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Goytisolo, Literatura, Literatura española

Juan Goytisolo, el premio que no fue

Este artículo, publicado el 30 de junio de 2008, se reproduce aquí en homenaje al fallecido escritor barcelonés

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El premio Príncipe de Asturias acaba de confirmar que estos galardones muchas veces los gana el candidato que a algunos nos parece el menos favorito.

La propia vencedora, la escritora canadiense Margaret Atwood, se declaró “sorprendida” de recibir esta distinción, que calificó de “muy importante” para ella y la literatura de su país, según la agencia Efe.

Atwood justificó su sorpresa con el argumento de que la literatura de su país “no es tan conocida en Europa y se nos confunde a menudo con los estadounidenses”.

La novelista y poeta competía para el Príncipe de Asturias con el español Juan Goytisolo, después de que fueran eliminadas las candidaturas del británico Ian McEwan y el albanés Ismail Kadaré.

“No leo en español, así que dependo de lo que se publica en inglés y normalmente hay que esperar, aunque autores como Javier Marías se traducen rápidamente”, dijo la escritora, quien añadió a su lista al “maravilloso autor de novela policíaca” Arturo Pérez Reverte.

Pérez Reverte, sin embargo, debe más su fama y fortuna a las novelas de corte histórico que las que podríamos llamar “policíacas” o de misterio. Entre estas últimas se destacan La tabla de Flandes y El club Dumas, que fue llevada al cine por Roman Polanski, con el título de The Ninth Gate. Eso me hace sospechar que el conocimiento de Atwood sobre la obra de Pérez Reverte sea más cinematográfico que literario.

Esta casi pifia de Atwood se la merecen quienes le otorgaron el premio, por encima de Goytisolo, mucho más importante como escritor, intelectual y figura de las letras hispanas.

Porque en el otorgamiento del premio a Atwood, más allá de sus méritos literarios, que indiscutiblemente los tiene, entró de nuevo a jugar parte principal la política y ese rezago del siglo pasado, de distinguir con galardones literarios a intelectuales que acumulan una destacada labor en la lucha contra cualquier injusticia, desde políticas a religiosas. Ecologista, feminista y quizá la máxima exponente de la literatura canadiense actual. La mezcla resultó irresistible.

Una información del diario español El País nos dice que el jurado del prestigioso galardón justificó su decisión en la “espléndida obra literaria” de Atwood, “que ha explorado diferentes géneros con agudeza e ironía, y porque en ella asume inteligentemente la tradición clásica, defiende la dignidad de las mujeres y denuncia situaciones de injusticia social”.

Según un artículo de José Andrés Rojo, también aparecido en El País, quien cita a Javier Cuartas, el premio a Atwood provocó cierto desencuentro entre los miembros del jurado.

“Hubo una corriente —encabezada por su presidente, y director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha— que defendía que el galardón fuera para un escritor en lengua española (no se premia a ninguno desde hace ocho años), y otra que se inclinaba por una elección más universal. Juan Goytisolo estuvo en la brecha hasta el final. Pero ganó la canadiense”, escribe Rojo.

Más que invocar un estrecho nacionalismo, prefiero que mis reproches tengan que ver con la sospecha de que la fama de la novelista canadiense fue decisiva frente al hecho de que, a Goytisolo, como él mismo ha reconocido, no le importa “estar de moda o no”. Con sus títulos publicados en más de 30 idiomas, una mayor difusión de la obra de Atwood, que indiscutiblemente acarrea un premio Príncipe de Asturias, indudablemente es una tentación para las editoriales españolas.

No es que para que un escritor sea grande necesite no ser popular, y tampoco lo contrario. Antonio Muñoz Molina demostró hace poco en un artículo la inutilidad de esta tesis, refiriéndose precisamente a Goytisolo.

“Un novelista puede ser grande y tener mucho éxito, incluso impúdicamente ambicionarlo: Balzac, Dickens. Otro igual de grande puede no tener ninguno, al menos en vida: Stendhal. Con mucha frecuencia hay más gente que lee una novela infame que una novela magnífica. Pero también hay novelas magníficas que seducen a millones de lectores —Lolita, Vida y destino, Bella del Señor, Anna Karenina— y su número no es inferior al de las novelas infames que fracasan”, escribió Muñoz Molina.

Confieso que en el caso de Goytisolo hay una afinidad en ciertos temas políticos —entre ellos, su posición respecto al conflicto árabe-israelí, donde siempre ha denunciado las culpas de ambas partes, y su rechazo a cualquier forma de extremismo—, así como un reconocimiento de su vinculación con Cuba y los intelectuales cubanos. El vínculo de Goytisolo con la Isla parte de un primer acercamiento político, para entrar en lo familiar —su bisabuelo, Agustín, se enriqueció gracias a un ingenio cubano que por supuesto empleaba mano de obra esclava— y llegar a la denuncia, con énfasis en la defensa de los homosexuales.

Desde que leí Señas de identidad, hace ya demasiados años, encontré a un escritor con el que podría estar o no de acuerdo en más de una opinión o una actitud, pero que rechazaba la “corrección política” en la obra literaria. A esto contribuyeron ciertos hechos que Goytisolo ha ido acumulando con terquedad a lo largo del tiempo: el que sus libros no fueran publicados en España hasta después de la muerte de Franco, su renuncia a afiliarse al Partido Comunista español, pese a sus simpatías, y el beneficio que esta aversión inicial le brindó posteriormente, al salvarlo, según propia convicción, de “pasar a la extrema derecha” como algunos de sus compañeros de profesión.

Si soy incapaz de invocar la honestidad de un escritor como causa principal para el otorgamiento de un premio, en el caso de Goytisolo, incluso no necesito romper este principio. Los tomos de sus Obras Completas, publicados por la Editorial Galaxia Gutenberg, demuestran su talento y heterodoxia en forma suficiente para otorgarle el Príncipe de Asturias y muchos otros galardones.


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