Actualizado: 27/01/2022 17:36
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Erratas, Literatura, Escritura

Errar es de humanos

Son contados las personas que escriben y publican que no han sufrido el incordio de las erratas, a las que Alfonso Reyes llamó “esta especie de viciosa flora microbiana siempre tan reacia a todos los tratamientos de la desinfección”

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“Hay que escribir y publicar para conocer lo que podemos llamar sin exageración el suplicio de las erratas. Parece que alguna malévola deidad preside la aparición y desaparición de las erratas conduciendo al texto a veces por senderos trágicos, a veces humorísticos, a veces ofensivos, etc. Entregar un original en una imprenta es como entregar un hijo a la suerte del mundo. Puede que regrese sano y salvo representando con exactitud lo que quisimos representar; pero puede, y esto es lo más probable, que aparezca a nuestros propios ojos como un ser desconocido, hostil, desconcertante”.

Así comienza el artículo “Elogio de las erratas”, que Gastón Baquero publicó a mediados de los años 40 en el diario Información. Fue motivado por el error con el cual apareció otro suyo un par de días antes. El título era “Poesía oscura y claridad poética”, y correspondía al de la conferencia inicial de un ciclo sobre Luis de Góngora que dio el poeta español Pedro Salinas. Pero al pasar por las manos del linotipista, se transformó en “Poesía cubana y claridad poética”.

Baquero pasa después a referirse a los distintos tipos de erratas. Está, apunta, la “mínima, la casi gentil en relación con las demás”. Es aquella que nos hace decir hespejo por espejo o clausula por cláusula. Viene luego la errata que, aunque es mayor, no tiene graves consecuencias porque no altera el texto. Acerca de ella, Baquero comenta: “Pondrá en peligro nuestro honor gramatical, dará pasto a los adversarios para comentar y condenar, pero no pasa de ahí”.

Y está, por último, “la gran errata, la que echa por tierra toda una teoría, un elogio, una descripción. Y como las erratas tienen la particularidad de venir por sí mismas, de ocultarse a los ojos del autor, del corrector de pruebas, del linotipista, ocurre que esta independencia y poder de ocultamiento se ejerce en aumento proporcional a medida que es de mayor importancia la errata. Aquella que puede conducirnos a todo un fracaso, aquella que parece dictada por la propia boca del demonio, fue precisamente la que mejor supo ocultarse. Leímos el texto una y otra vez; fue leído por el corrector de pruebas, hombre benemérito, casi tan autor como los autores; fue leída por el linotipista, que es el nexo entre el fuego y la forma; con todo, la errata persistió. Cuando ya no había reparación posible, cuando ya el periódico estaba en la calle, se hizo tan visible la errata que todos los lectores la encontraron con solo fijar los ojos un segundo sobre el artículo. Era que la errata había arrojado su disfraz, era que salía a la superficie riendo y metiendo ruido para que todo el mundo apercibiese su presencia. Se tenía la impresión de que se había escrito, no un artículo, sino una errata”.

Tan viejas como la propia imprenta

La tradición de esas heridas del texto que se llaman erratas es secular. Son tan viejas como la propia imprenta. Desde que esta fue inventada, la primera errata de la cual existe registro se halla en el Salterio de Maguncia, impreso en 1457. En vez de Psalmorium codex, apareció Spalmorium codex, error que fue enmendado en la edición de 1495. En el ámbito hispánico, el primero que alertó sobre lo que significa y perjudica a los autores los yerros de los copistas fue Don Juan Manuel. Lo hizo en su libro El Conde Lucanor.

Según se cuenta, el papa Sixto V ordenó imprimir una edición de la Vulgata, traducción al griego y al latín de la Biblia hebrea. El trabajo se realizó en la imprenta apostólica del Vaticano. Sixto V quedó tan satisfecho con el libro, que al final insertó una bula de acuerdo a la cual se excomulgaba a toda persona que hiciera la menor alteración del texto. Su alegría, sin embargo, solo duró hasta que se dio cuenta de los problemas que tenía. Estaba tan plagada de erratas, que tuvo que mandar a retirar todas las copias.

La proliferación de este tipo de errores dio lugar a que a los libros se incorporase esa humillante tabla de correcciones que es la fe de erratas. Su inclusión resulta imprescindible cuando se trata de un libro de texto o de referencia. No lo es tanto en una obra literaria, en la cual el sentido común de los lectores puede hacer que estos se den cuenta. De acuerdo a la norma más aceptada, la fe de erratas debe ir al inicio, aunque hay editoriales que la colocan al final.

La primera fe de erratas que ha llegado a nosotros pertenece a una obra de Juvenal impresa en Venecia en 1478. Ocupa dos páginas. En cambio, a las 172 páginas de la Anatomía de la misa (1561) hubo que añadirle otras 15 en las que se corregían los errores advertidos. Algunas fes de erratas son tan extensas, que se publican en volumen aparte. Por ejemplo, la que en 1608 el Cardenal Bellarmen añadió a sus obras tenía 88 páginas. Y la edición de la Suma teológica de Santo Tomás, publicada en 1578, llevaba una de 108.

El escritor e ilustrador norteamericano Marc Drogin ha hecho notar que “otras artes tienen sus santos patrones, pero solo los calígrafos pueden presumir de tener un demonio como santo patrón”. Se refiere a Tituvillus, a quien los monjes medievales atribuían las erratas. De acuerdo a ellos, ese demonio trabajaba en nombre de Satanás para distraer a los copistas. Era el causante de que estos cometieran errores de ortografía y puntuación y de que omitiesen palabras. A Tituvillus se le representa como un diablillo que carga a su espalda una bolsa llena de libros. La afirmación de Drogin se debe a que se le ha llamado el “demonio patrón de los escribas”, pues proporciona una fácil excusa para los errores que se arrastran en los manuscritos, ya que se van copiando unos a otros.

Versos mejorados por errores tipográficos

Hay erratas divertidas, aunque para el autor del texto en el cual se deslizan no han de serlo. En 1900, Juan José Morato publicó una Guía práctica del compositor tipográfico. Allí recoge unos cuantos ejemplos de errores simpáticos. Entre ellos están estos que a continuación copio:

—“Ha fallecido en Cuba defendiendo el horno español” (por honor).

—“Hizo un molino de desprecio” (por mohín).

—“Se lava, cose y plancha sopa” (por ropa).

—“El Consejo de Administración es responsable de la desesperación de los fondos” (por desaparición).

—“El alcalde forró a los electores para obligarlos a volar” (por forzó y votar).

—“Se hicieron disparos con abusos de a treinta y seis” (por obuses).

—“Tienen ante su vista las excelencias de las obras del Señor, pero no alcanzan a verlas porque son mis pies” (por miopes).

—“La corte hacía alarde en sus ceremonias de un hijo asiático” (por lujo).

Existen casos en los cuales las erratas han sido beneficiosas. El dramaturgo español Alfonso Sastre quedó muy complacido de que su verso “Tú eres la primera que se marcha” terminara convertido en “Tú eres la primavera que se marcha”. Alfonso Reyes también contó que uno suyo, “de nívea leche espumosa”, salió de la imprenta trocado en “de tibia leche espumosa”. Aludía allí a la leche recién ordeñada, de modo que con el cambio su verso mejoró. Y para continuar con el escritor mexicano, un libro suyo fue impreso con tantas erratas, que dio lugar a que Vicente García Calderón hiciese este jocoso comentario: “Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañado de algunos versos”.

Un escritor que se vio perseguido por “las caries de los renglones”, fue Pablo Neruda. En su libro Para nacer he nacido, distinguía las erratas, que son difíciles de descubrir, y los erratones, que “no disimulan sus dientes de roedores furiosos”. En uno de sus poemarios donde él escribió “el agua verde del idioma”, el linotipista tecleó “el agua verde del idiota”. Asimismo, vio con enfado que en su poema “Farewell”, en lugar de “besos, lecho y pan”, salió impreso “besos, leche y pan”. Eso lo hizo comentar: “Muchas veces vi traducida a otros idiomas la erratísima y esa milk me costaba lágrimas”.

Al preparar la edición crítica de Paradiso para la Colección Archivos de la UNESCO, Cintio Vitier halló 892 erratas en la edición mexicana de Era (1968), pese a que estuvo al cuidado de Julio Cortázar y Carlos Monsiváis. Hay que decir en descargo de estos, que 489 procedían de la edición cubana de Ediciones Unión de 1966, que fue tomada como base. Y a propósito de ese sello editorial, hay que reconocerle que en la Isla es hoy uno de los que más se esfuerza por acumular errores. En 2012, llegó a las librerías el ensayo de Sergio Chaple Estructura y sentido en la novelística de Alejo Carpentier: la producción de los sesenta. ¿La novelística de Carpentier de los 60? Pero si en esa década su bibliografía en ese género se reduce a El Siglo de las Luces. El título original se refería a la producción de los setenta.

Un descuido similar padeció Marilyn Bobes, quien vio como su colección de relatos Los signos conjeturales pasó a llamarse Los signos conjeturables. Otro ejemplo que apoya lo que digo es Virgilio Piñera, de vuelta y media. (Correspondencia 1932-1976). Recoge cartas que Piñera envió, entre otros, a Witoldo Gombrowicz, José Rodríguez Feo, María Zambrano, Julio Cortázar. Alguien debe haberse dedicado a reunirlas, pues ese material se hallaba disperso por diferentes lugares. ¿A quién corresponde el crédito por tan paciente y dedicada labor? Al parecer, ese libro se hizo solo, pues carece de compilador.

Llevados a la ruina por un gazapo

Las consecuencias de las erratas no se reducen solo a que un texto no llegue a los lectores como fue escrito. Dos impresores londinenses, Martin Lucas y Robert Barker, fueron llevados a la ruina a causa de uno de esos errores. En 1631, el rey Carlos I de Inglaterra les pidió que prepararan una edición de la Biblia de San James, la más reputada entre los protestantes. El libro apareció con una pequeña falta tipográfica, pero de una enorme repercusión. En el versículo 14 del capítulo 20 del Éxodo, donde debía decir “Thou shalt not commit adultery” (No cometerás adulterio), apareció “Thou shalt commit adultery” (Cometerás adulterio).

Cuando se descubrió el error, unas cuantas de las mil copias ya se habían vendido. Carlos I ordenó de inmediato que se recogieran y quemasen las restantes, retiró la licencia a los impresores y les impuso una multa de 300 libras, suma que hoy equivale a unos 40 mil euros. A causa de ello, Barker contrajo muchas deudas y en 1635 fue encarcelado por la cantidad de dinero que debía.

Otro caso análogo, aunque tuvo secuelas menos dramáticas, ha sido contado por el novelista argentino Manuel Ugarte. De acuerdo a su testimonio, un periodista perdió su empleo y recibió una paliza por culpa de una errata. Al final de una nota dedicada a la hija del propietario del diario donde laboraba, había escrito: “Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tinta”. Pero para su desgracia, en lugar de esta última palabra el linotipista tecleó tonta.

Hay erratas que demuestran mucha habilidad para ocultarse y hacernos caer en la duda de si hay gazapo o no. Sustituyen una palabra por otra sin que la frase pierda significado y, en ocasiones, haciéndola más lógica. Una de estas le tocó a este cronista sufrirla en obra propia. Mi libro Cercanía de Lezama Lima incluía, además de los testimonios, un bloque de poemas dedicados al autor de Enemigo rumor. Cuando en la Editorial Letras Cubanas recibieron los primeros ejemplares, alguien —probablemente su redactora— se percató de que el poema de Pablo Armando Fernández tenía otro título. Con el más inobjetable sentido común, el linotipista pensó que “Del ábaco y la ceniza” estaba mal escrito, y lo corrigió por lo que de acuerdo a él era correcto: “Del tabaco y la ceniza”. Eso conllevó que hubo que imprimir de nuevo ese cuadernillo, lo cual demoró que Cercanía de Lezama Lima llegara a las librerías. Su salida coincidió con mi decisión de quedarme a vivir en España, lo cual automáticamente condenó el libro a la lista negra de obras de las cuales no se podía hablar en los medios.

Con las nuevas tecnologías, los errores tipográficos han disminuido considerablemente, pero no han desaparecido por completo. Las personas siguen teniendo participación en el proceso, y ya se sabe que a ellas viene unida la posibilidad de equivocarse. El día antes de redactar estas líneas compré por internet una entrada para la obra teatral La ternura, de Alfredo Sanzol. Me llegó al correo electrónico y en ella el nombre del autor figura como Alfgredo.

Asimismo, aunque el linotipista es ya cosa del pasado, están los correctores y redactores. En Paginario disperso(Ediciones Unión), que recopila artículos sobre arte y literatura de Gastón Baquero, la encargada de la edición consideró que cuando se menciona el poemario de Ángel Gaztelu Gradual de laudes, se había cometido un error y lo enmendó por Gradual de laúdes. Es decir, que el adjetivo laudatorio proviene de laúd y no de laude, como hasta ahora se pensaba. Iba a anotar antes que ese libro fue compilado por mí, pero a los efectos bibliotecológicos solo soy su prologuista. Una mano, y no precisamente la del travieso Tituvillus, se tomó el trabajo de eliminar mi crédito de la portadilla.

He pedido a algunos escritores cubanos que narren algunas de las experiencias que han tenido con estos molestos errores, a los que Alfonso Reyes llamó “esta especie de viciosa flora microbiana siempre tan reacia a todos los tratamientos de la desinfección”. A continuación se pueden leer lo que han contado.

—“La editora de mi libro El aparecido de la mata de mango me envió desde La Habana las correcciones y propuestas que me hacía para que yo las revisara. La mensajera llegó a Santa Clara un viernes por la noche y regresaba el domingo por la mañana, por lo que, como yo solo tenía unas pocas horas para la revisión, me concentré en los señalamientos que aparecían en las hojas impresas y no seguí la lectura toda del texto.

“El libro se presentó en la Feria Internacional de La Habana de 1999 y fue, ese día, durante el viaje de regreso que me entretuve en leerlo para descubrir que le faltaba el último capítulo. En el penúltimo había el cierre de un conflicto, pero no de los de toda la trama; quizás por ello, su presentador no se percató del error. Yo exigí que no se siguiera vendiendo, pero el proceso burocrático del asunto, no se dio por enterado. Tres años después, la editorial Gente Nueva hizo una reimpresión incluyéndole el capítulo con el verdadero final.

“Otra gran errata que sufrí (no hablemos de las pequeñas), la cometió la Editorial Cauce cuando en 2006 publicó mi libroCapote Blanco en acción. La colección había acabado de sacar un libro de Enrique Pérez Díaz, y —vaya usted a saber por qué— en la cubierta de mi libro, el nombre que apareció fue la de este otro escritor”. Luis Cabrera Delgado.

Muestrario de erratas con algún que otro verso

—“En 1975 la colección La Honda, de Casa de las Américas, publicó una breve antología de la poesía de Efraín Huerta.

“Yo había conocido al autor en la casa habanera de Margaret Randall, y días después compartimos una intensa jornada de maledicencias y rones con otros colegas de esa época. Le pedí que me dedicara el libro. Aceptó, pero dijo que me lo entregaría al día siguiente.

“Cuando lo recogí de sus manos, en el Hotel Riviera, me percaté de que todas las páginas estaban profusamente corregidas con pluma de fuente y tinta azul: errores, erratas, versos colocados en un lugar impropio… En la dedicatoria que escribió se puede leer:

“«Para Alex Fleites, joven cocodrilo, este muestrario de erratas y algún que otro verso. De su hermano Efraín Huerta, el cocodrilo mayor».

“Y luego este «poemínimo», a modo de exhortación y de advertencia:

“Solo

“A fuerza

“De poesía

“Deja uno

“De ser

“Un poeta

“A la fuerza”. Alex Fleites.

—“La errata común, esa que resulta de la omisión o sustitución de una letra, solo es altamente enojosa cuando da por resultado otra palabra existente en el idioma, produciendo un cambio de sentido en la frase. Esas erratas se han vuelto menos frecuentes gracias a la edición computarizada, y no me viene a la mente ninguna en mis libros recientes.

“Más que la sustitución accidental de palabras, me ha afectado la sustitución voluntaria, muy frecuente en los libros infantiles que se publican en el ámbito de una lengua internacional como el castellano; donde ciertas palabras no se usan o significan otra cosa según el país. Recuerdo una particularmente graciosa. Al preparar mi novela La tremenda bruja de La Habana Vieja para su edición española, decidí sustituir el cubanismo ‘batea’ por su equivalente peninsular ‘barreño’. Olvidé que el ilustrador que yo mismo había escogido, el genial Ajubel, es cubano, aunque viviera en España. El resultado es que la bruja que yo hacía volar en una batea mágica, él la dibujó a bordo de una bañadera voladora. No resultó un error, sino una divertida variación de mi idea original.

“Mi peor experiencia, no obstante, es la desaparición de media página de la traducción francesa de la misma novela (¿hechizada por alguna bruja?), ocurrida a expensas del impecable manuscrito de mi traductora Mireille Meissel. La omisión dejó mal explicado un episodio del relato, haciéndome quedar por uno de esos escritores chapuceros que se sacan una situación del sombrero (no precisamente mágico) sin haberla preparado argumentalmente. La editorial Hachette descartó toda forma de reparación del error”. Joel Franz Rosell

—“Las erratas, igual que los malentendidos, nunca dejarán de existir. Los trabajadores de las imprentas de La Habana, de quienes mucho aprendí en mis largos años como editor en el Instituto del Libro (1971-1980) solían decir que mientras más grande es la letra más chance hay de que se escapen las erratas (de ahí el conocido incidente sobre el congreso de correctores que se realizó una vez en Madrid y que sacó al final una declaración en la cual se afirmaba, con letras muy grandes y en negritas, que el texto del documento «no contenía erritas»). Pero no recuerdo casos notorios de erratas en los libros que sacamos en la Editorial Arte y Literatura, donde trabajé en esos años; teníamos allí un equipo de correctores experimentados.

“Las ‘erratas’ que recuerdo en mi tarea de entonces no eran erratas propiamente dichas, sino detalles que los dirigentes encontraban en los textos revisados por mí, que ellos miraban con lupa. Por ejemplo, en el cuadro cronológico que preparé para una de las ediciones (creo que fue la de los cuentos de Guy de Maupassant), una profesora que vigilaba esas cuestiones me criticó que yo mencionara las fechas de la Comuna de París sin caracterizar políticamente ese hecho histórico, o sea sin añadir que «había sido reprimida sanguinariamente por el gobierno de...». Y en otra ocasión la Jefa de Redacción me llamó a su oficina para informarme que la Editorial había suprimido varias líneas de la novela Los seres queridos, de Evelyn Waugh, cuya edición estaba a mi cargo, porque en ellas un personaje hablaba de la perrita Laika, que los soviéticos habían lanzado al espacio, y criticaba ese hecho como una muestra de sadismo contra los animales. Los dirigentes tenían tanto miedo a salirse del trillo, que los redactores como yo nunca sabíamos cómo quedar bien. Remito a los lectores a mi ensayo «Un editor bien vigilado», incluido en mi libro Una medida inexacta (Verbum, 2017).

“Hoy en día, con el avance de las tecnologías digitales, ocurren ‘erratas’ de otro tipo: hace poco, en un email que escribí a una amiga, le decía que mi apartamento tenía «una terracita» muy linda, y ella lo que recibió fue que el lugar tenía una ‘terracota’... por obra y gracia del corrector automático de mi teléfono, uno de esos artefactos que califican de ‘inteligentes’”. Reinaldo García Ramos.

Erratas divertidas y erratas suspicaces

—“Da igual que hayamos corregido minuciosamente segundas y terceras tripas de un libro. La obcecada esperanza siempre es fallida. Las erratas tienen vida propia. Son inextirpables. A veces se encarnizan, como en el caso de Alfonso Reyes en su Ifigenia cruel.

“En carta a Genaro Estrada, Reyes escribe una fe de erratas en forma de poema para dar cuenta de ellas. Incluso desde la portada, Titivillus (diablejo que lleva un fardo de libros en la espalda, coleccionista de errores a partir del invento de Gutenberg) comienza a hacer de las suyas: «Y figúrese hombre y figúrese mi neurastenia: ¡sacó mil erratas la IFI-GENIA!».

“Hay erratas divertidas que consiguen cambiar el sentido de la frase y otras que pasan sin penas ni glorias. También hay erratas suspicaces como la recogida por Neruda y que pertenece a un refinado vate cubano: «Yo siento un fuego atrás que me devora». Quizás haya sido un lapsus freudiano del propio editor, o pura broma.

“Ahora bien, y no meto a todas en el mismo saco, gran parte de las editoriales actuales son mucho ruido y pocas nueces. Han perdido la esencia del oficio. ¿Será porque el mercado está viviendo una época decadente? ¿Será porque el exceso de autores obliga a la autoedición (impresa o digital)? Lo cierto es que Titivillus ¡y que nos acompañe siempre ese diablejo patrón de los escribas!, ha dejado de ser el látigo de editores y calígrafos para convertirse en el látigo del escritor, que tiene que ingeniárselas no solo con la obra, sino con la corrección de la misma.

“En lo que a mí respecta, mis afectos terminan cuando el libro ya está impreso. Es como la evocación de un buen coito y soy cauta con la analogía. Lo que me suscita excitación es el próximo. No niego sin embargo que, como lectora, recele de dicha plaga. Por eso sigo al pie de la letra el consejo de Mark Twain: «Hay que tener cuidado con los libros de salud; podemos morir por culpa de una errata»”. Dolores Labarcena.

—“En el complejo mundo del lenguaje impreso, el mal más elusivo y azaroso es el de las erratas. Encontrarse alguna en un texto que nos atañe es tropezar con una piedra bajo la que a veces hay un alacrán y casi nunca un ángel. No me refiero a las erratas que no alteran el sentido, odiosas pero inofensivas, sino a las que parecen traer una intención oculta: ¿habrá sido un sabotaje o un simple guiño del destino? Mi pavor a las erratas es tal que antes de publicar un poemario, no me atrevo a dar luz verde al editor hasta que alguien de mi confianza no me asegura que está libre de dichas alimañas.

“Eso no quita que alguna vez no se haya escapado alguna, pero ninguna experiencia ha sido tan terrible como la que tuve con el libro «pre-póstumo» de Enrique Labrador Ruiz: Cartas à la carte (1991), de cuyo prefacio y edición me ocupé mientras estaba enseñando en la Universidad de Tulane, en New Orleans. Solo pude corregir dos rondas de pruebas, y aunque a la segunda le quedaban solo unas treinta erratas de las casi trescientas que traía (por correo postal, imprescindible entonces) la primera, el libro quedó con más de una docena de esas indeseables que, aunque no malévolas, por su cantidad me lo parecieron.

“Sé en cambio de escritores que han sido beneficiados por una errata, y para terminar con un toque de luz, recuerdo la experiencia feliz de Alfonso Reyes, quien al recibir un libro suyo impreso, viendo que el verso «más adentro de la frente», gracias al distraído (o inspirado) tipógrafo, se había transfigurado en «mar adentro de la frente», se sintió bendecido”. Juana Rosa Pita.

Un elemento dialéctico de perfección

—“La errata puede ser no solo el cambio de letras dentro de la palabra sino también la ausencia misma de la palabra. Ocurrió en la portada de mi primer libro de poemas, Cayama, publicado en 1979 por el Taller Cultural de Santiago de Cuba. Como autor de ese cuaderno, bellamente editado por Luis Díaz Oduardo, aparecía Víctor Rodríguez. Es decir, el nombre que he querido llevar siempre, pero truncado, sin el Núñez, la parte que considero decisiva de mi identidad como escritor.

“Desde entonces persigo las erratas, pero ellas no se rinden y contratacan, cada día con más ahínco, aprovechándose de que mi capacidad de atención mengua. Un par de escaramuzas de esta larga guerra perdida se escenificaron, también, en la portada de dos libros más recientes. Uno es la antología de la poesía indígena norteamericana, que traduje con Katherine M. Hedeen, cuya primera edición mexicana de 2011 apareció como Esta redonda nación de sangre. Alguien cambió la segunda palabra del título, que debía ser ‘roja’ y no ‘redonda’, y aunque nos gustaba más de esa manera, hemos corregido la errata en otras ediciones.

“Otro caso es el de la antología de Mark Strand, que también traduje con Kate, La vida incesante y otros poemas, publicada en México en 2013. El libro llevaba además el título en inglés, y allí se introdujo una perversa errata, con la frase «others poems». La solución que encontramos fue que, cada vez que se da la ocasión, convertimos la ‘s’ sobrante de ‘others’ en un pajarito a punto de volar.

“Pero de todas las erratas posibles, la que más me ha molestado es el borrado de los acentos de mi nombre, que padezco por vivir en un país de habla inglesa. Más grave aún es la transformación de Núñez en Nunez, que considero una vuelta a mis orígenes como escritor, un replanteo del problema de la identidad. En fin, la RAE se equivoca porque la errata no es solo «equivocación material cometida en lo impreso o manuscrito», sino un inadmisible desorden del significado, una revancha de la página en blanco contra la mácula del signo”. Víctor Rodríguez Núñez.

Para finalizar, vuelvo al artículo de Baquero que glosé al inicio. Lo termina haciendo un elogio de las erratas. Afirma que “lejos de ser un mal, son un bien”, pues “representan la imperfección, ponen de relieve ese grado de imperfección, de conflictos, de desequilibrio que es tan propio de lo humano”. Sostiene que, si bien es cierto que lastran todo un ambicioso viaje hacia las alturas, “también es cierto que las erratas son el llamado de la humildad, el golpe que nos da en el hombro la pequeñez de nuestro hacer. Por ella se nos recuerda constantemente que el orgulloso objetivo de la perfección, y especialmente de la perfección formal, es cosa lejana y difícil para el hombre”.

Y concluye su artículo diciendo: “Si se piensa en el valor etimológico de la palabra errata, se llega, todavía más, a la idea de que la errata es un bien, un auxilio, un elemento dialéctico de perfección. Un escrito sin erratas constituiría, quizás, una prueba irrefutable del valor que conceden los materialistas al progreso material. Como supondría la erradicación concluyente del mal, implicaría, en la tierra, la convivencia paradisíaca. Y no. Que el viaje hacia la perfección necesita forzosamente sufrir, absorber, transformar todas las etapas de la imperfección…”.