Actualizado: 07/12/2022 17:02
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CON OJOS DE LECTOR

La Condesa ya tiene quien la escriba

María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, Condesa de Merlin, es la protagonista de la última novela del canadiense Jacques Hébert.

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A diferencia del general garciamarquiano, nuestra insigne María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo (La Habana, 1789-París, 1852) tuvo mucha mejor suerte. No sólo tuvo en vida quien le escribiera, sino que además ha hallado póstumamente quien "la" escriba. Pido excusas al personal por emplear este laísmo tan censurable. Debe tomarse en todo caso como una licencia poética que únicamente me permito para dar cuenta debida de que Jacques Hébert, un canadiense que ha publicado una treintena de libros (entre otros títulos, es autor de Bonjour, Cuba, que cuenta con ediciones en francés, inglés y español), la ha convertido en protagonista de La Comtesse de Merlin (Veb Editeur, Montreal, 2004, 324 páginas), una novela en la cual recrea su vida.

Para darle un ropaje un poco más imaginativo a lo que en realidad viene a ser una biografía disfrazada, Hébert ideó un artificio: la historia de la Condesa es contada por Cangis, una esclava traída de África. Allí era reina de un vasto territorio en el Congo, en el África Ecuatorial. Su fuerte personalidad llamó la atención de sus amos cubanos, y gracias a ello pudo dejar las duras tareas del ingenio para desempeñarse como sirvienta de una encantadora niña de doce años. Se trataba, como resulta fácil adivinar, de María de las Mercedes. A partir de ese momento, Cangis pasó a ser la sombra de su ama, y la relación entre ambas llegó a ser muy estrecha. De esclava, Cangis se convirtió en la preceptora, la confidente y, más tarde, la mejor amiga de la futura Condesa. Fue ella además quien enseñó a ésta la gramática española y, más tarde, la francesa.

El autor justifica esto último con el argumento de que Cangis era una mujer excepcional, que sabía muy bien esos dos idiomas, aparte de un poco de italiano. Asimismo hablaba con fluidez seis de las principales lenguas del Congo. Poseía además un sentido de la observación poco común, y, algo más raro en una esclava, sentía una verdadera pasión por la historia universal. Muchos, me adelanto a decirlo, cuestionarán que el autor atribuya tales conocimientos a un personaje de esa condición social y lo tildarán de poco verosímil. En todo caso, si hace unos años varios millones de personas de varios países aceptaron sin reparos e incluso deliraron con las venturas y desventuras de la protagonista de la telenovela brasileña La esclava Isaura (hasta la fecha se han realizado dos versiones), no veo por qué no puedan admitirle a Hébert una Cangis políglota y culta.

Cangis tuvo la feliz idea de redactar una suerte de diario, en el cual habla fundamentalmente —aunque no sólo— de la Condesa y de los sucesos memorables que vivió con ella y gracias a ella. Al final de su relato, confiesa que nunca albergó la intención de que esas páginas alguna vez vieran la luz en forma de libro. Sin embargo, tuvo la debilidad de prestarlas a un amigo del mundo literario, Julián Delrue, lector de la Librería d'Amyot, editora parisiense de L'Havane, obra de la Condesa en la cual ella colaboró activamente. Delrue se empeñó en publicar el manuscrito, y Cangis impuso una condición: nunca antes de que hubiesen muerto todos los personajes de quienes habla, incluida ella misma. Un siglo después de su muerte, un descendiente de Julián Delrue halló aquel diario en el fondo de un viejo baúl.

La novela está dividida en cinco partes, que siguen en escrupuloso orden cronológico la vida de la Condesa: LaHabana (1789-1802). Los doce primerosaños; Madrid (1802-1813). En la corte del rey José; París (1813-1840). Reina de la ciudad de las luces; La Habana (1840). Regreso de la criolla pródiga; y París (1840-1852). Los doce últimos años. No obstante, Cangis dedica las primeras páginas a contar cómo llegó a formar parte de los trescientos sesenta y dos esclavos de don Joaquín de Santa Cruz y Cárdenas. Relata cómo ella y otros habitantes de su tribu fueron hechos prisioneros, encerrados en un barracón en la costa y enviados a Cuba en un barco, llamado irónicamente Freetown. Cuenta asimismo su parto durante la infernal travesía, el desembarco, el trayecto encadenados como bestias salvajes, la venta, el viaje a la plantación, la calurosa acogida de los esclavos de la finca, la asignación al trapiche, la separación de su pequeño hijo Akinoké.

A través del padre Antonio, Cangis conoce los Evangelios. Después, cuando aprendió el español, pudo leerlos varias veces. Jesús le recordaba al viejo Bombora, un hechicero de su pueblo natal, quien estuvo siempre al lado de los desgraciados y los desposeídos. Los Evangelios según el padre Antonio, por el contrario, le parecen destinados a los ricos, los dueños de plantaciones, los aristócratas. Al escucharlos, no puede evitar rebelarse en el fondo de su alma contra una religión que bendice la esclavitud, suprema forma de explotación del hombre por el hombre. "Y su Dios, que lo sabe todo, que lo ve todo, que lo puede todo, ¿por qué está del lado del capitán Douglas, de los mayorales, de los condes y de los marqueses?", se pregunta Cangis. Y se dice que mientras no tenga una respuesta, seguirá siendo fiel a los dioses de su infancia, "simples, negros, desnudos, pero verdaderos".

Pasa entonces a recordar su primer encuentro con Mercedes, quien también lo recogerá años después en sus memorias. Comenta que desde los ocho o nueve años era hermosa y gentil, y todos los esclavos la adoraban. Por su carácter independiente y resuelto, para la niña ellos era el símbolo de la libertad de la que habían sido privados tan atrozmente. Para su familia, en cambio, Mercedes era de una ignorancia inconmensurable, en especial, en materia religiosa. Eso motivó que la enviasen al convento de Santa Clara, experiencia muy difícil para ella, pues no aceptaba el encerramiento ni la vida austera.


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