Actualizado: 03/07/2020 15:57
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Artes Plásticas

Escisión de cuerpo y alma

'Paisaje suicida', la última exposición de Alexandre Arrechea en la galería madrileña Casado Santapau.

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El suicidio es tan viejo como la humanidad misma y a lo largo de la historia han sido infinitas las ideas vertidas al respecto. Dentro de este concierto de criterios, la relación entre cuerpo y alma, así como la necesidad y la libertad, guardan estrecha relación conceptual con la exposición Paisaje suicida (2008), del artista plástico Alexandre Arrechea, exhibida hasta el próximo 20 de junio en la galería madrileña Casado Santapau.

A propósito de la separación que entre cuerpo y alma produce el suicidio, decía Plotino: "Cuando se violenta al cuerpo para separarlo del alma no es el cuerpo el que deja partir el alma, sino la pasión por decidir, o sea, el aburrimiento, el dolor o la cólera". Mientras Nietzsche exalta el suicidio como acto de libertad en Así habló Zaratustra: "Yo alabo mi muerte, la libre muerte, que llega porque yo quiero".

En Paisaje suicida, la idea sobre el suicidio no recae en la muerte del sujeto, sino del objeto. Arrechea inscribe su opinión sobre el suicidio de los objetos en un gesto que ha marcado las actitudes más intrépidas de buena parte de la producción artística contemporánea; un gesto contenido ya en la obra Erased de Kooning Drawing (1953), cuando Willem de Kooning envió un dibujo a Robert Rauschenberg, que este "borró" después.

Esta suerte de performance entre los restos del dibujo de De Kooning y la obra "nueva" de Rauschenberg provoca que dos momentos distintos en la historia de la pintura coexistan en un mismo espacio, o mejor dicho, en una misma superficie física. También señala la autonomía del espacio artístico y, sobre todo, la autosuficiencia que guardan los lenguajes del arte respecto a la historia.

Así, Arrechea, desde una poética que incursiona tanto en la estética conceptual del dibujo como en expresiones posminimalistas en sus esculturas instalativas, somete la idea del objeto a una profunda revisión de su estatus como parte de la cultura contemporánea: contempla tanto objetos físicos como narrativos o discursivos (por ejemplo, las leyes). El creador mismo da pistas al espectador sobre su actitud frente a este modo de abordar el hecho artístico: "Algunas de mis obras recientes parten del gesto artístico como referente, más que de un objeto o pintura en específico, para dar cuerpo a lo que he comenzado a denominar Paisaje suicida".

Las obras de la exposición exaltan el "suicidio de los objetos", al funcionar como especie de proyectos irrealizables: nacen y mueren dentro de una lógica de sentido que han creado y recreado. Es el caso, por ejemplo, de Laberinto Mariposa y Laberinto Cuervo. Mariposas y cuervos con alas de "hormigón", oposiciones formales y semánticas que se lamentan unas a otras, la levedad de una membrana, la volatilidad de las plumas escenificando algo tan violentamente pesado como el hormigón.

En Paisaje suicida, además de lo natural —aves e insectos—, también aparecen imágenes de lo no natural, en las piezas sobre estructuras arquitectónicas, como la video-instalación Dos segundos de orgullo nacional o la obra Sueños… Ambas representaciones (natural y artificial), que conforman el Paisaje suicida, están atravesadas por la idea de aquel gesto artístico fundacional. Son objetos y cosas que fueron ingeniadas para no existir, para morir en el mismo momento en que dan a luz, puesto que nunca llegarán a ser en sí mismas.

De Kooning creó una obra que, al ser "borrada" por Rauschenberg, provocó otra "nueva" obra. La obra se "suicida", ha nacido para no sobrevivir más allá de su ensayo o esbozo y, metafóricamente hablando, muere al mismo tiempo que se gesta (¿por elección voluntaria?). Sin embargo, por esta misma circunstancia no envejece y se convierte en algo extemporáneo: se funde en un gesto negativo de su esencia, susceptible de mimetizarse afirmativamente hasta el infinito.

Del mismo modo, siguiendo la lógica de sentido de este gesto artístico, el proyecto, en palabras de Arrechea, inscribe su aptitud hacia "un objeto ajeno a la moda y sus usos", lo que implica su "muerte segura". Diseñado para no marcar una tendencia que desaparece al pasar la temporada, es construido y declara su muerte acto seguido, pero esta vez como "elección voluntaria".

A partir de esta idea también pueden analizarse otras obras, como la escultura que da título a la exposición (un trineo que lleva encima un paisaje navideño) y la serie de dibujos New spaces, supuestas ampliaciones arquitectónicas de museos importantes, instituciones estas que han sido renovadas y ampliadas por un arquitecto del star system internacional. Es el caso del dibujo Twenty five New Spaces for Reina Sofia Museum, after Jean Nouvel.

Nuevas puertas

Paisaje suicida y la idea del objeto suicida tienen como correlato la liberación del objeto de su uso racional, como único modo de salvarlo de una "muerte segura". En otras palabras: liberar el objeto de su sometimiento cotidiano desactivando la memoria de su empleo tradicional. La bandera que "ondea" en la pantalla de Dos segundos de orgullo nacional cambia cada dos segundos y se convierte obsesivamente en otras banderas. Aquí la aceleración de la temporalidad deshace el estatus del objeto (bandera), que al final no es insignia de nada ni de nadie, es puro cambio que no tiene ni principio ni fin.

Parafraseando a Plotino, Paisaje suicida separa el cuerpo y el alma del objeto, el sentido de su uso y fuerza. Representa el suicidio simbólico del objeto, es decir, su muerte, en la medida en que no rinde culto a las prácticas del sujeto, sino que se escinde y corre por la "casa del ser" a su libre arbitrio, sin que este pueda objetualizarlo para un consumo tranquilo.

¿Qué implicación discursiva tiene una visión estética como la de Paisaje suicida? En primer lugar, reubica la conflictividad del objeto en el ámbito de un debate iniciado por la modernidad cultural y que ahora, en plena postmodernidad globalizada, cobra importancia esencial. La compulsiva ansiedad por lo nuevo, a la que tanto cantaron los vanguardistas del siglo XX, tenía sus índices fundamentales de percepción en las máquinas, en las mercancías, en fin, era el mundo de los objetos el que producía un grado de excitación nunca antes conocido en la naturaleza del sujeto.

La novedad, en pleno apogeo del capital, se convirtió en una eficaz arma ideológica para gestionar el placer como la forma más efectiva de manipulación. Pero, ¿acaso no estamos necesitados de placer? ¿No es este, más allá de la enajenación, nuestra más auténtica sensibilidad para evadir la sujeción?

Adorno y Hokenheimer proponen que esta obsesión por lo nuevo se vea como una superación de los tabúes, de las limitaciones socioculturales que arrastra consigo el desarrollo mismo de la modernidad. Para ello, introducen en su reflexión el término renovación, que sustituyen por novedad (o lo nuevo), superando el hecho de que la novedad obsesiva fuese interpretada sólo como una manipulación y, sobre todo, advirtiendo que el sujeto en su constitución primigenia siempre mantiene indemne una fascinación —fuera de la ideología— por el deseo y el placer que produce la relación entre cuerpo y alma, entre sujeto y objeto.

Cada sucesión de novedad ( renovación) cuenta como una pulsión, una frustración de vida, un deseo de placer no resuelto. ¿En cada renovación se resuelve un paso a la "libertad"? Sí, pero al mismo tiempo se descubre la necesidad, el déficit de resolver otras libertades cada vez más específicas —no por ello menos importantes—, incluso más sofisticadas (así lo impone el sistema), precisamente porque la "manipulación", entre tanto, ha dado un salto de sensibilidad convirtiendo esas libertades en nuevas herramientas de sujeción. No hay marcha atrás, así será siempre.

En segundo lugar, ¿hasta qué punto el "suicidio del objeto" que propone Arrechea en Paisaje suicida implica al sujeto? Si el objeto en la actual postmodernidad globalizada constituye una especie de súmmum de la sinergia del placer (interconexión masiva de todos los deseos y placeres), ¿hasta qué punto podemos disponer de objetos cuya razón de existir no sea otra que ser usado por el sujeto? No existe en el mundo ningún objeto así, del mismo modo que no puede haber un "suicidio del objeto", a no ser que dichos "objetos suicidas", como sucede en este caso, estén inscritos dentro de una propuesta de reflexión artística. Este discurso se refracta hacia el mundo real y devuelve los mecanismos que el sujeto emplea para producir placer y dolor, belleza y horror, pero sobre todo vida y muerte.

Para los griegos, la vida era sagrada y ante el suicidio se mostraban desdeñosos. Platón decía: "no es irracional afirmar que un hombre no debe matarse antes de que la divinidad lo crea necesario". La vida era también sagrada para los romanos y por eso mantenían esa extraña figura del Derecho llamada "Homo Sacer", que tan bien describe Giorgio Agamben en uno de sus libros y que era la cuota romana a sus dioses para ganar batallas.

Paisaje suicida plantea el "suicidio de los objetos" como una bella metáfora de la muerte: todo lo que nace debe morir. En ella el "suicidio de los objetos" por elección voluntaria cobra una voz afirmativa, como la cita de Nietzsche. Como el dibujo de De Kooning nació para morir borrado por Raushenberg e inmortalizarse en infinitas expectativas, los objetos de Paisaje suicida nacen para suicidarse, para negarse, porque en su muerte abren nuevas puertas a nuestras vidas.


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Detalle de la obra 'Paisaje suicida', de Alexandre Arrechea.Foto

Detalle de la obra 'Paisaje suicida', de Alexandre Arrechea.

Paisaje suicida