Actualizado: 03/08/2020 12:54
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Literatura, Elena Tamargo

Evocación de Elena Tamargo

Sabía burlarse de casi todo y a la vez rendir culto y devoción hacia los grandes asuntos de la existencia

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Difícil intelectualizar a los amigos, peor aún cuando la muerte nos los arrebata. Difícil porque toda cercanía altera los contornos y porque la cotidianidad nos priva, muchas veces, de percibir lo trascendente. Hasta que lo sacudidor nos obliga a afinar los sentidos y a revisar la bitácora del vuelo.

A Elena Tamargo la conocí en La Habana durante la tímida primavera de 1987. Intercambiamos algunas ideas en los jardines de la UNEAC y fue inevitable la simpatía —sucumbir ante la gemelaridad—, como ineludible ha sido extender aquella plática por más de 24 años.

Caminamos por el glamuroso parque de la 5ta avenida hasta la calle 20 de la barriada de Miramar rumbo a la facultad de Medios audiovisuales donde yo apenas empezaba mis estudios de cine, y fue doblemente revelador comprobar que, contrario a los pronósticos del machismo antillano, podía una mujer presumir al mismo tiempo la perspicacia de la inteligencia y lo subyugante de la belleza. Y presumir resulta un verbo inexacto aplicado a la poeta Elena Tamargo, ya que en su caso nunca hizo del exhibicionismo ni del énfasis una manera de ostentar la gracia de su cuerpo ni el esplendor de su mente. Aquella tarde hablamos hasta por los codos: confirmamos que surgía entre nosotros un juego de espejos coronado por una simetría de pensamiento como pocas veces nos había sucedido. No solo fue elegante el barrio, la elocuencia de sus jardines y arquitecturas sino el entramado sublime con que tejimos nuestra amistad aquilatada, desde ese encuentro, por una devoción visceral hacia lo poético, lo filosófico y lo estético. “Es poéticamente que habitamos la tierra” (Hölderlin), alcancé a oírle decir, insidiosa, por muchos años y en varias ocasiones con el ímpetu de quien enarbola una verdad religiosa.

Se podía hablar con ella de lo que fuera, sin perder nunca aquella tesitura donde el goce, la ternura, la prospección y hasta la ingenuidad hicieran mella. Sabía burlarse de casi todo y a la vez rendir culto y devoción hacia los grandes asuntos de la existencia. Estaba bendecida por el conocimiento, pero nunca le vi asomo de arrogancia ni pizca de altanería pese a su engolosinamiento con cualquier modalidad del saber. Su naturaleza era humilde, su ser galáctico: la poesía la tomó como amante por sorpresa. Tuvo vida propia y una manera singular de sentir y de ser, lo que es ya argumento suficiente para detractores. Enemiga de lo efímero no sabía vivir a ras del suelo y practicaba con fruición travesuras interestelares. Hurgaba sin cansarse en los libros, leyó muchísimo y siempre le parecía poco. Con voracidad citaba de memoria. Su espectro era amplio, desde los románticos alemanes, los místicos, los poetas víctimas del gulag ruso, Sor Juana Inés, los teóricos franceses, el bolero, los poetas judíos y la Escuela de Tartu. Era una persona de vasta lectura, pero de infinitas interpretaciones. No descansaba hasta develar el secreto oculto de las palabras.

Desprejuiciada hasta la médula y sincera hasta lo histérico sabía ser amiga, o amigo si era necesario. Fue bella -—una de las más hermosas mujeres cubanas de su tiempo—, pero no conforme con esta bendición supo cultivar el espíritu con disciplina monástica. Cuando disertaba sobre poesía había que hacer silencio y aprovecharle el verbo. Traía sangre campesina pero le adornaba un aura que matizaba en su punto de encaje entre la doncellez y lo nobiliario. Sufrió muchos embates: el machismo que no soporta que una hembra intimide con su audacia y menos con la fuerza del pensamiento; las ideologías que descuartizan al individuo en su libertad sagrada; y el dolor cuando no deja ocasión ni para el verso. Sus poemas conjugan muchos tiempos históricos y siempre encandilan por lo esplendido de una emoción que no descuida enarbolar razones. “Toda obra de arte debe resultar en una gran metáfora humana”, me dijo una noche en un hospital de Miami mientras se recuperaba de la angustiosa quimioterapia.

Hasta sus enemigos cuando la conocían se encariñaban. Criolla y universal, lúdica hasta el delirio, fue uno de los seres que con mayor fervor vivió el oficio de poeta. Cruzamos muchos emails y en varias ocasiones pudimos estar hablando de arte y literatura durante más de 2 horas por teléfono. Extravagante y delicada a la vez, su casa fue un remanso de luz para los exiliados cubanos y latinoamericanos del México de los 90. Moró varios años en la Colonia del Valle del DF —antes de partir a Miami— acompañada por Osvaldo Navarro, otro gran poeta del soneto, otro martiano empedernido. Elena siempre fue gentil y ejercía la maternidad, hacendosa, con casi todo el que le conmoviera. Nunca escuché a nadie hablar acerca de los misterios de la poesía con mayor fervor y entusiasmo.

La muerte siempre es injusta con los poetas. ¿Hay formas menos terribles de la tragicidad que el cáncer? Para mi fue un honor contar con su magisterio y su consideración. Todo cuanto he hecho y haré, profesional y humanamente, estará marcado por su inteligencia dulce y tenaz. Me llevaré a resguardo el balbucir de sus versos que casi como plegarias recitaba sin ambages, confiada en que provenían de su ser más entrañable; y arrullaré su carcajada desbordante, aunque nunca disipe la amargura que se hospedaba en sus ojos de melancólica empedernida, de mujer mutilada por las atrocidades de este mundo. Su país de origen la desconoce: Cuba requiere mujeres de su temple para la reconstrucción que se avecina. Será convocada en la hora regia en que los justos decidan perdonar a quienes se exceden. Ella que entendió, por medio de Hölderlin, que el poeta —su existencia— tiene una misión en el cosmos al servicio de lo divino que, día a día, reencarna en la tierra amén de heroicas humedades.


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