Actualizado: 18/10/2021 10:15
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Danza

Intento de suicidio en el “Showroom”

En Showroom la coreografía cuenta una historia y lo hace en escena frente al público

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Si de repente, arrojados a Showroom, reciente estreno del grupo DanzAbierta, dejáramos de ensoñar el baile, entonces preferiríamos naufragar indiferentes en el mar que nos rodea. Perderíamos el andar entre bares, con artistas y movimientos, si en vez de optar por las expresiones que significan el espíritu del bailarín, fuéramos dóciles y renunciáramos al sabor de la noche, de las estrellas, de cualquier cielo, de cualquier fe. Pero si por el contrario, decidiéramos compartir la obra que dirigió Susana Pous, entonces bastaría con cerrar los ojos y comenzar a imaginar, para iniciar la aventura de Priscilla, reina del desierto, aunque te nieguen, aunque te rechacen. De ahí que tratemos ahora de montarnos sobre telones platinados, porque es tiempo de sentir la poesía que brota para los espectadores desde el día 16 hasta el 18 de marzo en el Teatro Mella de la capital cubana.

No tengo experiencia en el ámbito de la danza. (Ya aclaro antes de que se me corrija cualquier digresión). La necesidad de saberme aparte de mulatas forradas de palmeras bailando al ritmo de una conga o de un chachachá, me han permitido obviar en mis años de teatro las representaciones del arte de los movimientos coordinados. No es que falte a las propuestas del Ballet Nacional, de Danza Contemporánea de Cuba o a las del Conjunto Folclórico Nacional, por solo mencionar tres talentosas compañías, sino que prefiero escoger lo mejor de entre la pléyade criolla. De ahí que mis conocimientos sobre la danza sean ingenuos y, por consiguiente, más de espectador que de crítico. Pero por algo se debe comenzar. A la danza, mi acercamiento.

Con Showroom me sucedió lo que ahora reflejo: el deseo de escribir a partir de ella. Resulta doblemente agradable, ya sea porque la obra me repletó de imágenes, y ya sea porque soy capaz de enunciarlas mediante la presente. Tal hecho, confío, sea por la calidad de la obra danzaria, o quizás por la necesidad propia de asistir a nuevas maneras de contar que no sean las puramente teatrales, a las que ahora mismo hago secundar. Sin embargo, no puedo negar mis análisis teatrológicos a la hora de acercarme a Showroom, pues la coreografía me cuenta una historia y lo hace en escena frente a un público. Cuestión en la que se enlazan indiscutiblemente ambas manifestaciones.

Describo el fenómeno artístico, sea danza, sea teatro, con los intempestivos deseos de no traicionar el arte. Primero aparece sobre el escenario, cuando es descorrido el telón, un gran retablo colocado lateralmente a la izquierda del público. A él llega desde la derecha un pequeño arroyo blanco de atuendos carnavalescos, que paulatinamente son recogidos por bailarines. Estos, iniciaron un tipo de procesión con movimientos lentos y fragmentados, hasta llegar a introducirse en el retablo, rectangular y rodante, cuando el telón se abrió. Enseguida, la música algo esotérica que apoyó el efecto del caminar pausado de los danzantes, se trastoca en una de las tantas sonoridades de Tropicana, por ejemplo, o de cualquier cabaret nocturno lo suficientemente comercial para atraer a los foráneos.

El retablo gira y descubre uno de sus frontales. De la plateada tela descubierta, todo brillo y destello, surge una bailarina toda esplendorosa también y adornada con plumas en la cabeza. Sostiene un micrófono, canta y baila al ritmo de la música compuesta por X Alfonso, que incluye temas en colaboración con Síntesis y con la Conga Popular. Después de unos minutos, el espacio se bifurca sorpresivamente en el propuesto por la bailarina que canta, y en el significado como trasfondo del retablo, sugiriendo lo que paralelamente sucede en ambos. Es este retablo la división de dos espacios, de dos realidades que se sustentan, que cohabitan, que dependen una de otra.

De esta manera, vemos cinco bailarines en la trastienda. Sus movimientos no parecen necesitar de la coreografía de su colega, sino de una historia que los enlace, un sentir que los haga significantes de algo. Por ello, se relacionan unos con otros. Expresan no verbalmente, a través de sus cuerpos, con la segunda piel del baile, de la confabulación entre ellos, de la danza verdadera aunque estén trabajando en un espacio que los obliga a cruzar la frontera (retablo) entre el arte y el oficio de trabajar para vivir. Bailan con una sonoridad diferente a la de la cantante, pero ambas músicas se escuchan al mismo tiempo, como compitiendo y conviviendo.

Otra vez, sin esperarlo, el retablo gira. Así, continuamente, somos espectadores de una historia de vida, de bailarines, de público, ¡cómo no! La artista que canta percibe cierta distancia de sus colegas. Estos comunican mediante coreografías que a veces se tornan repetitivas, como dilatando las intenciones del bailarín o tratando de explicitar aún más lo que codifica con sus movimientos. Sin embargo, la bailarina que canta, interpretada por Mailyn Castillo, entra donde sus colegas se preparan. Todos son apoyados por una sonoridad entrecortada, marcada por un ritmo constante, con la que se mueven intercambiándose pareja, comunicando desacuerdos y esperando turnos de salida para el espacio donde la bailarina emplumada es la diva. Pero a la que Yaima Cruz, Taymi Ramos, Jennifer Martín, Abel Berenguer y Yoan Matos, en sus personajes, siempre cuestionan con movimientos.

El epílogo parece indetenible cuando la bailarina principal canta angustiada. Algo ha sucedido, cuya problemática es el enfrentamiento entre dos formas de danzar, de ganarse la vida, que se transforman en dos espacios, en dos torrentes fugaces de vida. Sucede más la defensa y menos la reflexión de los propios cuerpos de los bailarines, sobre la existencia humana en esta manifestación. El arte de bailar será siempre único, aunque los lugares y los coreógrafos varíen en sensibilidad y en calidad. Sin embargo, la defensa queda plasmada por quienes son sus protagonistas.

El final, marcado por la inmutabilidad de todo lo que pueda suceder mientras se ensaya o se danza tras un escenario o sobre él, nos propone lo acontecido como algo que puede repetirse. La imagen del retablo, colocado en la misma posición del inicio de la pieza, junto al arroyo de atuendos que fueron dejando los bailarines hasta colocarse donde partieron cuando el telón se descorrió, hace sucumbir las luces. De esta manera, el showroom es un cuarto que vuelve a organizarse y a trastocarse, a dejar que lo ocupen con movimientos, con sonoridades y con ideas.

Siempre las temáticas responderán a expresiones particulares. En el caso que nos atañe, es agradable ver cómo Nelda Castillo y Mariela Brito, directora y actriz respectivas del grupo de teatro El Ciervo Encantado, lograron un consenso entre la danza y el teatro lo suficientemente atractivo para casi fusionar ambas manifestaciones. El taller de montaje de la obra estuvo a cargo de ambas, por lo que se torna indudable el traspaso de poesía “encantada” hacia DanzAbierta.

La influencia o confluencia del training de El Ciervo supo plasmar en la coreografía hermosos movimientos corporales en los cuales la danza Butoh, especulo, fue influencia para la creación. Este tipo de danza japonesa, muy a tono con la estética del grupo teatral, se fundamenta en la recuperación de lo primigenio del cuerpo, en la grotesca manera de expresar, en la transición entre estados anímicos y, a la vez, en el cambio de la forma física del cuerpo humano en otras representaciones, ya que el bailarín de Butoh sobreviene mediante la danza en distintos cuerpos.

Evidencias de lo anterior cimientan toda la pieza. La impresionante procesión inicial, cuando los cuerpos de los bailarines, casi en ritual, lentamente se mueven hacia el retablo, recogiendo y colocándose los atuendos carnavalescos, deviene en una belleza particular. De igual forma, las coreografías increpan toda estética tradicional, al fragmentar los movimientos de forma tal que simulan procesos de construcción de una totalidad expresiva, con la que los bailarines lograr comunicar sentimientos y al mismo tiempo contrastarlos en una suerte de historia danzada, que se hace a partir de una escenografía minimalista.

La irreverencia me sustenta. Es indudable. Si no confiara en ella, jamás hubiera intentado el suicidio de lanzarme a ciegas con Showroom. Pero sé que la intuición vale demasiado como para intercambiarla por la experiencia, a la que ahora mismo niego para quedarme con las imágenes, con la materialidad significada de algo que me hizo pensar. Al final, todo concluye en hálito. Tal vez erre al no adjetivar el suspiro, pero así es como los espectadores aplauden el arte verdadero. Con la brisa del mar desde sus manos. ¡Hurra!


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