Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Literatura, Literatura cubana, Poesía

Frank Abel Dopico (1964-2016)

Su poesía es de tono alto, auténtica, transparente como su creador, y como este valiente, de pecho abierto

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El pasado viernes 8 de abril se nos adelantó hacia el territorio de la luz Frank Abel Dopico. Poeta de nacimiento, y también de nacimiento niño. Niño siempre, como cuando regaló a aquel muchachito contemporáneo de su barrio el único dulce que él, Dopico, tenía.

Luego, ya mayor de edad, continuó regalando dulces y flores y extendiendo ramos de olivo. Continuó siendo niño, decía.

Lo vi por última vez hace más de 20 años. Físicamente, digo. Hace 12 o 15 años —calculo— me escribía a cada rato, desde muy lejos en la geografía, unos mensajes electrónicos que parecían pedir auxilio, o abrigo, o un poquito de bondad, o cordura para sí.

Yo estaba en México. Y allí supe que al fin había vuelto a la Isla, a Santa Clara, y que continuaba siendo aquel mismo poeta que supo afinar el grito y abogar siempre por la concordia.

Él estaba inmune. No había veneno que pudiese hacerle mella. Y esto se debía, sobre todo, a lo que antes decía: su corazón, ese órgano, creció, pero en su andar continuaba siendo el del niño bueno. Que a veces resultaba el del niño travieso que levanta a las multitudes.

Quedan de testigo principalmente las décadas de 1980 y el inicio de la de 1990. Noches largas, tragos en ocasiones clandestinos, poemas casi tan extensos como esas noches inacabables. En no pocas latitudes de la isla de Cuba. Faldas y estrellas, playas y amores que decidieron irse porque no habían llegado a tiempo.

Era de esos hombres, esos niños, en los que siempre hallabas el tramo de sombra imprescindible para descansar y proseguir la brega. De esos muchachitos que para terminar la discusión te regalan sus canicas.

Desde que a muy temprana edad hizo restallar su primer poema, no era necesario contar con un gran olfato para dictaminar que estábamos ante un poeta sobresaliente. Su primer libro, Correo de la noche —Premio David 1988 y Premio de la Crítica 1989—, y los siguientes, así lo demostrarían.

Su poesía es de tono alto, auténtica, transparente como su creador, y como este valiente, de pecho abierto. Su camino persistente en este sentido se puede comprobar en Algunas elegías por Huck Finn (1989), Expediente del asesino (1991) o Las islas del aire (1999).

Su candor, mediante el cual, sin duda, lo recordaremos, queda expresado en esta divisa que él escribiera en su poema “Apuntes de Gulliver”:

Únicamente los juguetes conservan su estatura.


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