Actualizado: 19/08/2022 18:27
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Con ojos de lector

Estar allá, a pesar de vivir acá

Mario G. de Mendoza III narra en un libro las experiencias que vivió al regresar a Cuba, tras 43 años de exilio.

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Menos de la revolución y de Fidel

A excepción del desagradable trámite aduanal, al llegar a la isla, apunta que "el turista gusano se siente bienvenido". Descubre en las personas de hoy el mismo carácter simpático y dado al cariño fácil del cubano, siempre con ganas de reírse y de chacharear de todo. "De todo menos de la Revolución y de Fidel. No es diplomacia forzada. Ni tampoco la realización de que a Fidel no le quedan muchos años más antes de que acabe de despotricarse. Es como falta de interés por sus vidas personales tan eminentemente olvidables cuando se está en presencia de un ciudadano del mundo. Cualquier otro mundo les causa gran interés. Cualquiera menos la cárcel oceánica de ellos. Y si es el mundo de un cubano del exterior, mejor". Asimismo se fija en que ha dejado de usarse el término compañero o compañera, y si uno lo emplea la reacción es: "¡Ay! Deje eso, por su madrecita, por favor".

Tan pronto llega a Cuba, De Mendoza descubre las consignas que se ven en paredes y pancartas, por distintos puntos de los pueblos y ciudades. Los "primeros cien lemas machacones de propaganda incansable" le impactan; pero anota que "después del segundo día aburren". Al recorrer las zonas rurales, comenta que casi no se ven tractores, pero sí muchas yuntas tiradas por bueyes: "Los tractores que se ven son de producción bloque soviético. Las yuntas son de producción histórica y pintorescamente cubana". Deja constancia también de que conducir un auto de noche por el campo es muy peligroso, pues no hay luces, "si ignoramos los cocuyos", las carreteras están repletas de baches y piedras y pululan los peatones, los animales, los jinetes y los bicicleteros.

En Sagua la Grande, un señor sesentón le comenta con tristeza que "de ser una de las ciudades productoras del país antes del triunfo de la Revolución ha pasado a ser una ciudad con los techos metálicos de las fábricas enmoheciéndose por la desidia económica del régimen castrista". En el Cementerio de Colón, a donde va a localizar el panteón familiar de un amigo suyo, se entera de que las tumbas de todo aquel que se marchó del país han sido confiscadas por el Estado. Y aunque no duda en elogiar la intensa labor de restauración hecha en la Habana Vieja, considera extraño y fallido que "no se han dedicado estructuras para ser habitadas, y para permitir que el centro urbano tenga el calor humano de una ciudad viva".

P'allá y P'acá es, por tanto, el relato del retorno al país donde uno nació, el reencuentro con el pasado. El propio autor declara que ese viaje fue para él un acometimiento nostálgico, valeroso, aventurero e impaciente, cuyo significado aún está descifrando. En ese sentido, se diferencia marcadamente de esos otros libros de viaje a los que hice referencia al principio. Testimonia unas vivencias en las cuales nos reconocemos muchos cubanos, y logra hacerlo con honestidad, sin ceder mucho a la nostalgia y con un estilo desenfadado e irreverente infrecuente en libros de este género y sobre esta temática. De Mendoza trata con acierto el problema de cómo regresar a nuestro pasado, y concluye que en realidad esa pregunta debe formularse de otra manera: cómo abrirnos al presente y convertirlo en puente entre las decisiones y encrucijadas de ayer y las que deberemos enfrentar mañana. Al respecto, escribe: "La Cuba de ayer es una fantasía en la que se queda uno atascado como un niño, como Dorothy en el país de Oz. Solamente con coraje, inteligencia y corazón se puede volver a Kansas, se puede volver a Cuba, una Cuba ya despojada de su carácter de repositaria (sic) de mis momentos añorados y transmutada en la Cuba de la posibilidad de amar, de dar, de crear, y de dejar que otros forjen sus paraísos".

Debo confesar, no obstante, que me parecen menos interesantes las páginas —y el problema es que son muchas— que De Mendoza dedica a sus recuerdos y a celebrar a sus familiares y amigos. Es natural que al regresar a los lugares vinculados a sus días de infancia y adolescencia esos recuerdos afloren. Como pinceladas bien dosificadas hubiesen dado calidez humana al libro. Pero al ocupar un espacio excesivo, se convierten en una interrupción del relato que a uno, como lector, le incomoda. La visita al Estadio del Cerro, para ilustrar con un ejemplo, es un mero pretexto para que el autor se explaye sobre la tradición beisbolera en Cuba.

Mi otra objeción tiene que ver con el uso de los cubanismos. Es admirable que quien aclara que toda su formación académica ha sido en inglés, haya atendido a las súplicas del libro de ser escrito en español. Lejos de poseer una "sintaxis accidentada" y una "prosa casera", como él anota, De Mendoza escribe con un profesionalismo que muchos que se dicen escritores le envidiarían. Sólo que el reencuentro con el español de su niñez abre una válvula que él creía definitivamente cerrada, y él se deja arrastrar gozosamente por el descubrimiento. Eso lo lleva de nuevo a la incontinencia verbal. Cubanismos como ñángara, quieto en base, chaúcha, guataca, pollito y otros son empleados a lo largo del libro, junto con su correspondiente explicación en cristiano entre paréntesis. No es un defecto de bulto, pero estimo que la buena prosa de De Mendoza no necesita de esos añadidos, pues posee un humor y una frescura que la hacen su lectura muy disfrutable. Pero reparos aparte, P'allá y P'acá es un libro valioso y en lo que me toca, felicito a Ediciones Universal por su publicación.


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