Actualizado: 20/11/2019 9:47
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Fotografía, Fidel Castro

Fabulaciones de luces en las imágenes latentes de Fidel Castro

Pienso en las representaciones pictóricas de Fidel Castro, que tantas veces vimos en los muros, en las tapias, en portadas de libros, en la televisión, en las primeras planas de periódicos y revistas

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“Retrato: (del latín retractus): Descripción de la figura o carácter de una persona. Expresión plástica de un sujeto a facsímil (pintura, escultura, fotografía). Pretensión de mostrar semejanza de la personalidad incluyendo estado de ánimo. Su origen se remonta al siglo V a. C cuando se estamparon sobre monedas las figuras de los reyes persas. Literatura: descripción minuciosa y extensa de un personaje, presentando sus cualidades físicas y morales en una fusión de todos los posibles enfoques ‘pictóricos’. Visión del otro. ‘Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza’. (Quijote, Cap. I. Cervantes)”.

Todo acto de representación se convierte en mueca. Cuando encarno al ajeno lo hago desde mis gestos. ¿El icono reproduce las características generales del objeto, como nos quieren hacer creer algunos semiólogos? En la operación de esbozar está el sedimento de cualquier configuración. Plasmo la efigie de lo que dice el otro desde la extrañeza. El fulgor del azogue entinta la caligrafía. El espejo desnuda, absorbe, sobresee: lo que veo en la platina es fábula de luz. El postulado rimbaudiano me asedia: yo en el distinto: el diferente en mi disposición. “Nos equivocamos al decir: yo pienso; deberíamos decir: alguien me piensa. Yo es otro”, escribió el autor de El barco ebrio. Puente de trazos que trasladan a coordenadas anónimas: el otro siempre será una alucinación refractaria. Amarraderos donde atracan dobleces retadoras. Me describen aquellos que intentan dibujar mis ritmos ante la imposibilidad de aprehenderme. Mis guiños son arcabuces: pólvora de mi acuosa presencia. Quien me dibuja, se perfila a sí mismo: se complace con sus mohines trotando en mis pleuras de fragilidades en acecho. La voz se desperdiga por zanjones inhóspitos: tránsito hacia la opacidad: albor en los cendales.

Pienso en las representaciones pictóricas de Fidel Castro, que tantas veces vimos en los muros, en las tapias, en portadas de libros, en la televisión, en las primeras planas de periódicos y revistas, en el cine (recordar a Santiago Álvarez), en los espectaculares de la Plaza de la Revolución, en cupones, en papel moneda… Se exterioriza en mi cabeza una matrícula de espectros que rememoranespecificaciones: sílabas extraviadas, grietas, voces errabundas que retumban perseverantes en el prontuario de mi imaginario visual.

En un hermoso poemario que leo en estos días, Población de la máscara, el poeta mexicano Francisco Hernández traza pretensiones de embozos de varios personajes famosos del siglo pasado: el pasaporte de Andy Warhol “tiene, en vez de mi fotografía, / la copia de una lata de sopa Campbell’s”; Alberto Durero confiesa que su “forma de mirar es un taladro”; el grabador oaxaqueño Francisco Toledo con sobriedad verbal, comenta que prefiere el brote de “líneas / con sapos y chapulines”; Yasumasa Morimura quisiera ser la Jodie Foster del taxi que conduce De Niro.

En Cuba hemos padecido la población de un disimulo que suscribe todas las inscripciones de la Isla: Fidel en el juicio del Moncada, Fidel en la Sierra, Fidel en la Crisis de Octubre, Fidel cortando caña, Fidel buceando, Fidel disfrutando un largo habano, Fidel habla en la ONU, Fidel con Hemingway, Fidel en Girón salta de una tanqueta, Fidel abrazado por la multitud, Fidel besando a un niño, Fidel recibe al Papa y le indica la hora, Fidel jugando pelota y baloncesto, Fidel le susurra algo a su hermano Raúl en una sesión del Poder Popular, Fidel ríe con el presidente Chávez, Fidel en la intimidad da indicaciones al Che, Fidel dialoga con García Márquez, Fidel abraza a Nikita Jruschov, Fidel tirando de un trineo en medio de la nieve, Fidel recibe a Gorbachov, Fidel posa con uniforme deportivo, Fidel en su casa lee un libro de Obama…

Toda imagen abre cifras sobre insomnios de caballos fatigados: el ojo de la cámara imanta y jalonea los galopes. Yo miraba las fotos de Fidel en mi adolescencia, y me proponía ser mejor alumno en la secundaria. En la pared del pizarrón, un Fidel pronunciando un discurso en la Plaza nos impulsaba a sacar mejores calificaciones en cada examen. La fotogenia del Jefe se convertía en perennidad acuciante: ¿confesiones contemplativas del Comandante? ¿Dictados que salían de sus atisbos íntimos? Cada fotograma de Fidel, sumario de abrumadoras presencias, lección edificante. El profesor de álgebra, señalando la foto del líder, dijo una tarde en la clase —mientras explicaba un binomio cuadrado—: “Miren el gesto de Fidel: su firmeza, su decisión, su indomable carácter…, el mejor ejemplo de perfección matemática”. A partir de ese alegato, cada vez que me enfrentaba a un algoritmo de cálculo pensaba en la estampa icónica del héroe de mi aula de secundaria. Remembranzas metonímicas en arrojos simbólicos: la efigie del adalid me suspendía, me guiaba.

Los fotógrafos del Comandante (su hijo, Alex, es actualmente, fotógrafo de cabecera) entregaron episodios que nos hicieron cómplices de espejismos. Sí en los poemas que leo de Población de la máscara, descubro el dibujo de ínfulas gráficas de un Basquiat —por ejemplo— que se come una cazuela entera de arroz con pollo mientras Miles Davis ejecuta un blues de algodones tristes, o a un Rulfo anidado sobre el volcán mirando a Comala arder en su abandono, o a Otto Dix leyendo folios de Nietzsche cruzados con capítulos bíblicos, o la carta empapada de ahogo de Vincent pidiéndole a su hermano: “enyesen mi corazón / cuando se detenga”, o al chino-cubano Wifredo Lam bailando un mambo con Lao-Tsé…

Me doy cuenta de cómo Fidel Castro, desde el señorío de su eco iconográfico, pudo trazar rendijas altaneras en las espirales de la calinosa ronda de las consignas. Imposible olvidar esos cuadros de los gestos del caudillo caribeño en la Plaza de la Revolución: runas, trazos, montos, convexidades, amalgamas de mímicas, fulguras edificantes… Conocemos a un Fidel Castro quimérico, que los asesores de imagen del régimen supieron enaltecer con eficacia. Simulacro bien montado: el célebre comandante rebelde hijo de Birán ha doblegado los enigmas de la luz a los impuestos de sus manías. El azogue, la narrativa de la irradiación, al servicio del sueño revolucionario.


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