Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Economía, Sociología, Política

Exageraciones… como teoría

Pertenecer a una élite no es nada malo, salvo que eso genere infatuación, vanidad, arrogancia o abuso de poder, sobre todo esto último, y más, si ese abuso carece de los controles y balances sociales adecuados

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En todo país, sociedad o grupo humano hay «élites», conjuntos de personas que ostentan rasgos, formas de actuar y características que los hacen más o menos diferentes al total de la comunidad en la que se mueven.

Los miembros de algunas «élites», que no necesariamente son más inteligentes y modestos, suelen creer también que son superiores (por la razón que sea, económica, política, moral y muchas más) al resto de los mortales. Pueden encontrarse algunos de estos grupos, élites, que jueguen a ser «inferiores» (los monjes budistas de algunas comunidades que piden limosnas en las calles, por ejemplo), pero son en verdad muy poco frecuentes.

La nobleza cortesana es una élite (en decadencia, claro); los políticos en el poder, sin importar el lugar, son otra; los hackers de altura otra y los Premios Nobel, las top models y los cantantes de música country también lo son, al igual que las divas operáticas y los generales de diversos ejércitos.

Pertenecer a una élite no es nada malo, salvo que eso genere infatuación, vanidad, arrogancia o abuso de poder, sobre todo esto último, y más, si ese abuso carece de los controles y balances sociales adecuados. Las hermanitas de la Caridad son una élite (ellas lo negarían de inmediato) dedicada a hacer el bien, y los SS nazis lo fueron también, pero para hacer mucho, mucho mal, y para colmo, se sentían orgullosos de hacerlo.

Pero la palabra élite, con el sentido de grupo más o menos cerrado, tal y como lo hemos expuesto anteriormente, no existió siempre (aunque los grupos de poder si existieron desde la Edad de Piedra, quizás antes), sino que fue inventada por un sociólogo italiano llamado Vilfredo Damaso Pareto (1848-1923).

Pareto vivió en una época turbulenta y no fue ajeno a la política activa, e incluso tuvo alguna relación con el Benito Mussolini socialistoide de los primeros tiempos. Su teoría de las élites es de suma actualidad y ha sido retomada una y otra vez por innumerables sociólogos, ensayistas y políticos, tanto para denostarla como para perfeccionarla, pero la verdad es que nadie, del espectro político que sea, la ignora.

No obstante, el aporte de Pareto que nos interesa a los efectos de este breve ensayo, es su famosa regla conocida como «Principio de Pareto». Esta regla, o ley, se le ocurre a Pareto observando empíricamente, y con mucha sagacidad, la sociedad italiana de finales del siglo XIX. Su principio nos dice: «Pocos tienen mucho y muchos tienen poco», y añade que más o menos el 20% de los ciudadanos formaban el primer grupo (los pocos con mucho) y el 80% de los ciudadanos el segundo grupo (los muchos con poco).

Es la regla del 20-80 que después sería llevada a un diagrama de distribución y aplicada, no ya a la economía, sino a casi todo. De hecho, la costumbre de hablar en porcientos en cuestiones relacionadas con la sociedad, los movimientos migratorios, los grupos de votantes, las etnias y tantas otras cosas, costumbre que nos parece lógica y que ha estado ahí siempre, en realidad nos viene de Pareto.

La formulación moderna del principio de Pareto establece que hay alrededor de un 80% de triviales, elementos de menor importancia, y un 20% de vitales, elementos de mayor importancia, en cada problema a conocer y/o resolver, y esto se aplica incluso (hoy con reservas) a los estudios científicos de asuntos que parecen muy alejados, como la medicina y la cosmología.

La teoría del valor extremo

El principio de Pareto, junto con la conocidísima campana de distribución estadística que diseñó el matemático alemán Carl Friedrich Gauss (1777-1855), la mayoría de cualquier cosa está en la parte alta de la campana y la minoría en las dos colas laterales, fueron asumidas como verdades obvias hasta alrededor de 1928.

Por esa época, dos jóvenes matemáticos de la Universidad de Cambridge, R. A. Fisher y su alumno C. H. Tippett, inconformes con lo «demasiado evidente», se fijaron con más detenimiento en las colas de la campana de Gauss y razonaron de la siguiente manera:

A medida que nos acercamos a los extremos de las colas, los acontecimientos tienen menos probabilidades teóricas de ocurrir, pero si se estudian separándolos de la bóveda principal de la campana y se comparan con hechos similares en un largo período de tiempo, cobran unos nuevos valores que pueden llegar a ser sorprendentes.

Acababan de establecer, como ellos mismos denominaron a su hallazgo, «Las matemáticas del valor extremo», que mientras más se proyectaban hacia el futuro (y mientras más información se recolectaba del pasado), más importancia adquirían en la comprensión, y predicción, de situaciones fuera de lo común.

El asunto se tomó como una curiosidad científica más, hasta que en la década de los cuarenta del siglo XX ocurrieron dos hechos que dieron nuevos alientos a la teoría.

Por un lado, el matemático soviético Boris Gnedenko trabajó sobre las fórmulas originales de Fisher y Tippett perfeccionándolas y haciéndolas más manejables y predictivas. Por otro lado, el también matemático norteamericano de ascendencia alemana Emil Gumbel, de la Universidad de Columbia, comenzó a emplearlas (incluso las de Gnedenko) para predecir posibles inundaciones, o sea, le encontró una utilidad real aplicada a un hecho natural, que bien mirado, es el fin último de la ciencia.

En el año 1953, durante un invierno particularmente tormentoso en el Atlántico del norte, las olas del mar sobrepasaron los diques holandeses y produjeron grandes inundaciones y enormes pérdidas materiales y alrededor de 800 muertos. Cuando se sometieron dichos fenómenos meteorológicos al análisis de la teoría del valor extremo, se hizo evidente que las inundaciones podían haber sido prevenidas, es más, el sistema de diques holandeses fue rediseñado de nuevo partiendo de esos cálculos.

Salidas del mar e inundaciones como esas no han vuelto a repetirse en los Países Bajos.

En 1958, ya con una gran experiencia teórica y práctica, Gumbel publica en Estados Unidos el primer libro de texto dedicado enteramente a la teoría del valor extremo.

En la actualidad, las grandes compañías de seguros de todo el mundo recurren, para sus cálculos de posibles pérdidas, al principio de Pareto, muy perfeccionado por el uso, a las curvas de Gauss y también a la teoría del valor extremo, sobre todo para el análisis de fenómenos naturales de gran envergadura y enormes costes económicos.

Paradójicamente, ha sido en el campo de la economía (la industria de los seguros) donde ha encontrado su principal nicho de utilidad la teoría del valor extremo.

Preguntamos entonces…

¿Se habrá analizado por alguien el año 2016, el que acaba de terminar, uno de los años más ricos en sorpresas políticas (con obvias secuelas económicas) de la historia reciente, a la luz de la teoría del valor extremo?

Por lo menos el autor de este breve trabajo no lo sabe.

Sería interesante, ¿no es verdad?


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