Actualizado: 12/07/2024 0:11
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Coyula, Cine, Arte 7

Genética, ideología y la búsqueda del rebaño perfecto

Corazón Azul es un filme que no puede ser contado en palabras, porque, como buen cine, hay que verlo

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“La especie humana puede ser regulada”, nos dice Fidel Castro en un discurso poco antes de tener que abandonar el control directo del poder. Nos anuncia, de manera ominosa, el inicio de una serie de experimentos genéticos dirigidos a construir, finalmente, el elusivo Hombre Nuevo. Va a poner en práctica los descubrimientos del científico americano Nicholas Fredersen, el DNA21.

Pero Castro nunca habla sin tener lo que piensa que es cierto conocimiento de causa. Los experimentos ya llevan años ocurriendo en la isla y los resultados no son exactamente los esperados.

En un momento en el cual se descubren yacimientos de petróleo en la isla, estos engendros de laboratorio, de alguna manera han cobrado humanidad, se vuelven independientes, aterrorizan la ciudad y son activamente buscados por las autoridades mientras ellos andan en busca de sí mismos, de los recuerdos y las familias que les fueron negados.

Un periodista que se interesa por el caso, desaparece, Elena una mujer enigmática que se va mostrando paulatinamente en la pantalla, anda en busca de su identidad. Y David, el hijo del periodista, trata de revivir sus instintos y de realizarse como artista plástico. Hay un ambiente de persecución y de clandestinaje que permea toda la narración hasta el final.

Corazón Azul es un filme que no puede ser contado en palabras, porque, como buen cine, hay que verlo. Su fuerza radica en la imagen y la edición de las mismas. La narrativa está generalmente contada subjetivamente por varios personajes que conforman un arco dramático que nunca se cierra, sino que se mantiene abierto a diversos niveles de lectura. Es un filme que requiere de un espectador activo.

Hay un ambiente de persecución constante. Salvar al socialismo tropical mediante la ingeniería genética ha resultado un proyecto imposible y hay que cazar a la creación, porque son los emisarios de la imperfección, que es lo que nos hace humanos, quizá por poseer ese gen del libre albedrío que no se ha podido aislar. Todo esto queda subrayado magistralmente en imágenes, cuando en muchas secuencias no solamente vemos la visión subjetiva de los personajes, sino que muy borrosa, se ve, como en un reflejo especular, la imagen de los persecutores. Podemos ver varias visiones subjetivas a la vez.

Miguel Coyula (La Habana, 1977), es un cineasta especial y probablemente imposible de replicar. Realizó su primer largometraje de ficción Red Cockroaches (2003) entre Cuba y Estados Unidos, con actores americanos y hablado en inglés. Es un filme poco visto, hecho con un presupuesto mínimo y que se ha convertido en objeto de culto. Luego filmó Memorias del desarrollo (2010), con locaciones en cinco países, también en inglés y en español, basado en la novela de Edmundo Pérez Desnoes, y le tomó cinco años hacerlo. En 2017 hizo el documental Nadie, centrado en la figura del difunto poeta Rafael Alcides y ahora aparece con Corazón Azul, que le llevó diez años realizar.

Coyula es responsable del guion, la fotografía, la edición, la dirección y también actúa brevemente. No suelo explicar en mis críticas las vicisitudes que pasa un cineasta para realizar su obra, pues la obra de arte es, lo que se ve, da igual cómo se llegó a ella, pero en este caso vale la pena señalar que Coyula tuvo que realizar este filme con un presupuesto mínimo y a pesar del Estado cubano, cuyo único interés era obstaculizar la realización. Problemas con actores que dejaron de participar por miedo, dificultades en encontrar locaciones, falta de materiales y muchas otras cosas, fueron vencidas con imaginación. Coyula hace un trabajo de digitalización visual increíble. Este es un filme que honra la máxima de Orson Welles de que “lo mejor de un filme es lo que queda en el piso del cuarto de edición”.

Forzado a la creatividad, Coyula desarrolla toda su imaginación y muestra un dominio técnico no solamente excelente, sino en función del arte y no del efecto comercial que el público está acostumbrado a ver. Es capaz de usar los recursos técnicos en favor del arte sin compromiso, una obra de arte que no da soluciones, sino que cuestiona la realidad, un arte que evita el facilismo y la politización pedestre.

Evita caer en la gravedad utilizando un humor muy sutil, irreverente, cargado de ironía, lleno de guiños para quien lo pueda avizorar. Sus personajes tienen muchos referentes, incluso a amigos, figuras públicas y hasta personajes de otros filmes suyos (Fredersen es un personaje central de Red Cockroaches).

Los personajes actúan con frugalidad gestual, no dan lugar al dramatismo convencional y a veces recuerdan a los personajes bressonianos. Lynn Cruz encabeza el elenco en el rol de Elena, quien es el personaje central y alrededor del cual gira la mayor parte de la trama. Cumple su papel según las exigencias y mantiene un aura de misterio imprescindible y tiene una fuerte presencia escénica. El resto de los actores cumple bien su cometido, bien controlados por el director. Cruz es además responsable de maquillaje, vestuario y el arte del filme. Si alguien está interesado en saber todas las venturas y desventuras que ocurrieron durante la realización del filme puede remitirse al libro de Cruz Crónica Azul, ganador del premio Franz Kafka de ensayo.

El filme ha sido difícil de distribuir debido a las presiones del gobierno, pero a pesar de todo, ha recibido el premio del Mejor Filme Iberoamericano del Festival de Cine Internacional de Guadalajara. Esta obra muestra a un cineasta independiente en plena posesión de sus habilidades artísticas. Valieron la pena los diez años invertidos en el proyecto.

Corazón Azul (Cuba, 2021). Guion, fotografía y dirección: Miguel Coyula. Con: Lynn Cruz, Carlos Javier Martínez y Héctor Noas. El filme se presentará en streaming entre el 3 al 12 de marzo, paralelo al Festival de Miami, al cual no ha sido invitado.


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