Actualizado: 19/05/2024 23:18
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Cultura cubana, Arrufat

Hizo de su vida una obra de arte

El poeta y narrador español recuerda la relación amistosa que durante varios años mantuvo con Antón Arrufat, de quien afirma que ahora, en un momento en que el pasado parece inútil, los ratos con él siguen siendo luminosos

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De Antón, el personaje público, aprecié su sentido del juego, entre la ironía y la provocación; era la máscara de otro Antón, el Antón ciudadano, el agitador cultural, el que se interesaba, recibía, conectaba, proyectaba, promovía y animaba. Hoy diríamos que fue un «activista» de la alta cultura. Para sus amigos, invitados y admiradores, creó un mundo, un universo propio, no renunció a hacer de su vida una obra de arte. A través del lenguaje cotidiano, de las bromas y los chismes, transmitía una ciudad distinta; mostraba, dando ejemplo, cómo crear un mundo eligiendo las palabras que lo hacen posible.

Cada persona, cada maestro, tiene su sombra (si no, no sería un verdadero maestro, no sería humano sino proyección de sus discípulos). La sombra de Arrufat, como su propio nombre indica, era el orgullo. Para cualquiera que revise su biografía desde los años 30 del siglo XX, la cuestión sería, ¿qué otro vicio podría haberle resultado más útil para cumplir con su obra en condiciones tan diversas como adversas?

Pero estas consideraciones atienden solo a su imagen pública. Tuve la suerte de traspasar —no mucho— esa primera línea de defensa. Una tarde me citó en su casa. Le había dejado veinte o treinta folios de una novela que había comenzado y estaba atascada. Me invitó a sentarme en la mesa del comedor y sacó las páginas que le había dado bordadas en tinta roja cada dos líneas.

Me dijo que no me preocupara, que estaba bien escrito; que, de hecho, así es como se escribía. Pero después, añadió, igual que el constructor, al terminar un edificio, debe retirar el andamiaje que le ayudó a construirlo, el escritor debe retirar todo aquello que no resulta esencial en el texto para descubrir y poner de relieve aquello que se quiere transmitir.

Esa revisión tenía sus trucos y su filosofía: que el lenguaje escrito tiene una fuerza distinta del lenguaje oral y hay que aprender a comprenderla y darle su espacio. El trabajo es parecido a convertir un montón de piedras en una catedral.

Pasamos la tarde discutiendo cada caso, comprendiendo el porqué de cada cambio. Una tarde entera además de la que pasó el día anterior leyendo y corrigiendo. Por amor al arte. Tardé años en asimilar aquella larga sesión de trabajo: cuatro ojos sobre unas mismas cuatro palabras sopesando el orden de aparición más adecuado…

Si Antón, en su versión de personaje público era irónico y mordaz, como persona fue generoso y leal. De aquel vínculo aprendí el compromiso con mi propia expresión, con mi propia voz, con mi propio criterio. Él me hizo leer a Proust, los siete tomos en once meses.

Además del personaje y del Antón más cercano y comprometido; además del maestro y transmisor de una tradición literaria, hay también un Antón autor: el que se presenta a través de sus obras, modelo de búsqueda y perfeccionamiento interior, tal como apuntan sus dos últimos libros de poemas, tras La huella en la arena. En su literatura, en su voz, siempre regresa la invitación a habitar una Cuba intemporal, una Cuba esencial.

Diría que mi aprendizaje con él se produjo en los más de 50 paseos que debimos dar juntos por La Habana a lo largo de cinco años, en los que publicaría sus Ejercicios para hacer de la esterilidad virtud (título que surgió jugando sobre otro título previo menos afortunado, que yo llevé al delirio y Antón recuperó como válido); los libros de poemas Lirios sobre un fondo de espadas y El viejo carpintero y la novela La noche del aguafiestas. Pero en aquellas conversaciones callejeras, en aquel aprendizaje peripatético lo que se oía era la vibración constante de la unión de contrarios. Antón parecía caminar La Habana Vieja con un libro de Tácito en la mano izquierda y otro de Epicuro en la derecha.

De todo eso querría escribir con calma. También de cómo esa influencia socrática está presente en La noche del aguafiestas y de cómo Lirios sobre un fondo de espadas, que él calificó como su mejor libro de poemas, habla del cuidado de sí, del mejoramiento interno a través de la tradición de la caballería andante. Mientras El viejo carpintero (para mí su mejor poemario), lo hace desde la visión más modesta del artesano, de su relación con el aprendiz en el marco de una tradición gremial que transmite sus secretos de generación en generación, convencido de que la atención que requiere la artesanía es la que conviene al arte.

Pese a que terminamos sin hablarnos, le guardo un gran afecto. El tiempo que pasamos juntos fue auténtico, no hubo pose, fue una amistad clara. Poca gente me ha leído con su inteligencia y su sensibilidad. Aprendí a leer mi prosa con él. Y ahora, en un momento en que el pasado parece inútil, los ratos con Antón siguen siendo luminosos.


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