Actualizado: 23/09/2022 21:11
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Cine, Godard, Arte 7

Jean-Luc Godard (1930-2022)

Sin aliento significó una nueva manera de hacer cine, un nuevo enfoque narrativo, un discurso cinematográfico diferente

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Acaba de morir, de su propia mano, en suicidio asistido, Jean-Luc Godard, uno de los más grandes innovadores de la historia del cine. No podía ser de otra manera. Dicen sus familiares y allegados que no estaba gravemente enfermo, pero tenía una serie de problemas de salud que le impedían vivir como quería y cansado del esfuerzo, prefirió terminar con su vida. Decidió su muerte como decidió su quehacer cinematográfico.

Godard se matriculó, en 1949, en la Sorbona para estudiar etnología, pero seducido por las actividades de la Cinemateca Francesa y de los cine-clubs del Barrio Latino, dejó los estudios para dedicarse a la crítica de cine. Comenzó en Gazette du cinéma, junto a los que después fueran también grandes del cine francés, Eric Rohmer y Jacques Rivette. La revista cerró en 1950 tras publicar cinco números y de ahí saltó a Cahiers du cinéma, la revista fundada por André Bazin, uno de los más importantes críticos de cine de todos los tiempos.

Se destacó de inmediato por su desprecio por el cine francés del momento, el que hacían Duvivier, Allegret, Clouzot y Labro principalmente. Del neorrealismo italiano solamente salvó de su ira crítica a Rosellini y revalorizó el cine americano de las décadas del 40 y 50, expresando su preferencia por el cine de Howard Hawks y de Otto Preminger por encima del de Welles, De Sica y William Wyler que favorecía Bazin. Siguió así, descubriendo por el camino el cine de Samuel Fuller y de Nicholas Ray, a quienes admiraba con fervor.

Cuando irrumpió en 1960 con Sin aliento, la respuesta del público fue ambigua, así como la de los críticos (uno nunca sabe que vive la historia cuando la vive), y aunque le valió el Oso de Plata al mejor director en el festival de Berlín de ese año, no creo que muchos sabían lo que estaban viendo, porque Sin aliento ha pasado a la historia del cine como la película que señala el advenimiento de la Nueva Ola Francesa, a pesar de haber sido precedida por dos filmes de otros miembros de ese grupo de cineastas (El bello Sergio, de Chabrol y Los 400 golpes, de Truffaut).

Sin aliento, basada en un guion original de Truffaut que Godard deshizo a su manera, significó una nueva manera de hacer cine, un nuevo enfoque narrativo, un discurso cinematográfico diferente. Godard era un provocador que quería cambiar cómo el cine se había hecho hasta entonces. A partir de ahí, no solamente se dedicó a cambiar el cine, sino que en cada filme cambiaba al propio Godard. Realizó 15 largometrajes de ficción entre 1960 y 1967 y en todos buscaba un enfoque nuevo. Hoy se ven envejecidos y hay que verlos en su contexto, pero desde entonces el propio Godard se encargaba de hacerlos envejecer.

Cuando comencé a mirar al cine con seriedad, alrededor de 1970, tres directores influenciaron, más que todos los otros, la forma en que entiendo y aprecio el cine, ellos fueron Orson Welles, Federico Fellini y Jean-Luc Godard. Cuando un grupo de amigos íbamos a ver los filmes de Godard en la cinemateca, en Cuba, era una aventura. Uno no sabía a qué atenerse, solamente sabíamos que nos sorprenderíamos, que se provocarían discusiones.

Ver Vivir su vida, luego Los carabineros, más tarde Pedrito el loco y casi de inmediato Week End, era un encuentro con lo desconocido. Creíamos que lo entendíamos todo, pero probablemente entendíamos entre nada y muy poco. Era un cine que había que ver varias veces, un cine para cinéfilos y para cineastas. Recuerdo que lo más acertado que oí entonces fue cuando mi amigo Ricardo Oteiza, fanático de Godard y de la nueva ola, dijo que “mientras todos los demás eran unos pilotos, Godard era un astronauta”.

Fue un artista difícil como persona. Arrogante, despectivo, condescendiente, antisemita. Por un momento le dio por demostrar que cualquiera podía hacer cine y junto con Jean-Pierre Gorin codirigió filmes con lo que llamó el grupo Dziga Vertov y dejó una constelación de filmes olvidables y olvidados entre 1969 y 1972 (en total, realizó unos 33 largometrajes de ficción y docenas de documentales).

Fue trotskista, maoísta, anarquista, misógino, defensor de Al Fatah y otros desastres ideológicos y políticos. Se peleó con casi todos sus amigos, cambiaba sus opiniones a su antojo y no le importaba avergonzar a sus actores en público. Godard siempre hizo muy bien el papel de Godard.

Visitó Cuba en 1968, después que muchos de sus colegas como Agnes Varda, Joris Ivens y Chris Marker ya habían pasado por allí. A su visita no se le dio mucha propaganda, pues nada teme más el censor que a un tipo impredecible. Nunca hizo declaraciones públicas de solidaridad, aunque los habanos se convirtieron en su “vicio burgués”.

Viendo sus últimos filmes, ya viviendo en Estados Unidos, me enteré que admiraba a Lezama Lima y a… Santiago Alvarez. En un capítulo de sus Histoires du cinéma, serie de ocho capítulos que le llevó casi diez años completar, antepone favorablemente el uso de la cámara lenta que hace Santiago Alvarez en la deplorable obra propagandística 79 primaveras, sobre la muerte de Ho Chi Minh, al uso que del mismo recurso hacía Stanley Kubrick en Full Metal Jacket.

No he intentado hacer un obituario con una biografía detallada y una filmografía acuciosa. 14 y Medio, El País y The New York Times, entre otros medios han publicado excelentes resúmenes de su vida. He querido mantenerlo a nivel más personal. Sin Godard no hubiera Tarantino, quien nombró una de sus compañías productoras A Bande Apart en homenaje a uno de sus ídolos. A pesar de sus contradicciones, de sus posiciones detestables, de que sus películas son hoy en día indigeribles, en estos tiempos que corren, de cancelación cultural de izquierdas y derechas, en los cuales el efecto de halo pasa de la persona al artista y luego a su obra, quiero rendir homenaje al artista que fue Godard, sin cuyas exploraciones y sus constantes revisiones (incluso de sí mismo), el cine no sería hoy lo que es. Quizá nos hizo apreciar el valor de lo efímero en el arte y en la vida.

En una ironía godardiana, este domingo 11 de septiembre, fecha nefasta donde las hay, el grupo de amigos que nos reunimos casi cada domingo, por zoom, a discutir filmes, y entre los cuales se encuentran algunos cineastas y especialistas en cine y medios de comunicación, nos tocó discutir Sin aliento. Analizamos su envejecimiento y la necesidad de verla entendiendo su contexto. No fuimos generosos con ella (no creo que es lo mejor de Godard). Menos de 24 horas más tarde nos enteramos de su muerte. Parafraseando a lo que dijo Billy Wilder cuando se enteró de la muerte de Ernest Lubitsch, diré: “Ha muerto Godard, qué lástima ya no habrá más películas de Godard”.


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