleje un apasionado romance a la vida y un verdadero significado sobre la amistad esa es la de Lichi. No hay duda de la gran fidelidad que hay entre su obra y su generosa e incondicional personalidad. Yo seguiré regalando sus entrañables novelas a diestra y siniestra porque sus libros y su vida han cambiado la vida de tantas personas. Hoy solo nos queda dejarnos arrebatar por la esperanza y la ternura de su obra, por la memoria en la que habita entre quienes lo conocimos.


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