Actualizado: 16/10/2017 9:39
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Literatura, Literatura cubana, Poesía

Joaquín Gálvez, aprendiz de resurrecciones

Desde Alguien canta en la resaca Joaquín Gálvez encontró su voz y se encontró a sí mismo. Aprendió que moriría muchas veces y que de cada una de sus resurrecciones solo la poesía contaría la historia

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Aunque ya conocía a Joaquín Gálvez desde hace doce años, cuatro libros y cientos de tertulias, la editorial Verbum, fundada en España por el poeta cubano Pío E Serrano, y la que se dedica a difundir la literatura cubana, ya clásica ya contemporánea, me ha sorprendido gratamente con la reciente publicación de su antología personal Retrato desde la cuerda floja, y la que me ha arrancado estos apuntes referentes al poeta.

La poesía no se busca, nos busca. Nos mata y nos resucita. Joaquín Gálvez lo sabe y no rehusó el riego. Si ella nos elige, la alternativa es padecerla. Ella se deja hallar mansa y serena o nos elude gentil y pizpireta pero una vez instalada no nos abandona, es una condena a perpetuidad.

El versificador puede ser un oficiante, pero, el poeta es un elegido. El oficiante va de eco en eco, husmea y repite, usa un efecto, ensarta una ingeniosidad; el poeta guarda doloroso silencio si no encuentra su voz. El oficiante fabrica, el poeta sufre; Joaquín Gálvez es testigo.

No es de extrañar que un solo verso nos eleve a los cerros del augusto éxtasis, como no es de extrañar que una extensa cantinela se torne solo algarabía. El verso puede construirse pieza a pieza, la poesía eclosiona y se despiezas en ese caótico orden que la transforma en única. Joaquín Gálvez lo ha constatado en agonía propia, hechizo propio.

Desde Alguien canta en la resaca Joaquín Gálvez encontró su voz y se encontró a sí mismo. Aprendió que moriría muchas veces y que de cada una de sus resurrecciones solo la poesía contaría la historia. Comprendió que era múltiple y él mismo a un tiempo, y no tuvo miedo de afirmar: “¡No habrá argucia con la que escape de mi Gálvez inédito!”. Siempre un Gálvez otro, un Gálvez nuevo, sin dejar de ser el anterior: una dialéctica vital y trópica que lo destroza y reconstruye, que lo esquilma y lo dota.

En la espiral del aprendizaje, espiritual y poético, lo he visto crecer. He seguido su obra libro a libro, vida a vida, y en cada uno, y una, he hallado al poeta: ya ser desterrado, ya joven iconoclasta, ya hombre inadaptado, pero siempre nimbado por el halo fatal de la poesía, sin poses ni alaridos, cargando cuesta arriba la roca de su fatum.

Hoy, cuando aparece su antología personal Retrato desde la cuerda floja, ya Joaquín Gálvez es un entrenado alambrista que en cada paso escucha la peligrosa música del posible resbalón, la inminente caída, pero sigue adelante porque la maroma es infinita, y él, el poeta que es, se sabe “hijo pródigo que se marcha y más nunca regresa” y que su única diadema es la soledad.

En Joaquín Gálvez la vida y su poética son una misma cosa: tratar de concebirle un rostro a la pesadilla en el poema, sabiendo que ambos están hechos de la misma sustancia. Y entonces se reconoce un paria que se hecha al camino sin otra brújula que sus visiones, en la búsqueda de un equilibrio que él sabe imprescindible cuando se marcha sobre un hilo de araña que va de un abismo a otro abismo, y donde nadie, aún, ha podido dejar señales de tránsito, porque toda voz es continuación/ y regresión de una misma voz.

Sin embargo, la duda —única posesión del pobre ser humano que somos— pende insistente sobre él. Una duda que va más allá de la vida, un intento casándrico, oracular, que intenta indagar en esa zona insondable y prohibida al ojo mortal. La duda de la huella en un polvo que el viento azota, y asuela. Afirma no temerle al instante sino a la suma de ellos, como si la sucesión fuera armando un expediente de acciones y reacciones, y por ellas nos juzgaran y, al final, fallaran si valió o no la pena. Es la eterna lucha entre consagración y legado, el viejo afán de trascender, de llegar a ese sitio reservado a los dioses; y esa duda, para la cual nunca alcanzaremos el algoritmo exacto que la resuelva, lo torna más humano y más poeta.

Ya para El viaje de los elegidos Joaquín Gálvez ha padecido tanto que merece el despertar de sus figuraciones. Vida, viaje, cuerda floja, son un solo sendero, y ha de vivirse el riego de las pisadas. No más. Solo que ahora sus visitaciones al reino de lo inextricable traen resonancias más límpidas. Ya sabe que “Polvo somos y al polvo regresaremos”, una canción, a lo bíblico, de Kansas se lo ha repetido All we are is dust in the wind, y él ha recordado que, a lo Quevedo, es preferible ser “polvo enamorado”. Y entonces el dilema de la duda se disuelve. Ya no le importa la eterna permanencia sino haber transitado. Lo deja escrito: “Todos fuimos y no fuimos/ —por eso todos nos merecemos el gran premio—, / pues nunca supimos”. Este es un Joaquín Gálvez macerado y reconstruido, quiero decir, un Joaquín Gálvez maduro, sosegado, renacido de sí mismo, ya sin ínfulas ni pretensiones.

Es entonces que alcanza su hábitat, se reconoce como gallina ciega con la que Dios juega y le ruega por sus ojos para no cometer otro crimen. Pero no habla de él. Habla de nosotros. Dice de lo que nos ennoblece y nos enloda, de lo que nos junta y nos dispersas. Más que un canto al sí mismo múltiple de Whitman, es un canto al nosotros único de Whitman en el que todos danzamos. De tanto ansiar ser Joaquín Gálvez fue un poco de todos, y nos deja estos versos en los cuales podemos reconocerlo, reconocernos.


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