Actualizado: 21/09/2018 11:18
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Literatura, Literatura cubana, Novela

Ficción nutrida de historia y realidad

En sus dos últimas novelas, Antonio Álvarez Gil confirma uno de los rasgos distintivos de su obra narrativa: su cosmopolitismo, la variedad de espacios geográficos en los cuales se mueve

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“En lo que se refiere a los temas y escenarios de mis obras, creo que soy un escritor cubano un poco atípico. Si bien es cierto que mis argumentos casi siempre tienen que ver con Cuba y los cubanos, los escenarios de mis tramas están bastante dispersos por el mundo. De mis ocho novelas publicadas, por ejemplo, cinco transcurren en países que no son Cuba. Esto seguramente tiene que ver con el hecho de que he vivido durante largos períodos fuera de mi patria. Por mencionar solo los ámbitos, la trama de Callejones de Arbat ocurre en el Moscú de la perestroika; Las largas horas de la noche tiene lugar en Guatemala, en 1877; Delirio nórdico se desarrolla en Estocolmo durante la crisis de los balseros. Por otra parte, Perdido en Buenos Aires cuenta la derrota de José Raúl Capablanca en la capital argentina y Annika desnuda se escenifica en el Estocolmo de hoy. Mis otros tres títulos publicados sí se desarrollan en Cuba”.

Las declaraciones anteriores pertenecen a Antonio Álvarez Gil (Melena del Sur, 1947) y las he tomado de una entrevista que le hizo Amir Valle hace unos años. En ellas el escritor resume uno de los rasgos distintivos de su obra narrativa, que es precisamente su cosmopolitismo, la variedad de espacios geográficos en los cuales se mueve. A eso hay que sumar que es un autor sumamente prolífico. Desde que en 1983 obtuvo el Premio David de cuento con Una muchacha en la ventana, su bibliografía no ha cesado de crecer y en estos momentos, si la cuenta no me falla, asciende a unos 18 títulos, entre novelas y colecciones de cuentos. En las notas que siguen, reseñaré dos de los libros que Álvarez Gil ha publicado últimamente.

El primero es Callejones de Arbat (Editorial Verbum, Madrid, 2016, 302 páginas), una novela cuya acción, como su autor apuntó, tiene lugar en Moscú durante la perestroika. El hecho de que, al igual que su protagonista, Álvarez Gil estudiara y viviera allí en esos años y se casara con una rusa, no debe llevar a pensar que se trata de una obra en la cual recrea vivencias autobiográficas. Callejones de Arbat desarrolla una trama en la que los ingredientes históricos sirven de ambientación a un entramado ficcional muy bien pensado y construido.

La novela cuenta las peripecias de Mario, un periodista cubano que trabaja en la sede de una organización internacional del antiguo bloque soviético. El narrador y protagonista conoce un día a Dolores, una actriz hispano-rusa, y a pesar de que está casado con Vera y tiene dos hijos, vive con ella una intensa historia de amor. A través de ella entra en contacto con su padre, Santiago Gómez, un español que llegó exiliado a la Unión Soviética al finalizar de la Guerra Civil. A partir de las conversaciones con él y de unos apuntes que le entrega, Mario emprende una investigación sobre la vida y la obra de los escritores rusos que fueron víctimas de las represiones durante el estalinismo. La redacción del libro le traerá problemas y lo conduce a una inevitable confrontación con los representantes oficiales de Cuba en Moscú.

Callejones de Arbat descansa en dos líneas argumentales básicas. Una es la historia amorosa que el protagonista inicia con Dolores, y que crea un triángulo que él no sabe cómo resolver. “Mi esposa —expresa— era la mujer con quien había compartido el amor durante años. Con ella las cosas eran más fáciles y transcurrían de manera casi habitual, como Dios manda, de un modo casi siempre previsible. Dolores, en cambio, me arrastraba como un torrente, me zambullía en sus aguas y me obligaba a cabalgar sobre las olas de su amor desenfrenado. Era el sobresalto, la desvergüenza, la meta que había que vencer”.

La otra vertiente es la evolución que experimenta el protagonista. Al inicio de la novela, es un revolucionario moderado, aunque no entusiasta. La relación amistosa con Santiago Gómez lo lleva a adentrarse en una realidad que apenas conocía: el terror estalinista a través de autores como Osip Mandelstam, Anna Ajmátova, Marina Tsvetáyeva, Boris Pasternak, Isaac Babel, Nikolái Gumiliov. La redacción del libro sobre ellos lo lleva a comprender mejor los estragos de los regímenes totalitarios tienen sobre los creadores y sus obras. Por otro lado, su trabajo en la Organización para la Colaboración Económica Internacional lo hace ser testigo del cinismo, el miedo, la doble moral, las verdades sustituidas por consignas y las delaciones que allí presencia. Finalmente, cuando una copia de su manuscrito va a parar a manos de un funcionario cubano, pasa a ingresar en la lista de las personas “políticamente no confiables”. Y como le hace ver su esposa, “por mucho que maquilles el libro, ya no hay quien te saque de ese grupo”.

En determinados momentos, por Callejones de Arbat planean los personajes centrales de El maestro y Margarita, la celebrada novela de Mijaíl Bulgakov, cuya acción se desarrolla también en Moscú en 1937, año en que Stalin puso en marcha su maquinaria de terror. En la compañía de la cual Dolores es actriz van a montar una versión escénica de la misma y la eligen para dar vida al personaje de Margarita. Contagia su entusiasmo a Mario, quien aparte de volver a leer la novela, la ayuda durante varios meses a repasar el texto del libreto. Los dos se dedican además a localizar en las calles de Moscú los sitios que inspiraron a Bulgakov las escenas y locaciones. Todo eso hace que la realidad y la ficción de la novela se vayan confundiendo, en un desdoblamiento y un juego intertextual muy atractivos y magníficamente logrados.

Personajes ficticios, pero que muy bien podrían existir

Álvarez Gil concibió su novela como un rompecabezas en el que, conviene destacarlo, todas las piezas encajan admirablemente. Su trama está muy bien hilvanada y se desarrolla con rigor y con un ritmo que mantiene siempre el interés. Asimismo, cuenta con una galería de personajes bien construidos. Aparte de Mario, Dolores y Vera, uno de los más atractivos en Santiago Gómez, quien simboliza a aquellos que apostaron por una utopía cuyo desmoronamiento alcanzaron a presenciar. Callejones de Arbat está escrita además con una prosa clara, diáfana y eficaz, que contribuye a que su lectura sea muy disfrutable.

Al referirse a las razones que lo llevaron a escribir su novela, Álvarez Gil declaró: “Callejones de Arbat es el intento de analizar qué había pasado, después de todo, para que el pueblo cubano creyera en una sociedad que nos habían vendido como la más justa de todas. Lo que yo supe, lo que aprendí de la historia de aquel país durante los años que trabajé en Moscú, bastaba para comprender que el pueblo cubano había sido engañado por sus dirigentes. Entonces me cuestioné todo mi pasado —el mío y el del resto de mi familia— y vinieron las preguntas, miles de preguntas”.

Tras esa visión de los años finales de la Unión Soviética y de asomarse al día a día de la Cuba de hoy en Las señoras de Miramar y otras cubanas de buen ver (2016), Álvarez Gil ha vuelto a la más rabiosa actualidad en A las puertas de Europa (Ediciones Huso, Madrid, 2018, 316 páginas). En esta novela, con la cual resultó finalista en el Premio Nadal 2017, se acerca a un conflicto que ahora mismo tiene lugar en esta región del planeta: la tragedia de los miles de refugiados que llegan para escapar del horror de la guerra.

Del mismo modo que explicó las razones que lo llevaron a escribir Callejones de Arbat, ha hecho lo mismo para justificar las que lo hicieron atreverse a abordar un tema que no conoce de primera mano: “Me atreví porque el drama de esos pueblos me ha conmovido mucho. Yo no conozco Siria, pero sí he tenido amigos de esa región. Cuando estudié en Rusia, tuve amigos de Siria, Irak, Afganistán, y eran muchachos y muchachas como nosotros, que tenían las motivaciones de cualquier occidental. Cuando vemos las imágenes de lo que se han convertido estos países, no entendemos por qué empezaron a matarse entre hermanos, después de haber vivido tantos años en concordia. Una parte de la población se ha radicalizado, han ganado posición los lados extremistas y se asesinan personas por ser cristianos. No entro demasiado a analizar las causas, para eso sí habrá que esperar que los estudiosos, los historiadores, lo hagan. En mi caso, yo miré hacia la región de Siria, he visto lo que ha ocurrido, he recordado a mis amigos y quise hacer un libro interesante, pero también que ponga a las personas a pensar”.

Los personajes de A las puertas de Europa son ficticios, pero podrían muy bien existir. Por un lado, están Mourad y Hassán, dos jóvenes sirios cuyo pueblo fue atacado y destruido por los fundamentalistas. Los familiares del segundo pudieron escapar a las montañas por ser musulmanes. Los de su amigo, en cambio, profesaban la religión cristiana por ser de origen armenio y fueron asesinados. A Mourad, “ni Alemania ni Suecia ni ningún otro lugar le han llamado nunca la atención. Su sitio en el mundo es este, el país donde ha vivido siempre, la Siria en la que ha nacido y crecido”. Pero ante esa devastadora guerra que no parece tener fin, acepta secunda la decisión de Hassán de irse a Europa. Mediante el pago de una fuerte suma de dinero, ambos lograron viajar ilegalmente en un barco que los llevó hasta Venecia. Su propósito es ir a Suecia, y durante el trayecto hacia ese país recalan en Riva del Garda, un hermoso y próspero pueblo situado al norte de Italia. Allí sus vidas se van a relacionar con las de varias personas del lugar: Adriana, una mujer que se halla a cargo de un negocio familiar de vinos; su hija Lucía; Doménico, el capataz, Pietro, que se dedica a la comercialización del vino producido en la región.

A partir de esta premisa, se va desenvolviendo una trama que, al igual que Callejones de Arbat, incluye una historia de amor. Eso no desvía la novela de su eje central, sino que, por el contrario, permite al autor ilustrar qué ocurre al encontrarse dos mundos tan diferentes como los representados por los europeos y los refugiados. Ese aspecto queda reflejado en el cambio de actitud de Adriana, a quien su hermano Antonio caracteriza como “una persona de izquierdas, una defensora de la justicia social y los derechos de los pueblos del tercer mundo (…) Recuerdo que no hace tanto me comentaste lo ofendida que te sentiste, en no sé qué restaurante, cuando el guardia de la puerta echó a un joven inmigrante”.

Pero cuando descubre que ese mismo inmigrante, quien resulta ser uno de los jóvenes sirios a quienes ella ha dado trabajo, tiene relaciones amorosas con su hija, reacciona de otra manera y contesta de este modo a las palabras de su hermano: “No es lo mismo, Antonio. ¿Cómo se te ocurre comparar aquello con esto? Aquí se trata de nuestra familia. ¿O es que no ves la diferencia?”. Eso, a pesar de que se admite a sí misma que “el chico era guapo, trabajador, honrado e instruido —casi médico—, cualidades que cualquier muchacha y cualquier madre habrían apreciado de veras”. Si su rechazo no es una manifestación de racismo, se le parece bastante.

Álvarez Gil es autor de novelas y, ante todo, se preocupa por contar una historia interesante, capaz de atrapar al lector. Su habilidad narrativa libera sus obras de la pesadez, algo de lo cual A las puertas de Europa es un buen ejemplo. No cae en la denuncia ni en el alegato, y deja que los hechos hablen por sí solos. Guiados por él, recorremos escenarios y situaciones que hoy constituyen una triste realidad. Lo hace además, como señala Josep Antonio Aznar en el prólogo, “con un estilo sencillo, ágil, entendible para todos, sin artificios innecesarios, aunque cuidando al máximo el lenguaje y las correctas formas de expresión”.