Actualizado: 27/01/2022 17:36
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Jesús, Historia, Cristianismo

Jesús fue rey de Jerusalén

Lo que organizó Jesús se asemeja a lo que hoy calificaríamos de ONG sin fines de lucro

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Aprovecho la cercanía de la fecha del 25 de diciembre, escogida universalmente para celebrar el natalicio de Jesús, para destacar un pasaje de su vida hasta ahora desconocido. Hasta hace poco más de treinta años, apenas se contaba con los textos religiosos aceptados oficialmente por la cristiandad y unos pocos escritos apócrifos, así como breves pasajes de historiadores de la época y de funcionarios romanos para poder escribir una historia completa de su vida.

No obstante, en el siglo XX se realizaron varios hallazgos arqueológicos de inestimable valor. Basado en todos estos descubrimientos, y tras un estudio de más de veinte años —desde fines de los 90 y las primeras dos décadas del siglo XXI—, dio por resultado una biografía sobre Jesús que la Editorial Adarve de España decidió publicar en 2020, que considero mucho más completa: Jesús de Capernaún. Sin embargo, el libro no pudo ser publicitado como hubiera deseado debido a la pandemia y sus confinamientos.

El título merece una breve explicación. Muchos textos originales escritos en los dos primeros siglos sobre la vida de Jesús, fueron reproducidos posteriormente por copistas judíos que jamás habían estado en la Tierra Santa porque sus familias habían emigrado desde mucho antes a Grecia, por lo que, al leer la frase “Jesús el nazareo”, creyeron que se trataba de un gentilicio, o sea, una ciudad llamada Nazaret. Pero Nazaret no es mencionada en texto alguno de la época, ni por el Antiguo Testamento, ni por historiadores de entonces, como Filon y Flavio Josefo. Mucho después, cuando los peregrinos cristianos viajaran a Galilea y preguntaran cómo llegar a Nazaret, quienes los escuchaban creían que se referían a una aldea con un nombre parecido: en-Nazira, y muchos peregrinos desde entonces visitaron esa aldea que finalmente terminó siendo la ciudad de ese nombre: Nazaret. En realidad, la frase “Jesús el nazareo” aludía a un voto de completa dedicación a Dios instituido por Moisés en el libro de Números 6:2, el voto del nazareo. El libro Jesús de Capernaún[1] demuestra más detalladamente, cual fue la verdadera ciudad donde Jesús vivió desde niño: Capernaún.

Tras esta digresión necesaria, desde un principio me hacía dos preguntas, primero, por qué el procurador romano, Pilatos, ordenó la ejecución de Jesús. No fue porque se lo pidieran los judíos, pues el Sanedrín tenía la potestad para ordenar su muerte por lapidación como eran ejecutados los blasfemos y no lo hicieron. Y segundo, por qué puso en la cruz donde fue crucificado, en tres idiomas, latín, griego y hebreo, la frase “Jesús, rey de los judíos”, como para que no quedara duda alguna de que la causa de su ejecución no era religiosa sino política.

La razón que finalmente encontré fue que, de hecho, Jesús había sido, aunque por muy breve tiempo, rey de Jerusalén.

Los zelotes, que luchaban con las armas por independizar a Israel del dominio romano, jamás lograron tomar Jerusalén. ¿Cómo pudo lograrlo Jesús cuando se oponía a la violencia y no admitía entre sus filas a soldado alguno? Para entenderlo es preciso resaltar varios detalles.

En primer lugar, los discípulos de Jesús no fueron solo doce, número luego muy repetido por coincidir, simbólicamente, con el de las doce tribus de Israel. Apóstol significa “enviado”, ya que a principios de su ministerio doce de ellos fueron encomendados a una misión proselitista. Pero en otra ocasión Jesús hizo algo semejante: “El Señor eligió a otros setenta y dos discípulos y los envió de dos en dos delante de él, a las ciudades y lugares a donde él debía ir” (Lucas 10:1). ¿Eligió? Si eligió a setenta y dos ¿cuántos discípulos tenía Jesús? El Gobernador romano de Fenicia y Líbano, Sossianus Hierodes, aseguraba que Jesús llegó a reunir a “unos novecientos hombres…”.

Por otra parte, lo que organizó Jesús se asemeja a lo que hoy calificaríamos de ONG sin fines de lucro. Contaban con tesorero, muchos donantes y una red de informantes en círculos de poder: en el Sanedrín, en el pretorio donde regía Pilatos e incluso en el palacio de Herodes en Galilea. Gran parte del dinero se usaba en limosnas que se repartían entre los más necesitadas, por lo que Jesús iba ganando cada vez más influencia entre las capas más humildes de la población.

Encontrándose Jesús fuera de Jerusalén, recibe noticia de dos hechos que propician una oportunidad única para apoderarse de la ciudad: la ausencia de Pilatos, quien había viajado a Cesarea, y la efervescencia popular ante la noticia de lo que se conoce como “resurrección de Lázaro”. Resurrecciones anteriores realizadas por Jesús, con muy pocos testigos, habían sido de personas acabadas de morir, lo que hoy habríamos calificado como “muertes clínicas”. Lo de Lázaro había sido muy diferente, pues supuestamente llevaba cuatro días muerto y casi todo el pueblo de Betania, próximo a Jerusalén, había dado testimonio del hecho. Esto sólo podría hacerlo alguien con poderes otorgados por Dios, no otro que el Mesías tan esperado. Entonces Jesús ordenó a muchos de sus discípulos propagar la noticia de su regreso inmediato. ¿Cómo regresó? Pues montado en un asno como profetizara el profeta Zacarías: “He aquí que tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno” (Zac. 9:9).

La multitud, que esperaba su llegada concentrada a ambos lados del camino, lo recibió enarbolando ramas de palmeras mientras lo proclamaba rey: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el rey de Israel!” La multitud le siguió detrás. ¿Dónde escogió la sede de su gobierno? Pues en el Templo de Jerusalén. Y lo primero que hizo fue expulsar a los mercaderes. ¿Con qué autoridad hizo esto? Si no la hubiera tenido, no lo hubieran permitido ni los Doctores de la Ley, ni los propios mercaderes. Y allí, en el templo, se sentó a deliberar. Esta situación no fue un solo día, como se demuestra en el evangelio de Juan: “Cada uno se fue a su casa; y Jesús se fue al Monte de los Olivos. Y por la mañana volvió al templo” (Jn. 7:53-8:2).

En el Oriente la coronación oficial de un rey incluía, como parte del ritual, el ungimiento, o sea, perfumarlo con un aceite. De esto se encargaría María de Betania, hermana de Lázaro: “Vino una mujer con un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio; y quebrando el vaso de alabastro, se lo derramó sobre su cabeza” (Mr. 14:3).

Es, entonces cuando los fariseos le llevaron a la mujer adúltera para que decidiera qué hacer con ella, pero con la intención de sorprenderlo en falta ante la multitud, pues él no podía negarse a apedrearla según la Ley de Moisés, mas Jesús, conociendo que generalmente todos ellos también adulteraban, respondió: “el que esté libre de pecados que tire la primera piedra”. Y nadie se atrevió.

Otra pregunta capciosa fue si mantendría el pago del tributo al César, pues los zelotes eran partidarios de suspender drásticamente ese tributo, pero Jesús, sabiendo que una guerra contra el imperio más poderoso del mundo tenía más posibilidad de terminar con el fin de la nación judía – como posteriormente ocurrió -, eludió una respuesta directa. Les enseñó una moneda y les preguntó qué imagen aparecía en ella. Cuando le respondieron que era la del César, les dijo: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22:21).

Tal respuesta tiene un trasfondo interesante, pues parece sugerir una opción diferente a la de los zelotes: continuar pagando el tributo a cambio de que se permita a los judíos gobernarse por sí mismos y profesar su religión, esto es, una autonomía como la que había existido hasta el año 4, lo cual era más factible de obtener antes de afrontar la inseguridad permanente que representaban los zelotes. Es, quizás, ocioso especular qué habría pasado si la alternativa que se hubiera impuesto hubiera sido finalmente la de Jesús y no la de los zelotes, con la destrucción de Jerusalén y el destierro general de las familias judías convertidas en una raza errante durante dos milenios.

Pero justamente era eso lo que temían los sacerdotes del Sanedrín alarmados por las posibles consecuencias de la entronización de Jesús: “vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación” (Jn. 11:48). Y ordenaron a los alguaciles a detenerlo, pero éstos no se atrevieron, porque Jesús estaba custodiado no sólo por sus discípulos sino también por una gran multitud eufórica.

Y la noticia de lo que ocurría llegó a oídos de Pilatos en Cesárea, que alguien había sido proclamado rey de Israel y que había tomado la ciudad de Jerusalén, por lo que decidió regresar de inmediato. Ante la inminencia de su llegada, Jesús se retiró a Betania, pero cuando las autoridades romanas y judías fueron en su busca, no lo encontraron. Jesús había pasado a la clandestinidad, y sólo conocerían de su paradero más tarde con la delación de Judas. La primera pregunta que le haría Pilatos a Jesús al ser arrestado, sería ésta: “¿Eres tú el rey de los judíos?”.

Las enseñanzas de Jesús sobre la no violencia e incluso su ejemplo que le llevaron a lograr más de lo que pudieron los zelotes por la vía violenta, fue lo que influyó en las luchas posteriores de Gandhi y Martin Luther King.

¿Temían los romanos más a Jesús que a los zelotes? Posteriormente se intentó velar las aristas más radicales de su pensamiento y se intentó interpretar su mensaje de mansedumbre como sumisión. El célebre escritor ruso León Tolstoi, expresaba que “la enseñanza de Jesús destruye el Estado”, y agregaba: “Los hombres lo comprendieron desde el nacimiento del cristianismo. Por ello Cristo fue crucificado”[2]. Por su parte, la antropóloga Riane Eisler manifestaba que Jesús era considerado por las autoridades de su tiempo “como un revolucionario peligroso cuyas ideas extremas debían silenciarse a cualquier costo”[3].


[1] Ariel Hidalgo: Jesús de Capernaún, cap. IV La Infancia, el Primer Lapso Oscuro. Editorial Adarve, Madrid, 2020.

[2] León Tolstoi: El Reino de los Cielos está en Vosotros, Cap. X, México, 2014.

[3] Riane Eisler: El Cáliz y la Espada.


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