Actualizado: 13/05/2021 18:11
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Tatuajes, Cine, Arte 7

Identidad, dignidad, refugio político, arte y mercantilismo en tono de novela rosa

Muchos son los temas de importancia que roza este filme, pero siempre regresa a una historia de amor que se va desarrollando como una novelita rosa mala

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Alrededor de 2008, Tim Steiner, el propietario de una tienda de tatuajes en Zurich, recibió una llamada del artista belga Wim Delvoye, conocido por sus controversiales trabajos performáticos y sus tatuajes sobre cerdos vivos, además de una pieza llamada Cloaca, en la cual unos instrumentos replican la función del sistema digestivo y convierten la carne en heces, ofreciéndole comprar su espalda como arte. Delvoye le tatuaría a Steiner un trabajo suyo en la espalda y este tendría que acceder a presentarse en cierto número de exhibiciones anuales. Steiner aceptó de inmediato y en 2008 fue vendido al coleccionista alemán Rik Reinking por 150.00 euros y se estipula que, al morir Steiner, su espalda sera extraida y enmarcada para ser exhibida por todo el mundo.

El filme The Man Who Sold His Skin, que fue finalista al Oscar más reciente, representando a Túnez, se basa en esta historia, pero su directora, Kaouther Ben Hania, decidió ampliar los horizontes temáticos y abarcar asuntos espinosos como los refugiados políticos, las movedizas fronteras entre el arte y el mercantilismo, la identidad y la dignidad y finalmente, el amor. Pero quizá, a larga, quien mucho abarca poco aprieta y este filme ambicioso se queda bastante corto de sus objetivos, aunque es muy interesante.

En la primera secuencia, Sam Ali y Abeer viajan en un tren. La escena sucede en Siria, en 2011, poco antes de las revueltas árabes. Son una pareja de enamorados, pero Abeer esta siendo forzada por la madre a conocer a un diplomático sirio que trabaja en Bélgica. Obviamente Sam Ali, cuya profesión o procedencia social desconocemos, no es aceptado por la familia de Abeer. Pero en medio del viaje ella le confiesa que lo ama y entonces comienzan a bailar en el vagón, los demás pasajeros se le unen y alguien toma videos con el celular. Sam Ali, lleno de felicidad grita: “Esto es una revolución, queremos libertad” y más adelante nos enteramos que cae preso por ello.

La relación entre Abeer y Sam Ali es la trama central de esta película alrededor de la cual se mueven y se manejan los diversos temas. Sam Ali escapa de la cárcel, se encuentra con Abeer, pero esta ya se comprometió con el diplomático. Sam Ali logra refugiarse en el Líbano, donde trabaja en una planta de criar y procesar pollos. Por las noches, se dedica a colarse en recepciones de artistas para poder comer algo.

En una de sus andadas, termina en la exposición de un artista, Godefroi, cuya representante, Soraya, se da cuenta de sus intenciones y de su miseria y le propone darle comida al final de la noche. Sam Ali se retira indignado (prefiere robar a recibir limosna) y Godefroi, ya informado por Soraya, le cae atrás y lo convence de dejarse tatuar la espalda a cambio de participar en varias exhibiciones. Ganará un tercio de lo que se recaude.

Tras aceptar la proposición, Godefroi le tatúa una inmensa visa Schengen, ahora el hombre, un refugiado rechazado por todos los países, puede viajar como obra de arte y como mercancía. La única condición que Sam Ali pone es que lo lleven a vivir a Bélgica, para estar cerca de Abeer. Godefroi lo complace.

Después de este momento el filme toca muchos temas interesantes. De repente aparece un grupo de defensa de los refugiados sirios que quiere denunciar la explotación a la que es sometido Sam Ali y este se niega a colaborar aduciendo que vive en un hotel de cinco estrellas y come bien, que no lo molesten. También se tocan las disputas entre críticos y moralistas sobre dónde comienza el arte y dónde comienza el mercantilismo. Finalmente, Sam Ali es vendido a un coleccionista alemán, que solo le exige que participe en unas cuantas exhibiciones anuales.

Muchos son los temas de importancia que roza el filme, pero siempre regresa a la historia de amor entre Abeer y Sam Ali que se va desarrollando como una mala novelita rosa y echa a perder todo el esfuerzo de la directora por lograr “seriedad” argumental, resultando en un artificio un poco pretencioso. Todo para tratar de llegar a un final donde se salve el amor, la dignidad personal y la identidad.

Este es el segundo largometraje de la tunecina Ben Hania y dirige su propio guion con control absoluto de los temas, aunque por abarcar demasiado deja muchas cosas en el tintero. Su uso de los encuadres, la división de la pantalla y los juegos de espejo resultan muy interesantes, apoyados en la buena fotografía del libanés Christopher Aoun (Capernaum), muy sólida y a veces superior al guion.

Las actuaciones son lo más flojo de la cinta. Yahya Mahayni como Sam Ali y Dea Liane como Abeer, muestran su poca experiencia, resultando estereotípicos y poco convincentes en sus roles. Monica Belluci como Soraya, interpreta un personaje que parece sacado de una mezcla entre Cruela y Maléfica, y el personaje de Godefroi es pura caricatura. Por cierto, que, como un chiste privado, Wim Delvoye aparece en un breve papel como un agente de seguros.

La película tiene bastantes momentos de interés y resulta frustrante que toque tantos temas que no desarrolla. Se rinde ante los peores patrones del cine comercial a medida que avanza.

The Man Who Sold His Skin (Túnez/Francia/Alemania/Turquía/Suecia, 2020) Guion y dirección: Kaouther ben Hania. Director de fotografía: Christopher Aoun. Con: Yahya Mahayni, Dea Liane y Monica Bellucci. De estreno en Hulu.


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