Actualizado: 25/05/2018 18:46
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Literatura brasileña, Literatura, Novela

Inclasificable, original, inteligente

Con una diferencia de pocos años, se han publicado en Argentina, España y México tres traducciones al español de la novela más famosa de Raul Pompeia, una obra de una modernidad pasmosa y profunda

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La literatura más importante, la de mayor riqueza y originalidad de todas las de América Latina, es paradójicamente la que se conoce menos en el resto de esos países. A propósito de ello, Susan Sontag comentó que Brasil puede ser el país más grande del continente, pero “siempre ha sido el más desconocido, considerado por el resto de América del Sur —la América hispanohablante— con una gran dosis de condescendencia e incluso de racismo”. Y añade que “es mucho más probable que un escritor de uno de estos países sepa algo de las literaturas europeas o de la literatura en inglés que de la literatura de Brasil. En cambio, los escritores brasileños conocen perfectamente la literatura hispanoamericana”.

Un hecho reciente que viene a confirmar lo anterior lo es la traducción por primera vez al español de una famosa novela que, incomprensiblemente, había permanecido relegada por más de un siglo. Lo más curioso es que, con pocos años de diferencia, han visto la luz tres versiones distintas en España (Gallo Nero, 2010), México (UNAM, 2012) y Argentina (Colihue, 2015), y que firman, respectivamente, Atalaire, Paula Abramo y Juan Manuel Fernández. Hablo de El Ateneo, de Raul Pompeia, que de acuerdo a la crítica es una de las obras esenciales de la literatura brasileña del siglo XIX y que se ha comparado, en ocasiones, con Memorias póstumas de Blas Cubas, de Machado de Assis. Y esto último ya es decir palabras mayores.

Raul Pompeia, nacido en 1863, solo alcanzó a vivir treinta y dos años. Pertenecía a una familia influyente y a los diez años ingresó en el Colegio Abilio, un internado de gran prestigio, en el cual fundó y redactó un pequeño periódico. Desde muy joven se revelaron sus habilidades y su talento como escritor y dibujante. En 1879 escribió su primera novela, Una tragedia en el Amazonas, y en 1881 se trasladó a São Paulo para cursar la carrera de derecho. En la etapa estudiantil se ganó entre sus profesores la fama de radical, debido a su activa militancia abolicionista y republicana. Colaboró en diarios como O Bohémio, Ça Irá y Diário do Commercio, del cual fue fundador. Fue siempre un hombre de luchas, y eso le ocasionó serios problemas. Hizo un periodismo combativo e idealista, en una época en la que eso se pagaba caro. En los periódicos publicaba columnas incendiarias y caricaturas implacables, que le trajeron numerosas enemistades. Se suicidó el día de Navidad de 1895, con un tiro en el corazón. Según algunos libros, la decisión de quitarse la vida fue resultado de maquinaciones políticas. Otros, en cambio, la atribuyen a haber sido acusado de homosexual por el poeta Olavo Bilac. Póstumamente llegaron a las librerías dos obras de Pompeia, el poemario Canciones sin metro (1900) y la novela La perla de la corona (1962).

El Ateneo apareció por entregas, entre el 18 de abril y el 18 de mayo de 1888, en el diario carioca Gazata de Notícias. Meses más tarde salió como libro, bajo el sello de esa misma empresa tipográfica. Incluía 44 ilustraciones hechas por Pompeia, que se han reproducido en la edición argentina de Colihue. En algunos manuales e historias de la literatura se señala a su autor como introductor del naturalismo en Brasil. Es cierto que incorpora elementos realistas y naturalistas, pero su novela trasciende los límites de esas escuelas gracias a su carácter personal. De hecho, resulta difícil vincularla a los estilos que dominaban en ese período en Brasil. Y respecto al naturalismo, cabe afirmar que lo supera en cuanto a narrativa, estilo e ideología.

En su momento, El Ateneo gozó de un gran éxito y ganó a su autor el ingreso indiscutido en el canon de las letras nacionales. En eso deben haber influido, entre otros valores y hallazgos, su prosa fragmentaria y llena de imágenes y sus veladas alusiones a la homosexualidad. Desde entonces, la novela de Pompeia ha acumulado numerosas reediciones y ha sido adaptada al cine, la televisión y el teatro. Asimismo, existe una abundante bibliografía crítica sobre la novela, en la cual se la estudia desde diversos ángulos interpretativos (autobiográfico, psicoanalítico, comparativo, social, alegórico). En cambio, fuera de Brasil es escasamente conocida. Este cronista solo ha podido hallar referencias a traducciones al francés (1980) y el inglés (2015).

El Ateneo está narrada en primera persona y en ella Sergio cuenta en forma de memorias personales su trayectoria durante los dos años que pasó en el colegio interno que da título al libro. Este era el establecimiento secundario más moderno y famoso de Río de Janeiro en el siglo XIX. El narrador-protagonista, alter ego del autor, relata sus peripecias y desventuras como niño de clase acomodada, empeñado en encontrarse a sí mismo en el ambiente hostil del internado. De eso se puede deducir que estamos ante un bildungsroman, una novela de formación, aunque es mucho más. En ella se funden memorialismo y realidad, imaginación y hechos reales. Es también una novela psicológica, eso sin olvidar su poderoso aliento como obra de crítica social. Los críticos coinciden en que se trata de una de las visiones más mordaces, agudas e implacables del Brasil Imperial.

El primer día de clases, Rebelo, el más honrado y serio de los estudiantes, da a Sergio un consejo: “Hazte fuerte aquí, hazte hombre. Los débiles se pierden (…) Los muy astutos crean aquí dos sexos, como si se tratara de una escuela mixta. Los muchachos tímidos, ingenuos, sin fibra, son blandamente empujados hacia el sexo de la debilidad; los dominan, festejan y pervierten como a niñas desamparadas. Cuando, sin confesarlo a sus padres, piensan que, en la acogida entre burlona y afectuosa de los más grandes, el colegio es la mejor de las vidas, están perdidos… ¡Hazte hombre, amigo mío! Empieza por no aceptar protectores”.

Ese mismo día, Sergio es testigo de los métodos “pedagógicos” que se aplican en el Ateneo. Un estudiante llamado Franco es tratado de manera humillante por Aristarco, el director del colegio. Todas las mañanas invariablemente lo fulmina delante de los trescientos alumnos. Lo llama “perro”, lo cubre de injurias y de escarnio. Lo atenaza por la nuca y lo vuelve hacia sus condiscípulos, para ofrecerlo a las bofetadas de la opinión: “¡Miren esta cosa!…”. A las notas malas, “debía seguir un comentario deprimente especial, que la concurrencia esperaba y escuchaba con deleite, regocijándose en el desprecio”. El director no lo expulsaba porque no convenía: era aprovechado para “la lección fecunda del asco. Aun la indiferencia repugnante de la víctima resulta útil”. Tres años llevaba ya el chico en ese suplicio de minúsculas humillaciones crueles, agachado, abatido, aplastado, más por el peso de las virtudes ajenas que por el de las culpas propias.

Microcosmos de una sociedad hipócrita y autoritaria

Otra de las estratagemas empleadas por el director eran las apariciones repentinas en el salón general de estudios, que por tener numerosas puertas se prestaba para ello. Lo hacía también en las aulas, tomando por sorpresa a profesores y alumnos. Mediante este proceso de vigilancia, mantenía en cada rincón del internado “el riesgo perpetuo de lo flagrante como una atmósfera de susto”. Su capricho llegaba al punto de hacer creer que algunas puertas y ventanas estaban clausuradas para siempre. Eso tenía el único fin de abrirlas bruscamente un buen día sobre cualquier maquinación clandestina de indolencia. A través de la figura de Aristarco, Pompeia denuncia el patriarcado y el paternalismo de un régimen en el cual el señor del ingenio y el dueño de la estancia han sido reemplazados por un director de colegio.

Pompeia describe sin retoques el colegio como un microcosmos de la autoritaria e hipócrita sociedad de la época. Los adolescentes están ya marcados por unas maldades propias de los adultos. Defienden los valores de la élite, fundados en la falsedad, el disimulo y la justificación de la desigualdad social y la esclavitud. Entre ellos hay rencillas que tienen su origen en las divisiones de clases. Son seres mefistofélicos que atacan y humillan a Sergio, quien va acumulando rencor y un violento sentimiento de venganza.

El Ateneo adquiere así la connotación de colegio presidio, de régimen dictatorial e inclemente en el cual los tímidos se hunden y sufren la división de “los dos sexos” impuestos allí. La novela destruye, pues, el mito del internado, pero su crítica se extiende a las prácticas sociales y políticas y las contradicciones del Brasil autoritario e hipócrita Segundo Imperio. Las palabras del padre de Sergio que abren el libro —“Vas a encontrar el mundo. Ten valor para la lucha”— adquieren un sentido literal. El colegio está hecho a imagen y semejanza del mundo al que alude.

El Ateneo aborda un territorio hasta entonces inexplorado en la literatura brasileña: el mundo y el drama de los niños. Pompeia retrata de manera osada el doloroso proceso del paso de la infancia a la adolescencia, así como las angustias sexuales de esa edad. Muchas escenas están cargadas de un intenso sensualismo. Ejemplos de ello son el asedio al que Chaves somete a Sergio y la amistad íntima entre este y Egber. Aunque el narrador apunta que le inspira “ternuras de hermano mayor”, comenta que le parece hermoso. Y recuerda: “Yo, acostado, esperaba a que se durmiera para verlo dormir y corazón hasta el color de su piel y la corrección de sus formas. Nadaba como los atunes. El agua azul huía frente a él formando ondas, o subía por sus hombros bañando con su lustre de marfil pulido la blancura de su cuerpo”. Paseaban juntos y se iban lejos de la alegría vulgar de sus compañeros. Se sentaban en la hierba y Sergio reclinaba su cabeza sobre las rodillas de su amigo. A eso conviene agregar que esos episodios están narrados sin censura, con fluencia y de manera placentera.

La experiencia del pasado continúa activada en el presente de modo opresivo. Domina asimismo la presencia del Sergio adulto, que rememora y recompone los fantasmas de la adolescencia. A lo largo de su larga secuencia de recuerdos, se respira un evidente pesimismo y el narrador envuelve de nihilismo a los personajes. Al analizar las posibles influencias de Pompeia, algunos críticos se han referido a la atmósfera y la sombría imaginación y las han conectado con el clima decadentista de Max Nordeau y la morbidez de Baudelaire.

Resulta difícil resumir el argumento de la novela, pues en propiedad no tiene una historia susceptible de reconstruir. Aparte de eso, su trama no daría una idea de sus verdaderos valores. Los recuerdos de Sergio están distribuidos en episodios, algo que es característico de las novelas de formación, y el conjunto posee una compleja urdimbre. La perspectiva es esencialmente subjetiva y se impone como principal elemento de unidad. El tiempo objetivo pasa a ser sustituido por un tiempo sicológico, lo cual hace difícil establecer una estructura temporal. La memoria evocadora sufre además continuas interferencias del subconsciente. Aciertos como esos, unidos a sus osadías formales y temáticas, hacen de El Ateneo la novela brasileña más europea de todo el siglo XIX y una obra de una modernidad profunda y pasmosa.

El Ateneo está escrita con un estilo plástico, visual e intensamente cromático y un preciosismo que recuerda a Marcel Proust. Pompeia emplea una prosa de gran riqueza léxica y de un barroquismo poético. El texto alterna la crítica social punzante con suntuosas descripciones y un original discurso simbólico y alegórico. Hay también parodias literarias que constituyen una crítica abierta a la retórica de la época. Y en ocasiones, el autor intercala pasajes de una acre ironía: “Había en el Ateneo alumnos becados, dóciles criaturas elegidas meticulosamente para jugar el papel de objetos de la caridad, tímidos como si se abatiera el peso del beneficio, con todos los deberes y ningún derecho, ni siquiera el no servir para nada. A cambio, los profesores tenían la obligación de hacerlos brillar, porque la caridad, si no brilla, es caridad perdida”.

Con El Ateneo, Pompeia creó uno de esos textos inclasificables que no son raros en la literatura de Brasil (recuérdese Los sertones, de Euclides da Cunha). Son unas memorias autobiográficas que se escurren a la narrativa de ficción y que en algunas partes se puebla de recursos poéticos, mientras que en otras adopta una dicción casi ensayística. Posee además una concepción de la novela que es netamente moderna, y más de un siglo después de su publicación sigue siendo una obra original y de una inteligencia apabullante.