Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Exuberancias de Capote: 30 años de su muerte

“No me arrepiento de mí: soy Capote, soy yo; siempre seré yo de cuerpo entero hasta en las peores circunstancias”

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“Soy alcohólico, soy drogadicto, soy homosexual, soy un genio”, gritaba Truman Streckfus Persons (New Orleans, 30 de septiembre de 1924 – Los Ángeles, 25 de agosto de 1984), quien adoptado por su padrastro —segundo marido de su madre (una de las mujeres más hermosa del sur norteamericano), un empresario cubano de apellido Capote—, opta por llamarse Truman Capote.

Emprende la escritura a los 8 años con destreza absoluta; a los 17, cotizado periodista de The New Yorker. Otras voces, otros ámbitos (1948), su primera novela en que aborda abiertamente el tema de la homosexualidad: el “acontecimiento más dichoso” (Aldridge) de la literatura norteamericana desde Faulkner y Hemingway. Cosmos de personajes estrambóticos descritos con imágenes de arrobada escrupulosidad: deslumbrante dibujo literario iniciático.

Alborotador y arrogante, declaraba sentencioso: “De Kerouac es un buen mecanógrafo...”, “Bob Dylan, un farsante de tiempo completo...”, “Joyce Carol Oates, una odiosa criatura que se la da de escritora...”, “Mick Jagger, fastidioso y lamentable: lo único que le interesa es el sexo...”, “Jackie Onassis, una sabandija que llegó a ser esposa de un presidente guapo...”. Gran publicista de sí mismo, se codeó con figuras de la literatura, el arte y el jet set estadunidense (de Marilyn Monroe a Andy Warhol, de Liz Taylor a Carson McCullers...).

Pendenciero y supersticioso: “No se metan conmigo, estoy protegido por los santos africanos y cubanos, herencia de mi padrastro”. Al contrario de García Márquez, odiaba las flores amarillas. Cierta vez, una tarde en Los Ángeles, se le acercaron dos monjas: empezó a gritar horrorizado con su irritante voz seca y nasal, de la cual Norman Mailer (con quien polemizó muchas veces) dijo: “parece brotar de un cañaveral sin agua que tuviera en la nariz”.

Maligno y angelical. Tenía una lengua viperina que producía temor (“Todo, menos ser enemiga de Capote”, declaró Barbra Streisand) en desbocado arrebato contra sus enemigos. “Me gustaría reencarnar en un pájaro, preferiblemente en buitre”, confesó en un programa de televisión.

Un elegante sombrero panamá, los ojos irritados y púrpuras por los efectos de las drogas y un impecable traje blanco de lino puntualizan sus gestos: nunca dio muestra de penitencia por ser él. “No me arrepiento de mí: soy Capote, soy yo; siempre seré yo de cuerpo entero hasta en las peores circunstancias”.

Le gustaba disparar su revólver calibre 38. Aseguraba tener buen ojo y pulso: en sus fiestas pedía a los invitados que lanzaran latas al aire o botellas a las que solía darles en el blanco, la mayoría de las veces. Todos ebrios y narcotizados reían entre el champán burbujeante, los escotes, las pelucas y el humo espeso del cigarro.

A sangre fría (1966), non fiction novel: germen del nuevo periodismo norteamericano. Obsesivo, dedicó seis años a una rigurosa investigación en múltiples visitas en el lugar de los hechos, entrevistando a los testigos y conversando con los acusados del asesinato de la familia Clutter que conmovió a Kansas en noviembre de 1959.

Los asesinos, Richard Eugene Dick Hickock y Perry Edward Smith, simpatizaron con el autor de Plegarias atendidas, tras muchas horas de interrogatorio: le pidieron que estuviera en la sala el día de la ejecución. Dicen que Perry se enamoró perdidamente del autor de Desayuno en Tiffanys: “Lo quiero, siempre lo he querido”: le susurró al oído el homicida, minutos antes de ser ahorcado. “La vida es una buena obra de teatro con un tercer acto mal escrito”, sentenció días antes de morir. Todas las exuberancias se resumen en su excéntrica y sediciosa personalidad.


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