Actualizado: 07/12/2022 17:02
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CON OJOS DE LECTOR

Homenaje al primo hermano del café

A contracorriente de la campaña antitabaco, Reynaldo González recorre con erudición y espíritu festivo las aventuras de nuestro popular y cotizado habano.

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"Ni tabaquismo ni antitabaquismo, extremos que se tocan. Me propongo una tarea ardua pero placentera: seguir las aventuras de Don Habano, uno de los más intrépidos diablillos de la experiencia del hombre sobre la tierra. En estas páginas se entrecruzan episodios que tienen por protagonistas a descubridores de América y frailes de aldeas, dignatarios, papas, artistas, piratas, rameras, filósofos, verdugos, aspirantes a santos y, sobre todo, cosecheros, artesanos y la multitud de fumadores que ha tenido el tabaco como compañía. Soy el primer asombrado de las peripecias de Don Habano, ante cuya audacia me inclino".

Con estas palabras, una declaración de principios a la cual da debido cumplimiento, presenta Reynaldo González (Ciego de Ávila, 1940) la segunda edición de El bello habano. Biografía íntima del tabaco (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2004, 271 páginas). Y digo segunda, porque existía ya una de 1998, realizada en España por la Editorial Ikusager. Llevaba un prólogo del novelista Manuel Vázquez Montalbán, que se reproduce en la que aquí reseño. Ésta, por cierto, además de haber sido revisada y ampliada por el autor, supera a la anterior por la calidad del diseño, un mérito que corresponde a Francisco Masvidal.

Tal como adelanta en el texto introductorio, González rehúsa tomar partido en la batalla campal que actualmente se libra entre quienes reivindican y defienden el placer de fumar y aquellos que lo demonizan por afectar la salud a largo plazo. Opta por abstenerse de tomar parte en la polémica y no se adscribe a ninguno de los bandos. Probablemente consideró que asumir una postura comedida era lo más inteligente para poder rendir este homenaje al amigo que lo acompañó durante catorce años que viene a ser su libro (en una presentación pública del mismo, González confesó que aunque hace mucho abandonó el hábito, de vez en cuando echa su humareda).

González advierte también que no debe esperarse que siga en su libro un relato cronológico, pues significaría contradecir la naturaleza del biografiado. Prefiere por eso seguir sus pasos, avances y retrocesos a modo de zig-zag. En realidad, su pesquisa tras el andariego Don Habano, a lo largo de casi cinco siglos en los cuales se mueve por las rutas y geografías más insólitas, no se aparta mucho del orden en que los hechos ocurrieron. Sólo que su recuento está concebido a partir de un criterio totalizador, lo cual lo lleva a analizar el hábito de fumar como un fenómeno cultural en sí mismo, que además ha tenido una presencia permanente en las principales manifestaciones de la otra cultura.

En El bello habano hallamos así no sólo una sólida documentación histórica, sino también páginas que se apoyan en referencias tomadas de la economía, el folclor, la literatura, la religión, la música. González sustenta su investigación en una bibliografía que posee más de ochenta títulos, y lo primero que hay que reconocerle es el buen uso que ha sabido hacer de ella. Vázquez Montalbán alude a ello en términos elogiosos, y expresa que esa lista recogida al final del libro va desde estudios fundamentales sobre el papel del tabaco en la conformación de la entidad económica y humana de Cuba, como lo es el Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar de Fernando Ortiz, hasta un copioso muestrario de los registros que ha tenido el tabaco en las obras de autores como Antón Chéjov, Lord Byron, Balzac, Mallarmé, García Lorca y José Martí, entre muchos otros.


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