Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Narrativa, Cine, Arte 7

Historia de cine en Cuba

Capítulo inicial de un libro inédito

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—Salvaste la revista —me dijo Alberto pocos días después.

—Fidel vio tu artículo y le pareció muy bueno. Salvaste la revista.

Lo miré entre asombrado y orgulloso. Algo me decía que la noticia no era tan buena. Pese a la sonrisa y la insistencia en hacerme creer que ahora sí estábamos salvados.

Luego del homenaje a Valdés Rodríguez, Alberto estuvo perdido un día, sin que ninguno de nosotros supiera donde estaba.

—Tuve una larga conversación con Fidel. ¿Sabes lo que le llamó la atención? Lo bueno que es el papel en que hacemos la revista. ¿De dónde sacan este papel tan bueno? —decía Alberto que le había preguntado Fidel.

—Vamos a tener cierto reconocimiento oficial. Muchas veces, desde el comienzo, les dije a todos que ustedes eran los verdaderos dueños de la revista, que yo sólo era un mediador —seguía diciendo Alberto, y a mi aún no me parecía tan maravillosa la noticia.

—Si estuviéramos en el capitalismo, podría decir que mi labor se limitó a ser el editor de la revista. Mi función fue la de echar a andar el proyecto. A partir de ahora, ustedes van a andar solos. Cada vez más. Ya no les hago falta. Me voy a ir retirando del asunto poco a poco.

A cada momento que pasaba, aquella buena noticia me parecía peor. Y eso que era Alberto quien la anunciaba.

—Pero Alberto, sin ti nosotros no somos nada.

Lo dije sin dudar, aunque pensaba que la revista era de nosotros. Creía en eso más que Alberto, que era quien siempre lo decía. No lo hice por guataquearía y tampoco por ocultar que me encantaba imaginar el día en que al fin la revista quedara en nuestras manos. Lo dije porque sabía que era imposible que nosotros pudiéramos seguir editándola, que todavía la impresión se realizaba en lugares ajenos a la Universidad, que sin Alberto nadie nos iba a hacer caso.

—La revista es de la Universidad y ésta tiene que asumirla a plenitud. A su debido tiempo, eso va a quedar bien claro. Se va a realizar un encuentro con el rector. Se van a definir todas las cosas. La revista es de ustedes. Voy a reunirme con cada uno de ustedes, como ahora hago contigo. Quizá mi nombre aparezca en el machón por uno o dos números más. Luego lo voy a retirar. La revista es de ustedes. Mi misión ha terminado.

Alberto seguía hablando y la cosa no cuadraba. Entonces me di cuenta de lo que faltaba. El entusiasmo. Hasta ayer, Alberto era el más entusiasta. Ahora hablaba y decía una vez más que la revista era de nosotros, pero lo decía sin entusiasmo. Algo había pasado. Algo que no conocía. Algo que le obligaba a retirarse.

No era así como ocurrían las cosas en Cuba. Las cosas que se sabía que pasaban. Si Fidel volvía a nombrar ministro o director de algo a Alberto, ¿por qué no lo decía claro? Pensé que Alberto me traicionaba al ocultar la verdad.

Era mejor escuchar: “Paso a ocupar otras funciones, asignadas por Fidel y el Partido”.

Pero no era una frase así lo que acababa de oír. Lo que seguía oyendo aquel mediodía de principios de la década del setenta en La Habana.

—Pero Alberto, sin ti el ICAIC va a caernos arriba, como han hecho desde el principio. Tú eres el único que ha logrado impedir que nos hagan polvo.

—No va a ser a así. Ellos van a tener que aguantarse, porque eso también salió a relucir en la conversación con Fidel. Por supuesto que Alfredo ha estado intrigando. Pero a ustedes van a respetarlos de ahora en adelante, porque representan a la Universidad. Eso sí, van a tener que ser más cuidadosos que nunca. No puede aparecer nada en la revista que le sirva a Alfredo de pretexto para destruirla. Hay que tener cuidado en no incluir nada que le de pie al ICAIC para hablar mal del grupo. Ninguna crítica ni comentario de alguien que se haya ido.

Cuando Alberto encendió otro cigarrillo —y dejó de preocuparle el que yo viera que lo que decía lo decía sin entusiasmo— fue cuando me di cuenta que aún faltaba por venir lo peor. Lo que le preocupaba más que cualquier otra cosa. Porque lo que es a mí, desde que empezó la conversación me preocupaba todo.

—Nada de Guillermito, porque entonces sí el ICAIC los hace polvo, como tú dices.

Conocía lo ocurrido con los comentarios publicados en la página dedicada a Sangre Sobre la Tierra, en el folleto que acompañó al ciclo de El Racismo en el Cine, presentado en la Cinemateca antes de mi llegada al grupo. Quienes participaron en la elaboración del material habían estado de acuerdo en incluir varios párrafos de la crónica de Guillermo Cabrera Infante, por considerar que era el mejor análisis —e incluso el más de izquierda— que se había escrito sobre la película durante su exhibición en Cuba. Se tuvo el cuidado de solo mencionar la revista, Carteles. No bastó. Alfredo le había enviado una carta de protesta al rector, en la que señalaba que en la Universidad se estaba divulgando la obra de un contrarrevolucionario.

—Si es Cabrera Infante, siempre omitimos el nombre y ponemos Carteles —dije.

—Nada de Guillermito, ni con el nombre de Carteles. Nada de Guillermito. En eso tenemos que estar claros, porque entonces sí el ICAIC va a tener una oportunidad para destruirlos.

Vi en la advertencia la confirmación de que la noticia no era buena, pese a lo que decía Alberto.

El asombro y el orgullo —que tuve al principio— habían desaparecido por completo. Entonces me di cuenta que era tarde. Tenía que apurarme para entrar a clases. Y me fui sin preguntarle a Alberto dónde se había reunido con Fidel Castro.


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