Actualizado: 26/09/2022 12:32
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Fornet, Literatura, Literatura cubana

Fornet a medias

Ambrosio era una persona culta y siempre dispuesta a conversar y conocer otros criterios, no a rebatirlos con celo ideológico

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Ambrosio Fornet era un ser extremadamente gentil, amable, caballeroso. Tales epítetos hacia su persona posiblemente hubieran generado en él un resquemor literario nunca expresado; una reticencia hacia la oración torpe e insulsa, junto a una sonrisa siempre presente, aunque nunca completa, condescendiente. Al final uno quedaba tranquilo, pero sin saber por qué. Siempre todo un poco a medias, aunque no dejaba de ser placentero.

Si se tiene en cuenta que lo conocí en la Cuba de mediados de 1970, tengo que agradecerle esa tranquilidad, que me figuraba —a veces— falsa.

Él después, con mucho éxito y bastante imprecisión, caracterizó esa época como el “período gris”. Fue más que eso, pero era su forma de verlo todo; siempre ocurrió así o es como siempre lo recuerdo: pobre memoria o recuerdos opacos, no grises.

El reproche hacia esa forma de ser de Ambrosio (exagero ahora una confianza con él que nunca tuve), solo la conocí entonces entre quienes lo conocían desde hacía más años: antes del 1º de enero de 1959 o en los inicios de aquel proceso.

Décadas después, en los años 70, la recriminación bordeaba un camino: de lo limitado de su obra a un comportamiento dócil.

Sin embargo, no la compartía —además de crítica había bastante de desprecio en ella—, porque me había gustado el ensayo En blanco y negro, sobre la narrativa cubana, publicado en un pequeño libro (en referencia al tamaño) por el Instituto del Libro en 1967, y porque esa caracterización de Fornet como un simple funcionario no encajaba del todo en el estereotipo.

En primer lugar, porque Ambrosio era una persona culta y siempre dispuesta a conversar y conocer otros criterios, no a rebatirlos con celo ideológico desde una ortodoxia (que por otra parte no dejaba de practicar en ocasiones), y luego porque su interés genuino por la cultura superaba —salvo en situaciones “peligrosas”— cualquier acomodo en la mediocridad imperante.

Por esos años Fornet estaba —como otros escritores de su generación— de vuelta de anhelos y frustraciones y también de paso. Trabajaba en Extensión Universitaria como editor de la Revista de la Universidad de La Habana y lo hizo por un breve tiempo, hasta que consiguió trasladarse al ICAIC como guionista y asesor literario. Pese a esa temporalidad impuesta o buscada, durante ese tiempo —y esa era una de sus características profesionales— desempeñó su función con un rigor y una dedicación que eran una excepción en Cuba. No solo sacó varios números de la revista, que por años había permanecido olvidada, sino mejoró notablemente su calidad.

Ambrosio revisaba y corregía la redacción de todos los trabajos a publicar, así como escribía fichas e informaciones de los eventos culturales de la Universidad. Resultó un ejemplo de labor intelectual en medio de la medianía imperante.

Luego —¿o desde antes?— Fornet se convirtió en “maestro”, para muchos que lo recuerdan llamándolo así.

Después de irme de Cuba, lo encontré en una ocasión en una conferencia a puertas cerradas —o semicerradas— en la Universidad Internacional de la Florida. Sara y yo lo invitamos a almorzar, pero rechazó el ofrecimiento, quizá por temor o por otros compromisos o porque prefiriera no perder tiempo con nosotros.

En dicho encuentro en la universidad fue comedido como siempre —lo siento, pero tengo que decirlo: temeroso como siempre— y trató de quedar bien con todos, incluso con nosotros que poco contábamos en aquel encuentro limitado.

Fue en septiembre de 1998 y sobre aquel encuentro escribí una columna en el Nuevo Herald, la cual trató de resaltar que, de las dos reacciones ante la visita de artistas e intelectuales procedentes de Cuba, la primera era de un franco rechazo y la segunda de una búsqueda pasiva de un espacio que permita el encuentro; y que ambas habían mostrado no solo su ineficacia sino la falta de liderazgo del exilio. Fornet pasó como ejemplo leve de la segunda, tan leve que eludió todas las menciones hasta esa columna olvidada.

A la muerte de Jesús Díaz, en Madrid en 2002, Fornet envió una colaboración, para el homenaje que le dedicó la revista Encuentro de la Cultura Cubana a su creador, que he vuelto a leer ahora.

Si existen dos personalidades opuestas en la literatura cubana de aquella época, fueron Jesús y Ambrosio.

El texto de Fornet es una maravilla de un tacto que no elude ser incisivo en determinados momentos, sin dejar de salvar siempre la distancia y la ropa (ah, la política).

Para quien conoció a ambos, sin poder llamarse amigo de ellos, no deja de ser ilustrativo y hasta refrescante dicha lectura.

Basta añadir que, en cuanto a simpatía, Ambrosio la ganó siempre. Por ello solo hay que recordarlo con cariño.


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