Actualizado: 16/10/2018 10:01
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Cine, Spielberg, Arte 7

La balada de Kate y Ben

Spielberg dirige con su estilo peculiar esta película. Siempre entreteniendo, arriesgando poco formalmente, usando todos los trucos disponibles, pero moviéndose con facilidad en un argumento bien controlado

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En 1971, Daniel Ellsberg entregó al The New York Times varios fragmentos de un copioso informe sobre la guerra de Viet Nam que incluía las manipulaciones que habían hecho cuatro presidentes americanos (Truman, Eisenhower, Kennedy y Johnson), con la información recibida sobre el desarrollo del conflicto. En ella se descubrían medias verdades, mentiras y ocultamientos que los presidentes habían hecho con el fin de continuar la guerra. Los documentos filtrados se dieron a conocer y han quedado para la historia como “los papeles del Pentágono”.

Ellsberg se enlistó en los Marines en 1954, tras haberse graduado de la universidad de Harvard y de estudiar un año en la universidad de Cambridge en Gran Bretaña. En 1957 se licenció con el grado de primer teniente y regresó a Harvard, donde obtuvo un doctorado en Economía en 1962, tras lo cual comenzó a trabajar para la corporación RAND. En 1964 pasó como asistente de Robert McNamara, secretario de Defensa, en el Pentágono. Un año después fue enviado, a través del Departamento de Estado, a Vietnam del Sur, donde se le encargó recoger información para colaborar en los documentos altamente confidenciales que explicaban a McNamara y sus asesores el estado de la guerra.

Después de 1967, Ellsberg regresó a la corporación RAND. Hacia 1969 empezó a asistir a mítines contra la guerra y comenzó a radicalizarse. Copió parte de los papeles, con la ayuda de dos amigos que había conocido en Kioto en 1960, Randy Kehler y el poeta Gary Snyder, ambos militantes pacifistas, y a los cuales, tras su experiencia en Vietnam, les dio la razón acerca del curso de la guerra, y comenzó a filtrarlos a miembros del Senado que se oponían al conflicto, entre ellos William Fulbright y George McGovern, pero estos no le hicieron caso. Finalmente, se los pasó a Neil Sheehan, corresponsal del TheNew York Times, quien escribió un largo reportaje y publicó parte de los documentos en 1971. El juez John Mitchell ordenó que seguir publicando los documentos era ilegal y atentaba contra la seguridad de Estados Unidos y el periódico fue a juicio.

Ellsberg fue también juzgado por espionaje. Pero por diferentes motivos, entre ellos que Nixon había ordenado obtener ilegalmente las notas del psiquiatra que atendía a Ellsberg para difamar de su persona, el caso fue desestimado y Ellsberg continuó su carrera como economista, campo en el cual ha hecho importantes aportes.

Estos hechos son lo que dan base al filme The Post, de Steven Spielberg. Sin embargo, solamente una parte de ellos es mostrada y editada en beneficio de la fluidez de la narración, en la película. Dadas las circunstancias actuales de tensión y oposición entre la prensa, principalmente el mismo The New York Times y The Washington Post, pensé que la película podía ser una monserga oportunista anti-Trump, pero me equivoqué.

Tras una secuencia de acción que nos presenta a Ellsberg en Vietnam, y luego en el avión de McNamara, viendo como el secretario mentía a la prensa sobre su opinión acerca de la guerra, el filme salta al momento en el cual The Washingtn Post (The Post, de ahí el título), que entonces no era más que un pequeño periódico de interés local, de chismes capitalinos, se hacía empresa pública. Su dueña, Katherine Graham era una dama de sociedad que lo había heredado de su esposo, quien a su vez lo había heredado del padre de Katherine. Al Post, en ese preciso momento, se le da la oportunidad de publicar parte de los documentos que el The New York Times tenía prohibido publicar y ante la situación complicada, Katherine, asediada por los intereses de los banqueros y de los inversionistas, las preocupaciones de sus asesores legales y la insistencia de su compromiso sobre la libertad de prensa del editor del diario, Ben Bradlee, tiene que tomar la decisión de publicar o no los documentos. Este proceso es la línea argumental principal del filme.

Es un tema que da mucha tela por donde cortar, pero Spielberg, siempre el boy scout, termina reduciéndola al conflicto entre Katherine y Ben, que va de una relación profesional, pasando por una de amistad, a una de amor-odio no de carácter romántico o erótico, pero sí algo perversa.

Bradlee era un personaje que se movía entre los altos círculos de poder en Washington, muy amigo del presidente Kennedy. Katherine a su vez, era muy amiga de McNamara.

Las intrigas palaciegas se van reduciendo al esquema de un filme de acción, con todos sus trucos y efectismos, y Spielberg no escatima fuegos artificiales. Su propósito es, a la larga, entretener, y lo logra muy bien. Mantiene la tensión a pesar de que la mayor parte de la audiencia conoce de antemano el desenlace.

El filme se arma con los elementos del thriller y la contextualización histórica a la larga, se vuelve marginal. A Spielberg siempre le ha interesado presentar a seres ordinarios enfrentados a situaciones extraordinarias y forzados a tomar decisiones vitales. Lo hizo en Jaws, en la cual no son ni el policía ni el pescador, conocedores del ambiente, quienes resuelven la situación con el tiburón, sino el hombre común y asustado, que es capaz de apelar a lo mejor de su racionalidad y de sus instintos en un momento clave y lo siguió haciendo en casi todas sus películas, quizá con la excepción de Lincoln.

La película funciona perfectamente como entretenimiento comercial bien convencional. Sigue sus elementos básicos al dedillo. Pero cuando toca el tema de la libertad de prensa, lo simplifica todo a un canto patriótico de la razón de ser del cuarto poder, que cumplen lo establecido por los padres fundadores y lo que pudo ser una encrucijada interesante, termina siendo una arenga para las masas.

Meryl Streep está sensacional como Katherine Graham. Le da riqueza a un papel que pudo haber quedado en el estereotipo, lo enriquece con su interpretación. Llena de matices a un personaje atormentado, quien se encuentra en una situación difícil y para la cual nadie cree que está preparada. Tom Hanks está bien como Ben Bradlee, el editor que siempre puja por la noticia, por mostrar la verdad y luchar contra los poderosos, a pesar de que él siempre se mantuvo al lado de ellos. Sin embargo, cuando recuerdo a Jason Robards haciendo del mismo personaje en All the President’s Men, el filme de Alan Pakula. sobre el caso Watergate, que, aunque realizado cuarenta y un años antes, parece una secuela de éste, la actuación de Hanks palidece. Me da a veces la impresión de que Hanks, quien es un excelente actor por derecho propio, se está inspirando en Robards y no puede llegar a su nivel.

Bob Odenkirk (Nebraska, Better Call Saul, Breaking Bad), quien además de actor es un veterano escritor de Saturday Night Live, está muy bien en su papel como Ben Bagdikian, el periodista al cual le caen los documentos que no pudo utilizar el Times. Bruce Greenwood resulta muy efectivo en su breve, pero importante papel como McNamara. Tracy Letts, un actor que no está bien valorado y que este año ha hecho roles camaleónicos en Lady Bird y en The Lovers, está también magnífico en un breve, pero también relevante papel como el consejero de Katherine.

El guion de Liz Hannah y Josh Singer (este último con experiencia escribiendo sobre la prensa y las presiones que esta sufre, ya que fue guionista de Spotlight), ambos además productores, es muy efectivo en cuanto a simplificar la trama y convertirla en un noir sobre las responsabilidades sociales de la prensa, los intereses de los poderosos y las intrigas financieras. Mantienen un mínimo de didactismo y de mensajería. La fotografía de Janusz Kaminski, quien desde 1993, empezando con Schindler’s List ha trabajado en una docena de películas con Spielberg, es perfecta para darle la justa tonalidad visual al filme, acentuando del argumento sin distraer del mismo.

Spielberg dirige con su estilo peculiar. Siempre entreteniendo, arriesgando poco formalmente, usando todos los trucos disponibles, pero moviéndose con facilidad en un argumento bien controlado, usando la ambientación perfectamente para que nada desvíe al espectador de las complicaciones de la trama, que siempre resuelve de forma sencilla y optimista. Baraja una cantidad inmensa de nombres y situaciones, pero no deja que nada los aparte de su objetivo, la relación Kate-Ben y el tema del ser común que tiene que tomar decisiones extremas en circunstancias extremas.

Prefiero All the President’s Men a The Post. Son filmes muy similares sobre temas relacionados. Pero Hannah y Singer se las arreglan para extraer una muy oportuna cita de Hugo Black, quien, al interpretar la Primera Enmienda, concluye que: “Los Padres Fundadores dieron a la prensa libre la protección que debe tener para cumplir su papel esencial en nuestra democracia. La prensa debe servir a los gobernados y no a los gobernantes”. Esta cita cobra ironía y ambigüedad si conocemos que Black fue senador del Partido Demócrata por Alabama entre 1927 y 1937, y Juez Asociado de la Corte Suprema de Estados Unidos desde 1937 hasta su muerte en 1971. Fue también un miembro activo del Ku Klux Klan.

The Post (EEUU, 2017). Director: Steven Spielberg. Guion: Liz Hannah y Josh Singer. Director de fotografía: Janusz Kaminski. Con: Meryl Streep, Tom Hanks, Bob Odenkirk, Tracy Letts, Bruce Greenwood, Sarah Paulson y Matthew Rhys. De estreno amplio en todas las ciudades de Estados Unidos.


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