Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Memorias de la Revolución, Literatura, Narrativa

Jardines invisibles

CUBAENCUENTRO continúa su sección de narrativa cuyo tema central es lo que se podría catalogar de “memorias de la revolución”

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—Que tal Isra.

—Hola Alex, necesito que me hagas un favor.

Era un mulato alto y delgado. De rostro severo, marcado por un intenso acné juvenil, aparentaba unos cuarenta años y tenía más de seis pies de estatura. Estaba seguro de que era un individuo capaz de sobrevivir en cualquier cárcel, pero quizá lo creía así porque él era poco más que un adolescente y no conocía nada de nada —“No tenía mundo”, como se decía entonces— y mucho menos lo que era estar en una cárcel.

Israel llegaba a la barra, se sentaba y comenzaba a observar en silencio a quienes le rodeaban. Él era uno de los pocos con los que Israel hablaba. Creía incluso que comenzaban a ser amigos. Un par de noches a la semana pasaba por el cuarto de Israel e iban juntos a tomar a la barra de La Torre, en el restaurante situado en el último piso del edificio Focsa. Israel se dedicaba a enrollar generadores de automóviles y siempre andaba con un rollo de billetes en el bolsillo. Pese a ello, vivía en el cuarto de un solar o casa de vecindad del Vedado, en la calle K, entre 13 y 14, con su mujer y la hija de ésta, todos juntos en una pequeña habitación. Tenía instalado su taller en el patio del solar, junto al vertedero donde los inquilinos lavaban su ropa. El taller era una mesa de madera hecha con fuertes tablones. Encima de la mesa estaba un torno, que utilizaba para reconstruir las bobinas de los alternadores, generadores y motores de arranque. Además del torno, unas cuantas herramientas y un comprobador elemental constituían todo su instrumental. No necesitaba más. Era imposible reparar un automóvil en los talleres del Gobierno a menos que su dueño fuera un dirigente, e Israel tenía automóviles particulares y de alquiler de sobra para arreglar.

—Dime.

—Necesito que me hagas una media el domingo, en Tropicana.

—Estoy saliendo con una jevita que está buenísima, pero no he podido hacer nada con ella porque siempre viene con una amiga. Viven juntas. Creo que son tortas. La amiga es el marido y la tiene sumisa. Quiero que me hagas una media y entretengas la torta, para yo poder meterle mano a la chiquita.

—Cuenta conmigo.

—Mira, el sábado ven a comer aquí a las siete. Comes conmigo y mi mujer, la niña y otros socios. Tú sabes que el sábado es el día que le dedico a mi mujer. Luego nos ponemos de acuerdo para el domingo.

Si Israel era capaz de sobrevivir en cualquier cárcel, su mujer inspiraba aún más respeto. Todos los viernes dominaba la cola que se formaba desde el jueves para entrar el sábado en El Monseigneur. Este era el día más codiciado, porque era el único de toda la semana en que se servía carne: bistecs de filete que llegaban contados y por lo general se acababan durante el primer turno. Invariablemente la mujer de Israel tenía ese día separada la única mesa para diez comensales disponible en el restaurante. Para lograrlo, era siempre el número uno en la cola, y no había quien se atreviera a quitarle el turno.

—Tengo un bicho para ti Israel.

El sujeto se había acercado de pronto. Era bajito y vulgar, con un saco que le quedaba grande. Parecía salido de una película de James Cagney. Israel tomó un trago antes de contestarle. Tomaba en una copa pequeña, y por el tono dorado oscuro de la bebida él supuso que también estaba bebiendo Felipe II.

—Hola carnicero. Habla con la China. Si ella lo quiere, yo te lo pago. A mí eso no me importa. La comida en la casa es para mi mujer y la hija de ella. Sabes que desde hace tiempo nunca como en el cuarto, que todas las noche salgo y como en la calle.

—No tengo tiempo ahora, y quiero salir del bicho esta noche.

El carnicero se viró hacia él.

—¿Tú lo quieres?

—¿Qué cosa?

—El bicho. Es un carnerito.

—No gracias, vivo solo. Como todos los días en la calle, igual que Israel.

—Si yo quisiera también podía comer todas las noches en este lugar, pero siempre lo que hay aquí es mierda: pescao y langosta. Ahora, cuando llegue a la casa, me preparo tres bisteses.

El tono del carnicero era zafio y desagradable.

—Este es Alex, mi socio.

—Coño, los socitos de Israel son mis socios. Si un día te hace falta algo me lo dices. Carne, pollo, lo que tú quiera.

—Gracias.

—Carnicero, ven el sábado y come con nosotros. Alex va a venir también. Tú sabes, tengo la mesa de diez.

—No puedo, mi hija tiene una fiesta. Por eso quiero salir del bicho esta noche. Quiero comprarle un vestido que vale como mil pesos.

—Pasa por casa. Habla con la China. Ella te lo vende enseguida, pero tienes que darle algo.

—La China es una fiera.

—Bueno, si quieres resolver rápido ya sabes.

—Voy a ver si se lo vendo a alguien aquí. La China es una fiera.

—Como quieras.

—¿Tú crees que el dentista lo quiera?

—Está en su mariconería con Bola. No te va a hacer caso.

—Deja ver si encuentro algún punto. Hasta luego. Hasta luego socio.

Lo dijo dirigiéndose a él, que le contestó con un gesto.

—Hace tres semanas que estoy saliendo con esa chiquita, pero hasta ahora nada.

—Te están tumbado el dinero.

—Tú sabes que el dinero no me importa, pero me hace falta que me tires una media. No voy a seguir perdiendo el tiempo.

—Seguro.

—¿Quieren café? —les dijo Valdés, el barman. En la mano tenía una cafetera que acababan de traerle de la cocina.

—Valdés, dame la cuenta de la ocho.

Era el camarero que acababa de traer el café a la barra. Valdés lo estaba repartiendo entre los otros dos barman y algunos clientes fijos.

—¿Y la cinco qué?

—¿La cinco? Los de la cinco ya se fueron, ¿tenían cuenta en el bar?

—Tres tragos y una botella de vino. ¿Y ahora quién va a pagar eso?

—No te preocupes, mira cárgaselo a la cuatro. Son dos parejas. Es una celebración y yo creo que van a acabar revolcándose en una misma cama. Ya están medio borrachos. No se van a dar cuenta.

—Mira, y se me olvidaron también cinco cervezas. Méteselas a la siete. Son extranjeros. No mira, mejor le metes a la siete los tragos y la botella, y a la cuatro las cervezas. La cuatro no ha tomado vino y los de la siete sí.

—Un día me vas a meter en un rollo.

—A ti no hay quien te meta en un rollo Valdés.

Valdés era una leyenda en El Monseigneur. Era el tercero de los tres empleados fundadores que quedaban en el restaurante. Los otros dos eran Castañeda, el carcelero del baño transformado en verdugo de la puerta, y otro camarero ahora suspendido por haber aceptado una propina. Era la época en que por decreto estaba prohibido que los camareros aceptaran propinas. Un paso más hacia la construcción acelerada del comunismo, que solo había tenido como consecuencia un mal servicio generalizado. Unos pocos clientes habituales se las ingeniaban para recompensar, de forma diversa (con dinero, cigarros u otros artículos necesarios), a quienes les atendían regularmente. Hace poco él le había regalado a Valdés un amperímetro, que necesitaba para el bote que el barman aún conservaba. La persecución contra los que aceptaban propinas era en esos días implacable. Pronto lo sabrían todos los empleados del restaurante, al conocer que la suspensión temporal del camarero (cogido con un par de pesos debajo de un plato) tendría como consecuencia su traslado para un establecimiento de menor categoría, sin tener en cuenta su antigüedad en el local, su eficiencia y la popularidad entre los clientes.

Valdés, sin embargo, era el maestro de la habilidad y la maraña. Preparaba los cócteles lanzado chorros exactos, vertiéndolos en la coctelera y luego vaciándolos en la copa, que quedaba llena a la altura exacta, sin que faltara o sobrara una gota. “Un maestro”, exclama siembre Barretico. “Como tú con los drums, Barretico”, agregaba cualquiera de los presentes. “Tú me ves al fondo, con la batería, pero te puedo decir el tono exacto en que está tocando cada instrumento de la orquesta”, respondía éste, y el tono era sincero aunque también había orgullo. No solo la eficiencia de Valdés era legendaria, sino también su picardía y su amabilidad en darle un chorro de bebida adicional a sus clientes preferidos. Siempre se las ingeniaba para sacar botellas para su consumo y venta particular, sin que nadie pudiera descubrirlo nunca. Se decía que siempre lo había hecho y nunca habían podido cogerlo. Se dedicaba a ello desde la apertura del restaurante. La noche de un 31 de diciembre, dos años antes del triunfo de la revolución, los dueños habían decidido ponerlo en evidencia y realizado un inventario nocturno al cierre del local. Pese a las protestas de los empleados, agotados por la fatigosa jornada de fin de año, ninguno había podido abandonar el restaurante antes de las doce del día del primero de enero. Sin embargo, no habían logrado coger en falta a Valdés. La cantidad de bebida en existencia cuadraba perfectamente con lo estipulado. Desde entonces, la vigilancia no había cesado, pero marcada por la resignación. Además, pronto dueños y administradores tuvieron motivos mayores para preocuparse, al darse cuenta que otro episodio ya casi olvidado —un camarero devenido en terrorista que ocultaba una pistola en su taquilla de empleado, y luego iba a participar en la toma de Radio Reloj, durante el asalto al Palacio Presidencial, y más tarde en la “batalla de Santa Clara” y posteriormente, tras el primero de enero de 1959, sería comandante por poco tiempo y después oficial interrogador de la Seguridad del Estado, agente en Europa, jefe de una estación de bomberos, ya en su carrera revolucionaria en descenso, y al final, viejo y decepcionado, se suicidaría— no había sido un incidente aislado.

—Voy a hablar con Stefano, a ver si puedo comer. El restaurante está medio vacío. ¿Quieres comer Isra?

—No gracias, comí temprano en La Roca.

Se dirigió al maître.

—¿Se puede comer Stefano?

—Nada más me queda pargo grillé.

—¿No hay langosta?

—Y langosta. Solo me queda pargo y langosta.

—Una langosta termidor.

—¿Qué más quiere Alex? —le preguntó Stefano. Era el único empleado que lo trataba de usted. No estaba seguro de si por respeto al cliente o por establecer una distancia ante un adolescente que podía comer ahí todas las noches gracias a la generosidad de una revolución que no había tenido grandes problemas en pagarle una espléndida herencia, pero que al mismo le impedía hacer tantas otras cosas, entre ellas irse del país.

—Una crema de espárragos y también una ensalada de aguacate.

—No me queda aguacate.

—Espárragos. También una ensalada de espárragos.

—¿Quiere hors d’oeuvres?

—No, gracias.

Meses atrás, los hors d’oeuvres habían establecido su presencia en los menús de la docena de restaurantes de lujo que quedaban en La Habana. No sabía la razón de la preferencia del nombre francés frente a la palabra canapé, también de origen galo pero aceptada por la Real Academia y conocida por la burguesía y la clase media cubana. Una incongruencia más en la construcción del socialismo cubano, otro huequito en la muralla, pensaba. En realidad, los hors d’oeuvres no pasaban de una pobre imitación tropical de sus primos franceses e ingleses: galleticas saltines untadas con pasta de mayonesa y tomate, huevos cocidos picados en rebanadas, trocitos de piña envueltos en jamón y huevos rellenos con una pasta formada con un poco queso crema, un trozo de yema y unos cuantos pedazos de pimientos encurtidos. Sin embargo, eran el plato obligado de cuando infeliz lograba el turno ocasional que le permitía comer un poco mejor una noche y olvidar por algunas horas la realidad nacional. Para él y el resto de los clientes fijos, los hors d’oeuvres (ese nombre que camareros y comensales pronunciaban con desacierto) eran un “engaña bobos”. Costaban entre tres y cuatro pesos, cuando por cinco se podía disfrutar de un pargo grillé, por nueve de una langosta termidor y por uno de una ensalada de espárragos.

—¿Cerveza? Ah, verdad que usted no toma cerveza Alex.

—No, una botella de vino.

—Solo tenemos Marqués de Riscal.

—Ese mismo.

—Le aviso cuando esté la comida lista. Unos quince minutos. Si quiere le puede ir pidiendo la cuenta a Valdés.

Miró el reloj. Eran casi las doce de la noche. Seguramente tendría tiempo para comer y volver por la barra para tomarse un último trago.

No habían pasado diez minutos cuando el camarero vino a buscarlo a la barra. La crema de espárragos estaba humeante sobre la mesa. El camarero le presentó la silla y luego de mostrarle la botella de vino comenzó a descorcharla. Otro camarero se acercó con los cuadritos de mantequilla flotando en pedazos de hielo. Luego trajo una canasta pequeña. Con una tenacilla de plata extrajo de ella tres panecillos de cebolla. Los panecillos conservaban el calor del horno y la mantequilla se derretía rápida sobre su superficie. Probó el vino y dio la autorización para que le llenaran la copa. La crema tenía el espesor adecuado y los trozos de espárrago no flotaban sino se integraban al conjunto.

—¿Un poco de pimienta?

El camarero se acercó con el molinillo de caoba oscura e hizo girar dos o tres veces la manivela sobre la crema.

—Un poco en la ensalada también —le dijo.

Minutos después llegaba con la langosta el encargado de sacar los platos de la cocina. Le gustaba comer a esa hora. No solo porque solía acostarse tarde en la madrugada, sino porque camareros y cocineros se movían más rápidos al ver cercana la hora del cierre.

La grasa de la mantequilla y el queso derretido flotaban dorados sobre la cubierta gratinada del plato de langosta. El crustáceo no venía servido en su concha, como era tradicional, sino en una bandeja alargada, similar a la utilizada en los cannelloni, pero era un plato abundante (seguramente preparado con una langosta grande o con dos pequeñas), y la salsa se había hecho batiendo constantemente la mantequilla derretida y agregando poco a poco la harina y luego la yema de huevo, de forma tal que no había grumos sino una mezcla espesa en que los condimentos estaban integrados y solo sobresalía el sabor del queso parmesano, que pese a su robustez no lograba opacar el gusto de los trozos de carne blanca cuando se trituraban despacio en la boca. Los tragos anteriores no habían logrado opacar el sabor del vino, que él apuraba poco a poco.

Al terminar, pensó pedir de postre crepes suzettes, pero sabía que Stefano no dejaba a ningún camarero preparar el plato, cuya elaboración final estaba a cargo del maître, quien frente a la mesa del cliente bañaba las crepes en coñac y licor de naranja, permitiendo que el calor hiciera hervir la mezcla hasta encenderse. Sin embargo, era un poco tarde y no quería abusar de la confianza de Stefano (como tampoco arriesgarse a que otra noche no lo sentara a comer cerca de las doce), y se decidió por un tatianoff de chocolate. Tras el café, el camarero se acercó con una caja grande de cedro, barnizada de oscuro y llena de habanos H Upman No. 4. Era un viejo ritual que aún conservaban los restaurantes de lujo habaneros. Más bien una farsa. Se le ofrecía al cliente una caja llena de tabacos, pero éste sabía (y si no lo sabía el camarero se lo advertía de inmediato) que podía tomar solo uno. Aunque esta noche le había tocado uno de los camareros que mejor se llevaban con él y le oyó decir bajito, después que ya había tomado un tabaco.

—Coge otro si quieres Alex.

Sabía que el segundo tabaco no iría a la cuenta y sabían ambos que él buscaría la forma de compensar al camarero.

Guardó el otro tabaco y terminó el café antes de encender el primero. Le quitó con cuidado la anilla y prendió un fósforo. Pese a la carencia de fósforos largos de madera en el país, y de la posibilidad de quedarse con la cabeza de uno ardiendo en la yema de los dedos (como ocurría con frecuencia con esos fósforos nacionales que se vendían a cinco centavos la caja), decidió calentar un poco el puro antes de encenderlo. Conocía que de esa forma la hoja despertaba a la combustión, por lo que una o dos veces pasó el fósforo, a una distancia prudencial, por todo lo largo del tabaco. Aplicó la llama de un segundo fósforo al inicio del puro —era su día de suerte, ambos fósforos habían encendido con facilidad— y la mantuvo firme hasta que vio aparecer un rojo uniforme al aspirar el humo. Le gustaba que la ceniza se acumulara considerablemente en la punta del tabaco, antes de echarla al cenicero, para demostrar que tenía la habilidad y el control suficiente para beber y conversar con pleno dominio de sus facultades. Pagó la cuenta y como el restaurante estaba semivacío se arriesgó a deslizar cinco pesos en el bolsillo del esmoquin del camarero, que le agradeció sin pronunciar palabra. Le gustaba que los camareros fueran todos hombres y vistieran de esmoquin negro. “Muchos de ellos tienen mejor presencia que los parroquianos de ahora, que son unos patanes”, solía decir Ferreto, quien se burlaba de los miembros de las clases desposeídas. Pese sus discursos en favor de los pobres y maltratados por los ricos y poderosos —ese grupo privilegiado al que el anciano había pertenecido por mucho tiempo— y sus arengas en favor de un socialismo trasnochado en coñac albanés.


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