Actualizado: 10/12/2019 14:39
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Literatura, Literatura cubana, Teatro

Fijar nuestras esencias

Un volumen recoge su teatro selecto y una compilación de trabajos críticos analiza la obra de Abilio Estévez, a quien un crítico español ha calificado como “el escritor cubano más interesante de nuestro tiempo”

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En 1986, se estrenó en la sala habanera Hubert de Blanck La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea, que dos años antes había obtenido el Premio UNEAC correspondiente a literatura dramática. La firmaba Abilio Estévez (La Habana, 1954), un autor treintañero hasta entonces desconocido. Su montaje, dirigido por Abelardo Estorino con el elenco de Teatro Estudio, supuso la revelación de quien, en pocos años, se iba a convertir en uno de los dramaturgos más talentosos y reconocidos de la escena cubana contemporánea. En otras palabras, uno de sus nombres esenciales.

Precisamente, aquella obra había sido escrita bajo la benéfica influencia de una obra de Estorino, La dolorosa historia del amor secreto de don José Jacinto Milanés, con la cual La verdadera culpa… dialoga. En ella, su autor se propuso un ambicioso proyecto para entender nuestro siglo XIX, a través de la figura del célebre poeta matancero. Lo hizo con un despliegue creativo inédito en su producción anterior, y creó un ambiente onírico y evanescente en el cual confluyen diferentes planos temporales. Asimilando su lección, Estévez se acercó a Zenea no con ánimo historicista, sino para hurgar en las motivaciones y contradicciones de un personaje de trágica y atormentada trayectoria. Estévez, ha comentado Norge Espinosa Mendoza, no se propuso jugar cartas definitivas, sino que hace que el espectador se reconozca en la turbulencia de su personaje y no lo juzgue mecánicamente.

Por cierto, ambos títulos despertaron el interés de otros dramaturgos por representantes de nuestra herencia literaria, tal vez por las posibilidades que ello brindaba para reflexionar acerca de las relaciones entre artista y sociedad y sobre los antagonismos entre lo existencial y lo histórico. Dentro de esa vertiente temática figuran textos como Plácido, de Gerardo Fulleda León, Delirios y visiones de José Jacinto Milanés, de Tomás González, Mascarada Casal, de Salvador Lemis, y Catálogo de señales, de Carlos Celdrán.

Zenea, establecido desde 1865 en Nueva York, en 1870 viajó a Cuba de forma clandestina, con la misión de entrevistarse con Carlos Manuel de Céspedes, presidente de la República en Armas. Apresado por una columna española, al año siguiente fue juzgado y ejecutado, pese a que llevaba un salvoconducto del Ministerio de España en Estados unidos. Sus compatriotas, sin embargo, lo consideraron un traidor, así que lo fue por partida doble. A partir de esa profunda contradicción, Estévez, ha comentado Laura Fernández, indagó en “los móviles sociales y psicológicos que llevaron a un hombre de sensibilidad muy especial a inmiscuirse en asuntos políticos… y fracasar”. Lo hace en una obra de compleja y excelente factura y de una calidad literaria inusual en un autor novicio. Parte de un juego teatral en el cual coexisten personajes y ambientes reales e imaginarios. Su eje central es el Poeta, un personaje de nuestros días que baja a la mazmorra donde Zenea pasó sus días finales porque quiere saber y comprender. No le interesa la historia oficial, sino las razones que movieron a Zenea. Pero para entenderlo, tiene que aceptar ser él.

“CARCELERO: No me canso de repetirte que Juan Clemente Zenea eres tú.

“POETA: No lo soy. Lo sabes. Me viste entrar. Me diste esta camisa, me diste los espejuelos.

“CARCELERO: Pero ahora, si quieres entenderlo, tienes que ser él.

“POETA: ¿Entenderlo? (Pausa. Hacia una figura imaginaria.) Sí, vine a tratar de entenderte. Escúchame, Zenea, desde el rincón en que te encuentres, grita, una palabra sola, aunque sea un gesto para saber, para tener una certeza. (Pausa breve.) Muchas veces te veía encerrado en esta bartolina oscura, más silenciosa que un sepulcro, escribiendo con el índice sobre el polvo, tan solo, imaginando una golondrina. A veces, pidiendo un espejo. Imaginaba tu angustia y trataba de convencerme de que eras inocente. Si fuiste traidor o no, no fuiste claro y te enredaste en una neblina de palabras ambiguas. ¿No pensaste que cualquier acto, el más simple, tiene después consecuencias? No siempre, Zenea, se puede jugar con las palabras”.

Estévez declaró que para desprenderse del fantasma de La verdadera culpa…, escribió Un sueño feliz. Su estreno en 1991 vino a confirmar que estábamos en presencia de un dramaturgo con una voz y un estilo originales y propios. Se trata nuevamente de un juego de realidad y ficción, que se ambienta en un solar habanero de los años 30. Sus vecinos deben abandonar el edificio porque va a ser demolido. Próspero, “un mago de pacotilla”, establece un juego de aparecidos-desaparecidos, mediante el cual pasa a teatralizar en pequeñas historias individuales el pasado de esas personas. Y en la medida que lo hacen, se desvanecen en una atmósfera intemporal y extraña. Los diálogos incorporan referencias y citas literarias, y hay también una dosis de parodia y burla corrosiva.

El texto tuvo una reescritura a profundidad para la puesta en escena que Roberto Blanco dirigió con Teatro Irrumpe, y con la cual la obra ganó en contención y magia. Al redactar este trabajo, he releído una carta de Abilio redactada en los días posteriores al estreno, y de la cual copio estas líneas: “La obra es una especie de comedia extraña, con una dosis grande de crueldad, donde trato sobre las frustraciones humanas y al mismo tiempo trato esta cosa incomprensible que es nuestro país. Ya publiqué una versión, hace más de dos años, en Tablas. Entonces se llamaba Hoy tuve un sueño feliz (como la canción de Tito Gómez). Para la puesta trabajé mucho: amplié escenas, eliminé personajes, limpié el diálogo (siempre con la ayuda del maestro Blanco). Y, en fin, pienso que la mejoré. Y el resultado es Un sueño feliz”.

Dos años después, ese mismo grupo estrenó Perla Marina, texto con el cual Estévez continuó y enriqueció su exploración y búsqueda de nuevas formulaciones dramatúrgicas. En una “Aclaración acaso innecesaria” que la precede, su autor advierte que “no es una obra de teatro: no hay conflictos ni acción, ni se halla en los personajes lo que llamamos de modo impreciso «progresión dramática»”. No pretende ser, añade, otra cosa que “un homenaje, o sea, ofrenda y acto de fidelidad, como en la antigua acepción medieval”. En este acto de fe, va en busca de la Isla, ese lugar donde infierno y paraíso conforman idéntico paisaje de palmas reales.

En su intento de redescubrir Cuba y nuestra identidad nacional, ha solicitado la colaboración de aquellos a quienes, al fin y al cabo, se debe la grandeza de cualquier país: sus poetas. Gastón Baquero, Virgilio Piñera, Dulce María Loynaz, Julián del Casal, José Lezama Lima, Emilio Ballagas, José Martí, Juana Borrero, Eliseo Diego, José María Heredia, son algunos de los autores que lo ayudan a “fijar las esencias”, corroborando la opinión de Cintio Vitier de que “quizá junto a la hermosa tradición de nuestro pensamiento eticista, la poesía signifique la única continuidad profunda que hemos tenido”. A esa urdimbre coral se suman letras de canciones Sindo Garay, Benny Moré, Barbarito Diez.

Su obra de ánimo más universalista

Obra que, en efecto, posee una extraña y compleja estructura, Perla Marina significó un nuevo y firme paso en la preocupación casi obsesiva de Estévez por desentrañar “qué cosa es este país, por qué somos así”. Una indagación sobre una realidad indefinible, que constituye la columna vertebral de ese maravilloso y espléndido monumento que es su producción, tanto teatral como literaria.

Eso no deja de estar presente en La noche, su obra de ánimo más universalista. Solo que en ella lo cubano aparece despojado de elementos epocales y de expectativas concretas, como hizo notar Amado del Pino. Ese texto le reportó a Estévez su primer reconocimiento internacional como dramaturgo, al ser galardonado con el Premio Tirso de Molina, que convoca la Agencia Española de Cooperación Internacional. A propósito de esa obra, hay una anécdota que me excuso por el hecho de contarla. En abril de 1996, Estévez residía aún en Cuba y vino a Madrid no recuerdo por qué. Fue a visitarme en el pequeño piso en donde yo entonces vivía, y en algún momento mencioné de pasada la reciente edición de La noche, de la cual yo poseía un ejemplar. Recuerdo que al decírselo su sorpresa fue mayúscula, pues no la había visto. Alude a ello en la dedicatoria que estampó en una de las primeras páginas del libro, que hasta hoy conservo.

Definida por su autor como un “misterio herético en treinta episodios y tres finales posibles”, La noche reelabora diversos pasajes y personajes de la Biblia. Entre estos últimos se hallan Isaac, Sara, Job, Adán, Eva, Abraham, que comparten escenario con otros totalmente imaginarios: El Campanero, La Repostera, El Poeta Cubierto de Dardos, La Mujer de Alabastro. Estévez los divide en tres grupos: Personajes Rojos, Personajes Verdes, Personajes Negros. Ese acercamiento a los motivos bíblicos está animado por un ánimo desacralizador:

“EVA: Espérate, Adán. Me atraen las manzanas.

“ADÁN: Es una fruta prohibida.

“EVA: Será por eso.

“ADÁN: No empieces.

“LA SERPIENTE: (Burlándose.) ¡Ay!, pobre mujer, no empieces con debilidades. No oigas a la serpiente, es malvada, quiere destruirte.

“EVA: En realidad, es una fruta hermosa.

“LA SERPIENTE: Yo solo propongo una mordida. Pequeña, leve, imperceptible mordida en su carne jugosa. Tu boca se llenará de savia dulce y bajará por tu garganta de modo muy suave. Te encenderás de placer. Luego, nada será igual. Es mentira que el manzano sea el Árbol del Bien y del Mal. Es un manzano. Únicamente eso y es suficiente.

“EVA: ¿Por qué nos tiene prohibido acercarnos a él?

“LA SERPIENTE: El placer es como el dolor: una fuente de conocimiento. Nos quiere en la ignorancia.

“EVA: Tenían razón: astuta y maligna.

“LA SERPIENTE: Me gusta la manzana. Gozo al comerla. Soy dichosa. En nada me parezco a ustedes, maniquíes edénicos y aburridos para quienes vivir no es más que una sucesión de días largos e inútiles. Vivirán millones de años y al final no sabrán para qué vivieron.

“EVA: (A Adán. Confidencial.) Puede tener razón.

“ADÁN: Si no coincide con él, no tiene razón”.

Estévez reflexiona sobre el sentido de la existencia humana y sobre su transitoriedad. Asimismo, aborda el tema del poder enamorado de sí mismo, que limita a hombres y mujeres su realización más plena: la libertad. Lo hace a través de los personajes bíblicos, forzados por un poder superior a renunciar a lo que más estiman y disfrutan. Y también de la historia del Hijo que trata de escapar de una Madre dominante, a la cual le expresa: “Debo estar lejos para salvarme (…) Contigo solo está el odio y el rencor”.

De todos los textos teatrales de Estévez, La noche es el de mayor hondura conceptual y de más esencia filosófica, a la vez que constituye un canto a la libertad, la belleza y la sabiduría. Fue llevado a escena por Roberto Blanco y Alberto Sarraín, dos directores que han prestado una especial atención a la producción dramatúrgica del autor de PerlaMarina. El primero montó la obra en La Habana en 1995; el segundo en Miami, en 1996.

Entre 1993 y 1996, para responder a solicitudes expresas de actores y directores cubanos Estévez escribió un tríptico de monólogos. Lo integran Santa Cecilia, El enano en la botella y Freddie y posteriormente aparecieron recopilados en el volumen Ceremonias para actores desesperados (2014). Fueron creados en las difíciles circunstancias económicas y sociales por las que entonces atravesaba la Isla, y que fueron consecuencias directas de la desaparición de la Unión Soviética y del bloque socialista. Esa realidad se infiltró de modo indeleble en su escritura, algo que se trasluce especialmente en Santa Cecilia y El enano en la botella, dos excelentes monólogos permeados de desilusión, escepticismo y desesperanza.

En Santa Cecilia, una anciana centenaria nos convoca desde el fondo del mar donde se halla enclaustrada, para hablarnos sobre la capital cubana: “¿Saben? Hubo una vez una ciudad llamada La Habana. Junto al mar. Ciudad única. Laberinto de espejos. Me gustaría contarles… ¡Por mucho que cuente, que describa…! ¡Había que vivirla!”. Una ciudad mágica condenada a desaparecer. La anciana no cesa de lamentar su destrucción, así como la pérdida de unos valores que fueron sustituidos por otros más efímeros.

En sus evocaciones hace una cartografía de esencias. Hay también una nostalgia crítica y una sublimación del espacio real, pues como ella admite “La Habana no existe. A veces pienso que la inventé”. Es además un personaje que tiene de testigo y de mito, y sobre el cual Yoandy Cabrera comentó que es “elegante y descarada, lujuriosa y fina, grosera y elocuente. Sabía muy bien lo que vale un negro, como Diego. Una mezcla de mujer aristocrática loynaciana y de mulata irremediablemente sata. Cecilia Loynaz podría ser su nombre”.

Al referirse en una entrevista a la génesis de El enano en la botella, Estévez declaró: “A mí me pasó una cosa muy rara. Se me ocurrió un día la frase con la que empieza la obra: «Yo soy un enano que vive dentro de una botella». No sabía qué hacer con esa frase. En cierto modo, por supuesto, me daba cuenta de dónde venía la frase. Venía de unas circunstancias y una cerrazón histórica que vivíamos en Cuba a finales de los 80 e inicios de los 90 en donde se desmoronaba el mundo socialista. Aquella pobreza y aquella sensación de fracaso social, ideológico y de todo tipo era terrible. Tenía aquella frase ahí. Un día me imaginé lo que era en escena un enano dentro de una botella y dije: ‘bueno, es una pieza de teatro’. Empecé a escribirla con esa sensación de encierro, en una especie de metáfora con lo que yo sentía que vivía en Cuba”.

Dos nuevos textos de su ciclo de monólogos

Sin embargo, en ese texto no hay ni una sola referencia explícita o directa a la realidad cubana de esos años, que corresponden a lo que se denominó Período Especial. Eso permite que se pueda hacer una lectura mucho más amplia del mismo. Una cualidad que, a su vez, ha permitido que el monólogo haya sido representado en países como España, Costa Rica, Francia, Estados Unidos. Su protagonista es un personaje desoladamente estremecedor, que además sorprende no solo por lo su inexplicable e incómodo confinamiento, sino también por lo que expresa y lo que sabe. Consciente de su soledad, hace denodados esfuerzos por comunicarse. Y para ello, desgrana sus recuerdos y sus reflexiones íntimas.

A través de él, su autor crea una metáfora del ser humano aprisionado en una circunstancia histórica determinada, que lo obliga a moverse entre el absurdo y la pesadilla. Es además un personaje trágico, pues el suyo es un encierro del cual no quiere ser liberado: “Yo no sé vivir en el mundo. Mi mundo es la botella y quiero que también sea mi sepulcro. Y quizá algún día, dentro de miles de años —si es verdad que los años pasan— alguien encuentre la botella y el montoncito de polvo que seré y diga conmovido: «Aquí hubo un enano que enfrentó la vida en esta botella». Y la lance al mar. Y a lo mejor, quién sabe, pueda llegar al fin de la Polinesia, al África, a la China, a los mares del Sur. Y hecho polvo, habré cumplido mi sueño”. Santa Cecilia y El enano en la botella fueron estrenados, en 1996 y 2000, por Vivian Acosta y Gretel Trujillo, quienes hicieron unas memorables interpretaciones.

Con la publicación de Los adioses. Dos ceremonias para actores desesperados (2015), se vino a completar el ciclo de monólogos. A los tres anteriores se sumaron Los adioses y Josefina la viajera, aunque este último había sido estrenado en Miami en el año 2007. El primero, en cambio, es más reciente, pues está fechado en enero-junio de 2013. Su protagonista es una mujer que llega al escenario vestida con un traje del siglo XIX, pobre, algo raído, pero que, con artificio, ella logra que siga siendo elegante. Está a punto de emprender un viaje e inicia la representación de una despedida. Cuenta que está consagrada a decir adiós, “como una misionera. Si cada persona tiene un fin en la vida, el mío es este (…) Y algo aun más pedagógico: descubro a ustedes, mis queridos semejantes, que el adiós no es un gesto cualquiera. ¡Es una ceremonia! El último gesto que una persona hace frente a otra. Si se hace mal, sobreviene una espeluznante cadena de errores”.

El personaje de Josefina la viajera es una mujer oriental de descendencia francesa, cuyos antepasados huyeron de Haití. Y, en efecto, es una viajera impenitente: “De mis ciento veinte años de vida, ciento tres caminando (…) Ciento veinte años de vida y ciento tres de marcha. Comencé a caminar a los diecisiete más o menos”. Condenada a errar sin fin, sueña con conocer La Habana, pero es precisamente ese el único viaje que no logra realizar. Atraviesa varias épocas de nuestra historia republicana y deviene testigo de ellas. Su azaroso periplo equivale así a un recuento del no menos azaroso destino de la Isla.

En ese texto, Estévez prosigue su reflexión sobre lo cubano e indaga en asuntos como la nacionalidad y el exilio (“el mundo es un enjambre de cubanos fugitivos que lo han dejado todo”, expresa el personaje.). Acerca de Josefina la viajera, Osvaldo Cano escribió: “De lo que se trata aquí —y esta es otra constante en la obra de Estévez— es de realizar una suerte de cartografía de lo cubano desde una perspectiva plural, involucrando lo social y lo íntimo, lo histórico y lo cotidiano, lo «alto» y lo «bajo»”.

Estévez lleva varios años sin escribir teatro. Reconoce que hacerlo “provoca una gran satisfacción, cuando ves cómo tus personajes se hacen carne en el cuerpo, la voz y la inteligencia de un actor, y cuando oyes la reacción del público, el aire de cosa dicha desde el púlpito o la tribuna que toma el texto en voz alta, con música, luces, decorados”. Pero al mismo tiempo admite que “es un género tiránico. Por más que quieras innovar, terminas en Aristóteles. O innovas tanto que ya no es teatro”.

Eso, sin embargo, no significa que lo haya abandonado, como declaró en algunas entrevistas. Interrogado por este cronista acerca de ello, esta fue su respuesta: “En cuanto a que no escribiré más teatro... Ya sabes, uno a veces hace esas butades. Es cierto que el teatro puede ser muy ingrato. O mejor dicho una extraña mezcla de gratitud e ingratitud. El enano en la botella se pone por toda América Latina y no cobro un duro por eso. Ya sabes, que si el teatro pobre, que si no sé qué, etc. Pero no, no es cierto. Ahora mismo estoy escribiendo una nueva ceremonia (un monólogo) para Jacqueline Arenal, que se titula provisionalmente Clase de ballet. Y tengo pensada una obra que tiene que ver con la figura del dictador latinoamericano. Vamos a ver si lo concreto. Todavía me siento joven para afirmar que ya no escribiré teatro. Insisto, si lo digo es por hacer la broma”.

En espera de su retorno a la escritura para la escena, la publicación de su Teatro selecto (Editorial Verbum, Madrid, 2015, 197 páginas, prólogo de Carlos Velazco) proporciona una estupenda oportunidad para volver a su producción ya conocida. El volumen incluye las obras La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea, Perla Marina y La noche y el monólogo Los adioses.

¿Leer teatro? Pues sí: a más de disfrutarse en el montaje, la lectura del buen teatro también puede ser una experiencia gratificante y enriquecedora. Nos brinda la ocasión de convertirnos en directores virtuales y hacer nuestra representación imaginaria de los textos. En el caso que nos ocupa, se trata además de los textos de un creador a quien un crítico español ha calificado como “el escritor cubano más interesante de nuestro tiempo”.

Atención en el mundo académico

El mismo año del estreno de La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea, Estévez recibió en España el Premio Luis Cernuda con Manual de las tentaciones, que vio la luz en 1989 y que significó su estreno como poeta. Un par de años antes había publicado la colección de cuentos Juego con Gloria. Esos dos títulos marcaron el inicio de su andadura literaria, que hasta hoy desarrolla paralelamente a su faena dramatúrgica.

Tras aquellos dos libros con los cuales se dio a conocer, Estévez publicó Tuyo es el reino (1997), que tuvo un notable succès d’estime. Se tradujo a ocho idiomas, fue galardonada en Francia con el Premio al Mejor Libro Extranjero y The Times Literary Supplement la calificó como “quizás la novela cubana más lograda desde Paradiso”. El fallecido crítico español Miguel García-Posada saludó a Estévez como “uno de los mejores narradores latinoamericanos de la hora presente”, algo que las novelas posteriores se encargaron de confirmar: Los palacios desiertos (2002), sobre la cual Sunday Telegraph comentó que “la fascinante decadencia de La Habana nunca ha sido descrita con tanta belleza”; El navegante dormido (2008); El bailarín ruso de Montecarlo (2010); El año del calipso (2012); y Geografías (2015). Estévez ha enriquecido además su catálogo con una edición ampliada de Manual de las tentaciones (1999), el libro de cuentos El horizonte y otros regresos (1998), el ensayo Tan delicioso peligro (2016) e Inventario secreto de La Habana (20), en donde ensaya la mezcla de ficción, memorias y guía de una mitificada ciudad.

Además del reconocimiento de la crítica especializada, la obra de Estévez está recibiendo mucha atención en el mundo académico. Para no extenderme en ello, me remito al reciente libro Abilio Estévez: entre la tradición y el exilio (Editorial Verbum, Madrid, 2018, 170 páginas), compilado por José Manuel Camacho Delgado (Universidad de Sevilla), Daniel Nemrava (Universidad Palacky de Olomou) y Milagros Esquerro (Université Paris-Sorbonne). En el mismo aparecen recogidos trabajos presentados en el homenaje que la Cátedra Luis Cernuda dedicó al escritor cubano.

“Fabulador de altos vuelos, cálido y culto, introvertido y cómplice, forjado en mil batallas contra el desencanto y la intolerancia”. Con esas palabras lo presenta Camacho Delgado, quien precisamente abre el volumen con el ensayo “Archipiélagos: entre la cartografía del poder y los mapas prodigiosos de la fantasía”. En esas páginas analiza la última novela de Estévez, que en su opinión posee “tantas capas interpretativas y tantos niveles simbólicos, que propician una exploración concienzuda y emocionante por parte del lector”. Aunque admite que la figura de Gerardo Machado está muy presente, Camacho Delgado sostiene que no es una novela de dictador, al menos no en un sentido canónico y académico del término. Su autor “ha buscado una novela total y totalizadora, escurridiza ante cualquier intento de catalogación y tabulación en las estrecheces de un determinado metagénero narrativo”.

Por su parte, Michèle Ramond establece en “Un nuevo mito de la creación” un análisis comparativo entre Inventario secreto de La Habana e Impresiones y paisajes, de Federico García Lorca. Ambas obras emocionan por sus retratos desencantados y, sin embargo, amorosos de ciudades míticas. La hispanista francesa destaca que en Estévez, “la otra cara de La Habana espléndida del pasado se impone constantemente tanto en el Inventario como en las novelas, y en las dos Habanas, la suntuosa y brillante del pasado y la pobre y sombría como cloaca originaria o caverna platoniciana del apagón, producen aquel fraseo musical que no puedo sino comparar con un eterno contrapunto estético y vital, como el batir alterno de la sangre o el oleaje marino que se contempla desde la muralla del Malecón”.

A la producción para la escena dedican sus textos Milagros Esquerro (“Nostalgia en el fondo del mar”), Renée Clementine Lucien (“La cárcel libertad en una botella”) y Alejandro Barrera (“El abismo familiar: claves espaciales del teatro de Abilio Estévez”). La primera se centra en Santa Cecilia y trata las identificaciones simbólicas de su protagonista con la canción homónima de Manuel Corona, con la heroína de la famosa novela de Cirilo Villaverde y con La Habana. El trabajo de Lucien se focaliza en El enano en la botella, en el cual el público es sometido “al impacto performativo de un discurso, emanación del desamparo absoluto, la expresión del delirio o de una pesadilla de donde escapan a veces brotes irónicos, arrebatos de rebelión”. Por último, Barrera parte de las obras incluidas en Teatro selecto para estudiar cómo la presencia repetida de ciertos personajes y espacios “marcan el ritmo y armonizan el universo dramático de Estévez”. Eso lo lleva a concluir que el suyo es un teatro que “se basa en un juego de perspectivas”.

Y, en fin, el libro recoge además colaboraciones del cubano Armando Valdés-Zamora (“El jardinero y yo: funciones y representaciones de la imaginación en El año del calipso”), el checo Daniel Nemrava (“Stravinsky, Chateaubriand y un errante nostálgico en el barrio Raval: el mito, la memoria y el viaje en El bailarín ruso de Montecarlo”) y el español Pablo Sánchez (“La independencia del escritor hispánico y la Revolución cubana (posiciones y testimonios anteriores al «caso Padilla»)”).

El volumen se cierra con un texto del propio Estévez, “¿Con quién casamos a Eugenia?”. Acerca del mismo, Camacho Delgado apunta que es “no solo una memoria sentimental sobre sus orígenes literarios y su pasión por el arte y la cultura, sino que constituye una suerte de poética, a través de la cual invita al lector a releer sus libros siguiendo el magisterio de Balzac, de Flaubert, de Canetti o de Lezama Lima, sin perder de vista las estrategias narrativas-vitales de Sheherezade en aquel ejemplar abreviado de Las mil y una noches que su madre le compró en un mercadillo de Marianao, y cuyas consecuencias fueron decisivas para espolear la imaginación de aquel niño cubano que con el tiempo llegaría a ser uno de los escritores hispanoamericanos más importantes de su generación”.