Actualizado: 18/01/2018 10:41
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Charlot, Chaplin, Cine

Evocación de Charles Chaplin a 40 años de su muerte

El vagabundo fue tomando matices tan cabales que asombraría por su capacidad para provocar la risa y emocionar hasta las lágrimas

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La memoria es el lugar donde las cosas suceden otra vez: los sucesos se presentan distorsionados con circunstancias que el tiempo le agrega a su antojo. Yo tengo para mí que Charles Chaplin (Walworth, Londres, Reino Unido, 16 de abril, 1889 – Carsier-sur-Vevey, Suiza, 25 de abril, 1977) se multiplica en mi vida a cada instante. De niño, lo vi por primera vez en la improvisada pequeña sala cinematográfica de la biblioteca de mi escuela primaria en Guantánamo: recuerdo que no entendí muy bien las razones de las risotadas de mis compañeros de clase. Veíamos Luces de la ciudad (1931): las secuencias finales me siguen provocando el llanto desde entonces. Todo el mundo reía, yo salí antes de que encendieran las luces: me encerré en el baño a secarme las lágrimas.

Me sucede siempre. Cada vez que veo una película de Charlot: el llanto se mezcla con una sonrisa de atribulada conmiseración. Personaje ingenuo y torpe, pordiosero con los gestos y la prudencia de un lord, el vagabundo creado por Sir Charles Spencer Chaplin aparece en Vida de Perro (1918), The Kid (1925), La quimera del oro (1925), El circo (1928), Luces de la ciudad (1931) y Tiempos modernos (1936): para mí, las películas más tristes del mundo.

Vuelvo a lloriquear en las escenas de La quimera del oro cuando Georgia (la muchacha con quien Charlot ha bailado la noche anterior en el cabaret) descubre una foto suya debajo de la almohada del catre del errabundo buscador de oro y las amigas se burlan, o la cena de fin de año que éste prepara con esmero para ella y sus amigas y nunca llegan (cómo olvidar el sueño de la danza de los panecitos). “En no ser amado sólo hay mala suerte. En no amar hay desgracia”, dice Albert Camus. Charlot es la imagen más certera de nosotros: nadie como él supo reivindicar la desventura del amor y las falsas ilusiones que se esconden en la espesa selva de su itinerario.

Pero, ¿cómo nace Charlot? Le pidieron al joven actor Charles Chaplin que se pusiera ‘cualquier cosa’ para la breve aparición en un filme, a éste se le ocurrió vestirse de vagabundo. El mimo de 24 años, quien trabajaba para la Compañía Teatral Fred Karno, nunca imaginó que había diseñado la idea de un personaje que haría historia en el cine mudo.

Chaplin no tenía mucha expectativa con el nacimiento del séptimo arte, hasta que los productores de Keystone, en septiembre de 1913, le ofrecen un contrato por $150 semanales ( el doble de lo que percibía en Fred Karno) con la exigencia de que se mudara a Los Ángeles, donde participa en la comedia Making a Living (1914) en la interpretación de un falso aristócrata que consigue trabajo como reportero, quien le roba las notas y las fotografías a un compañero de trabajo para presentarla como suyas. La película fue un éxito, pero el actor británico no estaba satisfecho con lo logrado: convencido de que debía conformar un personaje que tuviera fuerza dramática e identidad reconocida, desconfiaba del recurso del gag de situaciones absurdas y persecuciones alocadas para contar una historia.

Mack Sennett, ejecutivo de Keystone, le propone hacer Charlot en el hotel, nacimiento del personaje de pantalones bombachos, grandes zapatos, un bastón, bombín y bigote: Charlot, caricatura de la aristocracia. “En el momento que estuve vestido, las ropas y el maquillaje me hicieron sentir cómo era el personaje. Empecé a conocerle y para cuando llegué al set ya había nacido completamente”, escribe Chaplin en su Autobiografía. Elementos de vodevil inglés y recreación de mendicantes que había visto en su infancia en Londres. Este vagabundo fue tomando matices tan cabales que asombraría por su capacidad para provocar la risa y emocionar hasta las lágrimas.

Tiempos modernos, una sátira al ‘automatismo industrial’, sella el final de la ‘época Charlot’. Chaplin, renuente al cine hablado, apela, sin embargo, a la utilización de algunos efectos sonoros: se escuchan susurros en off y, por un momento, apreciamos su voz en un tarareo improvisado. En su primera producción hablada, El gran dictador (1940) —sarcasmo que advierte del peligro del nacionalsocialismo alemán en valiente desafío contra el nazismo—, Chaplin no apela al clásico personaje; pero, algunos ademanes del dictador de Tomainia presentan rasgos de Charlot, subrayados en el barbero judío (muy parecido al vagabundo y al déspota) de la película, víctima del autoritarismo de la época: el fascismo.

Una tarde de diciembre, 1981, La Habana, Geraldine Chaplin —quien asistía al Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, acompañada por su esposo, el cinefotógrafo chileno Patricio Castilla— en una entrevista estudiantil que le hice, me dijo: “Mi papá ama a la gente; es un hombre triste que por las tardes canta canciones francesas, por las noches escucha a Maria Callas y amanece escuchando a Frank Sinatra. Mi padre es un hombre multiplicado en sus gestualidades. Son muchos los padres que tengo en uno solo. Mi madre Oona fue el amor de su vida, la amó como nunca he visto amar a un hombre. Restaba realmente enamorado de mi madre, quien lo llevaba al lago en los últimos meses de su enfermedad. Me emociona saber que lo quieran tanto aquí en Cuba. Me reconocen en las calles como ‘la hija de Chaplin’, eso no me molesta, me gusta. Estoy de acuerdo: Charlot es el personaje más triste de la historia del cine”.

He visto Monsieur Verdoux (1947), Candilejas (1952), Un Rey en Nueva York (1957), La condesa de Hong Kong (1967)… Pero, sigo llorando escoltado por una sonrisa inocente y desconsolada con Charlot. Sigo interminablemente repitiendo las secuencias del niño que rompe los vidrios de las ventanas de las casas del barrio donde vive para que contraten a Charlot, el vidriero (The Kid). Me da compasión la soledad de Charlot perseguido y enamorado de la hermosa Merna de El Circo. Dicen que murió dormido en la Navidad del año 1977, en Corsier-sur-Vevey, Suiza, bajo la brisa mansa y fría del lago cercano a su residencia. Lo veo en el sueño ejecutando otra vez la danza de los panecitos de La quimera del oro.


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