Actualizado: 17/10/2017 10:31
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“Fugas”

Uno de los escenarios de esta novela de William Navarrete es La Habana, donde en esos años la promiscuidad y el desenfreno sexual salvaban del suicidio a media ciudad

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En Fugas, su segunda novela, William Navarrete (1968) usa elementos autobiográficos, mezclando personajes y acontecimientos reales con otros imaginados por él.

La acción ocurre durante los primeros años de la revolución castrista, en dos diferentes tiempos y espacios, los cuales se alternan a lo largo de los catorce capítulos de esta fascinante historia.

La novela comienza con la voz de un niño llamado Orlandito (no se especifica su edad) describiendo una conga carnavalesca que pasa frente a la casa de su padre, en Banes, en la provincia de Oriente. El negro que dirige la comparsa y le marca el ritmo con su trompeta aparecerá posteriormente en momentos cruciales de la trama.

El otro escenario es La Habana, donde en esos años la promiscuidad y el desenfreno sexual salvaban del suicidio a media ciudad.

Hay una deliberada omisión en el tiempo novelado entre la infancia en Banes y la adolescencia en la capital, sin que se nos informe qué pasó en el periodo omitido. Navarrete insinúa el rompimiento de la acción narrativa con una breve frase: Por eso he dejado a mi padre enterrado en esa playa…; y también a la abuela Rosa: abuela se ha quedado en ese marco. La veré siempre ahí, quieta, contemplando durante horas tanto azul. No se hablará más del pasado, ni de los personajes que hasta ese momento fueron parte de la historia: Paca, el abuelo Jo, Rosa, la tía mojigata, la tía Norka, que solía pasearse con el niño por el pueblo mostrándole “lo que hubo” antes de la instauración del régimen castrista. El autor decide, sobre todo, no hablar más del cabrón de mi padre y sus infidelidades. El tiempo de Morales [nombre de la playa donde veraneaba la familia] se extinguió para siempre, como se extinguieron con él las palabras.

Pero no importa ese lapso; lo que le interesa contar al novelista es: primero, la fuga de la madre y el hijo de la custodia paterna y, por último, la huida definitiva del país.

Y durante toda la narración, una constante: el deterioro de Cuba bajo el sistema comunista. Escaseces, delaciones, envidias, separaciones familiares, prohibiciones. Así lo comenta la abuela Paca en el capítulo inicial: A mí me toca el silencio, el rezo en casa porque si me muestro mucho en la iglesia perjudico a los míos. El rosario va conmigo a paso lento, de la sala a la cocina, de la cocina a la sala, desgrano sus cuentas por los que vivimos la incertidumbre del mañana a la espera de nuevas prohibiciones o carencias.

En el capítulo IX, “Breve currículo de fuego” el autor enumera y describe los incendios que a lo largo de los años han ocurrido en Banes. Comienzan en 1896 y se repiten en 1901, 1907, dos en 1912, 1920, 1935, 1959, 1967, 1974, 1979, 1980, 2004. Tragedias que parecen ser producto de una maldición, porque aquella era, según Jo, tierra propicia para la mala yerba; y con razón, ya que fue triple cuna de dictadores: Fulgencio Batista, Fidel y Raúl Castro. En “Dos niños contemplan el fuego”, parte final del capítulo, Orlandito presencia el terrible siniestro junto a la hija de una poeta. Es en ese momento cuando por primera vez recuerda haber escuchado la palabra “poesía”. Y así describe más tarde el autor el terrible espectáculo: La noche se ha vuelto naranja. Sobre el negro telón de fondo se disparan llamaradas azules, violetas, de púrpuras ígneos en la medida en que el fuego se va apropiando de sustancias que cambian su coloración. Azul si es alcohol, naranja cuando alcanza los barriles de manteca.

Los capítulos XI y XIII narran las peripecias de la huida de Banes en el mismo Cadillac (ahora propiedad de un chofer de alquiler) en el que vino la madre desde La Habana cuando, ilusionada con la incipiente revolución, participó como maestra en la campaña de alfabetización. Esta fuga sucede durante un carnaval idéntico al del comienzo del libro.

El capítulo XII, intercalado entre los dos relatos anteriores, se desarrolla en La Habana durante la concentración pública del primero de mayo y en medio de la habitual estridencia de los himnos, las consignas y el discurso de Fidel Castro (Mancha de Plátano), nombrete que sólo los de Banes conocían y utilizaban. Es el día en que la madre y el hijo van a abandonar el país, después de mil afrentas y contratiempos. La última de las dificultades (nunca es la última en esa clase de regímenes): ¿cómo llegar al aeropuerto de Rancho Boyeros en un día en que el transporte y las vías de comunicación están abarrotadas? Y después, ya en la terminal aérea, la angustia ante la posibilidad de que un error en algún documento (o su falta) les impida acceder a la famosa “pecera”, el salón en el que, después de la revisión final, esperan los que ya han sido autorizados a viajar. Zozobra que se une a la tristeza de dejar atrás parte de la vida y también a familiares y amistades que posiblemente nunca se volverán a ver. No debe haber otro aeropuerto en el mundo donde se hayan vertido más lágrimas que en el de La Habana. La gente ha ido dejando ahí un mar de llantos por separaciones definitivas, renuncias, dolores, recuerdos, miedos. Jerusalén tiene su muro de lamentaciones, esta ciudad, una pared de cristal hecha de sollozos.

En ese momento, un indescriptible estado de ansiedad se apodera de los viajeros. Después de tantos trámites y peligros, la decisión de un burócrata será lo que les impida o permita abandonar definitivamente la Isla, esa isla que a fuerza de llorar, la isla se vuelve más isla porque de tanta lágrima le crece más y más el mar que la separa de otras tierras.

Fugas es una interesante y amena novela escrita en París, donde reside el autor. Aunque la trama se centra en conflictos familiares y desarraigos físicos y sentimentales, Cuba y las dos primeras décadas del castrismo están vívidamente reflejadas en sus páginas.


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