Actualizado: 29/11/2022 11:37
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Indomable y fiel a sí misma (I)

Hace 130 años nació Marina Tsvietáieva, una de las grandes escritoras rusas del siglo pasado. Una mujer excepcional que tempranamente intuyó el terror totalitario instaurado en su país en 1917

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El amo es implacable. La bala, la cárcel y el silencio
eran sus armas (…) Se entregó con pasión y privó de
aire a Rusia hasta que él mismo empezó a ahogarse.
Bulat Okudzhava

Aunque hoy han de ser pocos quienes lo recordarán (igual es que prefieren olvidarlo), este mes se cumplen 105 años de la Revolución de Octubre. Décadas atrás, una fecha como esta habría sido celebrada como la gran efeméride proletaria del mundo (la frase la tomo de una publicación cubana).

Recuerdo que por esta fecha cada año en la Isla se presentaban traducciones de obras de autores soviéticos, exposiciones, montajes teatrales, actuaciones de artistas del hermano país, se realizaba la semana de cine, se cumplían y sobrecumplían metas en saludo a la magna fecha (otro préstamo de una revista cubana) y, por supuesto, no faltaba el acto central en el Teatro Karl Marx.

Todo era poco para festejar el nacimiento del primer estado obrero y campesino de la historia. “Las palabras son siempre cortas cuando se trata de Lenin y del significado de esta fecha”, expresó en 1967 un dirigente cubano en su discurso. Y agregó: “El mejor homenaje consiste en haber trabajado y luchado por que un día como hoy podamos rendir tributo al más grande suceso de la historia universal. Eso es el 7 de noviembre: el más grande acontecimiento de la historia de la humanidad y a la vez el más grande sueño del hombre convertido en realidad”. Aquella fecha era además una ocasión más para destacar los sacrificios, las aspiraciones y los impresionantes logros del proyecto puesto en marcha por Lenin.

Naturalmente, en aquellos festejos nunca se hacía la más leve alusión a la verdadera realidad: la de una tiranía, como la ha definido Antonio Muñoz Molina, “que empezó como un gran cataclismo que lo devoraba todo y se fosilizó al cabo de unos años en un régimen sanguinario de burocracia y terror”. Rusia pasó a ser una sociedad gobernada por un único partido, paralizada por la represión que inició Lenin y que fue llevada a sus límites más dantescos por Stalin. Eso trajo como consecuencia que millones de personas desaparecieron en la cárceles y los campos de trabajo forzado. Entre ellas se contaban numerosos escritores, científicos, artistas, filósofos, cineastas, que engrosaron la interminable nómina de víctimas de la revolución bolchevique de 1917.

Eso me llevó a pensar que sería pertinente aprovechar su efeméride para invertir los términos y hablar de sus víctimas. Seleccionar una resulta muy difícil, dado que son muchas. Sin embargo, se da la conjunción de que hace pocas semanas se cumplieron 130 años del nacimiento de una de ellas. Así que decidí dedicarle esta semana el espacio a esa persona.

Se trata de Marina Tsvietáieva (1892-1941), una de las grandes y más singulares escritoras rusas del siglo pasado. Sobre ella un compatriota suyo, el Premio Nobel de Literatura Joseph Brodsky, expresó algo que da una idea de su grandeza como poeta: “No ha habido en toda la literatura rusa una voz más apasionada que la suya”. Fue además una mujer excepcional que tempranamente intuyó el terror totalitario instaurado en su país con la toma del Palacio de Invierno.

Durante toda su vida, fue una mujer apasionada, sensible, pero también celosa de su independencia e incapaz de someterse a normas y preceptos. Poseía una inteligencia sin miedo, así como un espíritu indomable, orgulloso y transgresor, tanto en el plano personal como en el literario. Siempre fue consecuente y fiel a sí misma. A la vez, era contradictoria, lo cual hizo que Niña Berberova advirtiera en ella una especie de inmadurez psicológica, que la llevó a ceder “a la tentación de encarnar personajes inventados”.

No se adscribió a ninguna corriente ni grupo

Pasó su infancia y adolescencia entre institutrices y ayas. Su padre fue un hombre que dejó una huella en la cultura rusa. Era historiador, filólogo, arqueólogo, y gracias a sus esfuerzos se creó en Moscú el Museo Alejandro III. Hoy es el Museo Pushkin, el segundo más grande de Rusia, solo superado por el Hermitage. Su madre era, según su hija, “una polaca de sangre azul”, que se destacó en la pintura y, sobre todo, la música. Enfermó de tuberculosis, y eso hizo que entre 1902 y 1904 la familia viviese en Italia, Alemania y Suiza. Allí Tsvietáieva cursó estudios en internados y aprendió francés y alemán. En 1905 regresaron a Rusia y al año siguiente la madre falleció.

De niña, Tsvietáieva leía ávidamente, aunque sus padres le escondían los libros que no estaban destinados propiamente al público infantil. Escribió sus primeros versos en cuadernos, y se aprendía de memoria los poemas de los autores que leía. Su primer poemario, Álbum vespertino (1910), lo editó con su propio dinero. Del mismo se hicieron eco los escritores Valeri Briúsov, Nikolái Gumiliov y Maksimilian Voloshin, quien la introdujo en los círculos literarios moscovitas. El primero reconoció su “indiscutible talento”, mientras que el segundo comentó que en sus textos “se adivinan de modo instintivo todas las leyes fundamentales de la poesía”.

Tsvetáieva admiraba a varios de sus contemporáneos: Alexander Blok, Anna Ajmátova, Maiakovski, y más tarde su preferido sería Boris Pasternak. Pero ni en sus inicios ni después rehusó adscribirse a ninguna corriente o grupo. Como poeta, creó un estilo propio, en el cual logró conjugar dos escuelas tan antagónicas como eran el neoclasicismo y el simbolismo. En uno de sus cuadernos se puede leer: “Soy una fuente inagotable de herejías. Sin conocer ninguna, las confieso todas. Y quizá las elaboro”.

En la primavera de 1911, conoció en Crimea a Serguéi Efrón, un estudiante hijo de una notable familia judía. Enamorarse de él fue uno de sus mayores desaciertos. Era un joven que se dejaba llevar por sus impulsos desordenados y sus sentimientos volubles. En 1912, sin haber concluido los estudios ni aguardado la bendición de su padre, Tsvietáieva y Efrón se casaron. Años después, ella se confesó a sí misma que aquel matrimonio fue un error. Como anotó en su diario, aquel encuentro debió haber dado lugar a una profunda amistad, pero no al matrimonio con “alguien demasiado joven”. A pesar de eso y de las numerosas vicisitudes por las cuales pasó, se mantuvo unida a él hasta el final de sus días.

Cuando se produjo la Revolución de Octubre, Efrón defendió el Kremlin de los bolcheviques. A triunfar estos, tuvo que huir al sur, donde se estaba formando el Ejército Blanco. Ingresó en sus filas y combatió, pero tras la derrota del general Wrangel se dirigió con el resto de sus tropas a Turquía y de ahí pasó a Checoslovaquia. Tsvetáieva se quedó en Moscú con sus dos hijas, Ariadna e Irina.

Desde los primeros días, Tsvetáieva consideró que lo acaecido en 1917 significaba una catástrofe para la gran herencia cultural rusa. El mundo que ella conocía llegó a su fin con la toma del Palacio de Invierno, y fue capaz de ver el futuro aciago que esperaba a su país. Para ella llegaron tiempos muy duros, en los que pasó hambre, necesidades, frío. Le habían confiscado la herencia que le dejó su madre y no tenía medios para subsistir. Además, era poco práctica y desconocía los quehaceres domésticos. En invierno, las paredes de su cuarto se cubrían de escarcha, y para calentar la estufa usaba las vigas de la buhardilla que ella misma aserraba. En uno de sus diarios, correspondiente a los años 1919 y 1920, escribió:

“Vivo con Alia e Irina (Alia tiene 6 años, Irina 2 años y 7 meses) en la calle de Boris y Gleb, frente a dos árboles, en la buhardilla que era de Seriozha. No hay harina, no hay pan, bajo el escritorio —unas doce libras de patatas, lo que me queda del pud que me «prestaron» los vecinos— ¡no queda nada más! […] Vivo de comidas gratuitas (para las niñas). La esposa del zapatero Granski —flaca, de ojos oscuros, con un bello rostro dolorido, madre de cinco hijos— hace poco me envió con su hijita una cartilla para las comidas (una de sus hijas se ha ido de colonias) y un «buñuelito» para Alia”.

Narra, asimismo, la visita a un almacén insalubre para buscar entre la basura algo que comer: “Las patatas están en el suelo: ocupan tres corredores. Las del final, las más protegidas, están menos podridas. Pero no hay otro camino para llegar que caminar por encima de ellas. Y entonces caminas: con los pies descalzos o con botas. Es como andar sobre una montaña de medusas. Congeladas se pegan unas a otras en racimos monstruosos. No tengo cuchillo y, desesperada (no siento las manos), tomo las que sean: aplastadas, congeladas, blandas...”.

Las condiciones desfavorables no existen

Aquella realidad especialmente dura y cruel aún le reservaba un golpe terrible. En 1919 llevó a Irina a un orfanato estatal, al pensar erróneamente que allí la alimentarían mejor. No fue así, y un año después murió de desnutrición. Eso le provocó gran pesar y remordimiento, pues se culpaba de ello. En una carta a una amiga, le expresa: “Vivo con un nudo en la garganta, al filo del abismo. Ahora entiendo muchas cosas: la culpa de todo la tiene mi espíritu de aventura, mi manera superficial de encarar las dificultades, en última instancia la salud, mi monstruosa resistencia”. Solo tras ocurrir aquella tragedia le concedieron la “ración académica”, con la que ella y Ariadna pudieron sobrevivir los dos años siguientes.

Lo admirable es que en medio de esas privaciones y desgracias, Tsvetáieva fue capaz de crear. A propósito de esto, opinó: “¿Unas condiciones favorables? Para el artista estas no existen. La vida es una condición desfavorable (…) Y por cruel que sea decirlo, las peores condiciones tal vez sean las mejores”. Escribió numerosos poemas, entre ellos varios de carácter civil, como los reunidos póstumamente en Campamento de cisnes (1957), dedicados a los soldados que combatían contra los bolcheviques. También escribió obras de teatro como El ángel de piedra, La tormenta, Fortunata, El fin de Casanova.

Asimismo, empezó a escribir prosas autobiográficas, que tras su muerte fueron recogidas en compilaciones como Mi madre y la música, Mi padre y su museo, Diarios de la Revolución de 1917. Acerca de esa faceta de su obra, el gran filósofo, lingüista y sociólogo francés de origen búlgaro Tzvetan Todorov comentó: “Cuando estoy sumido en la pena, solo puedo leer la prosa incandescente de Marina Tsvietáieva, porque todo lo demás me parece aburrido”.

De toda esa producción, solo logró que le publicaran dos poemarios de igual título: Verstas (1921 y 1922). En una ocasión, al regresar a su casa después de que le rechazaran uno de sus libros, apuntó en su diario: “Llegará el día que publicaréis todo lo que escriba. ¡Todo, hasta la última línea! Hasta esta, también estas palabras sobre vosotros”. En efecto, así fue. Pero hubo que aguardar varias décadas para que, entre 1995 y 1997, apareciese su obra completa en siete tomos. Para entonces, ni siquiera sus hijos estaban vivos.

Cuando ella creía que su esposo estaba muerto, recibió una carta suya enviada desde Turquía. En 1922 salió para unirse con él. Residieron por poco tiempo en Berlín y después vivieron en Checoslovaquia y en Francia. En total, pasaron diecisiete años en el exilio. En Praga, Tsvietáieva conoció a Konstantín Rodzévich, un exoficial que era un amigo cercano de su marido. Ocurrió lo inesperado: apareció aquel hombre que trastornará una vez más su vida, que le hará conocer el amor sensual y absoluto, no aquel más imaginario que real que ella tildaba de “idilios cerebrales”. El sentimiento era mutuo, pero ella no quiso hacer sufrir a Efrón ni romper los lazos familiares.

El romance apenas duró un año, y tras su fin Tsvietáieva escribió dos de sus obras cumbres: “El poema de la montaña” y “El poema del fin”, considerados entre los mejores poemas amorosos del siglo pasado. En su época, la reacción de los lectores se dividió entre los que se entusiasmaron con esos textos y aquellos para quienes era escandaloso que una mujer se atreviese a dar a conocer algo así cuando su esposo estaba vivo.

Un intercambio epistolar que duró trece años

Tsvetáieva tuvo otros amoríos, a los que tal vez recurría como antídoto contra la desesperación. Uno de ellos, con la escritora Sofía Parnok, una mujer hermosa y brillante siete años mayor que ella. Iniciaron una relación que duró dos años y dejó huellas en el trabajo de ambas. A Pasternak lo conoció en su juventud, pero entonces no se prestaron atención el uno al otro. Sin embargo, cuando él leyó su libro Versas, quedó tan impresionado que le escribió a Praga.

A partir de ese momento, nació entre ellos un largo romance platónico a través de un intercambio epistolar que duró trece años. Se apoyaron mutuamente, confesaron amarse el uno al otro, se idealizaron y soñaron con un posible futuro común. Sin embargo, no se volvieron a encontrar personalmente hasta varios años después. Tsvietáieva llamó a Pasternak “un hermano en la quinta temporada, el sexto sentido y la cuarta dimensión”.

En aquel intercambio de cartas se cruzó el poeta alemán Rainer Maria Rilke. Tsvietáieva y Pasternak compartían una educación permeada de cultura alemana. Ella además adoraba al autor de Elegías de Duino, y al morir este escribió desolada: “Desde que dejó de ser, no sé lo que es amigo ni alegría”.

Esa correspondencia a tres bandas produjo uno de los epistolarios más hermosos que ha dado la literatura. Está recogido en el libro Cartas del verano de 1926, y como se anota en la contraportada de la edición española, en esas páginas “presenciamos algo así como un milagro: el de la sintonía entre tres grandes poetas que establecen una conversación entre iguales. Cada uno ve en el otro a alguien muy próximo en espíritu. En estas páginas, las fronteras entre cartas, ensayos y poemas se difuminan y afloran reflexiones”.

A Tsvietáieva al principio le fue bien en el exilio. En Berlín le publicaron cinco libros que llevaba escritos cuando salió de Rusia. Asimismo, trabajos suyos aparecieron en la revista La Voluntad Rusa, que editaban los emigrados rusos en Praga, y en Anales Contemporáneos, la de mayor prestigio en París. Alcanzó un considerable nivel de popularidad, en buena parte debido a los poemas que dedicó al Ejército Blanco. Pero los honorarios que recibía eran parcos y el dinero que ganó su esposo hasta mediados de los 30 era esporádico y escaso. Vivían acuciados por el pago del alquiler y el colegio de los dos hijos, pues en 1925 había nacido Gueorgui. Ese mismo año, se trasladaron a París, que se había convertido en el centro principal de la emigración rusa.

Tsvietáieva consiguió ganar algún dinero con sus intervenciones en veladas literarias. Eso la estimuló a escribir en prosa. Los suyos eran textos que amalgamaban el relato cargado de elementos autobiográficos con la reflexión. Entre otros, dedicó estudios-retratos a Andréi Biely, Mandelshtan, Mijaíl Kuzmín, Voloshin, así como a la pintora Natalia Goncharova.

A ellos hay que sumar Mi Pushkin (1937), un acercamiento sutil y personalísimo al indiscutido poeta nacional ruso, que mezcla la narración, la autobiografía, el ensayo literario y la prosa poética. En ese libro no solo habla del poeta que orientó su vocación, sino también de ella, de sus años de infancia, de otros escritores, de Rusia.

Pero a pesar de que su etapa en el exilio correspondió con el momento de mayor esplendor de su creatividad, eso no se materializó en publicaciones. En esos diecisiete años solo vio editados El valiente (1924) y Después de Rusia (1928). A partir de entonces y hasta su muerte, las editoriales tanto de su patria como del extranjero le cerraron sus puertas.