Actualizado: 29/02/2024 16:32
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Animación, Serie, Cine

Entretener con inteligencia y creatividad

Entre la abundante cantidad producción del pasado año, una de las series mejor valoradas por críticos y espectadores ha sido Samurái de ojos azules. Obra de animación para adultos, tiene sus mayores y evidentes hallazgos en el clasicismo reinventado para las nuevas generaciones

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Cada fin de año, los críticos de cine eligen las que consideran mejores películas entre todas las estrenadas durante esos doce meses. No son frecuentes, en cambio, las selecciones de las mejores series, pese a que cuantitativa y cualitativamente constituyen una parte importante de toda la producción audiovisual que hoy se crea. Eso por no hablar de la enorme popularidad que hoy disfrutan entre los espectadores.

Entre la abundante cantidad producción que dejó como balance el pasado año, una de las series mejor valoradas por críticos y espectadores ha sido Samurái de ojos azules (Blue Eye Samurai, Estados Unidos, 2023, 8 capítulos). Creadores como el diseñador y director de videojuegos Hideo Kojima y el novelista George R. R. Martin hablan maravillas de ella. El autor de la serie de novelas que dio origen a la serie televisiva Juego de tronos, no duda en expresar que es un gran espectáculo que lo dejó boquiabierto. Asimismo, declaró que una vez que comenzó a verla ya no pudo parar, y la vio completa en tres noches. Esa notable aceptación ha hecho que Netflix ha confirmado que Samurái de ojos azules tendrá una segunda temporada.

Pero todas esas excelentes referencias quien esto escribe las desconocía cuando empezó a verla. Unas cuantas veces en que estaba en Netflix había visto su anuncio, pero por alguna razón ni siquiera me dio por visionar el avance. Debo apuntar, no obstante, que esa falta de curiosidad nada tiene que ver con el hecho de que se trata de una serie de animación. Al contrario de quienes lo menosprecian, este es un género cinematográfico que me gusta mucho, y son pocos los filmes animados para niños que no he visto. Finalmente, una noche decidí empezar a ver Samurái de ojos azules y su primer capítulo bastó para que quedara fascinado y enganchado.

El matrimonio que forman Michael Green y Amber Noizume son los creadores de esta maravillosa serie, además de que aparecen como productores ejecutivos. Ambos se encargaron de la producción, así como de la escritura del guion. He leído algunas entrevistas a ambos y no he encontrado información acerca de cuánto tiempo les tomó realizarla. En todo caso, tras la serie se advierte que detrás de la misma hay mucha dedicación, mucho empeño en cuidar todos los detalles, mucha entrega al proyecto. Su notable nivel artístico demuestra las enormes posibilidades que ofrece el cine de animación, un género del cual suele hablarse despectivamente.

Hay que empezar advirtiendo que se trata de una serie de animación para adultos. El aviso es muy pertinente, pues el sexo y sobre todo la violencia son elementos que aparecen en dosis abundantes. El primero es mostrado de forma explícita y la segunda, de manera gráfica. La breve sinopsis que se puede leer en la web de Netflix se reduce a estas líneas: La convirtieron en una paria en el Japón del período Edo. Ahora, una joven espadachina sedienta de venganza recorre un camino sangriento hacia su destino.

El personaje femenino al que se hace referencia se llama Mizu (en japonés, agua) y tiene un pasado tormentoso. Nació de la violación por cuatro hombres blancos que sufrió su madre. Eso la convirtió en mestiza, condición que en el Japón de la época la convierte en una paria, en una marginada. Durante el período Edo, el país se aisló por completo. Los extranjeros pasaron a ser considerados una amenaza permanente y, junto con los religiosos y los comerciantes, fueron expulsados. Las fronteras fueron cerradas y nadie podía salir ni entrar. Fue la etapa de mayor insularidad en toda la historia de Japón.

Tendrá que enfrentarse a enemigos despiadados

En esa sociedad cerrada sobre sí misma y rígidamente homogénea, Mizu no tiene cabida. El hecho de ser mestiza la ubica en la escala social más baja, algo que en su caso está agravado por ser fruto de una violación. Es vista como un monstruo, como una anomalía que rompe las reglas. Los niños la maltratan e insultan. Para tratar de protegerla, la madre le corta el pelo y la viste con ropas de chico. Pero están sus ojos azules, que la delatan como hija de un “demonio blanco”. Es salvada por un fabricante de espadas ciego, que al creer que es un niño la toma como aprendiz.

Allí Mizu crece y a medida que lo hace, se dedica a aprender el arte de la espada. Llega a dominarlo a la perfección, y su manejo y su destreza con la catana están al nivel de los mejores espadachines. Cuando ha alcanzado la juventud, Mizu se dispone a cumplir el objetivo que se ha fijado: vengarse de aquellos cuatro hombres que hicieron daño a su madre y a ella (son los únicos que eludieron la prohibición de permanecer en Japón). Antes de emprender su camino, se venda el pecho para moverse libremente sin que descubran que es una mujer. En cuanto a los ojos azules, los cubre con gafas de colores y los esconde bajo un sombrero.

El camino que recorre Mizu dista de ser fácil y durante el mismo tendrá que enfrentarse a enemigos despiadados, aunque en algunas ocasiones cuenta con la ayuda no deseada por ella de aliados ocasionales. Uno de ellos es Ringo, un joven que nació sin manos y que, pese a que ella se niega reiteradamente a que la acompañe, termina por ser su aprendiz. En su periplo, Mizu se cruza con Taigen, un samurái de origen humilde con quien tiene un combate, pero que acaba estableciendo con ella un improbable vínculo. Y está también Akemi, una princesa cuyo padre quiere casarla con un hombre poderoso. Sin embargo, al igual que Mizu lucha contra las limitaciones impuestas a las mujeres por ese mundo. Estos dos últimos personajes protagonizan la historia que se desarrolla paralelamente a la de Mizu.

En el comentario que publicó en el diario argentino Página 12, el crítico de cine Diego Broderson apunta que lo primero que llama la atención en la serie es el enorme conocimiento del chambara, el cine de samuráis, así como la capacidad de amoldarse a sus requisitos y tópicos sin caer en la mirada exótica que tantos films occidentales han pergeñado a lo largo de las décadas. Y luego expresa: “Si algo se destaca en Samurái de ojos azules es la belleza visual del diseño, cruza de realismo con salvaje estilización. Green y Noizumi no imitan el estilo del animé ni pretenden que su creación —definitivamente destinada a espectadores adultos; la violencia y el sexo forman parte esencial del relato— se entronque en una tradición estilística oriental. A cambio, ofrecen un híbrido de técnicas de animación más clásicas con las facilidades de la era digital, echando mano a recursos diversos que siempre están puestos al servicio de la narración (…) En el clasicismo reinventado para las nuevas generaciones de Samurái de ojos azules se encuentran sus mayores y evidentes virtudes”.

Los creadores de la serie, lo apunta Broderson, demuestran poseer un gran conocimiento del cine oriental y, en especial, de los filmes de samuráis, tanto clásicos como modernos. Mizu es así deudora de Sanjuro, de Zatoichi, y también de figuras relevantes de las artes marciales de raíces chinas. Pero lo es también de la protagonista de Kill Bill, de Quentin Tarantino. Pero Green y Noizumi saben combinar todos eses elementos con audacia y con un estilo de sello personal. Gracias a eso, han realizado una obra que se desmarca de los lugares comunes que abundan en un género tan codificado como el de la animación.

Otro acierto a destacar es el de la propia animación, que tiene un carácter híbrido 2D-3D. Green y Noizumi hacen una combinación de formas y tonalidades que están en completa concordancia con la historia y el tema. A nivel visual, la serie proporciona un verdadero festín para los ojos, por la frescura del estilo de los dibujos y por el esmero con que están trabajados todos los detalles. Puesto que se trata del equivalente de una road movie, en su misión secreta Mizu recorre campos, bosques, ciudades, fortalezas. Esos diferentes escenarios están tan bien diseñados, que parecen pintados a mano. Hay, asimismo, un respetuoso esmero en el diseño del vestuario, las costumbres y las construcciones de esa época, lo que evidencia un exhaustivo trabajo de documentación. A todo eso hay que sumar un logrado empleo del color, así como la agilidad y fluidez del movimiento de los personajes.

Es enigmática, fría, inexpresiva

En Samurái de ojos azules, la historia de la mujer que se disfraza de hombre está plenamente justificada desde el punto de punto dramatúrgico. Para poder llevar a cabo su misión, Mizu no tiene otra opción que hacerlo, pues ser samurái era entonces algo vedado a las mujeres. Su condición de mestiza la convierte además en una persona maldita, así que ha infringido dos reglas fundamentales de la época.

En ella, Green y Noizumi crearon un personaje cuya obsesión de venganza la absorbe por completo, al punto de deshumanizarla. Es enigmática, fría, inexpresiva, y no muestra empatía alguna ni siquiera por las otras mujeres. Ella misma lo reconoce cuando expresa: “No me interesa el dinero ni el poder. No tengo ningún interés en ser feliz. Solo satisfecha”. Bien avanzada la serie, se revela un episodio de cuando ya era adulta, que la despojó definitivamente del más elemental sentimiento hacia los demás. Un detalle que vale la pena resaltar es que en ella los creadores de la serie respetan mucho el contexto histórico y evitaron cualquier distorsión que posibilite o estimule una lectura que convierta a Mizu en una mujer de nuestros días.

Aparte de la protagonista, los otros personajes de importancia son complejos, carismáticos y con muchos matices. Es muy de agradecer la inclusión de Ringo, quien en una historia tan sangrienta y terrible aporta notas de humor y de entrañable calidez humana. Todos esos valores tienen mucho que ver, naturalmente, con un guion muy bien escrito, que consigue combinar adecuadamente acción y drama. El relato está lleno de giros y sorpresas y el interés de la trama nunca decae.

Es de rigor que hable de las escenas de acción, muy elogiadas por todos los que han comentado la serie. Son abundantes e incluyen duelos de samuráis, batallas de proporciones épicas, escenas de entrenamiento. Green y Naizumi han comentado que trabajaron con Sunny Sun, un coreógrafo de lucha y acrobacias de gran prestigio. Eso explica que las secuencias a las cuales me refiero estén concebidas con un sentido coreográfico y como si se tratara de una producción con actores reales. Para filmarlas, primero las llevaron a cabo los especialistas y después pasaban a ser animadas en el estudio francés Blue Spirit. Nota dominante en ellas es la violencia, que constituye parte imprescindible del relato y que alcanza niveles de brutalidad poco usuales. Se muestran decapitaciones, amputaciones de dedos, brazos y piernas, cabezas limpiamente cercenadas por la mitad, dientes que salen volando y auténticos ríos de sangre. Esa violencia aparece plasmada de manera gráfica, pero el tratamiento audiovisual que se le ha dado hace que no deje de ser hermosa.

En el grupo de actores que prestaron su voz a los personajes figuran Maya Erskine (Mizu), Masi Oka (Ringo), Darren Barnet (Taigen), Brenda Song (Akemi) y Kenneth Branagh (Abijah Fowler). Aparte de Green y Naizumi, compartieron la dirección de los capítulos Earl A. Hibbert, Ryan O’Loughlin, Sunny Sun, Alan Taylor, Jane Wu y Alan Wan. A ellos y al numeroso equipo artístico y técnico se debe esta magnífica serie. Han dado una vuelta radical a la animación para adultos, y han conseguido que una historia cuyos elementos esenciales se han visto en infinidad de filmes de samuráis y westerns se materialice en una obra original y con una fuerza poco usual en este género cinematográfico.