Actualizado: 22/02/2024 21:06
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Teatro

Hubo una vez en La Habana un Teatro Musical

Un documental indaga en las razones por las cuales fue cerrado, hace ya más de veinte años, un grupo cuyos montajes lograron una gran popularidad entre los espectadores capitalinos

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Un buen modo de iniciar este trabajo podría ser la frase con la cual tradicionalmente comienzan los cuentos para niños. Solo que en lugar de la conjugación del imperfecto, aquí conviene emplear la del pretérito. Hubo una vez en la capital de Cuba un conjunto llamado Teatro Musical de La Habana (TMH). Funcionó durante unos cuantos años y sus espectáculos alcanzaron una gran aceptación entre los espectadores. Un buen día fue cerrado, sin que hasta hoy se conozcan con certeza las razones. Hoy es uno de los tantos inmuebles de cuyo lento pero indetenible deterioro los habaneros diariamente son testigos.

El TMH tuvo una primera etapa que se extendió de 1959 a 1971. El repertorio de esos años estuvo integrado, por un lado, por obras de autores internacionales como Los novios, La tía de Carlos, Irma la Dulce, Los fantásticos, Tía Meim. De igual modo, hubo una preocupación por estimular a los creadores cubanos, lo cual dio lugar a que se estrenaran títulos como Mi solar, Pato Macho, Música para ojos y orejas, Teatro Loco, Los siete pecados capitales, Las vacas gordas, El apartamento, El encarne. Se recuperaron además obras del género vernáculo (Mefistófeles) y se montaron adaptaciones musicales de textos dramáticos como El vergonzoso en palacio, La Tarumba y Electra Garrigó. En esa etapa trabajaron en el TMH, Humberto Arenal, Tony Taño, Nelson Dorr, Jesús Gregorio, Héctor Quintero, Raúl Oliva, Eduardo Arrocha, José Luis Posada, Alberto Alonso, Tomás Morales, Alden Knight, Mirta Medina, Litico Rodríguez, Asseneh Rodríguez, Nereyda Naranjo, Olivia Belizaire, Zoa Fernández y el mexicano Alfonso Arau, entre muchos otros.

A mediados de 1978, el TMH fue reconstituido y pasó a tener su sede fija en Consulado y Virtudes. La dirección general fue encomendada a Héctor Quintero, quien había ocupado ese puesto durante los dos últimos años de la etapa anterior. En un informe sobre los diez años en los que estuvo al frente del TMH, publicado en el n. 16-17 de la revista Indagación, Quintero anota que el grupo incursionó “en los diferentes estilos del teatro musical, tal y como podemos considerar comedias, dramas y revistas musicales, piezas del teatro vernáculo cubano, variedades, zarzuelas, óperas rock, recitales, conciertos y muestras unipersonales”. En los escenarios de la sala grande (850 lunetas) y el salón Alhambra, con capacidad para un promedio de 80 a 100 espectadores, se presentaron montajes como Lo musical, Roda Viva, La Fornés en el Musical, Decamerón, Esto no tiene nombre, Mi bella dama, Vida y muerte severina, En el viejo varietés, Pachencho vivo o muerto, La verdadera historia de Pedro Navaja, Chorrito de gentesss, El amor no es un sueño de verano. En total, fueron vistos por 649.829 personas, cifra a la que hay que agregar las de las 11 giras nacionales y las representaciones en la extinta República Democrática Alemana. Entre los artistas que trabajaron en el TMH en esa segunda etapa, estuvieron Alicia Bustamante, Zenia Marabal, Nelson Dorr, Mario Aguirre, José Milián, Tomás Morales, Jesús Gregorio, Gladys González, Zoa Fernández, Iván Tenorio, Mikel Sánchez.

En 1988, Quintero dejó la dirección general del grupo. Un año después, el teatro fue cerrado temporalmente por los bomberos, debido a un problema en la instalación eléctrica, y hasta ahora permanece en idéntica situación.

Raúl Daniel, estudiante del Instituto Superior de Arte, en la Facultad de Artes de los Medios de la Comunicación Audiovisual, ha realizado un documental de 25 minutos que indaga en las razones que llevaron al cierre del TMH. Lo tituló Nadie sabe qué pasó, y en él ha recogido los testimonios de cuatro teatristas que, además de tener desde mucho antes vínculos con esa manifestación, tuvieron una importante participación en la segunda etapa del grupo. Son los dramaturgos y directores Héctor Quintero y José Milián, la actriz Zenia Marabal y el director Nelson Dorr.

El documental comienza con una escena del filme La bella del Alhambra, en la cual se ve a Beatriz Valdés cuando interpreta un número musical. Esas imágenes se alternan con otras que muestran el estado actual de lo que fue el TMH. Eso da paso a los primeros testimonios, en los cuales los entrevistados se refieren a sus inicios en esa manifestación. Zenia Marabal comenta que empezó a trabajar en ella en los años 40. E incluso recuerda que en ese mismo sitio, cuando era Teatro Alcázar, actuó en vodeviles musicales con Mario Martínez Casado. Héctor Quintero cuenta que su primer acercamiento se produjo cuando, “con esa osadía de la juventud”, compuso la música para la obra Pato Macho (1966), de su colega Ignacio Gutiérrez. Un par de años después escribió y dirigió con el TMH Los siete pecados capitales, y en 1971 repitió con Los muñecones y Lo musical. Nelson Dorr cuenta que comenzó a hacer teatro musical desde el inicio de su trayectoria artística, y expresa que eso le permitió sentir el pálpito del público y comprobar su satisfacción con ese tipo de espectáculos. Por su parte, José Milián apunta que cuando empezó a escribir teatro, y sin que él supiera por qué, “los personajes de pronto cantaban una canción o bailaban”. Agrega que ya después, cuando estudió en el Seminario de Dramaturgia, comprendió que él necesitaba ese momento musical para decir algo que no podía expresar con palabras.

Quintero y Marabal pasan después a hablar sobre las especificidades y exigencias del teatro musical. El primero lo define como “el compendio más complejo de todas las especialidades de las artes escénicas. De ahí que lo considere como altamente exigente en términos de elaboración artística (…) Hay que actuar, bailar y cantar y por lo menos de las tres, dos de esas manifestaciones hay que hacerlas bien, aunque la tercera sea un poco como un adorno”. Debido a eso, es, comenta Marabal, “un género que no todo el mundo puede hacer, por la sencilla razón de que hay que hacer muchas cosas. Y no todos los actores y actrices tienen esa posibilidad”.

El teatro que más dinero recaudaba en taquilla

Ese tema da pie para que los entrevistados pasen a describir lo que era un día habitual en el TMH. Todos coinciden en que era una jornada de mucho trabajo. Por las mañanas, los integrantes del elenco recibían, de martes a sábado, clases de ballet, danza, pantomima, actuación, canto, además de Filosofía Marxista (este dato no se menciona en el documental, sino que lo he tomado del informe de Quintero que antes cité). Después de un breve descanso para almorzar, empezaban los ensayos de los próximos estrenos y, alrededor de las 4 de la tarde, se repasaban aspectos a corregir en los montajes que se estaban presentando en ese momento, a partir de las notas que el director había tomado durante las funciones. Tras eso, los actores se retiraban a comer algo y al regresar, comenzaban a maquillarse para la presentación de esa noche. Terminaban alrededor de las 12 o 12:30 de la noche. Eso lleva a Milián a comentar: “Yo no entiendo cómo lográbamos hacer tantas cosas en un día”. A lo cual Marabal acota: “Pero era un día feliz”.

Milián recuerda que el TMH mantenía a los demás grupos que entonces existían en la capital, pues de todos era el que más dinero recaudaba en taquilla. Quintero se refiere a la programación, que abarcaba de martes a jueves, en el salón Alhambra, y de viernes a domingo, en la sala grande. Y expresa: “Nos satisface extraordinariamente recordar cómo logramos el lleno absoluto en ambos espacios a lo largo de años. Se trabajaba de una manera incesante, con la vitalidad que da la juventud, y que yo, en mi caso personal, ya no podría repetir”.

En la pantalla aparece una interrogación, ¿Por qué se cerró?, tras la cual los entrevistados tratan de dar respuesta a algo difícilmente explicable. Milián comienza por desmentir la parte de culpa que se le ha querido adjudicar, y que afirma de ningún modo él acepta. De acuerdo a eso, su salida afectó la estabilidad del TMH, pues lo siguieron algunas de las figuras del elenco para incorporarse al Pequeño Teatro de La Habana, el proyecto creado por él. Su argumento para refutarlo es que esas figuras se limitaron a tres o cuatro. La gran mayoría continuó en el TMH, lo mismo que el coro y la orquesta.

Quintero, por su parte, comenta que cuando decidió dejar la dirección general, lo hizo por agotamiento, por estrés y por problemas de índole personal. Asimismo apunta que cree firmemente en “la eficiencia de las cabezas”, y en ese sentido admite que se equivocó al proponer para que lo sustituyese a una persona que no era la idónea para desempeñar esa responsabilidad. El resultado fue que un año después, el local de Consulado y Virtudes se enfrentó a lo que iba a ser un cierre temporal, y que se ha prolongado hasta hoy. Dorr primero y Marabal después, trataron de mantener vivo el elenco, pero debieron hacerlo con las dificultades casi insalvables que significa no contar con una sede fija.

Dorr es quien revela la causa que motivó la clausura del teatro. Aparentemente, todo se debió a tres cables del sistema que conduce la electricidad al escenario. Requerían ser cubiertos, y a falta del material necesario para ello, se utilizó tape. Algo inadmisible de acuerdo a las normas de seguridad de los bomberos, que dispusieron el cierre del inmueble hasta que el problema se solucionara. ¿Tan difícil era que eso se hiciese? Por lo que se ve, sí lo era, pues al cabo de dos décadas y pico sigue sin resolverse, con el añadido de los estragos causados por tantos años de desidia y abandono.

Marabal señala la verdadera causa de lo sucedido con el TMH: “Lo cerró alguien sin razón ninguna, alguien que ya no está entre nosotros. Pero me parece que fue injusto lo que hizo, porque tanto esa persona como muchas otras de la época, y actualmente también, son un poco enemigas del género”. Dorr critica a quienes asistieron con indiferencia al cierre del teatro, y comenta que se debe a la concepción de que el “teatro metatranca” es el mejor. Con esa expresión se refiere a un teatro en el cual no se entiende nada, y en el que mientras más se retuerzan los actores y menos texto digan, “porque no tienen ni dicción para decirlo”, más intelectual se le considera. Y corrige: “Intelectualoide, diría yo”. Milián va un poco más allá y nombra las causas por su nombre: negligencia, prejuicios, incomprensiones. Coincide con él Quintero, para quien la subestimación del teatro musical perjudicó mucho al grupo, pues esa actitud, según él, se extiende a las esferas especializadas. Al igual que Milián, rechaza la idea de que es una manifestación frívola, y precisa: “El teatro musical por lo general es un género de alegría, pero no siempre. Lo que nosotros hacíamos tenía que ver con lo festivo. Pero y si así fuera, ¿por qué no? Qué cosa más hermosa que darle al ser humano que acude al teatro como espectador, alegría, felicidad, belleza”.

¿Dónde están los artistas del TMH? “Andan diseminados entre otras manifestaciones y el olvido”, responde Quintero. Y Milián: “Perdidos. Algunos se fueron del país. Otros se han muerto. Otros han envejecido, ya no se puede contar con ellos”. A lo cual, Dorr añade: “Otros se fueron a sus casas. Hay una que tira las cartas y vive de ello. Es cartomántica”. Por eso, ante la pregunta de qué le diría a los teatristas jóvenes para animarlos a hacer teatro musical, Milián contesta, con justificado escepticismo: “¿Cómo, dónde, con quién?”.

En los minutos finales del documental, los testimoniantes se refieren a la importancia que tiene en un país como el nuestro la existencia de una compañía y un teatro dedicados al teatro musical. Quintero argumenta que ese género “tiene mucho que ver con la identidad nacional y además está en el gusto de nuestra población”. Dorr afirma que siempre ha considerado que es la forma más directa, más intensa y más cubana de llegar a nuestro público. Milián es, una vez más, el más contundente al expresar su opinión: lo insólito es que a más de cincuenta años de revolución, “a nadie se la haya ocurrido que hay que tener un Teatro Musical, igual que tenemos un Ballet Nacional de Cuba y un Conjunto Folclórico Nacional”.

Aparte de las entrevistas a Zenia Marabal, Héctor Quintero, Nelson Dorr y José Milián, que constituyen el eje central del filme, Raúl Daniel incluyó fotos y escenas de obras. En esas imágenes se pueden ver, entre otros, a Zoa Fernández, Asseneh Rodríguez, Mario Aguirre, Luis Castellanos, Litico Rodríguez, María de los Ángeles Santana, Carlos Moctezuma. Solo es de lamentar que aparezcan sin identificar, pues no se indican los nombres de los artistas, ni tampoco el título de las obras. Por lo demás, es de recibo agradecer a Raúl Daniel y su sus colaboradores (Yuri Boza, edición; Ernesto Herrera, fotografía) por este meritorio y útil trabajo. Su documental viene a recordarnos que en La Habana hubo una vez un Teatro Musical y que hasta hoy nadie sabe por qué fue cerrado.