Actualizado: 17/05/2022 17:16
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Literatura, Poesía

Homenaje al poeta Heriberto Hernández Medina

Heriberto Hernández Medina formó parte del destacado grupo de poetas que se dio a conocer en Cuba en la década de 1980

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Heriberto Hernández Medina nació en 1964 en Camajuaní, un pueblo pequeño, triste, de la actual provincial de Villa Clara. Heriberto superó el fatalismo geográfico de haber nacido en aquel pueblo, y de haber nacido en mal época en Cuba. Cuando lo conocí, a mediados de la década de 1980, lo apodé el Vikingo, por su estatura sobresaliente, su complexión fuerte, su piel muy blanca y el cabello claro.

Formó parte del destacado grupo de poetas que se dio a conocer en la Isla en dicha década. Fue iconoclasta tanto en su vida como en su obra, de valer sobresaliente. Fue iconoclasta, decía; lo fue en grado sumo cuando nunca se dejó doblegar por los fetiches castristas tanto en su provincia natal, como en Matanzas —donde vivió antes de marcharse de su país— como en Cuba toda. Creo que está de más decir que para ser iconoclasta, para manifestarse como tal, hay que ser valiente. De modo que él lo era, soy testigo de no pocos lances en que demostró que sí lo era.

Quiero utilizar esta línea toda para decir que era solidario.

La poesía de Heriberto Hernández Medina es de gran cadencia, de verso esbelto y de singular polisemia. Domina de manera sobresaliente diferentes moldes estróficos; dicho sea en su honor, sería muy raro hallarle una rima forzada. Su poesía resulta en cierto intimismo, en un intimismo que trasciende hacia el lector, quien así la intimiza. Es el poeta que ha dicho: “La verdad no es el vuelo del pájaro, es el plumaje penetrando la ambigüedad del canto como un pequeño ruido acuchillado en el vacío del pecho”. Entre sus libros destaco La patria del espejo, Los frutos del vacío y Verdades como templos.

Cuando estuve por primera vez en Miami, en noviembre de 2003, Heriberto me buscó; hablamos mucho, me relató sobre su salida de Cuba y sus malos y buenos momentos en Perú, donde vivió antes de trasladarse a Miami. En aquel periplo comprobé una vez más que él, por momentos, mostraba esa inocencia que solo los hombres inteligentes, inteligentes y de buena fe, poseen.

Luego he venido a Miami con cierta frecuencia y siempre ha sido Heriberto de los primeros amigos con que me he encontrado. Disfrutaba mucho yo de su optimismo, su vehemencia por momentos, su inteligencia arrasadora. Y en cada visita fui comprobando que era uno de esos hombres que, en la medida en que pasa el tiempo, se pulen como seres humanos. Su pensamiento incluyente, su tolerancia para los que no pensaban igual que él, su sentido de la justicia fuera de las pasiones que obnubilan, eran otros de los hechos que me nutrían en mis encuentros con el poeta.

Estoy en Miami hace unos días. Debí cumplir deberes y obligaciones que, esta vez, la única, no me permitieron llamar a Heriberto hasta ayer. Cuando lo hice, en la mañana, me salió su mensaje grabado. En la tarde me llegó la terrible noticia. Heriberto Hernández Medina había muerto —solo ayer se supo—, de mano propia, según se afirma hasta ahora.

Perdimos a un buen hombre, un gran amigo, un excelente poeta. Perdonen la obviedad: Todo esto nos falta hoy.


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