Actualizado: 23/09/2019 16:12
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Gory en pantalla

Sobre el documental 'Gory, mención obligatoria', ópera prima del realizador Jorge Moya. Crónica y reincidencias del arte.

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Como bien expresara el ensayista Duanel Díaz en algún texto aparecido en esta publicación, "mejor que ningún género, el documental expresa el espíritu de lo que algunos consideran época romántica de la Revolución". Esta aseveración se extiende al legado que se fue sedimentando en la retina del cinéfilo y más por el nivel de calidad formal que llegaría a alcanzar como género, que por su abrumadora descarga ideológica.

Por ello se explica que luego de haber satisfecho el ímpetu demagógico de los primeros años del castrismo, la corriente documentalista, a tono con el impacto del fracaso del proyecto político y sin ceder en cuota estética, haya asumido la misión alternativa de adentrarse en las aristas antes prohibidas por el censor, redefiniendo su rol antropológico dentro del cine nacional.

Así hemos visto surgir una nueva generación de realizadores independientes, que con o sin formación académica en el campo cinematográfico, han incorporado la documentalística a su quehacer, con la intuitiva destreza adquirida luego de tanta inmersión involuntaria en los metrajes del documental oficialista, devolviendo a cambio un producto emancipado y desmitificador. Esta revisión del documental en torno a la tragedia del castrismo se ha ido extendiendo transoceánica para completar su carácter de antítesis abarcadora.

Empeños loables, sin otro respaldo que alguna que otra contribución benéfica, pero sobre todo con el esfuerzo personal del realizador, han sido generadores de una creciente colección que por su testimonio visceral ya apunta a cuestionar en qué plaza del espectro nacional —y también transnacional— se viene parapetando el auténtico documental dentro del cine cubano.

La propia narrativa

En todo lo anterior meditaba recientemente mientras asistía al estreno de Gory, mención obligatoria, ópera prima del realizador Jorge Moya (1956), bayamés radicado en Nueva York, un singular caso de sensibilidad hacia el arte, quien aun desempeñándose con éxito como diseñador y empresario en el mundo de la publicidad, dedica sistemáticamente tiempo y esfuerzo a la promoción del talento cubano fuera del país. Se ha anotado logros como el proyecto Cuban Art in New York (CANY), que lo definió como uno de los más importantes animadores de la cultura cubana en la diáspora.

Gory, mención obligatoria resulta ser una pieza habilidosamente armada a partir de una modesta logística, pero con un impecable oficio que logra sortear las limitaciones de producción y fundamenta su eficacia en la conjugación de recursos elementales y el sentido estético. Su formato descansa en la propia narrativa de Gory, quien va condensando años de prolífera trayectoria vinculada a sucesos puntuales del acontecer sociocultural de aquella bohemia de finales de los setenta y transcurso de los ochenta que protagonizara la gran sacudida del canon artístico en la Isla.

El relato parsimonioso de Gory es ilustrado con abundante muestra gráfica de su cosecha en distintas etapas, acompañada de una cuidadosa banda sonora donde se mezclan inteligentemente el sonido ambiental, las pausas silenciosas y la voz del artista reseñando lo episódico; mientras se alterna con la inserción de la música preferida de Gory, o con la lectura de los poemas de Lucía Ballester, su entrañable compañera, y la catártica participación interpretativa de Adrián, el hijo músico. En cada secuencia, el performance auditivo es el que marca cadencia e intensidad, reforzando la carga emocional del discurso.

Lo más encomiable del documentalista —y lo que le consagra en este caso— radica en su capacidad de subordinar toda la dinámica creativa al temperamento biografiado, apropiándose incluso de la mística del extraordinario manipulador de imágenes para mimetizarla en cada fotograma. Colores, contrastes, encuadres, ángulos y edición son puestos en función de la casi simbiosis con el espíritu del artista, haciendo inevitable la empatía con la identidad cordial y vigorosa del Gory que se aprecia en pantalla.

En toda su circunstancia

Hay elementos del documental que no deben dejarse de mencionar. En primer lugar, aunque se trata de un proyecto destinado a expresar lo singular en la personalidad del artista cultivado, el realizador capta e incorpora la trascendencia del entorno familiar en la sicología del creador. Gory es presentado en toda su circunstancia, es decir, como ser sensitivo coherente con su rol afectivo.

Moya se percata de que la familia aquí funciona, más allá de la convivencia amorosa, como taller laborioso e inspirado donde la musa es pan que se comparte. Exaltar ese contexto racionalmente estable sobre tanta crisis en la familia cubana es un acierto del olfato fílmico de Moya. Es el testimonio conmovedor de un valor ético —actualmente al borde de la arqueología— que logra calar profundamente en el público.

Otro dato interesante a señalar es que en su relato Gory asume involuntariamente un tono persistente de crónica postsocialista. Ese aire forense que le aporta al recuento aglutina al espectador exiliado bajo un aura de humor y reflexión sobre un pasado virtualmente postmortem. Cada observador que asiste al documental y ha pasado por experiencias afines como desplazado, posiblemente desplegará su propio monólogo, aunque sea mentalmente.

Indiscutiblemente, Gory, como tantos otros relevantes creadores que han sido soslayados por el oficialismo cultural en la Isla tras su partida, era merecedor de este acercamiento biográfico, tanto por su calidad humana como por esa inmensa obra que ha acumulado, la cual en algún momento se proyectara como paradigma contraideológico en el marco de un establishment abrumadoramente politizado y que hoy, ya formando parte de un legado privilegiadamente libre, continúa explorando motivos inéditos.

El hecho de que la aproximación consistiera en un documental sobre un artífice de la imagen, de seguro debe haber significado un reto para el realizador. Se hace inevitable pensar en términos de competencia visual. Pero Moya lo resolvió de modo simple. Destapó el Gory de adentro y aprovechó aplicadamente el Gory de afuera.

Con tan prometedor resultado, el realizador ingresa al reducido grupo de rescatistas que como Ricardo Vega y Ernesto García intentan documentar el itinerario cultural del exilio.

Por esa significación, y junto al hecho de reivindicar con profesionalismo una obra de mención obligatoria en el panorama del arte visual contemporáneo, la pieza de Moya se convierte en un caso de reincidencia estética que puede dejar perplejo a más de un crítico que habitualmente aguardaría una mano experimentada tras la realización. Otra evidencia más para demostrar que el error de la crítica es más común de lo que se cree, mientras que, en lo de crear, el talento tiene la potestad absoluta.


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'Gory: mención obligatoria'

Tráiler del documental.

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