Actualizado: 29/06/2022 10:50
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Con ojos de lector

Estar allá, a pesar de vivir acá

Mario G. de Mendoza III narra en un libro las experiencias que vivió al regresar a Cuba, tras 43 años de exilio.

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A partir de la década de los noventa, se han publicado numerosos libros testimoniales que dan cuenta de cómo se vive en la isla bajo el llamado Período Especial. Están escritos a partir de las experiencias que acumularon sus autores durante sus viajes a Cuba, en la mayoría de los casos, o durante la estancia más o menos larga que pasaron allí, en otros. Sin ánimo de hacer una lista completa, menciono a continuación unos cuantos títulos para ilustrar lo que digo: Trading with the Enemy. A Yankee Travels to Castro's Cuba (Tom Miller), ¡Ay, Cuba! A Socioerotic Journey (Andrei Codrescu), My Moto Fidel. Motorcycling through Castro’s Cuba (Christopher Baker), Cuba Diaries: An American Housewife in Havana (Isadora Tattlin), Cuba: An Ordinary Voyage (Matthew Dubuque), Cuba: Impressões de um turista (Dilma Bittencourt), Cuba: la revolución crucificada (Andrés Sorel), Cuba: the land, the people (Rick Graety), Cuba roja: cómo viven los cubanos con Fidel Castro (Román Orozco), T his is Cuba: An Outlaw Culture Services (Ben Corbett)…

Todos esos libros, sin embargo, comparten la característica común de presentar esa realidad desde la óptica de un extranjero. Lo cual tiene sus ventajas o sus desventajas, según sea el ángulo desde el cual se evalúe. P'allá y P'acá (Ediciones Universal, Miami, 2005), por el contrario, viene a aportar uno de los primeros testimonios redactados por un cubano. Me refiero, conviene que lo aclare, a alguien que vivió en Cuba una parte importante de su existencia. Si hablamos de los cubano-americanos, que apenas alcanzaron a pasar en la isla sus primeros años o sencillamente nacieron en los Estados Unidos, entonces hay que contar con obras como Cuba on my mind. Journey to a Severed Nation, de Román de la Campa, y The Write Way Home: A Cuban American Story, de Emilio Bejel. Pero el caso de Mario G. de Mendoza III es distinto: salió con su familia cuando era casi un joven y no volvió a pisar su país natal hasta julio del 2003, cuarenta y tres años después.

En el primer capítulo, el autor apunta que el deseo primordial de regresar a Cuba fue para él más fuerte que "la voluntad y abstinencia requerida por la normativa popular miamense proclamada machaconamente por viejos y algunos no tan viejos como mantra dogmático, «Yo no voy a Cuba hasta que Fidel no se muera»". Él, sin embargo, no quiso postergar su viaje, ni tampoco hacerlo depender de efemérides políticas. Por eso decidió concederse a sí mismo el permiso para ser feliz por los días que iba a durar su estancia en el país donde transcurrieron su infancia y su adolescencia. La planificación, no obstante, le tomó tres años, y antes de que pudiera tomar el avión tuvo que cancelar su viaje en dos ocasiones, debido a problemas familiares.

Sus primeras experiencias en Santiago de Cuba tuvieron como escenario los sitios donde pasó aquella etapa de su vida. Era, comenta, un modo de curarse las ganas y volver libre del recuerdo y la añoranza. Es decir, lograr la cura mediante un exorcismo emocional. Mas las cosas no resultaron tan sencillas y simples como él imaginó. Quiso ir, en primer lugar, a la casa de su abuelo materno, ubicada en el Reparto Vista Alegre. La halló en "unas condiciones tan ingratas", diametralmente opuestas a sus recuerdos, y "el golpe fue duro y en seco". Desde hacía muchos, le dijeron, la vivienda había sido convertida en una escuela, y en ese momento se hallaba además en obras. Pudo reconocerla por unas escaleras estrechas que llevaban al segundo piso. En otra época, estuvo elegantemente amueblada con antigüedades. Ahora, en cambio, De Mendoza se encontraba plantado ante "un plantel escolar tercermundista", y en el que "no quedan más que los recuerdos de un niño de siete años deseando arreglar un pasado irrepetible".

De Santiago de Cuba, él y su esposa emprendieron un viaje que finalizó en La Habana. A lo largo del mismo hicieron en escalas en Camagüey, Trinidad, Sagua la Grande y Varadero. El breve tiempo que estuvo en la ciudad oriental sirvió para que su actitud cambiase. Empezó a sentirse en su patria, pero a la vez era consciente de que aquel pasado que lo hizo quien hoy es ya había desaparecido. En contra de sus propósitos iniciales, se dejó guiar por algo profundo en él, y buscó "el pasado en el presente cubano con el mismo resultado del que busca con el brazo la tibieza de un talle dormido y encuentra la frialdad de las sábanas de las que hace rato está ausente el ser querido". Olores y sabores pertenecientes a su niñez reaparecieron intactos, y junto con el paisaje le hicieron sentir que hallarse allí, bajo aquel cielo y aquellas nubes, "era algo muy normal, muy de siempre".

Cuando determinó volver a Cuba, De Mendoza señala que se propuso que el suyo no iba a ser un viaje dominado por la crítica negativa. Y que tampoco iba a hipotecar el relato de sus vivencias a la protesta, la acusación o la demonización. Eso lo cumple en P'allá y P'acá, en el que sin dejar de abrir los ojos al deterioro y el empobrecimiento del país, no deja de reconocer los aspectos que le parecen positivos. Confiesa, por ejemplo, que durante su estancia nunca se sintió agredido, ni tampoco discriminado. Y agrega: "No me sentí necesitado de andar con la guardia en alto. Más bien la policía, vestida de uniforme o en ropa civil, da la impresión de estar en activa vigilancia de protección al turista". En muchos de los lugares que visitó, afirma, halló una acogida afectuosa y efusiva. Camagüey le admira por no haber perdido su alma y por mantener su calidad colonial y su letargo de ciudad del interior. "No demuestra los efectos de Walt Disney que prevalecen hoy en la Habana Vieja a causa de la avaricia por el codiciado dólar".


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