Actualizado: 20/07/2018 16:13
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Literatura, Literatura cubana, Poesía

Hernández Echerri y las «Brisas de Cuba»

En una celda trinitaria, con una condena a muerte encima de sus pocos años de vida, el poeta dedica versos a sus amigos y a la patria; a maestros como Heredia y la Avellaneda; a Colón, el navegante; y también al ajiaco

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Fernando Hernández Echerri es un poeta desconocido. Más allá de los que llevan el legado trinitario a cuesta, los que creen útil mirar al pasado como blasón de futuro, los que han mirado someramente, esos pocos y menguados libros de la historia trinitaria, muy pocos conocen su vida: otra más entregada a la independencia de Cuba.

En el poema nacional cubano, donde todo poeta que se precie pretende estar, aquel donde Heredia puso el primer verso, él, si hablamos con justeza, quizá no quepa por sus versos, estrofas que pretenden ser lo que es: la expresión de un corazón puro y llano, esa sencillez tan clara y proclive al siglo XIX.

Él estaría en el zaguán del poema junto a tantos otros que la vida no les alcanzó para hacer poesía lírica e hicieron vital.

Tiene Trinidad una manía por la historia muy peculiar, allí ha estado en el ambiente ese prurito por conservar el legado, mantener esa estampa de ciudad colonial que la lejanía, la pobreza, las migraciones de las familias pudientes posibilitaron al dejar la vieja ciudad empobrecida a merced del gobierno de turno, del caudillo local o nacional.

A esos soleros sobrevivió la ciudad, catalogada Patrimonio de la Humanidad, un título que le aporta un ribete más a la postal turística que es hoy y pervive ese orgullo por el pasado, por las raíces, y no existe pregunta más frecuente a un recién llegado que la referida al árbol genealógico, obsesión por hallar algo de ese patrimonio perdido en los tiempos; como si se añorara el regreso del benjamín de una de esas familias patricias ya idas y no la morralla habitual en las temporadas altas o bajas del turismo.

El poemario Brisas de Cuba permite acercarnos a unos versos escritos en el momento último, postrero podría escribir, adjetivo tan romántico.

Se dice que Fernando Hernández Echerri, en la celda trinitaria, con una condena a muerte encima de sus pocos años, con varios intentos de la oficialidad española con hacerlo cambiar de parecer, proponiéndole delaciones a cambio de perdones y otras lindezas tan propias de las dictaduras, se entrega a la escritura de algunos de esos poemas.

Había regresado de la Habana y abandonado su profesión de maestro para organizar junto a Isidoro Armenteros y otros valientes trinitarios, una sublevación que secundaría la del Camagüey, ambas fracasan. Es 1851.

Estaban los trinitarios inspirados en el ejemplo de Narciso López, venezolano, y general español que había pasado unos años en Trinidad y allí fomentó sin ambages un auge independentista. Regó la pólvora, y entre el resentimiento al Gobierno, la masonería y los pensamientos afrancesados surgió el levantamiento al amparo de un carnaval, algo cíclico en nuestra historia.

Brisas de Cuba tiene su flamante impresión en formato de libro hace muy poco[1]. Sale a la luz bajo el sello Ediciones Sed de Belleza, radicado en Santa Clara. El texto, después de desandar en archivos particulares es entregado a principios del siglo XX a Francisco de Paula Coronado, bibliógrafo emblemático y secretario de la Academia de Historia de Cuba, ocupó también la dirección de la Biblioteca Nacional. Realiza una limitada edición que fue a parar, junto a los valiosos fondos editoriales de Paula Coronado, a la biblioteca de la Universidad Central Marta Abreu de las Villas.

El crítico y editor Yansert Fraga realiza la edición anotada del texto, y con esa labor se rescata la colección de poesía del héroe trinitario que hasta la fecha era mera referencia para estudiosos y obsesos de Trinidad.

La edición del libro incluye un anexo con las proclamas del levantamiento trinitario del que fue uno de organizadores el poeta Echerri: son las conocidas “Proclamas de Güinía de Miranda”, redactadas por él. Además, una carta de la madre de Echerri a la viuda de Isidoro Armenteros, ante la solicitud de esta última de escuchar su criterio ante la disyuntiva de casarse.

Muchos de los poemas son composiciones de un bardo en crecimiento poético, en otros se aprecia ya una voz potente e íntima, con pleno dominio de los recursos; varios poemas son de ocasión, de afectos, dedicados a amigos, a la patria, a maestros como Heredia o Gertrudis Gómez de Avellaneda o a Colón.

En la colección hay uno central, dedicado a la madre: emblema de heroísmo para la cultura trinitaria, si de madres corajudas hablamos y con una dignidad a prueba de balas. Existe un anecdotario fabuloso sobre ambos, casi leyendas recogidas por estudiosos de la talla de Bachiller y Morales. Selecciono tres estrofas que son un augurio de las penas que les sobrevinieron:

¡Madre del corazón! ¿Do fue la calma
que inocente gozara cuando niño,
cuando tranquila palpitaba el alma
de tu amor arrullaba y tu cariño?

Entonces, ¡ay!, ajeno a los dolores
mi vida entre el placer se deslizaba,
y venturoso porvenir de amores
a tu lado felice columbraba.

Y ahora, madre, ¿do hallará consuelo
el triste corazón despedazado,
y por do quiera desventura y duelo
y penas mil le asaltan lacerado?[2]

Es un poema familiar, un arrullo al centro de amor y respeto que se profesaban, un susurro tantas veces repetido en la raíz de la cultura cubana: eco de dolor que no cesa.

Deseo terminar este texto citando otro poema del libro, este de signo distinto: versos por los cuales tengo especial simpatía, filiación de bando, añoranza. Es un bello poema gastronómico del que quizá Fernando Ortiz nunca tuviera noticias, aunque hubiera deseado conocerlo:

El ajiaco

A mi amigo Dn. Manuel de P. y R.

Canten otros los hechos y las glorias
de los héroes sublimes de la tierra,
que altas hazañas e ínclitas victorias
alcanzaron valientes en la guerra;

pulse la lira de entusiasmo lleno,
entonando dulcísimas canciones,
el que alumno de Baco y de Sileno
a menudo les hace libaciones;

llore el vate cantando la hermosura
y los desvíos de una cruel trigueña,
que poco de él a la verdad se cura,
y sus versacos sin piedad desdeña;

y cante cada cual lo que más quiera,
este a Venus hermosa, el otro a Baco;
que yo inspirado por igual manera
cantaré los placeres del ajiaco.

Un ajiaco, en verdad, Manuel amigo,
me inunda de placer y de contento,
a bien que tú lo sabes, pues contigo
no pocas veces celebré su invento.

En ígneas letras la imparcial historia
(así digo entremí cuando me atraco)
debió grabar eterna la memoria
del inventor sublime del ajiaco.

Fue sin disputa un fraile franciscano
reverendo gastrónomo y goloso,
quien dotado de genio soberano
este guiso compuso deleitoso.

Yo de mí sé decir, que a fuer de criollo,
cuando una fuente con ajiaco miro,
desecho la perdiz, repugno el pollo,
y de entusiasmo celestial suspiro.

Al pan, prefiero el plátano sabroso;
a la papa, el boniato apetecido,
y el sabor de la yuca delicioso
fuerzas le da a mi espíritu abatido.

También la calabaza, que amarilla,
bella se ostenta entre las viandas sanas,
si desganado estoy… ¡oh maravilla!
aguza mi apetito, abre mis ganas.

Estas viandas, Manuel, que en nuestros lares
nos da lujoso el trópico fecundo,
no se encuentran allende de los mares
en las riberas del antiguo mundo.

Salutíferas son: dan fuerza y vida
al labriego de Cuba laborioso,
cuando del sol la lumbre enrojecida
le hace buscar su albergue delicioso.

Ellas forman sabroso y regalado
el ajiaco de Cuba nutritivo,
que al cuerpo flojo ya debilitado,
le vuelve la salud, le torna activo.

Ajiaco come el párvulo inocente,
y se cría sanísimo y rollizo;
y aumenta de la virgen igualmente
un buen ajiaco la beldad y hechizo.

No hace mucho mi abuela me contaba
que allá en su tiempo, si un enfermo había,
con el caldo de ajiaco se curaba
y largos años en salud vivía.

No sufrieron jamás nuestros mayores,
aunque tuviesen recia calentura,
de la dieta moderna los rigores,
y así llegaban a una edad madura.

Yo que ajiaco no más he manducado
desde el columbio de la tierra cuna,
estoy, Manuel, aquí desesperado,
lamentando el rigor de la fortuna;

y pasando mis horas tristemente,
pues me encuentro en la Habana deshambrido,
anhelando comer ardientemente
de tasajo con viandas un cocido.

Feliz un tiempo, cuando Dios quería,
juntos los dos, ajiaco devorando,
suave mi vida y plácida corría
a la orilla del Táyaba cantando.

Sí, querido Manuel, te hablo sincero,
aquí abundan mil guisos exquisitos,
pero yo soy de allá, y a ellos prefiero
un ajiaco de puerco con bollitos.

¡Con gusto, Manuel, con qué alegría
yo me soplara, respirando apenas,
un jícaro de caldo, que sería
bálsamo dulce a mis amargas penas!

Pero caldo de ajiaco, que estuviera
de limón algún tanto pasadito
y que fufú de plátanos tuviera,
y cazabe también, y ají chiquito.

Nunca el tasajo olvidaré curado,
que tan gustoso al paladar hacía
aquel ¡ay! sabrosísimo arropado
que tantas veces junto a ti comía.

No es para mí la Habana; aquí no encuentro
el ajiaco sabroso y regalado
que devorar solía en tierra-adentro,
a la orilla del Táyaba sentado.

Pues la verdad diciéndote sincero,
aunque hay aquí mil guisos exquisitos,
a ellos, Manuel, de corazón prefiero
un ajiaco de puerco con bollitos.[3]


[1] El año signado en el colofón no se corresponde con su impresión.

[2] Fernando Hernández Echerri, Brisas de Cuba, Ediciones Sed de Belleza, Santa Clara, Cuba, pp. 86-87, 2015.

[3] Ibíd., pp. 90-94, 2015.


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