Actualizado: 20/10/2017 18:43
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En misión

Luego, ya en África, recordaría la conversación trunca con su padre, y su rostro con la inminencia de un pensamiento que le rodaba por el entrecejo

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Cuando Pedro sintió el carro pararse frente a su refugio, un refugio que yo ocuparía también desde ese momento, salió a recibirnos. Me estrechó la mano con una cordialidad que me entró no sé por qué recoveco. Tuve el deseo de abrazarlo, aunque no lo hice. Me mostré frío. Pero mi amor por él se manifestó aún antes de bajarme del jeep y de que la palma de su mano atrapara la mía.

Meses antes, mi padre me invitó a sentarme frente al océano que nos separaría. Solo él conocía mi verdadero plan. Quiero explicarte algo, dijo, antes de que te vayas. Luego calló, ensimismado, mirándose hacia adentro en ignorancia total del panorama que yo disfrutaba, incluyéndolo a él. El mar se acercaba o alejaba. Su prosa apacible de azules y verdes iteraba un canto sordo. Entonces, en un susurro, estalló en otra oración breve: porque nunca se sabe... Y siguió el agua destrozando los arrecifes. La espuma se hizo y se deshizo. Al regreso, convertida la ciudad en un muro de ámbar contra el litoral, el silencio caló sus canas. Y no concluyó el asunto que esbozara. Pensé que tendría miedo. Yo era su único hijo y dentro de unos días partiría hacia un país lejano y en guerra. Era también una posibilidad remota de salida. De vez en cuando, ya en África, me venía al recuerdo la conversación trunca y su rostro con la inminencia de un pensamiento que le rodaba por el entrecejo. Un entrecejo donde pernoctó la idea que no me atreví a preguntar. El instante me venía incesantemente, siempre mezclado de espuma, como ella, desapareciendo sobre el rítmico azul de La Habana al atardecer, frente a las aguas.

Luego de la conversación, viví un tiempo abstracto en una Habana veraneante. Días enteros en sus barras. Solo. Esperando la partida hacía tres meses, rompía lazos inútiles, mientras exprimía un tiempo interminable y desconocido. Citado para salir, seis veces había estado en el aeropuerto. Y seis veces había regresado al mismo bar. A huir entre mojitos y un aire acondicionado que se metía entre los poros de un mural de Portocarrero.

Septiembreando me alejé en un Boeig 707 con cuerpo de antílope. Atrás, petrificados, quedaron los techos de barro y las transparencias varaderianas. Observando los cúmulos a través de la escotilla, recordé la reacción de mi viejo cuando un desconocido, en casa de unos amigos que me despedían, dijo: ¿Para Angola? Ya hueles a cadáver. Sin embargo, el hombre se dio cuenta de su comentario inoportuno y, cambiando de tema, habló de la arquitectura de una ciudad llamada Malange, y de un poblado, en la cima de una colina, en la que había unas cataratas que nombraban del Duque de Bragança. Yo siempre había querido conocer otras latitudes, incluso hacer una misión, aunque no enviado por gobierno alguno. Tampoco voy a negar que un Francis Macomber vivía en mis huesos ni que añoraba el ambiente de unas sabanas que desconocía. La aeromoza me brindó té. Intenté memorizar algunas palabras en portugués, mientras me abandonaba en reflexiones. Nunca había entendido el racismo. Tenía, y aún tengo, la certeza de que no hay razas puras ni hombres superiores. Creo que me dormí, pensando que jamás iba a dominar el idioma de los colonizadores del país a donde me dirigían.

Una mañana, bajo tenue llovizna, llegamos a Luanda. Después de una distendida espera vimos la capital de Angola a través de los cristales del ómnibus que nos transportaba. Para la mayoría, era la primera vez que viajábamos fuera de la Isla. No dejaba de encantarme el atravesar el corazón de una ciudad cuyas mujeres andaban con atuendos coloridos, mientras mantenían, en equilibrio inconsciente, una carga a la cabeza y sus hijos atados a la espalda. Los árboles me transportaban a libros de paisajes similares, pero sin el perfume atmosférico que ahora respiraba. Era, como andar entre sueños. Aunque entre sueños yo buscaba deambular, por los caminos de la evasión, en otro sueño.

Algo de Pedro me parecía familiar. Una forma de doblar la boca al hablar, un mover de sus músculos que me era conocido. Todo el mundo decía que nos semejábamos. Y yo le cogí un afecto entrañable. En los días de la guerra empezamos a compartir el mismo espacio. Percibiendo su respirar en medio de la noche aprendí a quererlo, o reaprendí, pues era, como si siempre lo hubiera tenido a mi lado. Oírlo reír era escuchar una peculiar alegría andar dentro de mi cuerpo más allá de la razón, como risas en mi niñez. Porque él fue mi casa. Nunca me sentí tan cercano a nadie. Nunca. Entre nosotros una relación muy especial se fue forjando, profunda, de raíces.

Pero quería evadirme. Lograr esa evasión no era fácil. En la Isla, no recuerdo quién me suministró un mapa de Angola con un pormenorizado plano de su capital. Una a una aprendí sus calles, sobre todo aquéllas donde estaban las embajadas de los llamados, en Cuba, países capitalistas. Los días en Luanda fueron pocos. Me habían situado en un albergue de tránsito, en los suburbios, de donde me escapaba basado en la creencia de que aparentaba ser un portugués, según me decían los nativos, por la barba larga, la elegancia en el vestir y las altas botas que me diferenciaban de mis compañeros. A los cooperantes, antes de partir de La Habana, nos entregaban una maleta con indumentaria de ínfima calidad, con la cual solo había llenado la mitad de la mía, pues preparaba mi fuga. Pensaba que con otras ropas podría desertar cuando supuestamente debía estar durmiendo en el albergue. Por fortuna, nadie advirtió mis salidas ilícitas. Salidas en las que, frente a la embajada de Francia, reflexionaba: si cruzo, ¿cuál será mi destino? El temor a dar un paso en terreno falso me condujo a la «Mutamba». Mis pies corretearon una y otra vez la rua, mientras una decisión no acababa de tomarse en mis sentidos. Otro día, llegué hasta la fortaleza de San Miguel. Había cerrado el ciclo de la esclavitud. Los descendientes de quienes habían salido de allí oscurecían la piel americana y la llenaban de músculos hermosos, de ritmos, de poesía y de otras creencias sin las cuales no hubiera música en el continente. Yo estaba de regreso, como habiendo vivido muchos años antes y con una mentalidad distinta, aun de los que me enviaban allí. Desde la fortaleza el panorama dabaía de Luanda es fabuloso. Necesitaba más días, quizás meses; conocer, preguntar, para estar seguro en el momento de huir. Porque: ¿Y si me deportaban?

Solo cuatro días después me vi camino Sur Malange. Alguien que trabajaba en Kalandula volvió a nombrar las cataratas del Duque. En la carretera nos sorprendió el atardecer. Una cuchillada redonda desangró nubes. Y un incendio envolvió el auto, como polvareda que, atravesando cristales, empapaba cuerpos y ropas. Un silencio rojo, sobrecogedor, venía cayendo, cantando sobre las sabanas, sobre los derriscos, sobre el pavimento, alcanzaba cada ángulo de tierra, cada espina de paisaje. Supe desde entonces, y aún tengo plena conciencia de ello, que los ponientes africanos son los más líricos del mundo. Que su música abraza el alma de todos los hombres y que en ese instante de belleza los une. En un tiempo eternamente efímero, indeterminado, la llanura permaneció dorada. Dando un giro a mi cuello miré al través de los cristales traseros del autobús: un enorme círculo de fuego quemaba el centro de la vía, inflamando colinas, donde brotaban las primeras sombras. Lentamente surgieron las oscuridades. Exangüe el día, pensaba que no había descubierto ningún animal importante durante los cientos de kilómetros recorridos. Solo habíamos visto unos monos entre las junglas de altísimos parajes; un ave verdinegra, que se perdió en la yerba y una serpiente que, cruzando el camino, había dejado su vida curvilínea entre las ruedas. Tuve que destruir las imágenes que creí encontraría a mi paso: alguna manada de elefantes en la distancia, una familia de leones recostada contra el cielo o, simplemente, un antílope en huida, danzando frente a mis ojos. Nada. Pero bastaba con aquel sol sobre los imbondeiros.

En el hospital de Malange trabajé durante tres meses. Tres meses hice a pie un recorrido por ruas rosadas pegadas a las construcciones. En mi andar, pasaba por un parque de gardenias frente a la arquitectura colonial del edificio de gobierno. Un parque, donde los nativos respetaban las sosegadas corolas que concluían en las orejas y floreros de mis compañeras. Tres meses desde mi balcón observé un coro de ángeles negros dirigido por una monja blanca. Tres meses desde mi balcón vi los crepúsculos reventar sus rojos amarillos, rojos violetas, rojos grises, noche. Tres meses desayuné miseria y subdesarrollo en los miembros tullidos de seres que se arrastraban por las calles. Tres meses contemplé a ciudadanos, de todas las edades, desmenuzar los tanques de basura para alimentarse. Tres meses en un hospital sin recursos. Tres meses de Hansen, de malaria, de tisis. Tres meses escuché los clamores del cielo, desangrándose.

Alejada casi toda posibilidad de huida, me trasladaron a Kalandula. Partí en un viejo jeep militar desde el cual, antes de desmontarme, presentí a Pedro. Sin espejuelos, como estaba a mi arribo, noté que en algo nos parecíamos. Quizás por eso sentí un acercamiento hacia él en el momento que lo encontré. Quizá sea por esa costumbre de querernos a nosotros mismos y yo me estaba viendo en él. No lo sé. Luego las cosas se desenvolvieron, como nunca me imaginé ni creo que él tampoco. Pues, en definitiva, uno no es adivino ni sabe qué le va a pasar si se encuentra a un hombre con quien está obligado a convivir sin remedio, a carabina. Y está lo otro, escondido entre la epidermis y los sentidos. Lo que ninguno sabía ni teníamos por qué saber. Porque ni él, ni yo, tenía culpa de nada. Primero nos rechazamos, es bueno decirlo, cuando solo intuimos lo que supe después. Más tarde vino el tiempo en el que los otros nos empezaron a decir los mellizos. La realidad es que éramos inseparables hasta que pasó lo que pasó. Y cuando pasó, supe también lo de mi padre. Y fue peor.

Pedro era largo, de músculos huesudos, pelo en cuerpo y voz de narrador radial. Miraba, como desde el fondo de un pozo. Un hombre distinguido, aún en ropas de camuflaje. De raro humor, pero se divertía mucho con el de los otros. No poseía ese don que tienen algunos para el chiste que desternilla de la risa a un escuadrón. Sabía querer. Su partida me creó una distancia insondable, una pena que no va a cesar nunca. Una pena noche. Y ya no hay remedio.

En el amanecer de un sábado, dormidos los demás en el albergue a excepción de los que hacían guardia, apenas un suave airecillo, moviendo las espigas de la hierba, decidimos conocer unas cascadas muy nombradas: As quedas deMusselege. La idea partió de él. Hacía varias semanas que lo planeábamos. Se nos tenía prohibido salir, a menos que lo hiciéramos en grupos para correrías militares. Y nosotros queríamos estar solos. Últimamente buscábamos la ocasión para conversar de nuestras familias. Por su parte había algo así, como un constante indagar, y yo le dije todo. Le conté de mis padres, de mis hermanas, de mis primos. Pedro me hablaba de él. Creo que uno es así cuando empieza a identificarse. O quizás también nos pasaba, porque nos habíamos compenetrado hasta donde generalmente los otros no pueden. O si pueden, no llegan. Pero en el momento que me afirmó que era huérfano, que era lo que le había asegurado su madre desde que él echó de menos ese papá que tenían sus amigos en la escuela, sentí una gran lástima, aunque no se lo dije, y casi me eché a llorar de verlo medio lagrimeando. En aquel mismo instante me nació un profundo deseo de protegerlo, de abrazarlo. Sin embargo, no lo hice. Y hoy me pesa. Me pesa mucho. El fin de semana que decidimos irnos a escondidas del jefe para conocer el salto que algunos llamaban cataratas, sin serlo, se me junta en la memoria con las espumas del Atlántico al atardecer, frente a La Habana. Y ahora sé por qué.

No puedes hacer esto. Mas uno tanto da hasta que lo hace. Lo que pasaba era que a Pedro y a mí nos encantaban las cascadas: ver las aguas despeñarse, quebrarse contra las piedras en la caída, saltar en el vacío y pulverizarse antes de horadar las rocas en el fondo del abismo. Y nos habíamos propuesto, y jurado, que exploraríamos todas las de la región, saliera la luna por donde saliera. Éramos soldados anárquicos, decíamos. En realidad nos respetaban. Cuando uno tiene una bata de médico arriba, la gente ve a uno diferente. Nos habíamos dado cuenta de que se hacían los de la vista gorda en nuestras escapadas, pero ésta iba a ser más larga. Iríamos en nuestras motos. Bueno, las motos que nos habían asignado para visitar las aldeas. Velamos el sueño del resto. El lugar del encuentro quedaba retirado. Él llegó unos diez minutos después. Fuimos por la carretera que era la vía principal. Armados, pues Pedro decía que uno debía estar preparado, que para los enemigos, éramos dos enemigos.

Todavía guardo una pluma azul del mal recuerdo. Un rato después de salir de Kalandula nos detuvimos frente al cauce antiguo de un río. Desde el margen izquierdo, por un barranco, se desbordaban ramas y enredaderas. Entre ellas chillaban más de mil monos. Pedro me había dicho que quería tener uno, así que inventó lo del tiro al aire con la idea de que, asustada, alguna madre abandonara su cría. En ese caso él la recogería. Me parecía cruel, aunque estaba tan ilusionado con tener un monito que lo dejé hacer. Después del disparo ni un animal quedó en el suelo. Pero de un árbol cercano se dispersó el cielo. Y, como copos de nieve azul, cayeron las plumas que recogimos.

Finalmente llegamos a las quedas de Musselege. Uno las abarcaba con la vista; no se comparaban, en magnitud, con las del Duque de Bragança. Sentados bajo la floresta del salto conversamos durante horas. Allí le confié a Pedro mi deseo de escapar. No me tomó por sorpresa saber que él pensaba igual. Sin embargo, opinamos, no había salida posible. Habría que irse de misión por el Norte de África, o a tierras más apartadas, de tal manera que las escalas en países democráticos permitieran cumplir nuestros sueños. Lo mejor es portarse como uno más hasta lograrlo, me parece estar oyéndoselo decir. Una posibilidad que conversamos fue ascender hasta la frontera con Zaire por entre una jungla, donde, según Pedro, desapareceríamos, pero para siempre. Que lo inteligente era esperar. Le creí. Yo lo venía pensando desde hacía tiempo, imposibilitado de huir.

Cuando regresábamos, se le ocurrió tomar un camino diferente para descubrir otros paisajes. En mala hora lo complací. Tuvimos que ascender una colina difícil. Fue allí. Me había adelantado un poco, así que sentí un estruendo, como el que había dispersado los pájaros azules. Busqué a Pedro con la mirada. Se había lanzado bocabajo en la carretera, al lado de la moto. Eso creí inicialmente. Él tenía aquel humor tan peculiar. Aparqué. A pie me le acerqué. Pensaba en la noche que nos cogería por el camino si seguíamos demorando. A unos metros de su cuerpo noté una mancha larga en el suelo. Me tiré casi sobre él, le di la vuelta. Descocertado observé cómo se le cuajaba la vida en la sien izquierda. Creo que mi terror era más intenso que el dolor. Y los dos eran intensos. Le abrí la camisa. Le busqué el pulso. Primero fue débil, muy débil. Hasta que cesó.

Consternado, meditando las horribles consecuencias, solo alcancé a pensar en algo que Pedro, entre jaranas, me había pedido. Si le pasaba lo peor, no quería ser enterrado en la inmensidad del cementerio de Luanda. Olvidando que podía terminar, como él, esta vez el amor venció al miedo. Por complacerlo, até su largo cuerpo a mi moto. Lo llevé con dificultad. Cuando llegué a las altísimas cataratas del Duque de Bragança, lo desaté. Lo arrastré hasta el abismo. Traté de sentarlo, pero su rigidez me lo impidió. Lo deposité en el borde. Creo que resbaló por el limo de las piedras. Fue muy rápido. La noche estaba clara y solo recuerdo el agua arrebatándome aquel peso del cual quería desprenderme. En ese instante sentí un gran alivio. Busqué la moto. La lavé cuidadosamente. Y regresé.

Un amanecer rojo, rutilante, como si el sol brotara de un coágulo, me empapó la cama sin haber dormido. Desde el púrpura transcurrió el tiempo hasta las transparencias plasmáticas. Mis compañeros fueron entrando poco a poco a nuestro cuarto. Lógicamente, esperaban que anduviéramos juntos. Ese día nos lo pasamos buscando a Pedro por las aldeas cercanas. Nadie lo vio salir. Nadie lo vio pasar. Nadie. Ni yo.

Primero me hicieron mil preguntas. Creo que sospechan. Estoy desesperado por terminar la misión. El lugar y las circunstancias que me rodean me cuentan la iterada historia que ni yo mismo sé bien. ¿Mató alguien a Pedro o se mató él mismo? ¿Acaso se le escapó la bala? Ése es el dilema. Da igual, él ya no está. No está ni estará. Menos ahora cuando he recibido esta carta de mi padre explicándome lo que no me atreví a preguntar. Porque nunca se sabe, me vuelve a decir, lo que puede suceder. Quisiera que Pedro estuviera aquí, compartiendo estas letras que tanto necesitaba. Pero es demasiado tarde para decirle que éramos hermanos.


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