Actualizado: 29/11/2022 11:37
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Literarura, Literatura rusa, Censura

Un camino de sufrimiento, soledad y rechazo (II)

La fidelidad a todo lo que amaba y defendía, a Marina Tsvieáieva se la hicieron pagar con la miseria, con la censura y con lágrimas amargas. Pero nada de eso logró hacerla cambiar ni claudicar

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En Praga, Tsvieáieva y su familia sobrevivieron gracias a una pequeña ayuda que el gobierno daba a los emigrados rusos. En París, en cambio, malvivían y su situación rozaba la indigencia. “Mi marido está enfermo y no puede trabajar. Mi hija gana cinco francos al día tejiendo gorros, y con eso vivimos los cuatro (tengo un hijo de ocho años, Gueorgui), es decir, agonizamos de hambre lentamente”, escribió en una carta.

Era incapaz de establecer los contactos necesarios, y mucho menos de pedir ayuda o adular. Por otro lado, los exiliados mostraban poco interés por la obra de sus compatriotas. Preferían la literatura de otros países europeos. En la Rusia soviética, a partir de los años 20 a los escritores exiliados no se les publicó más, y lo que editaban fuera no llegaba. Tsvietáieva perdió, pues, a sus lectores, lo cual acentuó su drama. En el París de la diáspora estaba claramente fuera de lugar, y como tal fue arrinconada.

En sus memorias, Iliá Erenburg comenta que la escritora se sentía extranjera en todas partes, salvo en Rusia: “Todo en ella estaba vinculado a los paisajes de su país: desde el «ardiente serbal» de su juventud hasta el último saúco color sangre. Los principales temas de su poesía eran el amor, la muerte, el arte, y esos temas los trataba a la manera rusa”. Por su parte, en una carta ella resumió con estas palabras el trato que recibió de los emigrados: “En el exilio (¡en un arrebato!) publicaron mi obra; luego, tras meditarlo, me retiraron de la circulación, sintieron que yo no era de los suyos, que yo era de más allá. Decían: el contenido parece «nuestro», pero la voz es «de ellos»”.

Los emigrados consideraban que sus críticas al régimen soviético eran demasiado ambiguas. Y en especial censuraron su admiración por Maiakovski, algo que dio lugar a que pasara a ser sospechosa de “traición”. Ese ambiente se hizo más hostil cuando ella empezó a colaborar en Verstas, una nueva revista que se trataba de distanciar de las posiciones de derecha que predominaban en la diáspora. Acogió en sus páginas a autores soviéticos y se atrevió a criticar a otras publicaciones y a sus colaboradores.

Los textos que Tsvietáieva publicaba no tenían que ver con la política, pero cuando la polémica en torno a Verstas se desencadenó las acusaciones le cayeron por igual. En una carta que le dirigió a una amiga, le comentó: “Unos me consideran bolchevique, otros monárquica, otros incluso piensan que soy ambas cosas, y nadie comprende de qué se trata”. Finalmente, la revista dejó de salir y Efrón perdió el trabajo que tenía como redactor.

Este quería volver a su patria y con ese fin en 1931 se dirigió a la embajada soviética en París. Bien para borrar su pasado como soldado blanco o bien por idealismo, aceptó las exigencias de hacer de agente en el extranjero de los servicios secretos. A partir de 1933 fue uno de los organizadores de la Unión para el Regreso a la Patria, que promovía la repatriación de los emigrados. Y cuando estalló en España la Guerra Civil, ayudó a organizar la formación de las Brigadas Internacionales. Pero en 1937 se vio forzado a huir, por su supuesta participación en el asesinato de un hombre que resultó ser un agente soviético.

Aunque Tsvietáieva desconocía esas actividades, pasó a ser sospechosa. En varias ocasiones fue citada a las comisarías, donde la sometieron a varios interrogatorios. Ariadna también había vuelto a Rusia, así que la escritora se quedó aislada en París. Eso hizo que, a pesar de su resistencia, decidió entregar la documentación en la embajada soviética. Ella y su hijo Gueorgui aún vivieron dos años más en Francia, hasta que en 1939 la autorizaron a retornar. No imaginaba entonces los horrores que le tocaría vivir.

¡Una habitación, por el amor de Dios!

Ella y su hijo viajaron en un barco que transportaba refugiados españoles que huían de la guerra. En Moscú la esperaba Ariadna. El terror desatado por Stalin alcanzaba entonces proporciones monstruosas, y Tsvietáieva pronto supo que su hermana Anastasia y su hijo estaban detenidos. También corrieron ese destino escritores amigos de ella como Isaac Babel, Boris Pilniak, Mandelshtan… Las cárceles se llenaban a diario, y meses después a ellas fueron a parar Ariadna y Efrón. Este, acusado de espionaje para potencias extranjeras y colaborar con el trotskismo, siguiendo el gastado repertorio de aquellos años.

Por el simple hecho de haber vivido en el extranjero, Tsvieáieva ya pasaba a ser sospechosa. A eso se sumaba su miedo a que la deportasen, como era habitual que se hiciera con los familiares de los detenidos. Hizo gestiones para alquilar una habitación en Moscú. Acerca de su angustiosa búsqueda, en uno de sus cuadernos anota: “Tarasénkov, por ejemplo, se estremece frente a cada una de mis hojas. Es un bibliófilo. Pero en que yo, la fuente (¡de todas esas hojas!) recorro Moscú con la mano extendida como un mendigo: «¡Una habitación, por el amor de Dios!», y hago colas en los mercadillos, y vuelvo sola por patios oscuras y noches oscuras, en eso no piensa”.

Ella y Gueorgui fueron enviados a Bolshevo, en las afueras de Moscú. A esto se refiere en una carta de agosto de 1940: “Moscú no tiene lugar para mí. No tengo a quien culpar. Tampoco me culpo a mí misma, ese ha sido mi destino. Solo que —¿cómo acabará?”. A esas palabras añade: “Mi vida está muy mal. Es mi no-vida”. Y respecto a su labor literaria, afirma: “Ya escribí lo que tenía que escribir. Podría escribir más, por supuesto, pero también tranquilamente puedo no”.

Pasternak y otros amigos la ayudaron a que se pudiera instalar en una casa de descanso para escritores. Asimismo, gracias a su intervención recibió el encargo de algunas traducciones. Acerca de esas muestras de solidaridad, ella apuntó: “Los esfuerzos de mis amigos me conmueven y me consternan. Me avergüenzo de estar viva todavía. Así deben sentirse las ancianas centenarias (las inteligentes)”.

Cuando los nazis invadieron Rusia, presenció los primeros bombardeos de Moscú. En agosto de 1941, ella y su hijo fueron evacuados al pueblo tártaro de Yelábuga. No tenía medios de subsistencia e hizo incontables e infructuosas diligencias para lograr algún empleo. Pero para que se lo dieran, se requería llenar un pormenorizado cuestionario en el cual tenía que contestar dónde había vivido, dónde estaban su esposo, sus hijos. Se enteró de que el Litfond de la Unión de Escritores iba a abrir un comedor y envió una solicitud que constituye uno de los documentos más vergonzantes que registra la historia de la literatura rusa: “Al Soviet del Litfond. Ruego que se me dé trabajo como friegaplatos en el comedor del Litfond que va a abrirse. M. Svietáieva. A 26 de agosto de 1941”. Que ella, una de las más altas cumbres de las letras de su país, se viera en una situación tan desesperada ilustra la inhumanidad de aquel régimen totalitario.

El 24 de agosto, Gueorgui estampó en su diario esta anotación acerca de su madre: “Su estado de ánimo es terrible, es muy pesimista. Le han ofrecido un trabajo de educadora; pero ¿qué demonios va a enseñar ella? No tiene la menor idea de cómo hacerlo. Su estado de ánimo está por los suelos, piensa en el suicidio: «El dinero se esfuma, no hay trabajo»”. La NKVD, la principal organización de la policía secreta, le propuso trabajar como traductora de alemán, pero ella no aceptó.

Ya no podía seguir viviendo

Tsvietáieva consiguió el permiso para instalarse en Chistopol, un pueblo cercano donde se habían establecido una gran parte de los escritores evacuados. Así podría estar entre personas que sabían quién era y la admiraban. También le prometieron encontrarle un trabajo. Pero había soportado muchas adversidades, y ya no le era posible seguir luchando. Como ella reconoció, por naturaleza era alegre y necesitaba muy poco para ser feliz. “Pero obtener a este precio esta mísera felicidad no es solo cruel, es estúpido”. Aprovechó que el 31 de agosto era domingo y los campesinos en cuya casa le habían cedido un cuartucho para ella y Gueorgui estaban fuera, lo mismo que este. Escribió tres cartas para despedirse y después se ahorcó. Su hijo se enteró al volver de su trabajo en el aeródromo donde estaba destinado, tras ser llamado a filas (murió después en el frente).

Una de las cartas estaba dirigida a su hijo, y a continuación la reproduzco: “Murlyga: Perdóname. Pero en adelante habría sido peor. Estoy gravemente enferma, esto no soy yo. Te amo enloquecidamente. Entiende que no podía seguir viviendo. A papá y a Alia diles —si los ves— que los amé hasta el último momento y explícales que caí en un callejón sin salida”. En las otras dos cartas solicita a sus amigos y camaradas que no abandonen a Gueorgui, y pide al poeta Nikolái Aseiev y a su esposa que lo adopten como hijo. Quiere que viva y estudie, pero con ella “sería su perdición”. Luego agrega: “Yo no puedo hacer nada más por él y acabaría por destruirlo”. Y al final insiste: “No lo abandonen”.

Fue sepultada en una fosa común. En la prensa ni siquiera apareció una breve nota sobre su suicidio. Varias décadas después, la casa de Yelábuga donde vivió sus últimos días fue convertida en museo. Efrón fue fusilado y a Ariadna la condenaron a siete años en los campos de trabajo. Tras la muerte de Stalin, ambos fueron exonerados de los cargos por los cuales se les acusó.

De acuerdo a Irma Kúdrova, tras la desintegración de la URSS han aparecido datos que permiten suponer que ni siquiera en Yelábuga la NKVD dejó en paz a la escritora. Se sabe que se encontraron con ella y le ofrecieron colaborar con los agentes locales. Hasta trataron de amedrentarla, insinuándole que de otro modo no iba a hallar trabajo. Pero aunque no ha sido posible encontrar documentos que lo confirmen, Kúdrova sostiene que “incluso sin pruebas documentales podemos afirmar con toda seguridad que los servicios secretos de la URSS fueron los colaboradores directos en la muerte violenta de la gran poeta rusa”. Y concluye que “la brillante, independiente y altiva Marina Tsvietáieva (…) cayó víctima, en suma, de la revolución bolchevique de 1917”.

Tras su muerte, su obra aún demoró varios años en empezar a estar accesible para sus compatriotas. En sus memorias, Erenburg cuenta que en 1956 redactó el prólogo para una edición de sus poesías escogidas. El libro demoró en ir a la imprenta y su texto apareció en la antología Moscú Literaria. Eso provocó que lo atacaran por defender a “una musa decadente”, así como por “intentar ganar para la poeta decadente —cuya obra no ha encontrado respuesta en el corazón del pueblo y hace tiempo ha ido a parar al río Lateo— la atención y simpatía de los lectores”. El libro salió finalmente en 1961. Entre 1980 y 1990, en Nueva York se lanzó en cinco tomos la primera edición exhaustiva de su producción poética, que Ariadna de había encargado de conservar.

Leerla es una experiencia inolvidable

En nuestro idioma han visto la luz numerosas traducciones de la obra de Tsvietáieva. Algunas de las mejores se deben a la mexicana Selma Ancira. Fue ella una de las personas que descubrieron al público hispanoparlante la obra de la escritora rusa, de quien ha traducido casi la totalidad de su prosa. En 1998, la editorial Hiperión publicó una Antología poética de Tsvietáieva, con traducción de Lola Díaz y versiones de Severo Sarduy. A partir del francés, el escritor cubano trasladó al castellano poemas y cartas, y por eso aclaró que no se trataba de verdaderas traducciones, sino de recreaciones. Una muestra de su labor es este poema:

“Es sencilla mi ropa…”

Es sencilla mi ropa,
pobre mi hogar.
¡Soy una isleña
de islas remotas!

¡Nadie me hace falta!
si entras —pierdo el sueño.
Por calentarle la cena a un Extraño
quemaría mi casa.

Si me miras —ya nos conocemos,
si entras —¡quédate a vivir!
Es sencillo nuestro fuero,
está escrito en la sangre.

En la palma de la mano tendremos
la luna, si nos place.
Si te vas —es como si no existieras,
y como si tampoco yo existiera.

Miro la marca del cuchillo:
¿sanará antes
de que venga otro extraño
a pedirme agua?

Entre los críticos españoles, Tsvietáieva ha tenido una excelente recepción. De los numerosos comentarios que se han escrito sobre sus libros, he seleccionado algunos fragmentos que pueden ilustrar la alta valoración que hoy se le da a su obra:

“Leer a Marina Tsvietáieva es una experiencia inolvidable. Sus libros son libros para subrayar profusamente, libros para releer, prueba esta que solo superan los mejores, haciéndolos a la vez mejores a cada lectura”. Manuel Arranz.

“Nadie ha conseguido describir de forma más lúcida lo que se pierde y nadie ha afrontado de forma más valiente la escritura. Tsvietáieva luchó durante toda su vida por ser una poeta y no una poetisa”. Estrella de Diego.

“Una prosa y una poesía dotadas de una extraña musicalidad que jamás hasta que fue escrita por Tsvietáieva se había oído en Rusia”. Enrique Vila-Matas.

“Una literatura única, incomparable, donde el dolor es belleza, y la belleza… dolor”. Xavier Serrahima.

“Acercarse a Marina Tsvietáieva, tanto a su vida como a su obra, supone sumergirse en sentimientos a menudo contradictorios: es preciso ir de su dolor a su entusiasmo, disfrutar de su ironía y su humor para enfrentarse después a su angustia y su soledad”. Sagrario Fernández-Prieto.

La fidelidad a todo lo que amaba y defendía, a Tsvietáieva se la hicieron pagar con la miseria, con la censura y con lágrimas amargas. Nada de eso logró hacerla cambiar ni claudicar. Como escribió Erenburg, “caminó y llegó al objetivo que se había marcado. Lo alcanzó recorriendo un camino de sufrimiento, de soledad y de rechazo”. Ocho décadas después de su muerte, se ha cumplido lo que ella profetizó:

“En las librerías, cubiertos de polvo y tiempo,

Sin ser vistos, buscados, abiertos, vendidos,

Mis poemas serán saboreados como raros vinos

—Cuando sean viejos”.